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PESAR de que la mayoría de los riesgos son conceptualmente incontrolables –ya que nunca se pueden conocer plenamente todos los antagonismos, ni las sinergias que pueden producirse a corto, medio y largo plazo, ni saber si se está haciendo lo suficiente para prevenir un daño– (Pardo, 2009), sí que son, en cambio, socialmente controlables, mediante lo que el sociólogo Anthony Giddens (1995) denomina la "colonización del futuro".

Esta “colonización” del futuro es una metáfora ajustada a la cuestión del Cambio Climático (CC). Particularmente interesante para situar la relevancia de lo social (la sociedad) en lo relativo al CC. Es por ello que este trabajo se dirige a reflexionar sobre el CC como hecho social y sobre los riesgos que conlleva como resultado, en gran medida, de la acción de las sociedades15.

15 Por Cambio Climático se entiende un cambio de clima atribuido directa o

indirectamente a la actividad humana, que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables (Definición recogida en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada en mayo de 1992 en Nueva York).

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Comenzamos entonces por algunas distinciones conceptuales. La primera es la relativa al riesgo. Académicamente se suele distinguir entre peligro y riesgo (Luhmann, 1992). Esta distinción no es baladí, por el contrario es relevante, determinante en la respuesta social y en los efectos políticos que tiene el riesgo. Así, el peligro se refiere a alguna amenaza sobre las personas y sobre las cosas que tienen valor –no siempre monetario– en este caso el CC, mientras que el riesgo se refiere a la probabilidad de que ocurra dicha amenaza (muy a menudo medición y probabilidad estadística)16 y de las pérdidas asociadas al

fenómeno que se presente –es decir a los efectos e impactos del CC–. Una distinción que pone en jaque la propia racionalidad, cuando estamos ante “riesgos residuales” que se consideran improbables pero con potencialidad destructiva incalculable. El CC es un ejemplo de la distancia que existe entre la probabilidad de que se produzca el peor escenario posible y el riesgo probable. La política de no superar las 450 partes por millón de CO2 en la atmósfera es, con los dados, la

suerte del planeta.

Aplicando esos conceptos a la cuestión del Cambio Climático, la amenaza o peligro de dicho CC se puede concretar en, por ejemplo, un aumento de la temperatura media (0,8º C en el siglo XX, que pudiera llegar a más de 2º C17) (IPCC, 2007). Este cálculo se basa

en modelos, cada uno con distintos grados de certeza, según números e interpretación de los mismos, que no esconde las incertidumbres e incertezas. Sin embargo, el riesgo de dicho calentamiento global, es decir los posibles efectos, impactos y consecuencias, no podrán predecirse –ni siquiera proyectarse en terminología más ajustada– directamente de dicha amenaza o peligro, sino que será el resultado de cómo es el medio “receptor” de dicho aumento o disminución de la temperatura, –debido al calentamiento global–; en este caso, la sociedad que es la que puede actuar (o no actuar).

16 Obviamos aquí la controversia epistemológica realismo / constructivismo

sobre el riesgo, asumiendo en este trabajo la relevancia de ambas perspectivas para el caso del Cambio Climático.

17 2º C es el umbral de aumento global de la temperatura del planeta, sobre el

que se han estado basando los acuerdos de lucha contra el Cambio Climático, concretamente el Protocolo de Kioto.

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Es decir, la relación peligro-impacto no es lineal ni necesariamente directa de causa-efecto, sino que está vinculada a un sistema complejo, en cuya interacción (en muchos caso sinérgica) están asuntos como la vulnerabilidad, la resiliencia o la fortaleza frente al medio afectado, en este caso, la sociedad, las instituciones que la componen, los estilos de vida de su población, los sistemas de producción y consumo, las políticas activas, entre otras. Es decir, entre el peligro y el resultado está la “fábrica social”.

Lo ilustraremos siguiendo con el ejemplo indicado. Una dramática consecuencia de la ola de calor que se produjo en Europa en el verano de 2003 (la máxima fue de 47,8º C en Denia, Alicante, España) fue la muerte de miles de personas (aunque hay controversia, se calculan en alrededor 10.400 las muertes en Francia, 6.500 en España, 1.300 en Portugal, 20.000 en Italia, por mencionar solo algunos países). El aprendizaje que las instituciones y personas tuvieron a partir de esa experiencia, dio como resultado que en futuras situaciones similares, los servicios médicos, los medios de comunicación de masas, la educación de la población, “supieran” cómo reaccionar, dando como resultado una fuerte disminución de dicha mortalidad en situaciones similares, como fue la ola de calor de julio de 2006. De ahí la importancia de la construcción de capacidad (capacity building), como dijimos anteriormente, para abordar la mitigación y la adaptación al Cambio Climático, a lo cual volveremos más adelante.

