• No results found

Aún una revisión superficial de la historia patria nos podrá mostrar con claridad que existen ciertos momentos capitales, varias situaciones de trauma social que están íntimamente ligados a la presencia extranjera en el país, y que son fundamentales para entender el proceso de construcción del nacionalismo. Tres de ellos se dan en el siglo XIX: la Independencia de España; la pérdida de más de la mitad del territorio como resultado de la llamada "Intervención Estadounidense" en el periodo 1846-1848; y, por último, el arribo del archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, quien se coronó emperador del llamado Segundo Imperio, durante el periodo 1864-1867.

De esta manera, hechos tales como las guerras de independencia y la emergencia de la República, la lucha contra la invasión francesa y el proyecto de hacer de México una monarquía

en manos de aristócratas europeos, la necesidad de preservar el territorio original y evitar nuevos actos de pillaje, el ideal de llevar a cabo una revolución social y económica que rompiera los vínculos con un sistema considerado injusto y anacrónico, el propósito de ejercer derechos soberanos sobre sus riquezas y hasta la misma posibilidad de reconocerse en su pasado indígena y mostrarse ante sí y ante el mundo como una nación mestiza, fueron todos actos de lucha que contribuyeron a construir y perfilar su identidad. El nacionalismo probó, así, su eficacia en momentos históricos determinantes para la vida del país.

Durante la primera mitad del siglo XIX y como reacción ante los afanes expansionistas de otras potencias, se fortaleció el ideal nacionalista como un intento por cerrar filas y unir esfuerzos

frente al embate proveniente del exterior. Fue eficaz como estrategia para sumar fuerzas,

apaciguar las luchas internas, limar diferencias y conseguir cohesión social y fortaleza. Volvió a demostrar así su capacidad para detonar ese sentimiento de unión y fuerza frente a ese tenaz enemigo vinculado directamente a la presencia de alguna potencia extrajera amenazante.

Al contrario de lo que sucedió con los países que optaron por imponer su dominio sobre otras naciones, el nacionalismo mexicano escogió el camino de cerrarse al exterior, a cambio de asegurar su propia sobrevivencia. El temor a otras invasiones, el peligro a nuevas pérdidas de territorio y el miedo a desaparecer como pueblo, indujeron a restringir los lazos con las demás naciones, fortaleciendo la convicción de que el futuro solo podría depender del esfuerzo de los mexicanos. Se consolida así la tesis que asocia el hecho de nacer en suelo patrio con el amor incondicional. Otros pueblos y otros hombres fueron vistos con aprehensión por el hecho de provenir de afuera. A medida que se arraigaba la idea del temor al extranjero, se reforzaba la unidad y se confirmaba la sospecha de que 'los otros' representaban un peligro inminente.

De hecho, las bases históricas y psicológicas de la identidad representaron el fundamento y condición de la propia irrupción del México independiente, cuando 'lo criollo' se contrapuso de

manera irreconciliable a 'lo español'. Desde ahí que la conciencia nacional haya portado una marca indeleble en la que éste es percibido con temor, como un asedio permanente y fatal que ha acosado a la nación a través de toda su historia, revistiendo, según el caso, los ropajes

protagónicos de español, francés o norteamericano. 93 Este sentimiento se halla en el origen de

toda propensión a definirse como pueblo en contraposición a otros.

Las maneras en las que la identidad se ha ido conformando a lo largo de la vida republicana terminó por establecer distancia -manifestada como temor o desconfianza- hacia los

extranjeros, al desarrollarse un tipo de nacionalismo que varios autores 94 han caracterizado como

“defensivo”, es decir, cerrado y no expansionista, generando una atmósfera social que ha

terminado por desalentar seriamente la inmigración. 95

Este carácter defensivo del impetuoso nacionalismo mexicano se reveló en su forma más nítida frente a los Estado Unidos a partir de la Revolución Mexicana. El distanciamiento que se estableció con el vecino del norte asumió, a la vez, un tinte de orgullo nacional y enorme desconfianza, en virtud de que se entendía que dicha relación continuaba fundándose sobre intenciones reincidentes de penetración y despojo por parte de aquella potencia. A este respecto, el mexicano Héctor Aguilar Camín sostiene que

93Pablo Yankelevich afirma que “el tema de la debilidad „nacional‟ mexicana no es una novedad, desde los albores de la Independencia está presente en la reflexión política y social. Sin embargo, a finales de la década del diez y como reacción a la xenofilia porfirista, la Revolución terminó instalando un nacionalismo defensivo presente en toda la legislación que regula la relación entre mexicanos y extranjeros” (2006: 365). 94Entre ésos, Luis Villoro (1998), Jacques Gabayet (1994), Héctor Aguilar Camín (2008), Pablo Yankelevich (2006).

