La teoría del trauma psíquico, reanalizada en Moisés y la religión mono-
teísta (1939), así como otros temas –el análisis del analista y la peculia-
ridad del mismo como factores preponderantes para la cura analítica–, estudiados en “Análisis terminable e interminable” (1937a), y la labor del analista, reconsiderada en Construcciones en el psicoanálisis (1937b), constituyen algunos de los problemas retomados por Freud al final de su obra.
Se los encuentra con descubrimientos que lo sorprenden, y que van al fundamento de una concepción más elaborada para el tratamiento de pa- cientes con alteraciones en la estructuración simbólica de sus síntomas, a lo largo de décadas.
Intentaré indagar en el presente trabajo, a partir de estos textos, en nuevas concepciones que se fueron planteando sobre la teoría del trau- ma psíquico y la técnica psicoanalítica, para facilitar el acceso terapéuti- co a los pacientes con esas alteraciones. Presentaré una viñeta clínica, y luego expondré consideraciones sobre condiciones de la participación del psicoanalista, de la disponibilidad de su vitalidad pulsional en la sesión, que creo es fundamental para el trabajo analítico, especialmente con pa- cientes con trastornos en su capacidad de elaboración simbólica.
Ferenczi, último gran interlocutor de Freud, había fallecido dejando abierto un debate sobre la teoría de la técnica, la del trauma psíquico, y el análisis del psicoanalista, que creemos que Freud continúa en los tra- bajos mencionados.
Por ejemplo, la idea del trauma “real”, que mantuvo su presencia como núcleo de verdad en la realidad psíquica, junto al descubrimiento
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Por ejemplo, en esta categoría de síntomas aparece la mencionada re- ferencia a la alucinación como portadora de vivencias tempranas de una época en la cual el niño “apenas era capaz de lenguaje” (1937b, pág. 268), planteo que no parece lejano a las características de retorno de traumas de esa época de desarrollo (1939, pág. 73).
En 1920 había quedado un camino abierto en la interrogación freu- diana, con el hallazgo de una fuerza que contrariaba el principio de pla- cer, y que también trascendía el de displacer mismo. Eran otras tensio- nes las que se conjugaban para producir el síntoma que confrontaba a Freud, y que le exigió y permitió el progreso teórico. La segunda tópica dará cuenta de ello.
Pero es recién al final del camino, en los últimos trabajos, donde cier- tos interrogantes centrales terminarán de expresarse y, creo, de abonar la base a desarrollos psicoanalíticos contemporáneos.
Es en el “escenario” de la persona del analista (Freud, 1937b, pág. 260), en los procesos internos que en él se desarrollan, y en el trabajo elaborativo que realiza con ellos, donde se podrá llevar a cabo una tarea con los procesos psíquicos inconcientes del analizando. Particularmente aquellos procesos que no alcanzaron un nivel de representación, o mejor dicho que su representabilidad no trascendió una inscripción más afec- tiva (como “símbolo mnémico”), o siquiera tal, como estados descualifi- cados (como estados de vértigo, asfixia o dolor no sentido). Estos se en- contrarán escindidos, desconocidos en él, pero activos y eficaces en su necesidad de actualización y de reclamo de un espacio “visible”, repre- sentable para su conciencia. Pero, para ello, aún deberán acceder a un asidero en una huella mnémica, que se encuentra sólo en estado poten- cial, que tal vez se pueda constituir a partir de la tarea elaborativa con- tratransferencial del analista.
Serían entonces estados compulsivos que buscan devolverle a un víncu- lo temprano su vigencia mediante la repetición de la vivencia traumática, a través de hacerla revivir en un vínculo análogo “real-objetivo” con otra persona.
Sería una de las formas que tienen estos estados de retornar al pre- sente, de presentarse en lo actual, de intentar someter al “examen de ac- tualidad” (Freud, 1917, pág. 231, n. 34).
