6 ANALYSIS AND DISCUSSION
6.4 BIM implementation plan
Llegué tarde, agotado y hambriento a la casa de Pachita. En la mañana me había mudado de casa y me sentía triste. A medida que se crece, los lugares adquieren importancia y quizás en la vejez un cambio de casa resulte peligroso —pensé mientras tocaba la reja amarilla de la casa de Pachita.
Es cierto que el verdadero desarrollo es el aprendizaje de la exteriorización sin que esto signifique un abandono o una falta de acceso al mundo interno. La conciencia se pone en contacto con el mundo expandiendo su radio de acción. Aquí, en cualquier proceso de crecimiento, la diferenciación es básica. Sin ella lo que acontece es la locura y con ella el discernimiento. EI problema es que no se encuentran guías sino hasta que se han pasado las suficientes pruebas como para fortalecer la propia identidad.
Lo que iba a “ver” ese día me enseñó que además de lo anterior, el verdadero mundo trasciende cualquier proceso lógico convencional y que aferrarse al entendimiento “humanoide” impide vivir en el nivel en el cual no existen límites.
El Hermano daba consultas y después de saludarlo me coloqué a su izquierda.
Observé que mi cansancio era generalizado. Por alguna razón todos los que rodeábamos a Cuauhtemoctzin no teníamos energías suficientes. Yo me había mudado de casa y mi desgano era explicable. Después me enteré que Armando iba a ser operado de un daño y que Memo tenía un problema emocional. Obviamente estábamos conectados y si bien cada uno por diferentes razones, en todos algo impedía estar lo suficientemente fuertes.
La única excepción era el Hermano. El parecía no tener límites y a pesar de que había atendido a 65 pa- cientes, al terminar las consultas estaba fresco e inspirado.
Dentro de poco —me dijo con voz suave—, todos los signos serán reunidos en Orión. —¿Los signos?
— ¡Sí!, Lo que ustedes llaman signos zodiacales. Cada uno —continuó—, representa una diferente parte del cuerpo y los que asistan al acontecimiento aprenderán el significado de las relaciones entre las estrellas y lo orgánico.
—¿Se reunirán diferentes seres? —pregunté.
— ¡No!, No son seres, sino Galaxias. Pero desde la ciudad no podrá verse, aquí hay demasiado humo. Sería magnífico que 100 o 200 hombres asistieran pero sé que casi no existe quien esté en armonía con la naturaleza. Sólo dos o tres son capaces de reconocer los patrones y entender el movimiento de la naturaleza. Sólo en armonía se podrá entender y vivir lo que sucederá.
En San José del Pacífico yo había vivido esa armonía. Es el diálogo con el mundo —pensé en ese momento—, en su nivel más directo es el conocimiento de la razón de los movimientos de las nubes, de las lluvias, de los vientos, del crecimiento de las plantas, de los cambios de iluminación del Sol y del canto de los pájaros.
Es la conexión entre todos los eventos de la naturaleza y la propia conciencia en unidad de contacto con los mismos.
Nos preparábamos para las operaciones y después de varias intervenciones que no describiré, pasaron a una mujer que había venido desde Nueva York, quejándose de dolores continuos de cabeza
—Es un caso de irritación trigeminal —me dijo el Hermano al ver a la mujer—, tendré que conectar el trigemíno con la zona neutra y así desviar la excitación exagerada del nervio.
Acostamos a la mujer y yo le sostuve la cabeza mientras el cuchillo de monte penetraba su frente y con un movimiento lateral abría una incisión enorme que llegó hasta la parte posterior de la oreja. Sentí un líquido caliente cayendo en mi mano izquierda y después un pedazo de carne que reconocí como parte del cuero cabelludo separado del hueso. Me impresioné mucho y vi como el cuchillo giraba intentando arreglar el nervio.
Por fin el cuchillo se apartó y la herida fue cerrada. La mujer se había quejado durante la operación aunque su dolor había sido mínimo comparado con lo que podía haber sentido en una cirugía convencional pero sin anestesia.
Entre Armando y yo vendamos la cabeza y el Hermano despidió a la mujer.