Destaca entonces de lo anterior que el riesgo, o los efectos esperados e impactos resultantes, no solamente depende del fenómeno que se trate, sino también del medio receptor, en este caso, de la fortaleza (o resiliencia) o de la vulnerabilidad de la sociedad (sus instituciones – el sistema de salud, v.g., ciudadanos, etc.), por lo que la gestión social del riesgo se presenta como clave para su prevención y/o minimización. Pero, una adecuada gestión del riesgo del CC debe estar basada, entre otras cosas, en un conocimiento riguroso precisamente de la interconexión entre ambos sistemas: el sistema climático y el sistema social, por lo que el término gestión aquí dista de limitarse a una actividad más o menos tecnocrática, y se sitúa, sobre todo, en el plano de la gobernanza del riesgo, en este caso del CC.

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No existe hoy un “riesgo natural” ni un “peligro ambiental” externo a la propia sociedad; ésta produce sus propios riesgos. Es el caso del origen del CC vinculado a las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por las sociedades desarrolladas. Los conceptos de la racionalidad de la industrialización temprana han envejecido para captar la naturaleza de los nuevos peligros.

La “racionalidad de los riesgos” se opone a aquella otra racionalidad que definiera Max Weber como “racionalidad de los fines”. Mientras entonces nos enfrentábamos a unos objetos delimitados, concretos y objetivos, que podrían ser abordados con una mayor especialización y diferenciación técnica, el CC se nos presenta de modo opuesto: lo incalculable, lo indefinido y lo abierto.

Estamos transitando entre lo calculable y lo incalculable. En cambio quien hoy alardee de dominar las conexiones soterradas de estos riesgos con las matemáticas, lo que está haciendo es caminar sobre las arenas movedizas de las probabilidades. Es un baile de cifras en que la objetividad del cálculo viene impregnada de intereses contrapuestos, en que cada cual trae los números que le interesan. Lo que el CC exige son respuestas mucho más complejas, resultado de la inclusión de una sociedad que comparte riesgos desde perspectivas y visiones enfrentadas, pero con una amenaza común.

En este sentido, los peligros del calentamiento global y del CC están siendo cada vez más identificados y constatados, por la inmensa investigación que se está realizando en lo relativo al medio bio- geofísico: incremento medio de la temperatura en 0.8º C; aumento del nivel del mar en 3,1 mm/año promedio desde 1993; deshielo de los polos, desde 1978 se ha reducido el hielo en el Ártico en promedio anual un 2,7% por década, 7,4% en verano; aumento de los extremos meteorológicos, por ejemplo, el aumento de las precipitaciones en el este del Norte y Sur América, nordeste de Europa y nordeste y centro de Asia, reducción en el Sahel, el Mediterráneo, sudeste de África y sudeste de Asia, el incremento de la actividad de los ciclones tropicales en el Atlántico Norte (IPCC, 2007).

Dichos peligros y sus correspondientes riesgos bio-geofísicos, presentan una potencialidad de riesgos sociales todavía

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insuficientemente identificados en la investigación científica de las ciencias sociales, en los diversos ámbitos que componen las sociedades.

Convendría en cualquier caso recordar, como dijo Leggett (2011: 2), que “los métodos científicos normales se dirigen a desaprobar hipótesis; si las evidencias no pueden desaprobar una hipótesis, ello tiene por lo general como consecuencia que se refuerza la confianza en esa hipótesis. Cuanto más ha sido desafiada una hipótesis y más se mantiene en pie frente al aumento de evidencias, mayor es la confianza científica en ella”.

Las decisiones políticas buscan la certeza sobre lo que está ocurriendo con el cambio climático que les de legitimidad, sin descubrir, todavía, que el CC es una fuente de legitimización política; el ex primer ministro británico Gordon Brown, al avisar de las devastadoras consecuencias políticas del CC contenidas en el informe de Stern (2006), despertó el animal político oculto en el CC. Lo que era la impotencia política frente al bloque industrial y la pérdida de legitimidad en la sociedad, trajo la superación de las divisiones clásicas y el despliegue de una constelación, que no supone un vacío de sentido, sino que permite recuperar la legitimidad de las instituciones con un cambio de coordenadas.

Aquellas instituciones que esperan que la ciencia les aporte la base para la toma de decisiones, acabarán atrincheradas en la vieja racionalidad, con una mayor pérdida de legitimidad. Ni ahora ni más tarde van a aparecer las “pruebas”. La decisión de actuar, no sólo por encima de las propias instituciones, sino también de las delimitaciones políticas y conceptuales, debe ser tomada en el contexto de las evidencias acumuladas y debatidas de los riesgos y las incertidumbres.