Del trauma “puro” al trauma psíquico
En una primera época, la teoría del trauma en Freud se desarrolla fun- damentalmente en torno a la investigación de la etiología de la histeria. Ésta era considerada como resultante de la seducción sexual del niño por un adulto o un niño mayor. Su resultado tendrá consecuencias
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de la “mentira” histérica (carta 69 a Fliess del 21/09/97, Freud, 1950a), reaparece ahora en las formas de retorno alucinatorio de vivencias tem- pranas (Freud, 1937b, pág. 268).
También creo que el concepto de transferencia experimenta el im- pacto de los nuevos descubrimientos, a partir de la revisión de la rela- ción entre la actividad del analista y la del paciente (1937b), de la ob- servación de la repetición de formas tempranas de vínculo (1939), o de la consideración de las condiciones de la personalidad del psicoanalista y su influencia en la tarea psicoanalítica (1937a).
Un paso relevante en el tratamiento del tema de la transferencia, ya lo había constituido el reconocimiento de la contratransferencia, a par- tir de las vicisitudes de los análisis llevados a cabo por Jung, Ferenczi, Jones o Pfister, así como por el conflicto que le había generado a él mismo el tratamiento de E. Hirschfeld (Falzeder, 1994).
Freud había empleado por primera vez el término en el Congreso de Nuremberg en 1910, y si bien allí planteaba la necesidad de dominarla a través de su elaboración, habría que destacar primero la importancia
de su descubrimiento, de lo que implicó la consideración de la participa- ción del analista, de su sentir inconciente, en la investigación psicoa- nalítica. De hecho, seguramente de modo no casual, introduce el con-
cepto en el texto sobre el porvenir de la terapia analítica.
Si bien allí exigía el autoanálisis del analista como condición para el ejercicio clínico (Freud, 1910), sólo dos años después, en “Consejos al médico”, afirmaba que para ser analista era necesario analizarse con otra persona (Freud, 1912).
Pero es recién en el artículo de 1937, donde más claramente apoya el análisis interminable del psicoanalista. En principio en la forma de aná- lisis periódico, probablemente también influenciado por la impronta que Ferenczi le había impuesto al tema (Freud, 1937a).
En el segundo texto de 1937, Construcciones en el análisis, la tarea de la construcción como empeño del psicoanalista en colaboración con el paciente, que tanta impresión le provocara a Freud, no parece ajena a los anteriores planteos. El psicoanálisis deja aquí de tener enunciados solipsistas, pues la construcción ya de por sí, explícitamente, implica una labor de dos personas, “de cometido diverso”, y lo que le acontece al psicoanalista parece tener una importancia superior a lo que se suponía hasta entonces.
Los motivos clínicos a los que se aboca –la vigencia actual de las vi- vencias tempranas preverbales y su retorno como síntomas–, son posi- blemente los que han estimulado estos avances: existen escenas que el paciente no puede recordar, y que necesariamente requerirán de la par- ticipación activa del psicoanalista, para que puedan alcanzar un estado de representación psíquica inédita.
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tición y como fijación al trauma buscan devolverle su vigencia a través de “recordar la vivencia olvidada o, todavía mejor, hacerla real-objetiva (real), vivenciar de nuevo una repetición de ella: toda vez que se tratara sólo de un vínculo temprano, hacerlo revivir dentro de un vínculo aná- logo con otra persona” (Freud, 1939, pág. 72).
También el trauma tiene efectos negativos, que buscan lo contrario: “que no se recuerde ni se repita nada de los traumas olvidados” (ibíd., pág. 73).
Por otra parte Freud destaca que “la influencia compulsiva más in- tensa proviene de aquellas impresiones que alcanzaron al niño en una época en que no podemos atribuir receptividad plena a su aparato psí- quico” (ibíd., pág. 121), una época en la cual “sus tempranísimas impre- siones, recibidas […] [cuando] era apenas capaz de lenguaje, exteriori- zan en algún momento efectos de carácter compulsivo […]” (ibíd., pág. 125), que se terminarán plasmando en rasgos de carácter.
