Conclusion
BIBLIOGRAPHY
En el último número de La Moda, el sistema de anonimato encuentra una justificación política. El “Boletín cómico” que cierra esa entrega escenifica un diálogo entre los intereses de los nuevos escritores y las ideas que dominan a los lectores de antaño. Conminado a hablar de cosas serias (“dejémonos de cosas vulgares, que el público no es ninguna criatura, ni ningún zonzo, ni ningún niño de escuela”), el “joven escritor” principia el diálogo con los temas sentenciosos del imaginario liberal y en seguida es replicado:
– Escriba Vd. en primer lugar: “el derecho es la vida”. – ¿Quién dice eso?
– ¿Y qué importa quién? ¿Es o no cierto?
– No, camarada, eso es cuento. Si Vd. piensa no poner nombres bajo sus teoremas, vale más que no los publique: nadie les hará caso. ¿Quién cree en una verdad anónima, guacha, digámoslo así, sin estirpe, sin dinastía, en esta tierra de república?90
La ironía de este artículo satírico de Alberdi muestra la distancia entre los sistemas de pensamiento y de formación de viejos y nuevos letrados, pero también entre diferentes modos de legitimación del discurso público. Al antiguo sistema de
88 Similar, en ese sentido, a lo escrito por Larra en su famoso artículo “El mundo todo es máscaras”, donde “la hipocresía” social es la verdadera máscara del mundo y se impone a los bailes de disfraces y aun a las representaciones teatrales. Cfr. Fígaro(Pérez Vidal, 1997: 665- 677).
89El Corsario, Montevideo, 1840, “Mascarada 2°”, p. 22. 90La Moda, N° 23, 21 de abril de 1838, pág. 4, col. 1.
autorización de la prensa doctrinaria se impone la nueva publicidad cultural que, como vimos, pasa a tratar “seriamente” asuntos “ligeros”. La distancia implica también una puja por la legitimidad de los nuevos publicistas y, en ese sentido, antes que las propias ideas será la autoridad discursiva la que generará mayores controversias, como veremos en las discusiones de la prensa chilena.
Es en Montevideo donde esa disputa alcanza mayor desarrollo en el Río de la Plata, pues allí los exiliados argentinos tratarían de atraer a sus filas a los viejos unitarios desterrados desde la debacle iniciada en Buenos Aires con el fusilamiento de Dorrego.
El Iniciador, fundado por el argentino Miguel Cané y el uruguayo Andrés Lamas, será el periódico encargado de extender esos ideales al otro lado del río. Además de sus colaboradores, La Moda y El Iniciador comparten un imaginario común, por lo que podría pensarse al último como continuación del proyecto reformista del primero, aunque menos atado a esa política de “coquetería” con que definiera Miguel Cané al semanario de Alberdi y Corvalán.91 La afinidad con las concepciones literarias del
semanario alberdiano se comprueba no sólo por las colaboraciones de sus ex redactores, sino también por la inserción de artículos o bien ya publicados o que quedaron sin publicarse en Buenos Aires. De hecho, el diálogo que citamos arriba aparecerá reproducido en la cuarta entrega del periódico montevideano.92
91El periódico montevideano comenzó a publicarse el 15 de abril de 1838, seis días antes del último número deLa Moda, con una frecuencia quincenal y con páginas a dos columnas. Entre sus colaboradores, además de Lamas y Cané (padre), cabe mencionar a Mitre, Frías, Echeverría, Irigoyen, Méndez, Viola, J. B. Cúneo (un italiano emigrado a la costa uruguaya por pertenecer a una logia mazzinista), y los autores que participaron del proyecto de La Moda: Alberdi, Juan María Gutiérrez, Carlos Tejedor y Rafael J. Corvalán, entre otros. A esos nombres Mariano de Vedia y Mitre (1941) suma los de Juan Cruz y Florencio Varela. Lo mismo hace Fernández y Medina en su historia sobre la prensa uruguaya (1900: 24-25). Ambos parecen seguir a Antonio Zinny, quien atribuye a Florencio Varela el ensayo sobre Florencio Balcarce (publicado bajo el título genérico de “Poesía” en el número 8), y a su hermano Juan Cruz el poema “De la muerte del poeta”, aparecido en el segundo número (Cfr. Zinny, 1883: 212). Salvo estas excepciones, los Varela no parecen haber tenido demasiado interés por participar de la publicación pues, como se ve en su correspondencia privada, estaban lejos de asumir sin reticencias ese ideario.
