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Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre (Hb 13,8)

El 23 de diciembre nuestra Facultad de Teología cumplirá 90 años.

Entonces comenzaremos el camino hacia su Centenario, que será un quinquenio después de 2010, fecha del Bicentenario de una de las gestas fundantes de nuestra patria. Me referiré al contexto y al sentido de la fun- dación de la Facultad, para venir del pasado al presente atravesando el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, que ha marcado a la Iglesia, a la teología y a nuestra Facultad. Me refiero al Concilio Vaticano

II, el cual el próximo 8 de diciembre cumplirá 40 años de su clausura so-

lemne y del comienzo de su recepción. El aniversario nos invita a hacer

una reflexión en perspectiva histórica hacia el Centenario.

Como se notará, el tono del discurso es distinto al de 2004, cuando presenté la misión de la Facultad entrecruzando una meditación dirigida a promover una teología más eucarística, en el marco del Congreso Euca-

rístico Nacional, y una orientación estratégica siguiendo el Plan Operati- vo Anual (POA 2004) que preparamos, ejecutamos y evaluamos el año

pasado.2Para 2005 elaboramos un POA más integrador, que coordina el CARLOS M. GALLI

1. Texto completo –parcialmente reelaborado– del Discurso de Apertura del Año Académi- copronunciado por el Decano el día 7/03/2005.

2. Cf. C. GALLI, “Hacia una teología más eucarística”, Teología85 (2004) 137-157. Creemos que con lo ya dicho podemos ahora terminar este escrito

con unas palabras que con atinada sabiduría, desde la madurez no sólo del tiempo vivido sino también del sufrido por amor a la Iglesia, nos dejara el P. Congar:

“La Iglesia debe ser libre ante un cierto modo de ser ella-misma, respecto a sus tor- pezas, a lo que tiene de espíritu del mundo, de autojustificación, de apego al peso muerto de su pasado y también de su presente. El Espíritu que habita en ella sus- cita sin cesar, desde la base hasta el vértice, iniciativas de reformas y de creacio- nes”.47

ANTONIOFIDALGOCSSR 23-09-2005

tidad que parte de lo poco para llegar a todo; una identidad que sabe tomar lo negativo (la leva- dura es signo de corrupción en la Biblia) como elemento de transformación, de allí que desde los crucificados se podría realizar una Iglesia nueva que tenga algo que decir, en nombre de Dios, al mundo y su historia.

como comunidad para buscar la verdad, ella fue el lugar institucional pri-

vilegiado donde se ejercitó la teología. Siendo la teología profecía y sabi-

duría, puede ser llamada también “ciencia”, en un sentido análogo y emi- nente, porque a partir de los datos objetivos de la revelación piensa el contenido de la fe con todos los instrumentos de la razón, elevada así a “razón teológica”.3El saber científico de la fe es un saber teórico, funda-

mentado, discursivo, crítico, metódico, sistemático y progresivo, investi-

gado, enseñado y aprendido en una universidad.

Desde el medioevo la teología se ejercita en la universidad.4Éste no

ha sido el primero ni es el único lugar institucional de su estudio y trans- misión, porque ella se desarrolló en escuelas catequéticas y monásticas desde la edad antigua, en escuelas palatinas desde la reforma carolingia, en escuelas catedralicias urbanas multiplicadas en el siglo XII, y desde el si- glo XVI, en los seminarios para la formación sacerdotal creados por el Concilio de Trento. Pero la universitas ha resultado ser la institución más

adecuada para estudiar los distintos saberes y, en particular, para el desa- rrollo de la investigación, la enseñanza y la extensión de la teología con- cebida como saber científico y sapiencial.5Aún hoy la teología se enseña

en universidades estatales, como en Alemania o en algún lugar de Italia, y en universidades privadas no confesionales, como en los Estados Uni- dos. Normalmente, hoy la teología católica se enseña sobre todo en facul- tades ubicadas en universidades católicas.