Estas nuevas propuestas despejan el camino para acceder a padeci- mientos que requieren de una forma de intervención del analista para la que deberá indagar en estados que no han adquirido representación simbólica, y que se manifestarán en forma de afectos, seguramente su- frimientos intensos, presiones en la transferencia, “odio en la contra- transferencia” (Winnicott, 1947).
El trauma escenificado en el vínculo transferencial
Una consideración especial merece la obra de Ferenczi, en quien tanto incidió la preocupación por hacer accesible al psicoanálisis a los pacien- tes más perturbados.
En 1922, en el Congreso de Berlín, Freud invita a los analistas a re- flexionar sobre la relación entre la teoría y la técnica analíticas, sobre la medida en la cual ambas “se promueven u obstaculizan hoy recíproca- mente” (1919, pág. 263).
La propuesta es tomada por Ferenczi y por Rank, quienes escriben
Perspectivas del psicoanálisis (1924). Ferenczi cuestiona allí (en los capí-
tulos escritos por él), la concepción hasta entonces vigente de la repeti- ción como obstáculo resistencial del paciente, y la propone como el ver- dadero material inconciente.
La tarea implicará necesariamente un proceso elaborativo de dos, sólo implementable a través del compromiso contratransferencial del analista, por otra parte necesario para el despliegue transferencial de experiencias traumáticas.
En el Diario clínico (1985) que Ferenczi redacta en 1932, es donde de- sarrolla más extensamente la concepción de la “contratransferencia
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económicas sobre el psiquismo, generará un exceso de excitación que no podrá ser integrado psíquicamente, ni derivado por vía motora. Pero la elaboración del mismo trascenderá la antigua teoría catártica, abreacti- va, tan afín a Breuer.
Freud desarrolla una concepción dinámica de la creación del síntoma. Existirá la vivencia actual, sexual, traumática, cuyo recuerdo se repri- mirá y llevará de este modo a la creación del síntoma primario. Posteriormente la defensa lograda fracasará, y de la lucha entre las re- presentaciones reprimidas que retornan y el yo, surgirán los síntomas nuevos, propios de la enfermedad neurótica (Freud, 1896, Manuscrito K {1950a}).
Por lo tanto, la cura requerirá de una tarea elaborativa, mnésica, que permita la reintegración a los circuitos asociativos del recuerdo reprimi- do, no tanto su descarga.
Más que renunciar a la antigua teoría, en la citada carta a Fliess de 1897, Freud replantea la concepción del trauma. La experiencia clínica frustrada lo lleva a inteligir “que en el inconciente no existe un signo de realidad, de suerte que no puede distinguir la verdad de la ficción vesti- da con afecto” (Freud, 1950a, pág. 301).
Pero esto significó descubrir que los síntomas histéricos “ya no apa- recían más como retoños directos de los recuerdos reprimidos de viven- cias sexuales infantiles, sino que entre los síntomas y las impresiones in- fantiles se intercalaban las fantasías (invenciones de recuerdos) de los enfermos…” (Freud, 1906, pág. 266). Se trata de una profundización del concepto de trauma sexual infantil, concediendo su lugar a la vida fan- tasmática, a la realidad psíquica, a su rol protagónico entre los aconte- cimientos realmente vividos y sus efectos patógenos. La escritura de Freud es muy cuidadosa en no desmentir la existencia de los hechos re- ales, junto a estas “poetizaciones” embellecedoras (Manuscrito M, 25 de mayo de 1897 {1950a, pág. 293}).
La huella del acontecimiento comienza a producir recién efectos pató- genos por condiciones de maduración o por acontecimientos ulteriores, que retroactivamente generan esas consecuencias (Freud, 1950b, pág. 403).
Esta causa retroactiva no despierta el recuerdo sino que constituye al trauma mismo, introduciendo una conceptualización inédita respecto de la temporalidad, creadora en ese acto del psicoanálisis.
