aclarar la actitud de la Corona hacia Balboa y Pedrarias. ¿Estaba Fer- nando El Católico más preocupado por salvar almas que por aumentar su riqueza y territorios? ¿Hasta qué punto eran compatibles ambos fines para el monarca? ¿Cuándo entraron en conflicto y cómo intentó el Rey reconciliarlos? Dar respuesta a estas preguntas es fundamental para valorar en su justa medida las afirmaciones de Balboa y Pedrarias de que ellos estaban al servicio de la Corona.
Las reclamaciones reales sobre la tierra y la riqueza
Es probable que los intereses económicos y religiosos de la Corona la llevasen a apoyar primero a hombres como Balboa, para luego proceder a frenar sus ambiciones. En las primeras etapas de la conquista, Fernan- do e Isabel mostraron su predisposición a aprovechar las iniciativas, habilidades y recursos privados. Ahora bien, una vez que un determina- do territorio prometía riquezas, los soberanos tomaban posiciones para evitar que esos mismos intereses privados llegaran a atrincherarse o a ser demasiado poderosos. Según el historiador Luis Vidart, la Corona siem- pre intervenía para prevenir la aparición de feudos en sus posesiones ultramarinas. Fernando El Católico y sus descendientes confiaron en Antonio de Mendoza para controlar a Hernán Cortés en México; en Blasco Núñez Vela y Pedro de La Gasca para coartar el poder de los Pizarro en Perú; en Francisco de Bobadilla y Nicolás de Ovando para limitar a Colón en La Española; y, por supuesto, en Pedrarias para con- tener a Balboa en Tierra Firme5. Así, poco a poco, fue asentando su con-
trol sobre las «nuevas» regiones y los beneficios que se esperaba obtener de ellas.
La Corona había animado a los primeros exploradores y aventure- ros, incluidos Bastidas, Colón y Balboa, a que difundieran historias fabulosas acerca de la presencia de oro en la región —que entonces to- davía se ignoraba si correspondía a una isla o a un continente—, de América Central. Sin embargo, desde Bastidas hasta Colón y Balboa, la leyenda de la abundancia de oro en América experimentó una sutil evo- lución. Mientras que Bastidas pretendía recuperar una inversión econó- mica, Colón apelaba al potencial espiritual del oro para suplicar el favor de los monarcas. Balboa, por su parte, quería una participación para él mismo y sus camaradas de armas. Los reyes, a su vez, deseosos de aumentar su prestigio y riqueza, utilizaron el resplandor, ficticio o real, del oro para estimular el interés de sus súbditos hacia los nuevos terri- torios. Con cada nuevo relato superponiéndose al anterior, la leyenda dorada empezó a costar vidas de españoles y americanos.
Como hemos visto, en 1501, el capitán Rodrigo de Bastidas partió de España con dos carabelas que él y sus socios habían financiado y apro- visionado. Tras alcanzar el límite septentrional de la masa continental descubierta por Colón, Cabo de la Vela, Bastidas exploró la costa otras ciento treinta leguas en dirección oeste, hacia el Golfo de Urabá. Comer- ciando a lo largo de la ruta, Bastidas obtuvo, al parecer, hasta cuarenta marcos de oro, que luego serían transportados a España en el mismo buque que llevó presos a éste y a Colón. Habiendo perdonado a Bastidas después de su llegada a Cádiz6. Fernando e Isabel lo invitaron a visitar su
Corte en Alcalá de Henares:
«E por sus letras reales, proveyeron que el oro que llevaba deste des- cubrimiento que había hecho, le mostrase en todas las ciudades e villas por donde pasase hasta llegar a la corte; e a los corregidores e justicias mandaron que en sus jurisdicciones lo rescibiesen públicamente, porque fuese a todos notorio e lo viesen»7.
Los Reyes Católicos utilizaron el despliegue público del oro americano para incentivar el interés por las nuevas tierras entre sus súbditos. Su ac- titud hacia Bastidas y su oro también debieron impresionar a Colón8.
