Chapter 1. General introduction
1.5.5 Biological control
A veces se olvida que la categoría histórica y filosófica del hombre como sujeto autónomo, ya sea encarnado por el filósofo en la Ilustración francesa y alemana o por el hombre de negocios en la inglesa , impulsa un proceso peculiar de interiorización de una autonomía que abarca igualmente al ámbito de lo estético y artístico. Ahora bien, la constitución de este hombre autónomo se apoya en la aspiración recurrente, delatable igualmente en la Estética, a fundar una nueva universalidad como determinación “natural” del ser humano. En este sentido , la razón ilustrada tiende, desde un prisma trascendental y utópico, al sujeto universal, pretendiendo soslayar las impurezas empíricas, las contradicciones y los conflictos provocados en la historia y en la realidad cotidiana. ¿ No será esto una fuente de tensiones permanentes para la evolución de la Estética y de lo estético en nuestra modernidad?
Ciertamente, es fácil deducir que el corpus estético avanza y cristaliza a través de polaridades continuas. Si unas veces se localizan en los territorios epistemológicos u otras, como el desinterés en el empirismo o en Kant, se erigen como una categoría de oposición a la autonomía de la posesión y el “análisis delas riquezas” en el sentido de la filosofía social inglesa, la crisis de la imitación en las corrientes intelectualistas y la estética clasicista tiene que ver con unos procesos más específicos de interiorización de la subjetividad, del mismo modo que la postulada universalidad del gusto no se desvincula de la universalidad de la Razón y de la
naturaleza humana como referente ilustrado por antonomasia. Referente, por cierto, que será invocado indistintamente por la estética intelectualista inglesa o alemana y, todavía más, desde un relativismo exacerbado, por el empirismo inglés.
Desde estos presupuestos, me atrevo a sugerir que la consolidación de la Estética y su despliegue disciplinar en la sociedad moderna hunde sus raíces en la antropología, aunque su articulación sea todavía endeble e inestable. La naturaleza humana, en efecto, es la figura epistemológica que moviliza a las grandes Ilustraciones. No en vano proclaman a la fisiología del hombre como punto de partida del conocimiento de su naturaleza ( Bufón, La Enciclopedie, el
una premisa subyacente a la experiencia estética, interpretable tanto desde el lado corporal como desde los afectos y sentimientos que suscita. A pesar de que el período ilustrado se salda con el final de la “histoire naturelle” y el salto definitivo a la historia de la naturaleza 3, que propicia
aportaciones disciplinares como la ciencia del hombre, la antropología en el pensamiento ilustradoo la teoría del inconsciente en la filosofía de la naturaleza de Schelling, la teoría estética, desde Herder a Schiller, de Fueurbach a Marx, contribuye con ciertos contenidos con todas las cortapisas que se quiera. Podría decirse incluso que en sus momentos aurorales se anticipa a ese reconocimiento del hombre como objeto del saber y sujeto que conoce, como postulado antropológico desde el momento en que el hombre apareció al modo sugerido por M. Foucault como duplicado empírico- trascendental 4 .
Sea como fuere, la autoconciencia gradual de la autonomía por parte del nuevo sujeto se ve asistida por un reconocimiento de su historia natural, la cual legitima a su vez las aspiraciones a una universalidad , la del gusto o juicio estético, en el sentido de que a cada singular se le acepta y él mismo se percata de un derecho originario a todo, incluido dicho sentimiento. Al menos desde una distante abstracción, como hipótesis, lo que es válido para un individuo no tiene por qué no serlo para la generalidad, para los demás. Por este proceder la subjetividad de los individuos, cimentada sobre los juicios de gusto, se revalúa interiormente en todas las direcciones. Esta antropología balbuceante estimula la autonomía de lo estético en dos momentos: ante todo, delata la presencia y la actuación de una nueva facultad en una nueva conducta humana y, a continuación, promete, casi asegura incluso, a todos los hombres la participación en la misma, en el buen entendido que gracias a la naturaleza humana que a todos los cobija y según sus capacidades, a la naturaleza humana en cuanto base profunda o raíz común desconocida en todos los hombres- Los principios universales del gusto son tan legítimos como los de la razón o los del corazón. Unas hipótesis que parecen verse ratificadas en nuestros días por la llamada secuencia del genoma humano.
