El ámbito al que pertenece Rodrigo S.M. es más el de lo abstracto que el de lo concreto, lo que justifica la necesidad de la creación de Macabea para poder referirse a sí mismo, pues él mismo es un material abstracto al que está tratando de figurar por medio de su propia escritura:
Sí, mi fuerza está en la soledad. No temo ni a las lluvias intempestivas ni a los grandes vientos desatados, porque yo también soy la oscuridad de la noche. Aunque no soporte bien oír un silbido en la oscuridad, y pasos. ¿Oscuridad? Me
acuerdo de una amante: era una mujer joven y qué oscuridad dentro de su cuerpo. Nunca la olvidé: jamás se olvida a una persona con la que se ha dormido. El acontecimiento permanece grabado a fuego en la carne viva y todos los que perciben el estigma huyen con horror (Lispector, 2011, 19).
Las únicas dos menciones que hace Rodrigo sobre el cuerpo están del lado de una categorización semántica disfórica que redunda en la necesidad de la renuncia para poder reflexionar sobre la existencia: el estigma y la abstención de fútbol y sexo son las únicas dos menciones que Rodrigo hace sobre su propia corporalidad, lo que le va quitando peso como personaje para convertirse en una abstracción de la experiencia de sí mismo. Macabea es, entonces, la figuración mediante la búsqueda del no:
Por ahora quiero ir desnudo o harapiento, quiero experimentar al menos una vez esa falta de sabor que dicen que tiene la hostia. Comer la hostia será sentir la insulsez del mundo y bañarse en el no. Ése será mi valor, abandonar los sentimientos antiguos que ya resultaban cómodos (20).
Rodrigo ha comenzado el proceso de despojarse de la piel para poder acceder a la experiencia de lo desconocido. Los sentidos son la primera forma de acceso, pero estos se callan y le dan paso a otro cuerpo que no siente, que no gime, que es virgen. Que no pesa y que parecería franqueable. Pero finalmente con lo que se encuentra Rodrigo es con sus propios ruidos: la contradicción de llenar el vacío con sus propios pensamientos sobre lo que es o debería ser la existencia.
Suelto ya de la corporalidad, se embebe en la construcción de Macabea, búsqueda de edificación de un cuerpo que se deje habitar y que no tenga en la piel más historia que la necesaria para darle un lugar (marginal, por demás) en el espacio que habita, que se reduzca a su mínima expresión y que sea el punto de partida para el encuentro del mundo y de Dios. Estas dos categorías han de ser de gran importancia para la evidencia del proceso de subjetivación de Rodrigo S.M., porque pone de manifiesto dos polos en los que él se mueve: el fracaso y la redención. Ejemplo este de un ser anfibio que se mueve entre dos extremos: la reducción a sí mismo, efecto de los fracasos, y la redención, que está concentrada en la figura no de un Dios salvador, sino en una construcción cultural: “Dios es el mundo” (13). De manera que la redención no está en una experiencia mística de la
salvación, sino en encontrar un anclaje en el mundo exterior y hacer de la experiencia interior un “algo” traducible en un proceso de comunicación.
Es decir, “si quiero que mi vida tenga un sentido para mí, es preciso que lo tenga para otro; nadie se atrevería a dar a la vida un sentido que él sólo advirtiese, al que la vida toda, salvo en él mismo, escaparía” (Bataille, 1986, 51). Rodrigo es un personaje que se mueve entre el adentro y el afuera, entre la experiencia de lo exterior y la experiencia interior, que es el “viaje hasta el límite de lo posible” (17). En ese orden de ideas, es el constructor de dos cosas: de Macabea como personaje y del relato sobre Macabea. Con Macabea, Rodrigo alarga el ser hasta las fronteras de lo que es posible y asequible: la antítesis de ser nadie. Macabea representa el sinsentido tanto para su autor como para ella misma. Con el relato sobre Macabea y con la inclusión de un lector como interlocutor, se busca la inteligibilidad de la experiencia: no solo se trata de un camino en la búsqueda de sentido, sino el camino de la expresión de dicho sentido. Una expresión que lo vincule a otros aunque haya que tenido que cortar con el mundo para dar una vuelta por el ser, porque esto desemboca, finalmente, en la reanudación de la experiencia exterior.
Si Rodrigo se mueve en la búsqueda y expresión del sentido es porque es una de las carencias del ser. La conclusión es que “existir no es lógico” (Lispector, 2011, 21). La existencia se convierte en algo que ha de ser categorizado, organizado, por la mirada que el sujeto haga sobre ella. Consciente de esto, la existencia de Rodrigo lo convierte en su propio extraño: “Sí, es verdad, a veces también pienso que yo no soy yo, parezco venido de una galaxia lejana, de tan extraño a mí como soy. ¿Soy yo? Me espanto de encontrarme conmigo” (36). Hemos visto que Rodrigo se ha escindido en inmanencia y trascendencia, entre cuerpo y abstracción de sí mismo, entonces, “por ser un duplicado empírico- trascendental, el hombre es también el lugar del desconocimiento –de este desconocimiento que expone siempre a su pensamiento a ser desbordado por su ser propio [...]” (Foucault, 2003, 314). El sujeto es el espacio en el que habitan el yo y el otro, relacionados en medio de una alteridad producida por la conciencia de la existencia y que empieza a estar mediada por un tercero, que es el personaje que Rodrigo construye para poder dar forma a la otredad y hablar de ella.
Las características que a continuación encontraremos sobre Macabea responden a las fisuras o grietas que Rodrigo encuentra en el acto de ser. La experiencia interior “alcanza finalmente la fusión del objeto y el sujeto, siendo, en cuanto sujeto, no saber y, en cuanto objeto, lo desconocido” (Bataille, 1973, 19). Lo desconocido es Rodrigo mismo, pero esto tiene una correspondencia en la construcción de Macabea como personaje y como figura especular en la que se mira. Hablar de la otredad (o desde la otredad) es el enfrentamiento del autor consigo mismo: “He olvidado decir que todo lo que ahora estoy escribiendo está acompañado por el estruendo enfático de un tambor batido por un soldado. En el momento mismo en que empiece el relato al punto callará el tambor” (Lispector, 2011, 23).