Desde el siglo XVI, también en América Latina, de México a Lima, se enseñó teología en las universidades. Para limitarme al Cono Sur, a co-

mienzos del siglo XVII se convirtieron en universidades los colegios je- suitas de Córdoba (Argentina) y Chuquisaca (hoy Sucre, Bolivia). La- mentablemente, durante el surgimiento de nuestros estados nacionales y por las tendencias culturales y educativas vigentes entonces en países de tradición latina y católica, sucedió aquí lo mismo que en otros países de América Latina y de Europa, como España y Francia. Se suprimieron las facultades de teología en las universidades configuradas según el modelo iluminista y napoleónico. Ese proceso, distinto en cada lugar, condujo a

3. M. D. CHENU, ¿Es ciencia la teología?,Colección Yo sé - yo creo 2, Casal I Val, Andorra, 1959, 60.

4. Cf. M. D. CHENU,La théologie comme science au XIIIe siècle, Vrin, Paris, 19573; La théolo- gie au douzième siècle, Vrin, Paris, 19662; Introduction a l´étude de saint Thomas d´Aquin, Vrin, Paris, 19549.

5. Cf. E. BRIANCESCO, “Iglesia, Cultura, Universidad”, Teología72 (1998) 20-29; “Evangeliza- ción de la inteligencia y articulación del saber”, Consonancias6 (2003) 17-28.

Plan de Actividades Académicas y el Presupuesto Económico. Aludiré só-

lo a algunos de sus objetivos para 2005 y ahora mencionaré sus grandes rubros: organización y gestión; planeamiento y evaluación; relaciones institucionales, publicaciones y comunicación; docentes; alumnos; gra- duados; carreras; investigación; extensión y servicios; biblioteca; infor- matización; infraestructura; cooperación académica. Además, se mantie- ne vigente lo dicho el año pasado a nivel eucarístico porque, con la Igle- sia universal, celebramos el Año de la Eucaristía.

Ahora quiero hacer una reflexión articulada en tres niveles –históri-

co, teológico y pedagógico–. Pero me limitaré sólo al primer punto previs-

to: narrar un relato histórico en el que asumiré reflexiones teológicas de algunos de mis predecesores y extraeré consecuencias para el pensamien- to y el estudio en el ciclo lectivo que hoy inauguramos.

El pasado, tiempo de experiencia y memoria, nos ayuda a asumir mejor el presente como espacio de iniciativa y acción, y a proyectar el fu- turo como horizonte de promesa y esperanza.

Como toda familia y todo pueblo que necesitan conocer su historia para asumir su identidad, nuestra familia universitaria, que quiere ser ca-

sa y escuela de verdad y amor en comunión, necesita tener memoria his-

tórica.

Por eso quiero recordar con gratitud el pasado; asumir con respon-

sabilidad el presente y soñar con esperanza el futuro. Los invito a hacer-

lo confiando en Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)”. Él es el Señor de la historia y, por eso, también el Señor que acompaña y guía la vida de esta pequeña pero querida Facultad, que durante 90 años ha da- do tanto a la Iglesia en nuestro país. Si ahora voy al origen en 1915 es por- que quiero, en este 2005, proyectar la Facultad hacia 2015.

1. Una Facultad que cumple noventa años

y que se encamina hacia su Centenario

Para entender la fundación de esta Facultad hay que saber que la teología se desarrolló como ciencia de la fe al adquirir status universitario en la alta edad media. La universitas studiorum, nacida ex corde Ecclesiae, surgió en París, Bolonia, Colonia, Oxford, Padua, Tubinga, Salamanca o Nápoles con alguna/s de estas facultades: teología, artes (filosofía), dere- cho y medicina. Desde que nació la universitas magistrorum et scolarium

da Teología– concediéramos al Arzobispo de Buenos Aires el privilegio de conceder grados académicos en cada una de esas disciplinas a aquellos alumnos que, una vez completado satisfactoriamente el currículo de sus estudios, fueran juzgados dignos de estas promociones... (por eso) erigi-

mos y declaramos erigidas de ahora en más las Facultades de Filosofía y de Sagrada Teología en el Seminario Arzobispal de Buenos Aires; lo hacemos por nuestra autoridad apostólica, de acuerdo a los cánones, de modo per- petuo y con todos y cada uno de los derechos y prerrogativas que suelen ser atribuidas a este tipo de instituciones aprobadas por esta Santa Sede... De-

cretamos así que la presente Carta sea de ahora en adelante firme, válida y eficaz, que obtenga su efecto pleno y total, que ayude plenamente a quienes concierne o corresponda en el futuro”.