Apenas un año más tarde, de vuelta en América, Colón envió a los monarcas españoles su informe más famoso: Tierra Firme rebosaba oro. Tras encontrar resistencia entre los indígenas en la costa del actual Pana- má el marino se refugió en Jamaica, desde donde escribió el 7 de julio de 1503 su informe a Fernando e Isabel. El Almirante aseguraba haber lle- gado a una tierra de abundante riqueza, en la que las minas se extendían por todas direcciones hasta donde la vista podía alcanzar. Buscando el apoyo de los Reyes Católicos, Colón hizo hincapié en los potenciales beneficios espirituales del precioso metal: «El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mun- do, y llega a que echa las ánimas al Paraíso»9
. Colón imaginaba que el bíblico rey Salomón había utilizado el oro de sus minas para construir el templo de Jerusalén. Para completar el objetivo milenarista de recons- truir el mismo templo, Colón invitaba a Isabel y Fernando a que explo- tasen las supuestas minas de Tierra Firme10.
Después de la muerte de Colón, esta invitación condujo a las expe- diciones de Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa. Ambas empresas fue- ron autorizadas en nombre de la Corona por el obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca, contraviniendo los compromisos previos adqui- ridos con Colón. Ya hemos visto que Ojeda y Nicuesa apenas encontra- ron un poco de oro —sin duda una trágica decepción después de los entusiastas relatos de sus predecesores—. Informes de hambre, penali-
dades y muerte empezaron a llegar a la Corte desde una tierra antaño imaginada de oro. En ese momento, justo cuando parecía que los es- fuerzos en el continente eran tiempo perdido, Vasco Núñez de Balboa se atrevió a resucitar la leyenda dorada.
Recordando que Bastidas había encontrado oro en el Golfo de Ura- bá, Balboa hizo que la noticia fuera «pública y notoria» entre los hom- bres que acompañaban a Enciso11. Durante los siguientes dos años en el
Darién, Balboa recogió más leyendas sobre el preciado metal que oro en sí mismo. Incapaz de aceptar la escasez de metales preciosos en el lugar que había escogido como asentamiento, Balboa explicó que la necesidad había forzado a sus hombres a dar prioridad a la comida sobre el oro. Según Balboa, la provincia estaba llena de «muchas y muy ricas minas» con «oro en mucha cantidad» incluyendo el increíble número de treinta ríos llenos de oro, los cuales presumiblemente nacían en una cordillera a dos leguas del asentamiento español. Al tiempo que relataba la «nueva muy cierta» de más oro en las provincias de Abenamaque, Careta y Pocorosa, Balboa reservaba sus expresiones más hiperbólicas para las leyendas de Dabaibe y del Mar del Sur. Contaba Balboa que el cacique Dabaibe tenía cestas de oro tan grandes que hacía falta para cada una un hombre que la llevase a la espalda. Es más, los indígenas de Comogre le habían asegurado que se podían encontrar en abundancia inmensas pepitas de oro en los ríos y minas de la costa de otro océano al Sur del Darién. Como si fuera un eco de la carta que Colón escribiese en 1503, el aventurero aseguraba que descubriría «tanto oro y tanta riqueza con que se puede conquistar mucha parte del mundo», insistiendo que la provincia contenía «más riquezas que en todo el mundo». No obstante, apenas 370 pesos de oro acompañaban a la carta de Balboa al Rey12
. La misiva de Balboa llegó a la Corte en Valladolid después de que Juan de Quincedo y Rodrigo de Colmenares, los delegados oficiales en el Darién, comunicasen sus propias versiones sobre las actividades de aquél. Ambos se quejaron de Balboa, aunque ninguno contradijo la leyenda de la abundancia de oro13. Según Las Casas, los procuradores
«sembraron por la corte y por España que el oro con redes se pescaba»14
. El embajador florentino en la Corte del rey Fernando informaba sobre la situación en las islas del Caribe «donde estos españoles no llevan a cabo ninguna otra empresa más que la búsqueda de oro» y acerca de «las nue- vas vetas de oro en el continente, una cosa que, aunque sólo funcione la mitad de bien de lo que dicen, será del mayor provecho para Su Majes- tad y para todos estos reinos»15. Mientras que Balboa había solicitado
500 hombres de La Española para alcanzar el Mar del Sur, los procura- dores y Martín Fernández de Enciso, en representación de Miguel de Pasamonte, el influyente tesorero de La Española, pidieron 1.000 caste-
llanos16
. El 31 de mayo de 1513, el Rey decidió mandar a un comercian- te con experiencia, Pedro de Arbolancha, para que llevase los víveres que el Darién necesitaba con urgencia y aclararse la situación real de la colonia17. Sin embargo, Fernando, en un inexplicable ataque de prisa,
dio órdenes para que se comenzase a preparar una armada de hasta 1.000 hombres con destino al Darién. La fuerza estaría al mando de «una persona principal» que el Rey elegiría de modo que «mejor y más horde- nadamente se haga lo de la mar y lo de la tierra»18. Balboa parecía inade-
cuado para tal misión.