En 1926, la noción de trauma quedó ligada a la de situación traumá- tica. Ésta refiere a una situación vivenciada de desvalimiento. El yo in- tentará anticiparse a la misma mediante el desarrollo de angustia como señal, trasformándola así en situación de peligro (Freud, 1926, pág. 155). Será necesario llegar al texto de 1939 para encontrarnos con otro pro- greso: el trauma tiene empeños positivos que como compulsión de repe-
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sólo será capaz de responder a actitudes emocionales, receptivas del ana- lista; a vivencias de este último que el paciente capte, y que a su vez se sienta captado por un adulto –el analista–, esta vez adecuado (Ferenczi, 1923, 1931, 1933).
Las posturas teóricas –especialmente las referidas a la etiología del trauma– y técnicas –su concepto de repetición y sus propuestas de téc- nicas “activas”– que Ferenczi defendió, generaron una reacción negati- va en algunos miembros del movimiento, particularmente en Jones, Radó y Brill, así como una postura ambivalente en Freud (Jones, 1955- 1957). La presentación que realizó en el Congreso de Weisbaden (1931), de “La confusión de lenguajes entre el adulto y el niño”, despertó un grado inusitado de controversia, y fue el punto culminante de una polé- mica personal y científica. Recién pudo ser publicado quince años des- pués. Ferenczi fallecería en 1933.
Condiciones que predisponen a la aparición de un trauma
Freud consideraba la existencia de un psiquismo temprano, con dife- rentes registros mnémicos, que quedarían perturbados por la exposición del psiquismo a la vivencia traumática. Creo que es de gran importancia conocer estos registros, y los síntomas que generarían aquella vivencia. Será un modo de comprender a qué tipo de fenómenos deberá enfren- tarse el analista, atento al psicoanálisis de pacientes que han padecido esos avatares.
Para Freud, la memoria está registrada bajo una diferente variedad de signos, al menos en tres formas (1950, carta 52, pág. 274). Un primer signo de percepción es la primera transcripción de las percepciones, ar- ticulada según una asociación por simultaneidad. Una segunda trans- cripción, ordenada según nexos causales, corresponde a recuerdos de conceptos. Finalmente una tercera retranscripción, ligada a representa- ciones-palabra, correspondiente a nuestro yo oficial, que así podría de- venir conciente de acuerdo a ciertas reglas.
Las neurosis se producirían por insuficiencia en la capacidad de tra- ducir un material psíquico, de una a otra escritura mnésica.
Al faltar la reescritura posterior, la excitación propia del material “es tramitada según las leyes psicológicas que regían en el período psíquico anterior y por los caminos de que entonces se disponía” (ibíd., pág. 276). Ese material entonces persistiría en forma anacrónica, como fueros o relictos con leyes propias de funcionamiento, ajenas a las nuevas leyes del material que sí fue pasible de transformación.
Según este esquema, habría al menos dos tipos de fueros, correspon- dientes, por una parte, a la imposibilidad de traducción de los primeros signos, y, por la otra, a la imposibilidad de traducción de los segundos.
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real” del analista (17/01/32). Conjetura que la exploración profunda de ésta, abre el acceso a resistencias del paciente hasta ese momento inac- cesibles, para lo cual considera imperioso que el psicoanalista realice el análisis más exhaustivo posible, por su grado de involucramiento en la tarea. Entiende que el análisis terapéutico del psicoanalista debe ser “perfectamente terminado” (Ferenczi, 1928, pág. 56).
Con respecto a la contratransferencia real habría que mencionar el eco que tendrá en Winnicott, quien años después se referirá a los senti- mientos “reales” en la contratransferencia, en un sentido tal vez no de- masiado diferente a Ferenczi (Winnicott, 1947).