El Breve dice “lo hacemos... de modo perpetuo”, y agrega que lo de- cretado “sea de ahora en adelante firme, válido y eficaz... y que ayude ple-

namente a quienes concierne o corresponda en el futuro”. Los que hemos

estudiado hasta ahora, los que ahora estudian en la Facultad y, especial- mente, los que hoy se incorporan en ella, recibimos muchas décadas des- pués lo establecido de modo firme y perpetuo entonces, y pertenecemos a la Facultad en el presente según lo que se dispuso en el pasado, cuando se dijo “a quienes concierne o corresponda en el futuro”. Reconociendo este documento fundacional nosotros, que transitamos la Facultad en el tercer milenio, podemos adquirir una mayor conciencia histórica, recibir la he- rencia de las generaciones pasadas y asumir los nuevos desafíos.

A partir de aquí habría que narrar las grandes etapas de la vida de la Facultad. Pero no es el momento ni el lugar para hacerlo, ya que habrá ocasión para ello al celebrar el 90° Aniversario en el último trimestre del

año. Basta decir que ella, encomendada a los Padres jesuitas, prosperó

hasta la promulgación de la Constitución Apostólica Deus Scientiarum

Dominus, promulgada el 24/5/1931 por Pío XI. Sus estatutos y planes de

estudio fueron reformados según la Constitución y aprobados por la Sa-

grada Congregación de Seminarios y Universidades el 6/9/1932. Pero la

aprobación definitiva fue postergada a juicio del arzobispo de Buenos Ai- res, Cardenal Santiago Copello. Años después, a pedido del mismo Ar- zobispo, Pío XII restauró la Facultad de Teología por decreto del 8/12/1944. Con el apoyo de la Compañía de Jesús y la anuencia del arzo- bispo de Buenos Aires, durante la década de los años cincuenta, y espe- cialmente desde 1957, el clero de la Arquidiócesis fue asumiendo progre- sivamente la enseñanza y el gobierno de la Facultad hasta quedar a cargo

que el estudio de la teología se redujera al ámbito de la formación sacer- dotal en los seminarios mayores tridentinos. Esto afectó el desarrollo de una teología más científica, que perdió relevancia en la sociedad y quedó debilitada en su diálogo con la cultura.6Desde entonces, salvo excepcio- nes puntuales y efímeras, no se cuenta en la Argentina con facultades, ins- titutos o cátedras de teología en las universidades nacionales que pertene- cen al subsistema estatal.

A principios del siglo XX, de la mano de la renovación teológica, fi- losófica y cultural impulsada por León XIII, según la reorganización eclesiástica y la situación política de cada país, y acogiendo las directivas del Primer Concilio Plenario Latinoamericano, realizado en 1899 en Ro- ma, se erigieron nuevas facultades de teología en los países de América La-

tina. Algunas se crearon en el seno de seminarios sacerdotales y otras en

las nacientes universidades católicas. Por pedido de los obispos argenti- nos, el 23/12/1915, el Papa Benedicto XV, erigió la Facultad de Teología junto con una Facultad de Filosofía en el Seminario Mayor de Buenos Ai-

res, y le dio el carácter de “pontificia” al conceder al arzobispo bonaeren-

se la potestad de otorgar grados académicos en nombre de la Santa Sede. El Breve Apostólico se llama Divinum Praeceptum porque evoca el man- dato divino que el Resucitado encarga a sus discípulos: “vayan y enseñen

a todos los pueblos” (Mt 28,19), situando la tarea académica en la misión

evangelizadora, que trasmite todo lo que Jesús nos ha enseñado:

