4.2 Observations and Analysis
5.2.3 Binary Pulsar Search
El sucesor del General Julián Trujillo en la presidencia fue Rafael Núñez, quien llevó a cabo reformas políticas e institucionales conocidas como la Regeneración, y en ella se redactó la constitución política de 1886, acabando con el federalismo en Colombia. Durante este período los radicales liberales recurrieron a la violencia en contra del gobierno de Núñez. Sin embargo, Núñez logró contenerlos y mantener su gobierno al incorporar de su lado a Conservadores y Liberales independientes (Del Castillo, 1991, p.12). “Así, quedó coronado el anhelo regenerador, y para fundirlo en un solo haz y borrar antiguas denominaciones, independientes y conservadores renunciaron a sus nombres anteriores y se alistaron con el sugestivo y amplio partido nacional” (Restrepo, 1982, p.47). La unión entre liberales independientes o moderados y conservadores logró que la guerra de 1885 no durara mucho y no obstaculizara las reformas institucionales al régimen político.
Desde 1863 se había identificado el carácter excluyente de la Constitución de rionegro, producto de un solo partido, como causante de varias de las tensiones y confrontaciones partidistas a lo largo de esos 25 años. El nuevo y temporal partido nacional –movimiento regenerador liderado por Núñez– era consciente de eso, por lo que hubiera sido apenas obvio que la nueva Carta Constitucional corrigiera ese error, dándole un origen popular, nacional e incluyente. Rumores sobre un interés de Núñez por aplazar la reunión del Cuerpo Constituyente para gobernar autoritariamente obligaron al Presidente de la República a precipitarse y expedir el Decreto del 10 de Septiembre de 1885 –sin que los combates fueran aún cosa del pasado– para que se enviaran delegados a formar un Consejo Nacional que adelantaría las reformas a la Constitución. Este fue el mismo sistema utilizado años antes en 1861, y como era de esperarse, se convirtió en la oportunidad de los vencedores y sus amigos para dar prioridad a sus intereses particulares, imponer su voluntad y excluir a adversarios del pasado (Restrepo, 1982, p.47-48). Todas estas características son señaladas dentro del marco teórico de este trabajo como potenciales determinantes del fracaso del consociacionalismo.
La guerra de 1885 y la transición de un federalismo y liberalismo radical a una regeneración bastante conservadora fue un momento difícil para un liberalismo desprestigiado y con muy poca participación política; exclusión que, una vez más, sería motivo de un posterior conflicto violento. Como señala Pardo (2004, p. 336), “La situación del liberalismo era cada día más desesperada. No tenían sino un congresista y se acercaban las nuevas elecciones en 1896”.
En síntesis, el reacomodamiento institucional y un apoyo bipartidista considerable dieron lugar a la Regeneración y a la Constitución de 1886 como respuesta a la crisis producto del liberalismo y librecambismo anterior. Este, según Hartlyn, fue un esfuerzo importante dentro de las prácticas consociacionalistas de la historia colombiana, que de no ser por una incoherente exclusión de los liberales en el poder, hubiera sido exitosa. “(…) Pese a las garantías bipartidistas iniciales de la nueva constitución, los liberales
fueron excluidos casi por completo del poder” (Hartlyn, 1988, p. 46). La exclusión liberal fue entonces una característica que potenció el fracaso de lo que hubiera podido ser un acuerdo consociacional que trajera cierta estabilidad política y evitara más confrontaciones violentas entre las partes. Al contrario, se convirtió en una pequeña guerra en 1895, que sentó las bases para la Guerra de los Mil Días (1899-1902).
Según Fernando Guillén Martínez (1996.p.43), “en tanto las élites de ambos partidos confluyen en el vasto movimiento regenerador de 1886, no pueden olvidar que los requerimientos de la propia estructura que les ha dado el poder impiden la alianza formal y definitiva de sus intereses”. Esto, sin embargo, ocurre si el pacto se da para homogeneizar los intereses de los segmentos, en vez de representarlos y mantenerlos a través de la cooperación, como lo señalaría el consociacionalismo.
El movimiento regenerador en principio estuvo orientado a la reconciliación de los partidos, la inclusión y la corrección de problemas anteriores, siendo una iniciativa llevada a cabo por una coalición conservadora-liberal bajo la etiqueta temporal de Partido Nacional y liderada por Rafael Núñez (Tirado Mejía,1978, p.176). Una vez Núñez se empezó a alejar de este objetivo –sean cuales fueran sus razones– hubo esfuerzos importantes para retomarlo, como los liderados por el General Marceliano Vélez. Vélez se distanció de Núñez, proclamándose el defensor de los principios y las prácticas del partido conservador histórico, lo que dio origen a una corriente llamada el historicismo; una subdivisión temporal del conservatismo. Vélez escribió entonces varios artículos, denuncias y comunicados en los que expresaba su preocupación y oposición al gobierno, llegando a proponer un programa republicano el 6 de Noviembre de 1891, en el diario la República, esbozando una doctrina de defensa de las instituciones y los derechos de los colombianos, independientemente de la adscripción partidista de cada cual. Luego, tres meses antes de que la guerra estallara en 1899, se creó la “Junta de Delegados del Partido Conservador” a partir de la firma de tres acuerdos en los
que el partido se distanciaba claramente del gobierno y hacía oposición. Se comprometían los conservadores en el acuerdo 3º, a velar por el régimen constitucional en caso de verlo amenazado (Ver anexo 2). Estas acciones de un sector del segmento conservador son una muestra de las tensiones y preocupaciones que antecedieron la Guerra de los Mil Días y los esfuerzos que a nivel de las élites se hicieron para amortiguar sus consecuencias. En este sentido, parecería que momentos antes de la guerra las élites hubieran asumido una actitud más responsable y conciliatoria, pasando las banderas del partidismo tajante y radical a las bases. Los esfuerzos del grupo de conservadores ya mencionados tuvieron acogida y apoyo en el liberalismo (Restrepo, 1982, p.77). Sin embargo, las élites de ambos partidos no lograron hacer de ese entendimiento un potencial de cooperación y mucho menos de acuerdo para la formación de una coalición representativa de todos los segmentos que evitara los desatres de la guerra que se avecinaba. No hubo, por lo tanto, espacio para el consociacionalismo.
Ante esa imposibilidad de traducir el entendimiento en cooperación, podría pensarse que una de las razones para que ello ocurriera fue el hecho de que el partido Conservador hiciera esos esfuerzos enfatizando y reivindicando su identidad como partido Conservador, sin abrir un espacio claro para el liberalismo. A diferencia de esta conjetura, Restrepo (1982, p.87) explica cómo en ese momento de graves tensiones y divisiones –a las puertas de la guerra– hubiera sido imposible proseguir en la dirección de un entendimiento mutuo y de respeto por las instituciones y la constitución en nombre de un tercer partido moderado y moderador, sin haberse quedado sólo. Así, se apeló a los instintos históricos de las masas, logrando más apoyo del que se hubiera conseguido alejándose de la tradición que el conservatismo representaba como partido, en un momento de pasiones revueltas por la identidad partidista.