2 Determination of transcription factor binding specificities
2.1 TF binding specificity models
Cada vez que se elige a un nuevo papa, especialmente si no pertenece a la Curia, los listos consiguen averiguar de inmediato cuántos y qué canales quedan abiertos para colarse hasta él y atraerlo hacia su bando. A medida que los tabiques van cerrando las entradas que todavía quedaban, descubren la localización de distintas brechas y galerías hasta que, finalmente, logran comparecer ante su presencia, siguiendo otros atajos. Después enseñan al papa a hacer uso de la sagrada desconfianza apostólica, exceptuándolos sólo a ellos, los corderos.
Los cardenales de la Curia saben cómo descubrir las cartas del juego. Para crear un vacío de autoridad en el centro, alientan al papa, cuyo punto débil adivinan, a dejarse arrastrar por el torbellino de los viajes apostólicos, cada vez más numerosos, «motus in fine velocior», incluyendo en su séquito a sus dos colaboradores a latere más inmediatos, el secretario de Estado y el sustituto, para que éstos tampoco se entrometan en los asuntos de la Curia. Lo apremian obsesivamente con cuestiones externas a la Curia para reservarse la gestión de las internas y, de esta manera, logran sustituirlo en el gobierno de la Iglesia.
A partir de ahí, los encuentros entre el papa y las multitudes se preparan de la siguiente manera: millones de jóvenes bailando, famosos que acuden por doquier, estridentes músicas de todo tipo. Sin embargo, cuando la providencia decida escribir las cosas de su puño y letra, encontrará la manera de eliminar todas estas originalidades actuales.
¡Oh, qué éxtasis produce en todo momento la contemplación de las multitudes de oceánica inmensidad, los desfiles en las plazas, los trofeos que despiertan el entusiasmo de los que los preparan y del personaje cuyo paso se aclama! Todos los regímenes políticos se han servido de ellas, incluso para justificar la represión y la violencia. Tenemos ejemplos recientes de hace pocos decenios: no es lícito olvidar esta grave lección.
Así pues, cuando regresan de su triunfal tour de force, aturdidos por el baño de multitudes mientras resuenan todavía en sus oídos los hosanas de los pueblos delirantes, les es materialmente imposible descubrir las intrigas de la corte, y aunque las intuyeran, serían consideradas asuntos de muy poca monta en comparación con la apoteosis de las masas delirantes, algo así como una simple acumulación de agua de lluvia que no penetra en el alero del tejado.
El verdadero rostro de la Iglesia de Cristo no es la sistemática organización de desfiles dedicados a las distintas franjas de edad y cosas por el estilo, con tal de llenar las plazas a lo largo de todo el año: el día del niño, el de los jóvenes, el de los enfermos, el de los
obreros (no el de los desempleados), el de la familia, etc. Eso es un maquillaje de la fachada que oculta las arrugas de la decadencia; exactamente lo mismo que ocurre con la tosca fachada de Maderno de la basílica de San Pedro que, a pesar de los retoques, jamás conseguirá ocultar su mole.
Pero, entretanto, a los pastores los elige esta gente. «Aunque Dios vele por tu rebaño, procura confiarlo a un pastor que lo cuide con desvelo», aconseja un proverbio ruandés. Aprovechando el vacío de autoridad del centro, consiguen preparar montones de expedientes acerca de toda una serie de proyectos y propuestas a cuál más increíble para presentarlos al papa, que, cuando regresa con su séquito, cargado de gloria, pero agotado y distraído, los firma sin darse cuenta de las insidiosas tramas que representan. Conscientes todos ellos de la imposibilidad material de que el anciano pontífice pueda echar un simple vistazo a los nombres que figuran en las notas acerca de las notas de los expedientes.
Al príncipe de las tinieblas le conviene esta política y la promueve, sometiendo a tentación al Cristo místico: «Y, mostrándole todos los reinos del mundo con su gloria, le dijo: Todo esto te daré si, postrándote, me adorares.»
El Concilio Vaticano II, remitiendo a lo dicho por Pío XI y Pío XII, habló, antes, durante y después, de la colegialidad de todos los obispos con el papa en el gobierno de toda la Iglesia, en virtud del principio de la subsidiariedad. A tal fin, Pablo VI, sometido a múltiples presiones, instituyó en 1965 el Sínodo de los Obispos, una asamblea de obispos elegidos por las distintas regiones del orbe que se reúnen periódicamente para discutir y ayudar al romano pontífice a conocer y resolver los problemas y las cuestiones inherentes a la salvaguardia y el incremento de la fe y la moralidad de la vida humana y la forma con la cual la Iglesia tiene que saber penetrar en la vida del mundo.
