La geografía física aparece delineada desde mediados del siglo XIX, dentro de la aparente tradición de la descripción física de la Tierra. No obs- tante, se define en el seno de una ciencia de la tierra plenamente consoli- dada, como es la geología. Circunstancia que ayuda a comprender su perfil preferente como fisiografía o geomorfología, que ha condicionado todo el desarrollo posterior de la misma. La geografía moderna se identifica, a me- diados del siglo pasado, con la geografía física. Una perspectiva que se ex- tiende en ese período y que sustenta la orientación que se le da en Estados Unidos y en Alemania, en un primer momento.
3.1. LA GEOGRAFÍA FÍSICA: LA HERMANA MAYOR
La geografía aparece como una geografía física, concebida, a su vez, como una morfología de la superficie terrestre, como fisiografía, y como una disciplina en el marco de la geología. Incorporada por ello a las fa- cultades y centros universitarios de perfil «científico», dentro de los de- partamentos de geología o con rango independiente, como institutos de geografía.
No es de extrañar, por ello, que sus primeras cátedras sean ocupadas por geólogos, como F. von Richthofen, en Alemania; o como W. Davis, un astrónomo de formación, integrado en el departamento de geología de la Universidad de Harvard, éste bajo el amparo y patrocinio de los grandes geó- logos norteamericanos que impulsaron los famosos Geological and Geo- graphical Surveys, en la segunda mitad del siglo pasado, cuyo impulso será decisivo en la definición de la geografía física americana.
Los orígenes de la geografía en los Estados Unidos están vinculados a los naturalistas del siglo XIX, como Louis Agassiz, y a los exploradores como John Wesley Powell y G. K. Gilbert. El establecimiento de la geografía en Estados Unidos fue la obra de geógrafos físicos, como Davis, Salisbury y At- wood; no es de extrañar, por ello, como se ha resaltado al respecto, que en los inicios del siglo XX, «en los US, la mayor parte de los geógrafos eran es- pecialistas en geomorfología» (Peltier, 1954).
De modo similar, el trabajo de los geólogos alemanes, desde O. Peschel y G. Gerland a F. von Richthofen, se abre a las perspectivas de una deno- minada geografía física. Los más significados geógrafos de finales del siglo pasado y del primer tercio del XX , en Alemania, son geomorfólogos, caso de Penck y Rühl. El equívoco entre fisiografía y geografía física se mantendrá con posterioridad. Dirección asentada además sobre una consistente tra- yectoria de geografía física, que puede identificarse ya desde mediados del
siglo XIX, en obras como la de Mary Sommerville, cuya Physical Geography se publicaba en 1848. Una ciencia de la Tierra en el marco de las ciencias de la Naturaleza.
El carácter adelantado de esta consolidación como disciplina científi- ca se explica por el desarrollo de las ciencias afines, en particular la geolo-
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LA FUNDACIÓN DE LA GEOGRAFÍA
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gía, que condicionará, en mayor medida que la herencia de Humboldt, la evolución posterior de la misma. La geografía física ha sido la piedra an- gular de la geografía moderna.
Así como la geografía física aparece con claridad en los proyectos o es- bozos de una ciencia geográfica, la configuración de ésta como nexo de las ciencias de la Tierra y de las ciencias humanas es tardía. La aparente tar- danza en configurarse un campo de conocimiento sobre la estructura socio- espacial de la sociedad no ha escapado a la observación de quienes se han interesado en la historia de nuestra disciplina.
Dos razones de índole distinta pueden permitir entender, por una par- te, la inexistencia de esos antecedentes y, por otra, la «necesidad» histórica, en un momento muy determinado, de una «geografía humana», tal como nace en el último cuarto del siglo pasado. Que el proyecto de una geogra- fía humana no tome forma con anterioridad puede responder a la existen- cia de una disciplina que, en lo esencial, cubría el campo objetivo que ha sido y es característico de la geografía moderna, de la geografía como cien- cia social. Se trata de la economía política, en su forma clásica.