95 Afirma Villoro (1998) que este tipo de nacionalismo se ha presentado en varios casos en América Latina y ha sido tanto un mecanismo de reafirmación de la propia identidad frente a las potencias imperiales, como de defensa en contra de la siempre latente amenaza de invasión o de extorsión económica. Así, por ejemplo, la llamada “Doctrina Estrada” -principio de derecho internacional que plantea que ningún país tiene el derecho de inmiscuirse en los asuntos políticos internos de otro- ha representado uno de los más efectivos instrumentos de defensa de la soberanía y del principio de no intervención, estrategia de política exterior que se ha transformado en todo un símbolo de las relaciones internacionales. Este nacionalismo defensivo es también la explicación a otras muchas reacciones ante asuntos menos esenciales, pero igualmente sensibles al sentimiento de desprotección frente a los abusos. Villoro señala al respecto, que “las trabas para adquirir la nacionalidad, la susceptibilidad y el orgullo nacionales a flor de piel, la tendencia a la autosuficiencia cultural, la prevención ante las „ideas importadas‟” obedecen a esas mismas razones y son reflejo de una política de exclusión del otro determinada por el miedo a una nueva agresión. El apego total e incondicional a la nación y los valores que éste promueve siempre va aparejado con el rechazo al extraño, al que vive afuera de sus fronteras (1998: 34).

“El nacionalismo ha sido una de las pasiones de México. Lo ha unido y también le ha torcido la mirada. Ha sido un nacionalismo defensivo, en cuyo fondo puede tocarse un núcleo victimista que mira hacia el exterior con recelo. Ese rasgo defensivo de nuestro nacionalismo vive de la cuenta de sus agravios, de lo que otros, en particular EEUU, nos hicieron en el pasado y del resentimiento cultivado de recordarlo no solo como un hecho del pasado, sino como un peligro del presente y del porvenir” (2008: 194). Este nacionalismo confirió a México un sentimiento de gran fuerza, orgullo y cohesión, pero también lo dotó de desconfianza y temor al extraño.

En opinión de Jacques Lafaye (1994) el concepto de nación que se desarrolló abrevó simultáneamente de influencias tanto francesas como alemanas. Independientemente de que la Constitución y el pensamiento liberal mexicanas de la segunda mitad del siglo XIX reconocían la dimensión del Contrato Social -que implicaba la convivencia en una sociedad abierta y tolerante-,

96 el discurso mexicano sobre el indigenismo, la historia patria que hunde sus raíces en el pasado

prehispánico, los ritos fundacionales de naturaleza religiosa, así como la ideología del mestizaje, pueden ser equiparables a las fuentes germánicas del concepto de nación, de forma cercana a la

que desarrollaron los nacionalistas alemanes de finales del siglo XVIII y principios del XIX 97:

un nacionalismo étnico caracterizado por construir la identidad nacional a partir del principio que

96Con respecto al principio de tolerancia en el México recién independizado habría que aclarar que hasta la primera mitad del siglo XIX el catolicismo fue la religión oficial y única del Estado. La primera Constitución promulgada (1824) establecía que: “La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”. La libertad religiosa solo fue posible con la promulgación de la Constitución del año 1857, aunque los graves conflictos internos y la guerra contra Francia aplazaron su entrada en vigencia hasta diez años después.

97 El nacionalismo alemán intentaba hacer coincidir la „nación‟ con el „pueblo‟, con lo que el concepto de Nación quedaba etnificado. El parámetro que se utilizaba para detectar el vínculo es la Historia: el pasado vivido colectivamente se transformaba en la razón de una historia compartida. Se postulaba la idea de que la Nación es anterior al Estado. Ser miembro de una nación no es, por ello, solo un acto jurídico, sino primordialmente una cuestión de sangre, de historia y de cultura comunes. Lo que garantiza y preserva la sobrevivencia de la Nación no es -ni puede ser- la Constitución, sino las raíces históricas heredadas y compartidas (Dietz, G., 2003).

plantea que ser miembro de ella no corresponde a un acto jurídico o de reconocimiento constitucional de derechos, sino a una condición otorgada por razones históricas, culturales y hasta biológicas compartidas, es decir una cuestión de coincidencia colectiva con determinadas raíces, un concepto que se define por razones de pertenencia étnica.