“Llevados por este parecer los Obispos de la República Argentina, de acuerdo a los votos del Concilio Plenario de Obispos de América La- tina, celebrado felizmente en nuestra Urbe el año de 1899, diligentemen- te dotaron al Seminario fundado en la capital de Buenos Aires, de todas las clases, desde los elementos de la Gramática hasta la totalidad de la Teología. Y puesto que, para dar más esplendor a este Ateneo, sólo falta- ba que los jóvenes, que son la esperanza de la Iglesia, fueran atraídos con premios y honores a estos estudios legítimamente establecidos, por ello los mismos ilustres obispos unánimemente Nos pidieron que –una vez erigidas canónicamente allí mismo las Facultades de Filosofía y de Sagra-

6. Cf. J. BOSCH, Panorama de la teología española, Verbo Divino, Navarra, 1999, 9-62; J. NOE-

MÍ, “Rasgos de una teología latinoamericana”, en CELAM, El futuro de la reflexión teológica en América Latina, Documentos CELAM 141, Bogotá, 1996, 27-74; J. SARANYANA, “Introducción ge- neral”, en la obra de J. SARANYANA- C. ALEJOSGRAU,Teología en América Latina III. El siglo de las teologías latinoamericanistas (1899-2001),Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt, 2002, 23-38.

mió como Rector del Seminario Eduardo Pironio quien fue “una de las mayores personalidades de la Iglesia del final del milenio”.7Cuando asu-

mí el decanato agradecí a todos mis predecesores, llamándolos “los deca- nos posteriores a Mons. Dr. Eduardo Pironio”.8De 1960 a 1963 éste mar-

có los destinos de las dos instituciones de este barrio de Villa Devoto: el Seminario Arquidiocesano, del cual fue el primer Rector que venía del cle- ro secular, y la Facultad de Teología, de la cual fue el último Praeses.

Al insertarse en la UCA era necesario que también la autoridad de la Facultad se adecuara al nuevo status institucional, el de una Facultad de Teología integrada en una Universidad Católica. En 1964 el Claustro de profesores eligió una terna de candidatos para el cargo de Decano. Cum- plida la elevación y aprobación por las autoridades del gobierno supremo de la Universidad, y concedido el nihil obstat de la Santa Sede, el Gran Canciller Cardenal Antonio Caggiano nombró al Pbro. Dr. Lucio Gera como primer Decano. En un acto como éste, el 9/3/1965, Gera asumió la función y, en su discurso destacó el valor científico y pedagógico de los profesores y la dedicación al estudio por parte de los alumnos como “las fuerzas claves para estructurar internamente nuestra Facultad”.9Aquella

verdad, que hoy repito a unos y otros, fue acompañada por el enunciado de grandes capítulos de tareas a realizar en relación con el Seminario, la UCA, los presbíteros, los laicos, y los miembros de otras iglesias y reli- giones, junto con las personas de la cultura, el pensamiento y la investi- gación. Muchos de esos desafíos siguen siendo actuales, en otras circuns- tancias, 40 años después.

La referencia a los laicos no es menor porque, después del Concilio, nuestra Facultad se abrió a incorporar a consagrados y consagradas, lai- cos y laicas. Ésta fue una propuesta que nuestra institución llevó a la San- ta Sede, como diré después, pero que tenía su origen no sólo en la pro- moción conciliar del laicado o en las inquietudes de los decanos, sino en raíces más remotas, de las que evoco sólo una. En 1951 aparece el primer escrito del joven sacerdote Eduardo Pironio en la Revista de Teología que

7. C. MARTINI, “Presentación”, en AA. VV., Cardenal Eduardo Pironio. Un testigo de la esperan- za. Actas del Simposio Internacional realizado en Buenos Aires del 5 al 7 de abril de 2002, Pau- linas, Buenos Aires, 2002, 7.

8. C. GALLI, “La teología como ciencia, sabiduría y profecía. En el inicio del Decanato”, Teolo- gía79 (2002) 182.

9. Se puede ver el contenido del Discurso en la “Crónica de la Facultad”, cf. Teología6 (1965) 117-118.

de la misma en 1960. Por otra parte, el 16/6/1960, con el decreto Catho-

lici Populi Argentinae de la Santa Sede, por el que se constituyó la Ponti- ficia Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires”,

la preexistente Facultad de Teología fue integrada en la UCA como “la primera” de sus facultades.