92Entre los artículos aparecidos enLa Modade Buenos Aires que son reeditados enEl Iniciador figuran los Boletines Cómicos titulados “Los escritores nuevos y los lectores viejos” y “El Bracete”, firmados porFigarillo. Entre los inéditos, se destaca el que apareció en el anteúltimo número del periódico montevideano (N° 3 del segundo volumen), titulado “Cursos públicos. Enseñanza del Idioma”, que retoma la cuestión del lenguaje a través de una parodia (la figura
Como rasgo característico, entonces, que esa retórica asume al otro lado de la rivera, se presenta un impulso mayormente doctrinario junto al intento de aproximación (y asimilación) a ciertos sectores de unitarios reacios a las efusiones románticas de la joven generación (la presencia de los hermanos Varela es sintomática en ese sentido). Bajo ese esquema, que reproduce a escala local y circunstanciada la querella entre antiguos y modernos, y apelando a la máscara de figuras lectoras, los jóvenes escritores expondrán las ideas con que pretenden competir en el espacio público dominado aún por valores de cuño ilustrado. Una prueba de ello aparece en el número 3 mediante un artículo que pone en escena un diálogo ficticio entre un (anónimo) lector y un colaborador del periódico. A medida que avanza, el artículo nos va presentando a ese lector anónimo con los rasgos característicos de un viejo unitario y, previsiblemente, el colaborador intenta iniciarlo en la corriente de las nuevas ideas que son, por supuesto, las que se publican en el periódico y la excusa para la “carta de lector”. Dice allí el “lector unitario”:
–Tributarse Iniciadores; muchachos que han aprendido apenas a balbucear algunas palabras de esa jerga misteriosa, que tanta bulla hace en Europa, y que hasta ahora no ha producido otra cosa que confusión en los ánimos y las más extravagantes ideas en el mundo; pretender echarla de maestros en nuestras barbas como si fuéramos ciegos [...]; y vuestros padres que os han conquistado una patria, que os han elevado al rango de las naciones civilizadas [...] os merecen tan poco precio para llegar hasta odiarlos para no contar con ellos siquiera? ¡Y como si ellos nada hubieran hecho, como si no hubieran existido siquiera, ahora os venís tributando Iniciadores! (El Iniciador, N° 3, Montevideo, 15 de mayo de 1838, pág. 11, col. 1)
A lo que el colaborador del periódico contesta:
de un “profesor castizo”) sobre qué lengua debe ser usada y de qué modo en “América la castellana” (El Iniciador, N° 3, Tomo II, Montevideo, 15 de noviembre de 1838, págs. 19 y 20).
–V. nos acusa de que despreciamos a nuestros padres. Nosotros no los despreciamos, ¡por Dios! […] Pero a pesar del amor y admiración que les profesamos, no dejamos de conocer que si ellos mucho hicieron, no lo han hecho todo [...] Todo lo que pretendemos hacer es una continuación de lo que hicieron nuestros padres [...] La historia, ha dicho Mazzini, es un gran libro en el que cada siglo viene a completar su renglón (ídem, pág. 12, col. 1)
Iniciar la “marcha” de esa batalla –o escribir su “renglón”– es el lema que sustenta el ideario de los jóvenes redactores y que se exhibe en el acápite italiano que encabeza todos los números de la publicación: “Bisogna ripossi in via”. En el artículo citado, el diálogo continúa en el mismo tono; el (anónimo) lector unitario hace un repaso de su actuación material por la Patria y de sus “acumulados desengaños” y, al final, ante una invitación del joven redactor (“Únase V. a nosotros”, le dice), el viejo unitario responde: “Ah, sí, vuestras palabras han resucitado en mí toda mi antigua fuerza que se acunaba en mi pecho” (ídem, pág. 13, col. 1). Estas ficcionalizaciones, en que las palabras de la joven generación aparecen resucitando los viejos ideales, podrían haberles parecido poco más que jactanciosas a esos mismos sujetos que se buscaba convencer (basta pensar, por ejemplo, en Florencio Varela quien, a pesar de que por su edad pertenecía a la misma generación, compartía las ideas ilustradas de su hermano mayor o las de un José Joaquín de Mora). Lo que interesa destacar, en todo caso, es que trasmiten representaciones que formaban parte del imaginario de la época. La preocupación sobre el mejor modo de capitalizar ese imaginario atraviesa esa zona del periódico en la que se pone en escena la distancia (y el intento de adecuación) generacional que separa a los viejos unitarios de los jóvenes románticos a ambas orillas del Plata.