Vasco Núñez y los descendientes de Colón representaban para los intereses de la Corona problemas similares y, de hecho, relacionados. En 1508, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca autorizó las expediciones de Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda a Tierra Firme rechazando las re- clamaciones de Diego Colón, almirante, virrey y gobernador de La Espa- ñola. Para satisfacción de Don Diego, Nicuesa y Ojeda fracasaron en sus encargos, mientras que un rebelde, Balboa, y sus seguidores consiguie- ron sobrevivir en el Darién. Ante el hecho consumado de la usurpación del poder real por Balboa en Santa María de la Antigua, el Almirante se apresuró a nombrarlo gobernador de la región. Informado de esas deci- siones, el rey Fernando reafirmó su autoridad, al tiempo que evitaba un conflicto abierto con Diego, nombrando a Vasco Núñez de Balboa «go- vernador y capitán de la dicha provincia del Darién» el 23 de diciembre de 151119: «por la presente, entretanto que mandamos proveher de go-
vernador e justicia de la provincia del Darién»20
. Menos de dos años des- pués de este nombramiento provisional, el Rey lanzaría otra ofensiva a gran escala para controlar el continente americano y monopolizar su pre- sunta riqueza para el tesoro real.
Las diferentes fuentes del Rey —Balboa frente a Quincedo y Colme- nares— al menos parecían coincidir en lo que se refiere a la riqueza en oro de las nuevas tierras. Las concesiones de Fernando, el 31 de mayo de 1513, a los colonos presentes y futuros de Tierra Firme hacían referencia a la abundancia de alimentos y de oro en la región, probablemente para facilitar la tarea de reclutamiento para la armada21. En posteriores con-
cesiones, realizadas el 18 de junio, el Rey tentaba a los futuros colonos con la promesa de riquezas fáciles en el continente, «según la mucha cantydad de oro que en ella hay»22. Con la misma intención, las primeras
compras para la Armada se referían a su destino como Castilla del Oro23.
El propio Rey introdujo la tentadora idea al nombrar a Pedrarias Dávila «capitán general y gobernador de Castilla del Oro», el 27 de julio de 151324. Reforzando aún más la iniciativa real, Pedrarias y el nuevo obis-
po del Darién, Juan de Quevedo, difundieron al parecer historias sobre las «maravillas y grandísimas riquezas» que esperaban encontrar en el
Nuevo Mundo25
. Uno de los primeros encargos del gobernador sería evaluar las acusaciones del bachiller Enciso acerca de que Balboa y sus aliados habían robado unas 435 libras de oro (43.500 pesos), para deter- minar qué parte de esa riqueza era propiedad de la Corona26. En la mis-
ma línea, Fernando ordenó a Pedrarias que investigase las informaciones de Colmenares sobre la desaparición de un barco que transportaba 894 pesos de oro27. Es más, el Rey envió instrucciones al gobernador de La
Española, Don Diego Colón, para que mandase a Castilla del Oro 50 naborías (sirvientes nativos) expertos en la extracción de oro28. Tanto si
creía como si no en la leyenda dorada, el rey Fernando esperaba recoger frutos de ella.