En conclusión, se puede afirmar con palabras del sociólogo alemán Ulrich Beck18, que la ironía del riesgo es que se expresa aversión

18http://www.cidob.org/en/noticias/dinamicas_interculturales/la_construccio

n_politica_y_social_del_riesgo_segun_ulrich_beck En línea, acceso el 11/1/2012.

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a un peligro, este no puede ser verificado. Se puede calificar el miedo de patológico, como si se tratase de una actitud, de alguien que opta por “supondrá un peligro” frente al que prefiere “supondré que es seguro”. En la cultura del riesgo como factor de aprendizaje, la innovación, la ausencia de miedo era clave para el progreso social. Quienes hoy frenan la revolución de las energías renovables y el cambio tecnológico son los satisfechos con su falta de miedo. En definitiva, que lo esencial del riesgo no es tanto que algo dañino vaya realmente a ocurrir, como lo que pudiera ocurrir, de manera que una parte sustancial del análisis científico, impulsa una respuesta social anticipada.

El lema “con la catástrofe aprenderán” forma parte de las construcción social de los que evitan tomar precauciones para no evitar el efecto didáctico del peligro. Una actitud temeraria tratándose de riesgos globales como es el CC. El sociólogo Ulrich Beck (2008) sitúa el “miedo astuto” como aquel capaz de olfatear las nuevas oportunidades de cambio contenidas en el riesgo. Se trata de la capacidad de anticipación y prevención no como fuerza paralizante, sino impulsora del cambio.

El análisis del riesgo del Cambio Climático se convierte así en un hecho social.

A pesar de esas indefiniciones intrínsecas al concepto de riesgo, la “magnitud” del peligro es una variable relevante, que tiene su influencia en el riesgo resultante. En los nuevos riesgos tecnológicos, el “riesgo residual”, que puede incluso despreciarse en las probabilidades, puede ser en cambio “catastrófico”. La contradicción entre expertos se expresa en que para unos el riesgo es “nulo” y para otros todo es un “peligro”; la percepción cambia según se sea asegurado o asegurador. Importan las consideraciones realizadas sobre la relevancia del riesgo por el miedo “receptor” -que es diferente según sociedades. Se está en condiciones de afirmar con rigor que a mayor magnitud y mayor velocidad en la creación del peligro, mayor impacto negativo va a tener sobre las sociedades (IPCC, 2007).

La cuestión reside entonces en calibrar (en capacitar) socialmente el grado de riesgo que las sociedades están dispuestas a

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tomar y/o aceptar y/o a gestionar. Considerar aceptable un incremento de 2 grados es una convención, supone decisiones sobre datos, análisis, definiciones e interpretaciones, con los que se construye las condiciones de definición y de aceptabilidad social. Esa circunstancia remite a un avance en el conocimiento de múltiples asuntos, siendo la condición sine qua non el desarrollo de una conciencia social del peligro de que se trate. Si no existe tal conciencia, para la sociedad no existe el riesgo.

La absolución que hace Niklas Luhmann (1992) de los riesgos es que lo que no es controlable no existe. Dado que la sociedad funciona con sistemas diferenciados parciales, cada sistema solo “controla” los riesgos generados por el mismo, a través de sus lógicas, de modo que el verdadero riesgo es el propio sistema en sí, que genera “ruido” que pone en peligro el funcionamiento del sistema como un todo. Lo que reclama Niklas Luhmann es más competencia y más impunidad para disolver los riesgos (Beck, 2008).

Pero ello no significa necesariamente que no exista riesgo; a menudo lo que sucede es que el riesgo se traslada desde aquellos lugares legal o socialmente controlados a otros donde existe menor conciencia (o menor conflicto) y menor control social (y, por lo tanto, ese riesgo tiene más probabilidades de incrementarse) (Pardo, 2009).

Pero esa necesaria concienciación no es un asunto exclusivamente individual, sino, sobre todo, colectivo, correspondiente al nivel de reflexividad (Lamo de Espinosa, 1990) de las sociedades. Esto, sin embargo, no tiene nada de intersubjetivo, cuando el riesgo se impone como realidad objetiva; pensemos los incendios que en el verano del 2011 envolvieron a Moscú en una nube irrespirable. No hay forma de individualizar el riesgo jurídicamente, minimizarlo económicamente, o legitimarlo políticamente, bajo las viejas definiciones e interpretaciones, para acabar de normalizarlo y legalizarlo.

Cuando hablamos de riesgo, en su sentido más fundamental, nos referimos a las adaptaciones (o no adaptaciones –el riesgo también puede ser conceptualizado por la no acción–) culturales (en sentido profundo del término, los cambios sociales) para "controlar"

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los peligros y desastres naturales. En definitiva, de lo que se trata es de cómo son (o cómo deberían ser) los sistemas sociales (Pardo, 2009).