Es notable, en este sentido, la emergencia de una conciencia histórica que prevé un horizonte de actuación futura para las nuevas generaciones. En un artículo, escrito por Alberdi93en el N° 5 del periódico, cuyo título es “La generación presente a la faz de la
93 El artículo aparece firmado sólo con la inicial “F” que, en este caso, corresponde al seudónimo alberdiano “Figarillo”. La totalidad de los textos aparecen firmados de ese modo. La autoría de los artículos del periódico se deduce de las inscripciones manuscritas realizadas
generación pasada”, vuelve a escenificarse un diálogo entre jóvenes y un viejo patriota. Sólo que aquí, la ironía se yergue hacia las propias filas generacionales, representadas por “seis jóvenes elegantes, con más descoso que despejo” que le quieren jugar una mala pasada a un viejo que no encuentra sitio en “el café del Comercio”. Lo incitan a sentarse con ellos y comienzan una charla con el fin de burlarse. Para sorpresa de los jóvenes, el viejo –dice el cronista– “supo decirles claridades que merecen ser contadas”.94
El texto interesa sobre todo porque da cuenta de esa conciencia particular que se anticipa en prever un terreno futuro de actuación e imagina un escenario en el que los jóvenes letrados prescriben la letra (jurídica, para el caso de Alberdi) de la nación futura: “nosotros sabemos bien que nuestras ideas son incompletas y pasadas, que, como en todo hay un progreso indefinido [...] ¿Pero han dado ustedes bastantes pruebas de que están al cabo de estos conocimientos?,” pregunta el “viejo patriota” a los jóvenes reformistas, y continúa:
¿A qué se reduce el saber decantado de ustedes, sino a un saber de plagiarios y copistas? [...] Hablan de Legislación, y no conocen ni las leyes del país: incapaces de todo saber de aplicación, en todo procedimiento positivo, de que Cicerón, esta cabeza inmensa, hacía su primer título de gloria. ¿Qué harían ustedes si el día menos pensado se viesen llamados a redactar un código para el país?95
En primer lugar, se constata ya en esta época temprana la preocupación alberdiana por los saberes prácticos y legales, la letra jurídica en este caso. El interrogante último evidencia una demanda hacia el interior del circuito letrado de la joven generación: los saberes prácticos, legislativos e institucionales deben formar parte de la formación intelectual de la nueva generación. Hay, en el pasaje, un reclamo y un llamado de
por Miguel Cané sobre el ejemplar de El Iniciadorperteneciente a la Biblioteca Nacional. De esas referencias, transcriptas por Vedia y Mitre en la edición facsímil, extraigo los nombres de los colaboradores.
94El Iniciador, N° 5, Montevideo, 15 de junio de 1838, p. 7, col. 1. 95El Iniciador, ídem, pág. 8, col. 1.
atención a los propios redactores del periódico. En segundo lugar, la referencia temática hacia los códigos de legislación en una publicación en donde los saberes “literarios” rebasan toda reseña jurídica (el “hablan de Legislación”, en este sentido, no es representativo de los contenidos del periódico) pone en escena algunas de las contradicciones propias de la nueva generación e, incluso, parecería estar marcando un vacío o una carencia que las mismas páginas del periódico vendrían a subrayar.
Esas escenas ficcionalizadas que ponen en juego representaciones sobre la autoridad (generacional y discursiva) de las nuevas élites letradas, ofrecen no pocas contradicciones (como vimos en el texto de Alberdi) sobre las competencias lingüísticas y literarias legitimadoras del “espacio público” (es decir, de la publicidad política). Pero también afectan al propio discurso de la prensa cultural puesto que las tendencias literarias dependen de su autoridad para “ganar” el debate público. De ahí que las controversias de las nuevas élites letradas sobre sus programas literarios sean combatidas y forzosamente mediadas por la correspondencia privada, como un modo de unificar posiciones ante su visibilidad pública.96
Vale la pena contrastar esas estrategias con lo que ocurre en la prensa chilena pocos años después, aunque suficientes como para que esa “nueva sensibilidad” cobrase notoriedad pública. Dada la particularidad del sistema cultural chileno, las querellas y discusiones por la prensa impregnaron abiertamente todos los aspectos implicados en esas competencias. Las polémicas entabladas con los escritores argentinos, que comenzaron a dominar la escena pública en esa misma década, favorecieron la confrontación de los modelos literarios y generaron una interpelación a los sistemas de autorización letrada, aunque tales fenómenos debieron medirse con la regulación institucional del Estado –especialmente mediante su sistema de enseñanza pública– y la Iglesia.
