• No results found

How to Break a Bad Habit (and Replace it With a Good One)

In document TRANSFORM YOUR HABITS. 2nd Edition (Page 39-45)

“Con la encarnación o la asunción de la humana naturaleza, dio comienzo la historia de la santa revolución de Cristo.” (P. Tosti).

Comenzó, en efecto, la sociedad nueva a contar, desde ese momento, los años de un ciclo secular que se desligaba del antiguo para recorrer su propia órbita.

El autor de esta revolución expresó claramente el carácter de su obra de destrucción y reconstrucción, y no disimuló los riesgos. Dijo que había venido a traer la guerra y no la paz, a enfrentar los hijos contra sus padres y a los maridos con sus mujeres. Empezó Él mismo a contrastarse con los magnates de su pueblo, a desafiar las castas dominantes de escribas y fariseos, a dividir en dos la estirpe judaica. Siguiendo su ejemplo, innumerables hijos e hijas abandonaron, superando oposiciones a veces muy trágicas, la casa paterna.

Pablo —crecido en la escuela de los fariseos— atravesó como un renegado la diáspora de sus connacionales; en todas partes era asaltado, maltratado, golpeado, encarcelado, bajo la acusación de subvertir las tradiciones recibidas y las leyes del Estado; y cuando llegó a Roma le hicieron presente los príncipes de la Sinagoga que habían oído hablar del Evangelio con ocasión de los tumultos que había suscitado en muchos centros del Imperio. En el siglo II Autólico, Cecilio, Diognetes, Elio Arístides, sofistas y magistrados, lo poco que conocían del cristianismo es que era un fermento de desórdenes.

El mundo antiguo se fracciona en dos: uno que penetra y avanza, otro que se defiende y acusa. Cuando Celso, después de refutar a su modo la doctrina de Jesús presentada como una stasis, una revolución, invita a los cristianos a volver como buenos patriotas al orden constituido, rehaciendo la unidad venerada y gloriosa rota por ellos, recoge el voto de los más clarividentes sostenedores del sistema pagano. El populacho no se entre- tiene en refutar, pero irrumpe en las plazas y demanda a voz en grito la

muerte de los cristianos, “enemigos de Roma”, hostes publici y del género humano. Su tenor de vida, sus doctrinas aparecen en tal manera inusitadas, que los emperadores condenan como innovadores o revoltosos a los que las exponen, mientras el nombre de cristiano ya es suficiente para constituir un reato de lesa majestad y lesa religión, y el vulgo les imputa un sinnúmero de crímenes contra la naturaleza.

Cuantas veces un César, al tomar las riendas del Estado, considera como un deber patrio, para consolidar el Imperio, el perseguir la nueva secta, y llegar hasta exterminarla. Porque el ejército estaba desunido, quebrantada la unidad familiar, se despreciaban los símbolos de la patria, se olvidaba su historia... Parecía una deserción en masa.

Tan radicalmente distintos eran los cristianos de los paganos, que Clemente Alejandrino llamaba a la conversión una deserción peligrosa, aunque grata a Dios; y Justino la apellidaba µεγιοτον δγϖνα el mayor de los combates.

La joven matrona cartaginesa, Perpetua, resistía a las caricias y a los malos tratos de su padre pagano; se dejaba pisotear, pero no tornaba a la religión de los lares y de la ciudad, aun cuando le había dado un nieto, continuador de la estirpe; y le desgarraba el corazón por no poder complacerle.

Hasta los esclavos, cosa nunca oída, osaban sustraerse a la religión de sus amos: ellos, que le pertenecían como el caballo o la copa de alabastro. María respondía a su ama que su dominio se extendía al cuerpo pero no al alma, y Euelpisto contestaba al juez que era esclavo de César pero liberto de Cristo.

—¿Por qué –preguntaban los jueces vibrando de amor patrio–, habéis abandonado los usos romanos, para abrazar los cristianos? Deseos tenía Tertuliano de demostrar que no existía tal contraste entre cristiandad y romanidad sino entre cristiandad y paganismo; pero los romanos no estaban entonces para distinciones.

En esta imposibilidad, se hablaba de un nuevo pueblo, de una nueva raza, de una nueva ciudad; y en la nueva ética se rescindían los vínculos religiosos que sujetaban los súbditos al jefe del Estado, sustrayéndole una inmensa zona de su señorío —la del espíritu— para ponerla en manos de un israelita, condenado al patíbulo por un funcionario romano.