Es justo que dicho sínodo, que carece de facultad deliberante a este respecto, no pueda dirimir y promulgar leyes sin el consentimiento del papa. Sin embargo, los obispos consideran que dicho sínodo es una mordaza que atenaza e inmoviliza al mismísimo secretario general el cardenal Jan Pieter Schotte (cuya férrea mano y visión ecuménica lo convierten en papable) y a todo el episcopado mundial. Al parecer, quien sujeta la correa de los obispos no es el papa, sino el estamento curial y, en primer lugar, la propia Secretaría de Estado a la que, de otro modo, se le arrebataría su principal golosina.
Puesto que hasta ahora el principio de la subsidiariedad ha sido insuficientemente aplicado, el hábil cardenal Jan Pieter Schotte, considerado el hombre más adecuado en el lugar más indicado, hace todo lo posible para ganar más espacio para el colegio de los obispos de todo el mundo: igual gobierno y responsabilidad de los apóstoles
en torno al Maestro Cristo Jesús que, a pesar de ser la Sabiduría infinita y no precisando por tanto de consejos, los invitaba a expresar su opinión acerca de la construcción del Reino de los Cielos, aunque a veces les hiciera algún reproche: «¡No sabéis lo que pedís!»
Más de un obispo patalea al constatar y experimentar tanta delimitación constrictiva. Uno de ellos fue el arzobispo de San Francisco, monseñor John Raphael Quinn, que a los 68 años presentó la dimisión sin animadversión y, a pesar de sus protestas de fidelidad al Papa, puso valientemente en tela de juicio el predominio supraestructural de la Curia romana. Monseñor Quinn invita al Papa y a la Curia a reconsiderar la actual modalidad de ejercicio del primado apostólico, que ya no está en consonancia con el próximo milenio.
Según el Vaticano II, el verdadero concepto de la colegialidad, hoy ejercida «sub Petro», «bajo Pedro», debería entenderse, por el contrario, como «cum Petro», «con Pedro». Por falta de confianza en el Espíritu Santo, el episcopado se convierte en modelo de control inquisitorial, en lugar de ser un modelo de discernimiento. Se impone una reforma de las estructuras, sobre todo en las relaciones entre el Papa, el Colegio de los Obispos y el sistema actual de la Curia romana. Nadie niega al Pontífice, cabeza del colegio episcopal, el derecho a enseñar en la forma y el tiempo que considere oportunos, pero la pregunta es cuándo y en qué circunstancias tiene que ejercer prudentemente semejante derecho.
El talento del cardenal Newman subrayaba sobre todo los aspectos doctrinales del ejercicio del primado, en el que se presta demasiada poca atención a la prudencia que debe presidirlo. Por su parte, monseñor Quinn considera que los obispos de toda la Iglesia no se sienten libres de expresar su opinión al Sínodo romano acerca de ciertas cuestiones en cuya discusión desearían ser consultados, como, por ejemplo, el divorcio, las segundas nupcias, los sacramentos a los divorciados y la absolución general.
En la Iglesia, por tanto, las cuestiones más serias no se ponen realmente sobre el tapete para su estudio y discusión libre y colegial por parte de los jueces y los doctores de la fe, los obispos. Este residuo de mentalidad medieval vaticana se considera un obstáculo insuperable para la apertura de un diálogo confidencial acerca del ecumenismo. Muchos ortodoxos y otros muchos cristianos se muestran reticentes a una plena comunión con la Santa Sede, no tanto por el aparente prejuicio sobre ciertas cuestiones doctrinales o históricas, cuanto por la actitud manifestada hacia ellos por la Curia romana que se presenta más como controladora que como copartícipe en la fe y el discernimiento en la diversidad de dones y de acción del Espíritu Santo.
El bien supremo de la Iglesia no consiste en el control de un modelo político. La verdadera cuestión del primado y de la colegialidad reside en la respuesta a la pregunta «¿Qué es lo que Dios ha querido para Pedro?». Para encontrar la respuesta teológica
apropiada tal vez fuera necesario otro concilio que, en comunión con los demás creyentes en Cristo y en fraternal diálogo ecuménico con ellos, tratara valerosamente de encontrarla.
El poder en sí mismo es inocuo. Pero, sumado al interés, se contamina. El ambiente procura conferirle una forma artificiosa, disfrazándolo de honradez. El hombre, tanto el seglar como el eclesiástico, con su amor, sus pasiones, sus aficiones y opiniones, su valor, su afectación y su espontaneidad, se convierte en expresión del ambiente, que a su vez moldea el poder para convertirlo en una especie de prototipo de revista ilustrada de carácter divulgativo. Por consiguiente, el círculo determina y condiciona el comportamiento psicológico de aquellos que se acomodan a vivir en semejante contexto.