El periódicoEl Mosaico, por ejemplo, entabló una polémica con El Progresoa raíz de los “Estudios teatrales” que se publicaban en ese diario santiaguino. Sin embargo, la confrontación implicaba, por encima de las ideas o los juicios sobre el arte dramático
96 Esto es lo que deja ver la correspondencia de Juan María Gutiérrez, el más mediador y conciliador de la joven generación rioplatense. Sobre este punto nos detendremos en el siguiente capítulo.
en disputa, los protocolos de enunciación desde los cuales se intervenía sobre un asunto artístico y, a la vez, público. En el “suplemento” publicado tras la suspensión de aquellos “estudios”, refiriéndose a su redactor, los escritores deEl Mosaicosostenían: “cualquier quídam se cree con el derecho de dar al público sus patochadas, cualquier quídam piensa que ha venido al mundo con la misión de ilustrar a sus compatriotas, y se cree con los conocimientos necesarios, y escribe y publica sus necias ocurrencias.”97
Por cierto, El Mosaico, dedicado a las “ciencias, literatura y bellas artes”, había incorporado entres sus objetivos “todo lo que puede ser agradable al bello sexo”,98
indicando la presencia de temas “ligeros”, es decir, de aquellos temas que la nueva prensa cultural había puesto en circulación, demostrando mayor flexibilidad para captar los nuevos intereses de la demanda cultural. Pero la crítica que realizaban al redactor de los “estudios” ponía nuevamente en primer plano la cuestión de la autoridad discursiva:
Aquellos tiempos, añaden, en que cada cual, si quería alguna vez llamar la atención pública hacia él se despestañaba estudiando sobre los libros y meditaba los buenos modelos, para aprender buenas doctrinas y formarse un estilo propio con que expresarse y darse a entender; esos tiempos han cambiado mucho, esos eran los tiempos en que se creía supersticiosamente que no era dado sino a muy pocos el iniciarse en las profundidades de las ciencias y de las artes.99
Como se ve, los redactores de El Mosaico dirigen su crítica al núcleo de autorización de los nuevos publicistas, encumbrando “aquellos tiempos” en los que la formación letrada se hacía mediante el estudio de los “buenos modelos”. No es casual que, tras esa mención, se aclare inmediatamente su finalidad práctica, “para aprender buenas doctrinas y formarse un estilo propio con que expresarse”, dada la resonancia que aún tenían esos términos, que recordaban la famosa polémica promovida por
97El Mosaico, N° 7, 26 de julio de 1846, “Suplemento”, pág. 1, col. 2.
98El Mosaico, N° 1, Prospecto”, pág. 1, col. 2. Se referían a “modas, poesías y novelas”. 99El Mosaico, N° 7, ídem, p. 1, col. 2.
Sarmiento con varios jóvenes letrados chilenos desde la columnas de ese mismo periódico. Tampoco sorprende, en ese marco, que el autor de los “estudios” denigrado por los redactores de El Mosaico fuera un argentino.100 Lo que tal vez resulte sorprendente es el hecho de que entre los redactores y colaboradores principales figuren jóvenes que apenas alcanzan los 25 años,101 y que si bien escriben desde un periódico que presta sus páginas a “todo lo que puede ser agradable al bello sexo”, no dejan de hacerlo desde la autoridad clásica de “las bellas letras”. Hay factores personales que inciden, sin duda, en esa circunstancia.102Sin embargo, las expresiones
del periodismo cultural chileno mantendrán una distancia notable con las empresas editoriales comandadas por los argentinos. Las “verdades guachas” deberán lidiar por mucho tiempo en el ríspido terreno de las creencias consagradas.
100De acuerdo con lo escrito por Vicente Pérez Rosales (uno de los redactores esporádicos de
El Mosaico) en susRecuerdos del pasado, el autor de esos “estudios” fue Carlos Tejedor (Cfr. Pérez Rosales, 1980: 236).
101 Los redactores deEl Mosaicoeran Vicente Pérez Rosales, José Luis Borgoño, Hermógenes Irisarri y Manuel Blanco Cuartín (Cfr. Briseño, 1965 [1862]: I, 225). Los dos primeros pertenecían a la generación inmediatamente posterior a la independencia, mientras los dos últimos eran jóvenes que recién se iniciaban en la prensa (Irisarri, nacido en 1819, había formado parte de la Sociedad Literaria; Blanco Cuartín, tres años más joven, empezó a hacer su carrera literaria por los mismos años deEl Mosaico). Entre los jóvenes colaboradores figuraba Eusebio Lillo (1826-1910).
102Entre ellos, habría que recordar que Hermógenes Irisarri era discípulo de Bello, y que Blanco Cuartín se educó en un ambiente familiar frecuentado asiduamente por el español José Joaquín de Mora.