Figura 6

Diego Rivera. "El mercado de Tlatelolco" (fragmento del mural “La Gran Tenochtitlán”, 1942), que muestra la grandeza, el orden y la armonía de la sociedad azteca.

En este sentido, el vínculo existente entre los miembros de una tal comunidad no es entendido como resultado de su contenido jurídico sino espiritual, en donde el orgullo que los caracteriza no se adquiere por derecho ni corresponde a un contrato social, sino que se recibe como una herencia. De ahí que este tipo de nacionalismo sea, por definición, homogeneizador, segregacionista, excluyente.

La continuidad histórica se transforma en el eje y núcleo de la nación y la identidad: el presente es el resultado natural y lógico de una cultura recibida de los antepasados. Ella queda así definida en términos de una etnicidad surgida de una esencia cultural y de una larga historia

compartida, en donde el pasado heredado otorga identidad y sentido colectivo. 98

Evidentemente, tales postulados se contraponen con los preceptos en los que se funda el nacionalismo cívico inspirado en los principios propugnados por la República francesa, a la luz de las singularidades de su propia realidad: la ciudadanización de una población heterogénea, la conformación de un espacio público democrático y laico ajeno a contenidos culturales particulares, así como la tajante separación de los ámbitos público y privado, todo ello basado en el principio político fundamental de que tales cambios eran posibles porque se daban sobre la adhesión libre y voluntaria de todos los individuos a un acuerdo que asumía la forma de un contrato equitativo que garantizaba los derechos de todos los participantes.

Tales condiciones correspondían a una realidad inexistente en el siglo XIX, lo cual hacía inviable este modelo de nación. Con el surgimiento de los primeros elementos de una conciencia nacional, México se identificó más bien con un nacionalismo que lo acercaba al concepto étnico y romántico alemán, en contraposición al cívico, a la idea del Contrato social propugnado por la revolución francesa a finales del siglo XVIII.

El estallido de la Revolución Mexicana en el año 1910 y la irrupción de una nueva y resuelta postura nacionalista surgida de esa guerra civil cuya solidez legitimadora radicó, en

98 Andrés Molina Enríquez -intelectual e ideólogo de la revolución- al referirse al concepto de Patria, decía que ésta ".... responde a la idea de agrupación familiar: la palabra raza, en su sentido amplio, responde a la idea de agrupación de unidades humanas de idénticos caracteres morfológicos derivados de la igualdad y de la continuidad de las condiciones generales de vida: la palabra pueblo responde a la idea de individualidad colectiva suficientemente diferenciada de las demás colectividades constituidas por unidades humanas. [...]. Sin embargo, la patria y la raza casi se confunden, hasta el punto que en el lenguaje corriente pueden usarse las dos palabras, raza y patria, como equivalente. Estas dos palabras se refieren a conceptos, distintos como dijimos antes, pero las dos suponen un mismo origen, unas mismas condiciones de vida y un mismo estado orgánico y funcional: entre las unidad e de un mismo tipo morfológico se supone el parentesco patriótico, como en las unidades de una misma patria se supone la igualdad de tipo" (citado por Bokser, J., 1994: 75).

buena medida, en exaltar lo propio frente a lo ajeno y cuyo momento cúspide fue la decisión de nacionalizar la industria petrolera –estratégica riqueza económica y símbolo de la soberanía nacional- confiscándolo de manos de compañías angloholandesas y norteamericanas en el año 1938, al tiempo que se promulgaba una Ley General de Población que decretaba, por primera vez, el apoyo irrestricto al crecimiento poblacional basado en el potencial demográfico del propio pueblo mexicano, dando un golpe definitivo a la tesis de la necesidad de la inmigración como requisito para el crecimiento económico y social, y cuya vigencia había prevalecido durante todo el porfiriato.

Aunque el sentimiento nacionalista que brotó de la revolución del año 1910 significó el rompimiento con las bases económicas y políticas anteriores, así como el surgimiento de una nueva concepción caracterizada por la revalorización del pasado indígena, el compromiso con demandas populares básicas y el reforzamiento de la identidad nacional, el nacionalismo etnificado de principios del siglo anterior XIX, resurgió sobre nuevas bases.

La versión nacionalista desarrollada con la Revolución Mexicana representó la culminación de un proceso de construcción identitaria que comenzó antes la Independencia, y que se ha expresado como un sentimiento de susceptibilidad hacia todo aquello que no sea 'lo nacional'. Esta percepción se ha manifestado específicamente en el campo de las leyes implementadas por los gobiernos posrevolucionarios, caracterizada por un declarado desinterés por la inmigración al grado de hacer de México un país con una estructural escasez de población extranjera.

Related documents