Sería interesante recorrer esta historia, particularmente desde esa

reorganización institucional realizada de 1957 a 1965 que, en otras opor-

tunidades, llamé la refundación académica de la Facultad. Fue llevada a cabo, sobre todo, por la generación de profesores que ingresó a partir de 1957. De ellos hoy sólo queda enseñando Ricardo Ferrara, quien en julio cumplirá 75 años y estará en condiciones de ser promovido a profesor emérito. Podría hablar también del Cardenal J. Mejía, quien en 1951 fue el primer profesor del clero secular y en este año cumple 60 años de or- denación presbiteral.

2. Una Facultad con grandes decanos que enseñaron

con su testimonio y su palabra

Ahora me concentro en un sólo hecho: dentro de dos días, el miér- coles 9 de marzo, se cumplirá otro aniversario significativo. Hace cuaren- ta años, el 9/3/1965, en el año de la última sesión del Concilio, asumió co- mo primer Decano propiamente dicho Lucio Gera. Para entender ese he- cho hay que saber que una Facultad de Teología puede ser erigida en dis- tintas sedes. En 1915 se fundó en el Seminario de Buenos Aires, lo que ma- nifiesta la íntima hermandad que une a ambas instituciones; desde 1931 comenzó a tener dos sedes, la segunda en el Colegio Máximo de San Mi- guel de la Compañía de Jesús –que en 2006 cumplirá 75 años– en la que ahora funciona la otra Facultad de Teología que hay en la Argentina, lo que revela la fraternidad entre ambas instituciones. Pero, a partir de la fun- dación de la UCA el 7/3/1958, era conveniente que la Facultad se inserta- ra en la nueva institución universitaria, lo que traería consecuencias acadé- micas y jurídicas, entre las cuales estaría el nombramiento de un Decano. Hasta entonces, el Rector del Seminario era el Praeses –Presidente o Rec- tor– de la Facultad, quien delegaba las tareas académicas en el Prefecto de Estudios. Cuando se incorporaron los profesores del clero arquidiocesa- no y religioso, Gera –un pionero en muchos aspectos– fue el primer Pre- fecto, de 1957 a 1961, a quien siguió Ferrara de 1961 a 1965. En 1960 asu-

penetración teológica. Trabajo que debe realizar, primero, el sacerdote, y luego el simple cristiano. Pero ‘todos’. La teología ha venido a ser predio exclusivo –¡cuando lo es!– de sólo los clérigos. No puede ser. La teología, por ser ‘ciencia de Dios’ y una cierta anticipación de la visión, no puede quedar reducida a un simple mester de clerecía”.13

La teología no puede quedar reducida al mundo clerical, decía Piro- nio. Junto con la apertura a los laicos, que se concretaría aquí dos déca- das después, insistía en el valor del estudio para los sacerdotes. Él llevó adelante una forma de existencia eclesial,14típica del ministerio pastoral,

que conjuga la vida espiritual, la inteligencia teológica y la acción evange- lizadora. En su vida, obra y escritos se manifestó como un teólogo-pas- tor. En su artículo de 1951 decía que todo sacerdote –cada uno según su singularidad– debía ser un maestro, un doctor-pastor, con lo que apelaba a nombres legados por la tradición para aquellos que en la Liturgia cele- bramos como “pastores” o “doctores”. Él encarnó la figura del teólogo- pastor, como escribí en el décimo aniversario de la revista Pastores.15

El conocimiento sabio de Dios que se aprende en la meditación de su Palabra, en la contemplación de los misterios de la fe, en el diálogo amistoso con el Señor, en la asimilación de la doctrina magisterial de la Iglesia, en el estudio de los maestros de la teología y la espiritualidad, en la interpretación orante de los signos de los tiempos, en el diálogo con to- dos los seres humanos, debe ayudar a todo cristiano, especialmente al sa- cerdote, a trasmitir las cosas contempladas a los demás. Nutrido en la tra-