3.2. LA SUSTITUCIÓN DE LA ECONOMÍA POLÍTICA Y DE LA HISTORIA
Un análisis de la estructura interna de los trabajos de Economía Po- lítica clásica es ilustrativo al respecto: el estudio de la población, de los recursos disponibles, de las actividades económicas, de las relaciones co- merciales, configura un perfil escasamente diferenciado del que será ca- racterístico de los trabajos de geografía. Los vínculos no escapaban a los observadores de finales del siglo pasado: «Porque si bien se mira, tanto la geografía como la ciencia económica (economía política) parten de una base precisa y necesaria que es el estudio de los elementos naturales, que relacionan luego con la vida del hombre y sus necesidades. Abrazan, pues, la una y la otra, dentro de su propio y respectivo campo, los dos términos, los dos factores esenciales, que podríamos llamar natural y hu- mano» (Valle, 1898).
La economía política cubría por completo el espectro de los problemas o el campo de conocimiento que será peculiar de la moderna geografía, en cuanto disciplina encuadrada en las ciencias humanas. En consecuencia, la aparición de la geografía moderna, como disciplina de la actividad social en el espacio -de la población, los recursos, la actividad económica, la distri- bución de unos y otros en el espacio- no podía producirse mientras la Eco- nomía Política clásica persistiera con su habitual perfil.
Hasta finales del siglo pasado constituyó una disciplina dedicada al análisis de la actividad económica y su organización. Lo hacía en el campo de los principios o fundamentos de la actividad económica y en su eviden- cia territorial, es decir, referida a los distintos países o Estados. Sucede a la vieja Estadística, que, como su nombre indica, tenía como objeto los «Es- tados», con la que se confunde en origen. Es la Economía Política del si- glo XVIII y de la mayor parte del siglo XIX.
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LOS HORIZONTES DE LA GEOGRAFÍA
A esta categoría pertenece el trabajo de A. Humboldt sobre el territo- rio de Nueva España, que, en tantos aspectos, parece un estudio de geo- grafía en el sentido actual del término (Humboldt, 1822). Humboldt no lo consideró como un trabajo geográfico. Lo denominó «Ensayo político», por- que correspondía con la orientación y contenidos de una disciplina exis- tente, con un espacio teórico-práctico delimitado. De igual modo que el de- dicado a Cuba (Humboldt, 1998).
La estructura de estos ensayos políticos demuestra esa coincidencia significativa con los que vendrán a ser los contenidos de la geografía hu- mana en su dimensión regional: desde las cuestiones de posición y rasgos físicos del territorio, la extensión, el clima, y la división territorial, pasando por la población, la agricultura, el comercio, la Hacienda. De acuerdo con un enfoque que no difiere de unos trabajos a otros.
La geografía moderna cristaliza cuando esa economía política entra en crisis. Crisis desde dentro, cuando nuevos enfoques en la disciplina econó- mica arrinconan las temáticas tradicionales de la economía política. Crisis externa, porque esa economía política clásica es el campo en que se esbo- zan y desarrollan los postulados marxistas. Dos circunstancias que no han sido valoradas en el proceso de configuración de la geografía moderna.
La aparición de la economía neoclásica, de la mano de A. Marshall, en el último cuarto del siglo pasado, introduce el análisis marginal para abor- dar en condiciones de perfecta competencia la teoría de la firma. Despla- zaba el centro de atención del análisis económico y de la disciplina econó- mica, que supone el fin de la economía política clásica. Dejaba desocupado un amplio espacio de conocimiento. La geografía humana se asienta, en parte, y se desarrolla, en el solar y entre las ruinas del edificio de la tradi- cional Economía Política.
La geografía moderna aparecía como una alternativa externa a la his- toria, cuyo lugar pretendía ocupar. Proporcionar un soporte totalizador de apariencia científica y de relativa consistencia a la historia humana eran co- metidos inmediatos en la década de 1870. En 1859, C. Darwin había publi- cado El origen de las especies, que asentaba la teoría de la evolución sobre bases científicas indiscutibles. H. Spencer vulgarizaba una teoría científica consistente y de rápida y excelente acogida, en una propuesta seudocientí- fica, de carácter totalizador, sobre la evolución social humana, a partir de los enfoques evolucionistas de Lamarck. C. Marx había publicado El capi- tal en 1867; en 1890, A. Marshall publicaba Principles of Economics. Las condiciones objetivas también eran favorables: la guerra franco-prusiana y el aplastamiento de la Comuna aseguraban un tiempo de hegemonía tran- quila para la burguesía europea.