El riesgo presenta otra característica importante: es diferenciado o relativo, es decir, no afecta por igual a todas las sociedades, ni a todos los grupos sociales e individuos de una misma sociedad. El concepto de ‘vulnerabilidad’ es relevante para ese análisis. Según la RAE19 la vulnerabilidad se refiere a la condición de una sociedad,

institución, grupo social o persona que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente. Se refiere a la fragilidad de una sociedad o de una parte de la misma, de contrarrestar un peligro o amenaza existente, en este caso el Cambio Climático. Expresa este concepto la muldimensionalidad de los desastres, poniendo la atención sobre la totalidad de las relaciones, en un situación social dada, que constituyen una condición, las cuales, en combinación con las fuerzas medioambientales, producen un desastre (Bankoff, Greg et al., 2004).

Vulnerabilidad y riesgo, siendo dos caras de la misma moneda, una cara mira al pasado y la otra al futuro. Y, sin embargo, ninguna puede ser delimitada temporal ni espacialmente. ¿Qué consideramos riesgo global? El carácter universal no está emparentado aquí con el cosmopolitismo culinario, sino algo más grave; se trata de las interrelaciones e interdependencias de una sociedad global que no puede abordar los riesgos desde la lógica propia de la “vulnerabilidad social” en que prima el interés nacional o personal, en una lógica no de exclusión sino de inclusión, que fuerza hacia otra gobernanza de los riesgos.

El concepto de ‘resiliencia’ por el contrario se utiliza a menudo en el análisis del impacto del CC, tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales. La resiliencia se refiere a la capacidad de un sistema (o un individuo) de absorber las perturbaciones y reorganizarse mientras se producen los cambios, y aun así retener esencialmente la misma función, estructura, identidad. Es un concepto probablemente válido para los ecosistemas bio- geofísicos, aunque estático para los sistemas sociales, pues tiene una connotación de volver al estado anterior. Para el caso de las

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sociedades, la resiliencia –tal como es utilizada en psicología– y la ‘fortaleza’ de una sociedad, son probablemente conceptos más acordes. Por fortaleza entendemos el nivel de capacidad de una sociedad –o de una parte de esa sociedad– para anticiparse, sobrevivir, resistir y recuperarse ante el impacto de una amenaza, es decir, con el contenido en este caso de lo que se articula en torno a la Mitigación y la Adaptación al Cambio Climático.

Ambos (Mitigación y Adaptación al Cambio Climático) son ámbitos científicos, políticos y sociológicos establecidos. Tanto el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, 2007) como las políticas de lucha contra el Cambio Climático20 tienen

articulados en mayor o menor medida ambos ámbitos de actuación. Así, la mitigación hace referencia a la actuación sobre las causas (cambiar el modelo energético hacia una mayor participación de las energías renovables, por ejemplo), y la adaptación se remite a las consecuencias (preparar mejor los sistemas sanitarios para las olas de calor, por ejemplo).

La adaptación al Cambio Climático, aclaremos que está lejos de significar resignación o pasividad. Por el contrario, en su acepción anglosajona, dicha adaptación significa proactividad, es decir preparación en el sentido más pleno del término (diagnóstico, previsión, construcción de capacidad social –capacity building–, búsqueda de alternativas, entre otras). Los diferentes alcances de las políticas y actividades de mitigación y de adaptación al CC, marcan las diferencias en los riesgos del CC entre las distintas sociedades contemporáneas y entre los distintos grupos sociales.

Por ello, es preciso considerar los aspectos distributivos del riesgo para una plena comprensión del fenómeno, así como para su control social. Se ha acuñado al respecto el término "clases medioambientales" (Murphy, 1994). Paradójicamente, los análisis de riesgos no suelen tener en cuenta las relaciones recíprocas del impacto tecnológico con los sistemas sociales, ni con las construcciones simbólicas (imágenes, concepciones...) que las personas elaboran en su vida cotidiana sobre los peligros a los que están sometidas, ni tampoco la distribución social del riesgo. En

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algunos casos se llega a considerar el riesgo sobre las vidas humanas, la salud y los valores económicos, pero se relegan otros aspectos valiosos y necesarios de la existencia humana, como son el impacto en las redes de las instituciones sociales y los sistemas colectivos. La especialización del riesgo –particularmente la gestión tecnocrática del riesgo– tiende a oscurecer este aspecto (Pardo, 2009).

La incertidumbre sobre el riesgo requiere hacerla inteligible conceptual y prácticamente, ya que va más allá de las racionalidades y técnicas de análisis del riesgo, normalmente basadas en estadísticas “objetivas”. Las diferencias entre los expertos y la población no experta son grandes. Por lo general, los expertos miden el riesgo en términos de probabilidad. Para las poblaciones afectadas, en cambio, la percepción del riesgo es más amplia y difícil de explicitar en términos estadísticos, que es lo que demandan los expertos.