El sistema, la ideología y el aparato burocrático arrebatan a la persona su conciencia, la autonomía de la razón, el lenguaje natural y, por consiguiente, su humanidad, y le imponen la túnica supraestructural del ambiente. El maniquí así completado ya se puede exhibir en el escaparate. Los sistemas ejercen el dominio total de un poder hipertrófico e impersonal, fundado en una ficción ideológica, capaz de legitimarlo todo sin tocar jamás la verdad; un poder que nadie detenta puesto que más bien es él el que los posee a todos y los condiciona.
En este contexto hermético, la discrepancia se rechaza cual si fuera una locura. El que tiene el valor de discrepar sabe que lo hace arriesgando su propia situación hasta el extremo de que puede pagarlo con la pérdida de su carrera. Para los demás, es un insubordinado, uno que siembra confusión y, como tal, tiene que ser marginado, alejado y recluido en el desván.
La Secretaría de Estado es la cuna en la que reside y crece el vivero del poder tal y como existe hoy en día en la Iglesia vaticana. Es un ambiente que, para subsistir, necesita adiestrar a sus individuos, siempre elegidos por recomendación e influencias, predestinados a convertirse por lo menos en representantes del papa cerca de los gobiernos de los países que mantienen relaciones diplomáticas con la Sede Apostólica. Es un elegante generador de energías potenciales destinadas a garantizar que nada cambie. Y el hombre que ejerce semejante poder es el cardenal secretario de Estado, con la ayuda del sustituto de la Secretaría y de todo el servicio, interior y exterior, de los dos departamentos.
Todo el mundo sabe que al frente de la Iglesia se encuentra el
Papa.* Pero él no la gobierna personalmente; tiene que fiarse de la
honradez ajena (siempre sobreentendida, pero no fácilmente
* Con dos concisos versos, «Hombre que cuando débilmente/murmuras, eres escuchado por el mundo», el poeta Giovanni Pascoli dio la más genial definición del poder papal.
demostrable); la que gobierna en la práctica es su Secretaría de Estado, a la cual están sometidos el resto de la Curia romana y el propio Pontífice.
Peligros y riesgos de autoritarismo masificado, nivelación mecánica, disfraz de las apariencias, predominio de intereses particulares o personales, clan de aprovechados; semejante hipertrofia burocrática empobrece la vida social y corre el riesgo de provocar también una atrofia en los sujetos morales, impedidos de ejercer sus responsabilidades personales y de adquirir capacidad de discernimiento en lo social. La sinceridad y la sencillez no son virtudes muy propias de la casa.
Los cadetes que se educan en la pontificia academia eclesiástica de los nobles plebeyos, la original escuela de los predestinados, donde, junto con las lenguas extranjeras, los aspirantes aprenden la elegancia del porte y la altivez del diplomático, la finura en la conversación y la desenvoltura en el trato. El verdadero diplomático de nunciatura se afianza con éxito cuando finge ignorar lo que sabe y demuestra conocer lo que ignora. Tiene que saber espiar escuchando en las antesalas de las potencias amigas, cerca de las cuales ha sido acreditado, echando mano de la inmunidad.
No cae ni una sola hoja que la Secretaría no quiera. Prácticamente todos los jefes de los dicasterios no sólo tienen que estar a las órdenes del secretario de Estado y del sustituto, sino también a las de los vástagos arribistas que en cualquier momento tratan de llegar, y lo consiguen, a cubrir las tejas del palacio, proyectando una molesta sombra sobre los dicasterios de abajo que, de esta manera, se ven desclasados. En realidad, la Curia romana no debería estar a las órdenes de la Secretaría de Estado, sino directamente a las del papa; la dicotomía se advierte cuando algún jefe de dicasterio se muestra reacio a someterse al yugo y no acepta las órdenes y el predominio de aquélla.
En la vida diplomática, dentro y fuera del ámbito vaticano, el crédito tiene mucho valor. Al que vale a juicio de los demás mucho se le concede. De ahí que, aumentando el concepto de su valía, se incremente en último extremo también su sustancia, que a menudo no existe.
Estructura ultraevangélica, pues Cristo no quiso estudiar diplomacia y en el templo dio muestras precisamente de todo lo contrario con un látigo en la mano y sin andarse con demasiados remilgos, por cierto. Es necesario que Cristo vuelva a azotar con el látigo a los mercaderes del templo, transformado en cueva de ladrones.