En esta coyuntura hay que situar el nacimiento de la geografía huma- na moderna; a caballo de las disciplinas fisiconaturales y de las disciplinas llamadas humanas. Postura incómoda que no debe ser ajena a las propias condiciones en que ha de perfilarse, como una disciplina que elabore un discurso alternativo al del materialismo histórico para la Historia.
Una perspectiva de la que eran conscientes algunos de los promotores de la nueva disciplina, como M. Dubois, en 1893, al aludir a los «enemigos
declarados o disimulados de la idea de la patria». Se les atribuía el propó- sito de «demostrar que una cierta sociología podría sustituir completamen- te el papel de la geografía; porque necesitan, para sus combinaciones, que no tienen nada que ver con la ciencia, un hombre abstracto, siempre el mis- mo, sustraído a toda acción de las influencias complejas de la naturaleza». La identidad de esos enemigos de la patria con el internacionalismo no pa- rece dudosa.
Vincular la historia con el sustrato físico terrestre aparece como una obsesión en los decenios finales del siglo XIX. «Aparece hoy como una exi- gencia ineludible partir de la geología y la geografía para las investigacio- nes históricas, no perder de vista el suelo, que debe dar, estudiado de una manera completa en su forma, en su constitución, en sus relaciones con el medio ambiente, en sus recursos, la explicación de nuestras diferencias, la clave para comprender la organización social y las instituciones de los pue- blos.» Era la proclama de la
Revue géographique
que dirigía L. Drapeyron, uno de los más destacados portavoces e impulsores de la geografía en Fran- cia, desde el decenio de 1870.La propuesta de una disciplina renovada, asentada sobre la geografía física pero orientada a dar explicación del mundo social, se identifica en la denominada antropogeografía o geografía humana, tal y como se entienden a finales del siglo pasado. La clave de bóveda de esa propuesta, la que la hacía viable, era el soporte teórico elegido. La moderna geografía se sus- tentaba en el concepto de las influencias del medio físico sobre las socie- dades humanas.
La novedad aparente provenía de que se planteaban en el marco de una teoría científica solvente, el darvinismo. Las influencias del Medio sobre el Hombre, las relaciones Medio-Hombre como se dirá más tarde, constituyen el núcleo teórico de la geografía moderna. Una formulación decisiva en la configuración de la geografía tal y como se contempla en la actualidad y tal y como se ha desarrollado en el siglo XX . Constituye el gran hallazgo de la
comunidad geográfica en formación a finales del siglo XIX .
La consolidación del marxismo como esquema interpretativo del desa- rrollo histórico y económico de las sociedades humanas significaba la con- figuración de un saber que carecía de contrapunto en la ciencia social im- perante. La historia, tal y como se cultivaba en el siglo XIX , incluso en su di- mensión positiva, no podía satisfacer las exigencias sociales de explicación del desarrollo humano. De la insatisfacción con esa historia del aconteci- miento, meramente descriptiva de la vida política superficial, o pobremente biográfica de los personajes notables, esclava de una documentación preci- sa pero no dominada, de adscripción positivista, se hacía eco, ya en nuestro siglo, un hombre culto como Ortega y Gasset (Ortega y Gasset, 1957).
La geografía humana, es decir, la nueva geografía de las relaciones Hombre-Medio, se presentaba como una alternativa. Un discurso articula- do de carácter naturalista, frente a la historia como producto social. El dis- curso de las relaciones Hombre-Medio, como un discurso científico sobre el devenir humano.
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CAPÍTULO 8
LA GEOGRAFÍA MODERNA: UNA CIENCIA DE LAS RELACIONES HOMBRE-MEDIO
En el último cuarto del siglo XIX y en los inicios del siglo XX se perfila
el proyecto geográfico moderno, desde la definición del objeto geográfico hasta la formulación de los objetivos que le son propios. Se trata de un es- fuerzo por darle a la geografía contornos propios y por construir un marco teórico para la disciplina. El proyecto se enuncia como antropogeografía o geografía humana. No se contrapone, como pudiera inducirse de la deno- minación elegida, a la Geografía Física, sino que se construye sobre ella, convertida en el soporte del conjunto.
