Los sentimientos de desvitalización pueden llegar a ser tan desagradables que algunas personas toman medidas heroicas para provocarse emociones intensas y sentirse vivos, corriendo riesgos, metiéndose en reyertas, cometiendo imprudencias e infracciones graves de tráfico, etc. Este fenómeno se llama traumatofilia y es una de las consecuencias más sorprendentes de las crisis traumáticas mal resueltas. Recuerda un poco a lo que Freud denominaba la “compulsión de repetición”, necesidad inconsciente de volver a hacer algo, o de volver a ponerse en la misma situación, en la que un suceso traumático tuvo lugar. Aunque las conductas pueden ser parecidas, los dos mecanismos son diferentes.
Mecanismos de la traumatofilia:
Predominio de la desactivación e inhibición emocional. Sujeto apático, desvitalizado y sin sentimientos. El acto heroico (automutilación, reyertas o conducción peligrosa) es un intento desesperado de lograr estimulación
emocional.
Compulsión de repetición. La persona que ha fracasado en tareas importantes de su vida o que no ha podido superar una crisis en un momento determinado, vuelve a intentar resolverla, aunque para ello tenga que provocarla de nuevo.
Pueden producirse otras alteraciones de la conducta menos llamativas, pero igualmente destructivas. El uso de alcohol o drogas para acallar la disregulación emocional es una tentación relativamente frecuente. La falta de concentración, la apatía, la irritabilidad y la inquietud pueden dificultar de manera importante la vida laboral y conyugal, por lo que no son raros los fracasos en estas áreas, con altas tasas de paro, empleo basura, separaciones y divorcios en personas traumatizadas.
Los cambios de personalidad y del sentido de identidad se deben al hecho de que, después de un trauma, ya no somos los mismos. Como mínimo, la autodefinición de nuestra identidad personal se modifica para incluir nuestra opinión final sobre cómo hemos actuado durante la crisis traumática. No es lo mismo haber luchado con coraje ante un peligro que haber salido huyendo o, lo que sería aún peor, abandonando en la huida a compañeros indefensos. Aunque la decisión haya sido tomada en milésimas de segundo, sin conciencia clara de lo que uno estaba haciendo, sus consecuencias pueden transformar toda una vida. En el primer caso, la autoestima saldrá beneficiada y la persona se sentirá más segura y competente; en el segundo, la identidad puede mancharse con la etiqueta de cobarde y en el tercero, además, con las de traidor y culpable. Los supervivientes de crisis traumáticas que han tomado parte activa en su resolución y que salen de ella con la impresión de haber hecho algo útil se encuentran mucho mejor que los que han esperado pasivamente por su conclusión o se han sentido indefensos e impotentes.
La visión del mundo y de sí mismo suele cambiar después de una crisis traumática. Es frecuente que el primero se considere un lugar peligroso e inestable y el segundo indefenso y vulnerable. Esta combinación puede generar, como consecuencia, un miedo excesivo a las posibilidades de futura victimización. La conciencia de vulnerabilidad, por sí sola, produce sentimientos de inferioridad y, a veces, de vergüenza. En ocasiones aparecen, como intento de compensación, reacciones de rabia y deseos de venganza, dirigidos contra los supuestos culpables de la crisis, o incluso contra los mismos rescatadores, que no actuaron lo bastante bien, ni con la suficiente rapidez, ni con el debido tacto y empatía, etc. El mundo puede convertirse no ya en un lugar inseguro y peligroso, sino también malvado, desguarnecido e insolidario. La hostilidad generada en acontecimientos traumáticos puede ser un problema grave cuando se dirige de manera indiscriminada contra todo el entorno, incluyendo a los profesionales que intentan ayudar con su mejor buena voluntad.
M. Z. sufrió un accidente de tráfico sin culpa por su parte. Otro vehículo se saltó el semáforo en un cruce y lo cogió de costado. Aparte de la conmoción, contusiones y heridas menores, M. Z. sufrió un ataque de angustia, por todo lo
cual acabó en el servicio de urgencias de un hospital. Poco a poco, según iba superando el susto del choque, empezó a maldecirse a sí mismo por no haber frenado a tiempo. “Me di cuenta de que se iba a saltar el semáforo, pero no me lo podía creer”, decía. Pronto empezó a insultar al otro conductor y a su familia y, enseguida, a los médicos y enfermeras que lo estaban atendiendo. La cosa llegó a tanto que llegamos a pensar que podía tener una lesión cerebral, pero todos los estudios salieron normales, así que le dimos el alta. Dos semanas más tarde me lo volví a encontrar en un pasillo del hospital. Estaba gritando a las secretarias, a las que había ido a pedir un informe sobre su estancia en urgencias, supongo que por asuntos legales. Luego se fue vociferando por los pasillos “Qué vergüenza, media hora para dar un informe...”.
Las reacciones persistentes de culpa inmotivada tienen lugar cuando el individuo se considera responsable de aspectos de una crisis que, en realidad, escapan a su responsabilidad. En algunos casos hay, en el fondo, un deseo de omnipotencia, de haber sido capaz de hacer frente o de parar la situación. La llamada culpa del superviviente tiene lugar cuando otras personas han fallecido o han quedado gravemente lesionadas y el sujeto piensa que él ha salido relativamente indemne a expensas de ellas. “Tenía que haber
sido yo, y no ellos”, es el comentario típico en estos casos. En ocasiones, se complica con
la “culpa por abandono”, en la que, además, se añaden a la culpa elementos de traición, por haber abandonado a los compañeros o no haberles sido de más asistencia. En cualquiera de los casos, las secuelas relacionadas con la culpa pueden ser peores que el suceso traumático en sí, con elevado riesgo de conductas autodestructivas.
En resumen, una crisis traumática altera el funcionamiento mental de tres maneras distintas: produce sentimientos insoportables, sobrecarga los mecanismos de procesamiento e integración de información y desencaja la idea que uno tiene sobre sí mismo y sobre el mundo. El trabajo de superación de la crisis consiste en ampliar la capacidad de tolerar la angustia y la disforia22, agilizar el procesamiento de información, neutralizar los efectos tóxicos de la experiencia y modificar de manera positiva la visión de sí mismo y del mundo.