Desde semejantes presupuestos, la Estética participa de la estrategia histórica de la misma Antropología. Incluso, de muchos de sus rasgos, no exentos unas veces de pesimismo , como desde Hobbes, o de optimismo, como en los ilustrados germanos. Por ello mismo, si , por un lado, se convierte el campo de enaltecimiento del sujeto autónomo, por otro, también puede devenir el lugar de sus impotencias, ya que se le confían funciones de orden o de remedo ante las experiencias empíricas o históricas adversas. La actividad estética es ensalzada, por tanto, como una tarea elevada de la humanidad – mankind- y los individuos singulares quedan comprometidos con ella como cristalización de la universalidad del género humano, pero a no tardar estos mismos individuos de carne y hueso, y no los más etéreos sujetos trascendentales, ven mermadas las promesas de bondad garantizadas en abstracto por dicha conducta , ya que comienzan a interferirse obstáculos en su goce inmediato o es administrada en una gradación cada día más rebajada.
Desde luego, la floración trascendental de la Estética en el pensamiento ilustrado engrosa un capítulo privilegiado de una profunda inversión epistemológica respecto al objetivismo metafísico y la doctrina clasicista. En las diversas tentativas rebrota la naturaleza humana como referente estético, pero no sólo en la acepción empírica de los ingleses, ni como concepto originario de lo humano al modo de los franceses, sino en el sentido del alumbramiento del sujeto trascendental. Por eso , en esta órbita el referente “naturaleza humana” se transmuta en humanidad ( Menschheit), entendida no solamente como aquel sustrato común a todos los hombres , sino ante todo como una cualidad del ser humano, de la raza humana, de algo infinito a lo que se aspira , pero que nunca se alcanzará del todo. Este el motivo de los vínculos profundos de la Estética con la “educación del género humano” y con la formación ( Bildung), que encontramos desde Lessing , Herder, Schiller o F. Schlegel a las propuestas estéticas y artísticas de nuestros días sobre la educación estética del hombre y la estética antropológica.5 En unos y en otros late la añoranza de esa humanidad tan
próxima a la interpretación trascendental.
humanidad, no descarta los tintes empíricos de una Antropología pragmática. La universalidad del gusto fluye igualmente de la experiencia cuando observamos las diferentes clases de bellezas y de artes en los distintos pueblos y las épocas de la historia humana. Esto fue algo que en el campo de la Filosofía de la Historia supieron ver autores que pretendían ampliarla a una historia universal cosmopolita. Entre ellos destaca Herder , el cual en También una filosofía para la educación de la humanidad (1774), empieza a valorar las aportaciones artísticas de cada pueblo, alumbrando un pluralismo artístico a partir del descubrimiento de otras culturas, como las de los egipcios, los griegos , los fenicios , lo árabes etc., que suscitan “una suerte de furor filosófico”. Las descripciones de los viajes y el coleccionismo devienen las dos figuras de la recepción artística que permiten la recogida de materiales de “todos los confines del mundo” y, aunque sea a través de las conquistas poco recomendables y la arqueología del expolio, desestabilizan la centralidad europea e invitan a iniciar desplazamientos, reales y sobre todo imaginarios, en el espacio y el tiempo.
En términos estéticos más acotados, me permitiría invocar de nuevo el insinuado duplicado empírico-trascendental, pues en él se halla en la raíz de la siguiente aparente paradoja: si, por un lado, se aboga por la universalidad del gusto en el género humano, por otro, en la apreciación subjetiva del mismo se aceptan las diferencias en los distintos sujetos y pueblos. O en otras palabras, el gusto en cuanto esa capacidad universal para discernir lo que denominamos belleza o lo estético en la naturaleza y en las artes, es vivenciado de manera distinta tanto por cada uno de nosotros como histórica o socialmente.
La tensión en la universalidad y las diferencias promueve en el ámbito estético el
relativismo del gusto en un europeo, un chino, un árabe o un etíope. El propio Herder insistiría desde una perspectiva abiertamente antropológica en Kalligone (1800) sobre la diversidad de los gusto en los comportamientos y los hábitos de los mongoles, hindúes, persas, turcos o griegos, advirtiendo que discutir sobre ellos “equivaldría a perder el tiempo y el aliento”. A su vez, en el campo artístico impulsaría una variedad de opciones formales que prepara el terreno para practicar el futuro relativismo artístico de las maneras y estilos artísticos. Esos mecanismos, atribuibles a los ingredientes emancipadores de una reflexión estética apoyada en la filosofía trascendental y en Antropología, no sólo presupone un desbordamiento de las categorías clasicistas de lo bello, sino que empieza a cuestionar la centralidad del gusto europeo, pues puede ser rechazado por otros pueblos cuyas geografías pueden articular nuevas constelaciones. El término europeo bajo el cual se comprimió la nueva situación fue lo exótico. Una categoría estética, inscrita en una dialéctica de la inclusión, que desempeña en los umbrales del Siglo de la Historia un papel semejante al que jugará lo primitivo durante las primeras décadas del siglo XX o las llamadas artes étnicas en nuestros días.