Los informes de Enciso, Pasamonte, Colmenares, Quincedo e incluso del propio Balboa consiguieron convencer al rey Fernando, en la prima- vera de 1513, de que era necesario enviar a Tierra Firme una expedición de gran tamaño. Una vez que supo que Colmenares y Quincedo habían llegado a Sevilla, el Rey ordenó a sus oficiales de la Casa de la Contrata- ción que comenzasen a preparar una armada de hasta 1.000 hombres, que sería dirigida por «una persona principal que yo mandare...»29.
Aparte de las quejas acerca de Balboa, las historias de la existencia de una riqueza sin precedentes convencieron al rey Fernando de que era necesario reafirmar la autoridad real en Tierra Firme. El 11 de junio de 1513, el Rey escribió a los colonos del Darién, transmitiéndoles su satis- facción por «la buena muestra e señales de oro que ay en esas partes», e incitándoles a que siguiesen descubriendo yacimientos y a perseverar hasta que él enviase «una persona principal que tenga cargo de la gover- nación desa tierra» con una armada para ejecutar «las cosas desas partes como convenga a servicio de Dios e nuestro e bien de los pobladores della»30. El rey Fernando no hacía demasiadas distinciones entre el ser-
vicio divino, los intereses de la Corona y el bienestar de la colonia. Todos necesitaban oro.
A partir de 1492 la Corona había restringido progresivamente las generosas concesiones otorgadas a Cristóbal Colón y sus herederos. In- cluso antes del nombramiento oficial de Pedrarias, el Rey ordenó a éste «o qualquier otro capitán o governador que fuere» que hiciese respetar las resoluciones favorables a Enciso y que originalmente se habían diri- gido a Diego Colón, puesto que el Darién quedaba «fuera de su jurisdic- ción»31. Fernando estaba decidido a que la autoridad del Almirante no
se extendiera a Castilla del Oro. Alabando los esfuerzos del tesorero Miguel de Pasamonte para frenar las pretensiones de Diego Colón, el Rey declaraba «no se ha de dar lugar a que él se entremeta en lo que no es suyo ni le pertenesce, como es esto de Tierra Firme»32. Fernando reco-
rias «que creo ser tal persona qual para lo suso dicho conviene y leal ser- vidor nuestro»33. La decisión del Rey de rebautizar Tierra Firme como
«Castilla del Oro, porque no se sabe aún sy es tierra firme y aunque lo sea avrá menester nombre especial como agora se le ha puesto», era otra for- ma de reafirmar su autoridad sobre la del Almirante34.
Debido a la jurisdicción del Almirante sobre La Española, el rey Fer- nando ordenó en un principio a la armada de 1514 que evitase la nave- gación a la vista de la isla35. Ahora bien, en enero de 1514, los oficiales de
la Casa de la Contratación advirtieron al Rey que ningún piloto de la armada había navegado hasta el continente sin pasar primero por La Española36. El Rey dejó la decisión en manos de Pedrarias, del recién
nombrado obispo del Darién, Juan de Quevedo, y de los funcionarios de la Casa de la Contratación, quienes, lógicamente, consultaron a los pilo- tos mismos. Para satisfacción del Rey, aquéllos decidieron que no era necesario que la armada hiciera escala en La Española37. Su itinerario
dejaría claros los límites de la autoridad del Almirante.