La pretensión era delimitar un área propia; salvar a la geografía de lo que habrá de ser su más permanente y constante sambenito, de espigar en todas las demás ciencias. El esfuerzo más lúcido es, precisamente, el de do- tar a la geografía de una «esfera de trabajo específica», en el marco de la dis- tribución convencional del conocimiento científico. En ese aspecto, la bús- queda de un marco teórico como las «relaciones Hombre-Medio» otorgaba a la geografía, además de una presunción científica, un campo propio.
Los decenios de 1870 y 1880 aparecen como decisivos, como el perío- do en que cristalizan propuestas que articularán la geografía moderna, el de la definición de los objetivos de la geografía, que proporcionan a ésta lo que, en términos de Kuhn, puede considerarse paradigma de la disci- plina durante más de un siglo. La geografía se formula como una disciplina de la interrelación entre naturaleza y sociedad, asentada en el principio de las relaciones entre el hombre y el suelo, entendidas, en principio, como las influencias del suelo sobre el Hombre. La nueva geografía «parte del sue-lo y no de la sociedad».
La nueva propuesta recogía una tradición profunda de la cultura oc- cidental, al mismo tiempo que la enunciaba en términos renovados, acor- des con los fundamentos científicos modernos. El suelo, como clave ex- plicativa de la organización social y de las instituciones políticas: «el sue- lo es el fundamento de toda sociedad», como decía A. Demangeon ya en el siglo XX . Sin llegar a constituirlo en causa directa de la misma lo con- vierte, como decía Ratzel, en «el único lazo de cohesión esencial de cada pueblo».
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LOS HORIZONTES DE LA GEOGRAFÍA
Punto de partida que permitía, además, establecer un límite, una fron- tera respecto de otras disciplinas fronterizas. La construcción intelectual de una geografía que comprenda los hechos sociales tiene lugar en un magma cultural en el que los bordes y las materias de las diversas disciplinas que se aproximan al objeto social aparecen sin suficiente definición. Sociología, etnografía o antropología y economía política se perfilan como campos competidores o complementarios para la observación y análisis del mundo social en la segunda mitad de siglo XIX. Cada una con su propia tradición, con sus antecedentes, con su cultura.
En ese asalto al amplio y complejo mundo social, en que conviven his- toria y política, poder y desarrollo, entre otras muchas dimensiones, el «de- recho» al reparto, como en el análogo mundo de las disputas coloniales, se justifica con la propia tradición, pero debe asentarse en un objetivo diferen- ciado. La geografía presentaba el suyo: el suelo, que debe dar, estudiado de una manera completa en su forma, en su constitución, en sus relaciones con el medio ambiente, en sus recursos, la explicación de nuestras diferencias. El suelo adquiere, en la nueva geografía poder y dimensión explicativos.
La nueva geografía, interesada en primer lugar por los fenómenos pro- pios de la geografía política, aspira a establecer sus causas y fundamentos, a formular sus principios generales, a partir de la geografía natural o físi- ca. El objeto de la nueva disciplina son los hombres, las sociedades, pero en su dimensión local, en su lugar, en su dimensión geográfica, clave para su comprensión.
Esta disciplina del suelo se dirige, sin embargo, al Hombre. Era el ob- jetivo de F. Ratzel, como resaltaba Vidal de la Blache: «restablecer en la Geo- grafía el elemento humano, cuyos títulos parecen olvidados, y reconstituir la unidad de la ciencia geográfica sobre la base de la Naturaleza y de la vida: tal es sumariamente el plan de la obra de Ratzel» (Vidal de la Blache,
1904). La obra que simboliza este planteamiento es la Antropogeografía (Ratzel, 1882-1891), la Geografía de los Hombres, como la denominan los alemanes, la que más tarde J. Brunhes bautizará, traducirá, como «Geo- grafía Humana», término que acabará imponiéndose en el uso geográfico, sobre otras expresiones que también se utilizaron para identificar la nueva disciplina de las influencias del Medio sobre el Hombre.