Ahora bien, los avatares ulteriores de nuestra modernidad, a los que son tan sensibles hasta nuestros días tanto ciertas corrientes del pensamiento estético como las prácticas artísticas, conforman una sospecha que sale a escena cuando menos se espera: la absorción del humanismo tradicional por la subjetividad bajo este ropaje trascendental y antropológico descuida a no tardar que esta tiende a diluirse en un proceso de desgarramientos y escisiones; a quedar a expensas de las propias contradicciones del sujeto moderno y la ilustración insatisfecha.
Por eso, desde entonces hasta el presente, en los ideales de la Ilustración se delatan desajustes entre la universalidad concedida en abstracto a todo hombre y las realidades que envuelven al hombre verdadero. O en términos kantianos , en este campo como en tantos otros, no pueden por menos de salir a la luz los conflictos que se interponen entre el sujeto trascendental y su despliegue conflictivo en el sujeto empírico e histórico, en los hombres de carne y hueso, en la naturaleza humana históricamente modificada.
Precisamente, este nudo gordiano fue el que, asumiendo las premisas del pensamiento estético ilustrado, intentó desenredar el joven Marx en los Manuscritos de Paris a partir de principios antropológicos y sensualistas matizados: el reconocimiento, incluso la reivindicación plena de lo estético y lo artístico, por un lado, y la resolución de sus antinomias, la superación de
la universalidad abstracta de lo estético, en el marco general de una teoría de la emancipación. Y de un modo semejante, el Psicoanálisis y las corrientes recientes de la Antropología aspirarán a superar las contradicciones respecto a los otros, a las alteridades del inconsciente o las otredades de lo pueblos no occidentales.6
A pesar de la idealización ilustrada de una naturaleza humana que, destilada en el alambique incontaminado del sujeto trascendental, parece inhibirse de las contradicciones que laceran a los reales, a pesar de los antagonismos cosechados en la historia más prosaica en la fragmentación individual y social, a pesar de estas y otras constricciones que son imputadas por la crítica postmoderna a cuenta de una concepción esencialista, la concepción universalista del gusto en la naturaleza humana es la antesala del reconocimiento , por ambivalente que sea, de una apuesta por las diferencias. Incluso, de unos descentramientos entre los renovados centros hegemónicos y las periferias, aun a sabiendas de que la reconducción fáctica de la variedad de los gustos a principios universales , encarnados en cualquier clase de canon, en los patrones del gusto y los artísticos imperantes, responde a una ideología artística y una práctica dominante en la economía política del gusto y de los signos artísticos que ha de ser sometida a revisión, pero que no se desprende de aquella universalidad, ni de la dialéctica dela inclusión.7
1 Cfr. S. Machán Fiz, Le bateau ivre: para una genealogía de la sensibilidad postmoderna, Revista
de Occidente, nº. 42 ( 1984), pp.7-28 y Epílogo sobre la sensibilidad “postmoderna” (1985), en Del arte objetual al arte de concepto, Madrid, Akal, 1986 y otras ediciones posteriores ( 2001), pp. 291- 342.
2 Cfr. Duchet, A., Antropología e Historia en el siglo de las Luces, México, Siglo XXI, 1975. 3 Cfr. la descripción de este desenlace en la original obra de W. Lepenies, Das Ende der
Naturgeschichte, Francfort, Suhrkamp T.W., 1978.
4 Cfr. Foucault, Las palabras y las cosas, México , Siglo XXI,1968 y otras posteriores, pp. 313. 331
etc.,
5 Cfr. S. Marchán Fiz, Las raíces de la utopía estética en el ocaso ilustrado, Boletín del Museo
Camón Aznar ( Zaragoza), VIII ( 1982), pp. 54-69.
6 Cfr. S. Marchán Fiz, La utopía estética de Marx y las vanguardias históricas, en V. Combalía y
otros, El descrédito de las vanguardias artísticas, Barcelona, Blume, 1980, pp.9-45.
7 Cfr. S. Marchán Fiz, “Centro y periferia en la modernidad, la postmodernidad y la época de la
globalización”, en Seminario Atlántico de Pensamiento, Centro y periferia en tiempos de aceleración, Las Palmas de Gran Canaria, Vicepresidencia del Gobierno, 2006, pp. 89-110.