El Rey planeó dar a Balboa una respuesta igual de firme. El 4 de julio de 1513 informaba al tesorero, Miguel de Pasamonte:
«En quanto a lo que dezís de Velasco [sic] Núñez de Valboa, alcalde mayor del Darién, asy por lo que escrevys como por la relación que yo de aca he avido, he sabido algunos excessos e cosas que él ha hecho para lo qual he mandado que se haga pesquisa contra él para que sea castigado como convenga y de manera que a él sea castigo y a otros exemplo»38
. A la vez que negaba a Vasco Núñez, de forma significativa, el título de «gobernador» Fernando ordenaba que se realizara una investigación exhaustiva de sus acciones39. Si el aventurero o sus subordinados eran
culpables de delitos contra la Corona, el Rey ordenaba a Pedrarias que los enviase a Castilla «presos e a buen recabdo» a su propia costa, «para que se proceda contra ellos por todo rigor de justicia»40
. Las quejas del depuesto alcalde mayor, Martín Fernández de Enciso, contra Balboa, provocaron una respuesta real aún más enérgica. Subrayando la usurpa- ción de la autoridad y bienes de la Corona, Enciso acusaba a Balboa y sus compañeros de blasfemar contra Dios, perjudicar a la Corona, y apro- piarse de unas 28 libras de oro (2.800 pesos) sin pagar el quinto del Rey41.
Una vez que identificase a los culpables, el Rey ordenaba a Pedrarias: «Prendeldes los cuerpos e presos e a buen recabdo procedad contra ellos e contra sus bienes a las mayores e más graves penas civiles e crimi- nales que fallardes por fuero e por derecho, e al dicho Vasco Núñez de Balboa, enbiadle preso a esta nuestra corte juntamente con la pesquisa
que contra él se hallare e sequestraldes sus bienes ansi a él como a todos los suso dichos que hallardes culpantes»42.
El rey Fernando parecía decidido a aplastar las supuestas ambiciones de Balboa y sus seguidores. Con este objetivo, el monarca envió un coman- dante experto y de probada lealtad a Tierra Firme.
La Corona ya había establecido importantes precedentes de su deci- sión de imponer el orden en América. Fernando e Isabel habían envia- do a Francisco de Bobadilla para traer a Colón desde La Española en 1499, y a Nicolás de Ovando para que terminase de someter la isla a la autoridad real en 1502. Algunos indicios apuntan a que en 1513 la Corona seguía esforzándose en evitar que surgiera un poder indepen- diente en La Española. Tanto Bobadilla como Ovando habían sido comendadores de las órdenes militares que habían alcanzado su apogeo durante la reconquista de la Península Ibérica. El primer candidato de Fernando para mandar la expedición de 1513 a Tierra Firme, el comen- dador Diego del Águila, también cumplía este requisito, pero parece ser que rechazó el nombramiento43
. Después de designar a Pedrarias, el Rey se aseguró por otros medios de que hubiera una continuidad con la expedición de Ovando. Las «libertades y franquezas» prometidas a los colonos que se instalaron en Tierra Firme hacían constantes referencias a incentivos similares concedidos a los de La Española44. Pedrarias reci-
biría un salario idéntico al de Ovando: 366.000 maravedíes por año45.
Otro vínculo más con La Española sería Diego Márquez, quien había acompañado a Ovando como veedor en 1502, y que ahora se uniría a Pedrarias como contador. Más que un nuevo gobernador, el rey Fernan- do planeaba crear una completa burocracia que implantase la autoridad real en Tierra Firme.
Aunque Balboa y los herederos de Colón fueron un problema para la Corona castellana, las ambiciones portuguesas en el Nuevo Mundo suponían una amenaza aún mayor. Lo mismo que ocurrió con Colón y Balboa, un potencial antagonismo se insinuaba en las instrucciones del rey Fernando respecto a Portugal. Al igual que el astuto monarca había conseguido la ayuda de Colón y Balboa, confiaba poder beneficiarse de las habilidades de los portugueses. En junio de 1513, el rey Fernando envió al experto piloto Vicente Yáñez Pinzón para que reclutase buques portugueses para la armada, pidiendo además su asistencia al soberano del país vecino46. El Rey también aprobó, a instancias de la Reina portu-