Me sentía muy cansado y temía que mi espalda me empezara a doler y me impidiera seguir ayudando. Respiré profundamente y me di un masaje. El Hermano volteó a “verme” y me susurró algo que no entendí. Le pregunté y en un murmullo me dijo:
—Te daré oportunidad de ver algo extraordinario.
En ese momento pasaron a un joven de alrededor de25 años, delgado y muy nervioso.
El Hermano lo recibió muy cariñosamente y le dijo que nada debía temer. Lo acostamos boca arriba y con un algodón empapado en alcohol, el Hermano limpió su pecho. Pregunté acerca de la dolencia y Rafael (así se llamaba el paciente) dijo que el brazo y el hombro izquierdo le dolían mucho. Obviamente se trataba del corazón y la operación intentaría aliviar el órgano. Sostuve la mano de Rafael y le sugerí que se relajara y respirara profundamente. Así lo hizo mientras el cuchillo penetraba su pecho y la sierra cortaba sus costillas. Estaba muy oscuro y no alcanzaba a ver con claridad cuando el Hermano me pidió que prendiera mi lámpara de mano. Alumbré el pecho y me quedé sin respiración. Sobre la piel de Rafael palpitaba libre y claramente el corazón.
—Ahora fíjate bien —me dijo el Hermano.
Vi como el cuchillo de monte se introducía al corazón y literalmente lo partía en dos.
No es posible —me dije repetidas veces—. Alumbré la cara de Rafael y mi sorpresa no tuvo límites. Mientras su corazón era partido en dos, el muchacho sonreía y permanecía con sus ojos abiertos. —¿En dónde estás? —le pregunté a Rafael—, ¿en dónde estás?
Me miró y se rió por toda contestación.
Volteé a ver el pecho y el corazón seguía allí, insertado por un cuchillo y latiendo. De pronto, aquella masa palpitante empezó a penetrar al pecho y en un santiamén se colocó en su posición original y la herida se cerró rápida, elegante y plácidamente frente a mis desorbitados ojos.
Le volví a preguntar a Rafael. —¿En dónde estabas?
De nuevo sonrió y no me dijo más.
—¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡Dios mío!,Repetí en voz alta mirando al Hermano, a Rafael y luego a Armando. El Hermano volteó en mi dirección y luego llamó a Armando, le susurró algo en el oído y creí que se refería a mi reacción. Alcancé a oír que le decía que yo no era como ellos.
Al final de la sesión le pregunté a Armando lo que Cuauhtémoc le había dicho.
—Me dijo que aún no dejas tu investidura humana y que todavía estás tratando de entender lo que sucede usando una lógica restringida.
Era cierto; a pesar de haber visto tantos milagros, me había asombrado y había intentado entender esa operación utilizando nociones convencionales. No entendía la supervivencia de Rafael y me pareció lógico que Cuauhtémoc se extrañara de mi falta de fe. Sin embargo, de algo me había percatado; trascendiendo mis dudas, había pensado que Rafael estaba fuera de su cuerpo durante la operación y había supuesto que todos los operados también se salían de sus cuerpos durante las intervenciones. No era posible entender la ausencia de dolor y la supervivencia y mantenimiento de la conciencia de otra manera.
Al terminar la sesión, el Hermano mencionó algo muy extraño: — ¡He desobedecido a mi Padre! —dijo muy serio.
—¿Cómo lo has desobedecido? —pregunté yo asombrado.
—Mi Padre da la orden de que alguien desencarne, que abandone su vida y ese alguien viene a buscarme y yo lo opero porque me duele “ver” su sufrimiento. Eso he hecho, mi cariñoso, y así he desobedecido.
Antes de despedirme, Armando me dijo que comprendía mi asombro pero que eso (la operación del corazón), era una nimiedad comparada con lo que sucedía antes, cuando se trabajaba en el campo.
—Ojalá hubieras estado con nosotros —me dijo.
Pachita parecía un tigre y brincaba y corría y sé agazapaba y de pronto parecía volar como un águila. Era una delicia verla y sé que te hubiera encantado ser testigo de eso.