Otro de los aspectos clave de su teorización se refiere a su concepción sobre el trauma. Tomando como referencia el “sueño del bebé sabio” (1923), Ferenczi describe un niño traumatizado y herido en su narcisis- mo, que se convierte en adulto escindido por la huella del trauma, trau- ma que se origina en la confusión entre el lenguaje de la ternura del niño, propio del lenguaje infantil, y el lenguaje de la pasión, propio de los adultos (Ferenczi, 1933).
El niño introyecta en su visión al adulto como agresor y conserva así una situación de ternura, adecuándose a la pasión desbordante e inefa- ble del adulto. Es el único modo que encuentra para mantener controla- ble (pero vigente) la vivencia todavía “inexperienciable” por un yo inca- paz aún de conciencia, pero que no obstante lo sofoca en una vivencia violenta.
Esta “identificación con el agresor” se convierte en la única posibili- dad de mantener el vínculo. Éste adquiere características alucinatorias, porque aún no se ha desprendido libidinalmente el objeto como una rea- lidad que pueda llegar a representar.
El juicio de realidad quedará sesgado por la realidad vivencial psíqui- ca, con escisiones yoicas en aquellas áreas arrasadas por la invasión pul- sional de ese vínculo indiscriminado.
Existe entonces un vínculo “real” agresor/agredido, que queda des- mentido por razones diferentes por ambos participantes: en el niño, por la necesidad de dominio pulsional como imperativo de supervivencia psí- quica; en el adulto, por la desmentida de su violencia “amorosa”, que a su vez también queda introyectada por el niño. Se forma así un conjun- to completo de la escena traumática, vivida ya como “realidad objetiva”. Este amplio espacio psíquico, puntualmente escindido, es gráfica- mente denominado por Ferenczi como el estado del “bebé sabio”: el niño escindido, se escinde para adaptarse a padres inadecuados. De algún modo se invierte la situación parental.
Este “bebé sabio”, en el adulto, requerirá de un analista que lo capte más allá del lenguaje convencional del adulto. Porque el registro de esa escisión yoica, a la vez circunscripta y extensa en el aparato psíquico,
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sin alcanzar el estado de ausencia que hubiera permitido su reencuen- tro como percepción.
Como todas las representaciones provienen de percepciones (ibíd. pág. 255), la percepción que corresponde a objetos que no pudieron ser representados porque no se alcanzó un estado de pérdida y duelo por el objeto en cuestión, no sería entonces una percepción sino una alucina-
ción.
Por otra parte, esta alucinación parece ser diferente de la alucinación onírica, ya que, más que un cumplimiento de deseo, correspondería a un tiempo anterior a la instauración del principio de placer, tiempo propio de los sueños traumáticos, en el cual la percepción alucinatoria tendría una función de descarga, o de búsqueda de los estímulos traumáticos (Freud, 1920, pág. 31).
El juego del carretel es el ejemplo por antonomasia del mecanismo que intenta oponerse a esa descarga: la situación traumática de aleja- miento de la madre es neutralizada en el niño por el placer que le gene- ra la escenificación del arrojar el carretel infinidad de veces, convirtien- do en juego la vivencia penosa, pasiva. Así en forma activa, el niño se adueña de ella. Por otra parte, por la actividad del jugar inflige a otro “lo desagradable que a él mismo le ocurrió y así se venga en la persona de este sosias” (ibíd., págs. 16-17).
Pero este juego no es primario.
Precursores de la presencia de un objeto en el psiquismo
Winnicott describe el “juego del bajalenguas”: coloca un reluciente baja- lenguas en el borde de una mesa, frente a un niño pequeño sentado en las rodillas de él o de la madre. Luego de un período de duda, el niño toma el objeto, juega con él y finalmente invita a la madre o a un terce- ro a jugar también. En una etapa posterior arroja el bajalenguas y espe- ra que le sea devuelto, para volverlo a arrojar una y otra vez con enor- me placer (1941, pág. 82).
Winnicott entiende que el juego del carretel sucede lógicamente a este juego, pues el niño necesitaría poner a prueba la existencia previa de la representación de la madre (ibíd., pág. 100).