La doctrina era propagada como palabra nueva, y a su aceptación antecedía este mandato: —¡Arrepentíos!— Esto es: —¡Reformaos! Hasta

ahora habéis sido así; en adelante sed otros. El mundo vive como vive: “no conforméis vuestra vida a la de este mundo”.

La vida social se manifestaba en asambleas, fiestas familiares y cívicas, iniciadas y acompañadas con ritos idolátricos, connaturales al sistema de ideas y de vida de la generalidad: y los cristianos abandonaban las asambleas, no comían la carne de los ídolos, molestaban al huésped o a la comunidad con sus negativas, se abstenían del circo, del anfiteatro, del teatro, del ágora, por no contaminarse, condenando ostensiblemente lo que todos practicaban. En cambio, se reunían en sus propias asambleas, siendo así que la ley negaba, fuera de algunos casos bien definidos, el derecho de asociación y de reunión.

¡Eran enemigos de la patria! Tiberio, Nerón y Domiciano, ayudados por los soplones y delatores, habían hallado un campo virgen de acción, a quienes poder culpar de todas las desgracias que acontecían, y poder así recibir los aplausos de la turba enloquecida. Se comenzó entonces la persecución y ha proseguido hasta hoy. Durante la Reforma fueron tachados los católicos de hostilidad a la nación, de enemigos de la raza, de servidores de un soberano extranjero, por cuanto residía en Roma. Y, como tales, se les vejó en el Kulturkamp ayer, en Méjico hoy. ¡Los von

Rom! —“¡Heitmatlos!”, era llamado Windthorst2 por Bismarck. Desertor

del eslavismo era considerado Soloviev porque no juzgaba a la Roma católica extraña a la fe cristiana; semiextranjeros son considerados aún hoy los católicos por los anglicanos y episcopalianos más conservadores, y a todo un cardenal Faulhaber han pretendido darle lecciones de patriotismo unos plumíferos de Munich y Maguncia, militantes hasta ayer en 1as filas de la Internacional.

Las alharacas anticatólicas de los últimos decenios, no han sabido encontrar más original grito que éste, lanzado hace tantos siglos sobre las graderías de los anfiteatros del Imperio. Y no van del todo descaminados, porque en pie permanece el contraste entre la espiritualidad de los unos, delimitada por la raza y el suelo, y la espiritualidad de los otros que no reconoce barreras. Pablo, Basilio, Agustín no se sentían menos romanos que los otros; pero apreciaban de diferente modo su romanidad, cuyo valor habían transformado. En el aspecto étnico, el cristianismo anulaba los factores sociales. El primer resultado de la conversión de gran número de judíos fue su absorción en la comunidad católica romana, en la cual no 2 Ludwig Windthorst (1812 – 1891), fue un político alemán del Partido Centro Católico, el más notable oponente del Canciller Otto von Bismarck. (N. del E.)

contaba ya la circuncisión.

* * *

Nadie esperaba la revolución cristiana; pero un cambio profundo que instaurase un nuevo orden, puede decirse que era esperado por todos, con aquella expectación temblorosa que precede a los cataclismos. Los pueblos iránicos suponían que de los Avesta emanaría la esperanza de un héroe benéfico que transformase el mundo. Virgilio evocaba en su cuarta égloga una aspiración semejante, recogida de grupos de iniciados y de la intuición popular. El pueblo judío se hallaba en inquieta tensión aguardando con el milenario un régimen de justicia nueva que reparase 1as iniquidades del presente. Se esperaba un Salvador, es decir, alguien que trajese la salud. — Todo el cuerpo está enfermo, había sentenciado Hipócrates—. Todo el organismo social estaba enfermo. Varios generales se habían presentado como soteres, salvadores, pareciéndoles ser ésta la más elevada ambición de un conductor de pueblos. Poetas y filósofos se habían dedicado a idear procedimientos sanitarios y catárticos. Procedentes de los puertos del Egeo y del Ponto Euxino, acudían por todas las escalas del Mediterráneo multitud de embaucadores, magos, inventores de religiones purificatorias, sabedores de abluciones sagradas. Gran necesidad existía de lavado, pues la culpa a través del cuerpo manchaba el espíritu, solidificando sobre él sucísima corteza. Las pobres gentes se sometían a toda suerte de lavatorios; algunos dejaban que de una malla lloviese sobre ellos la sangre de un toro degollado, y, convencidos de su renacimiento, comían por algún tiempo papillas de leche, como infantes rehechos; otros, con menor embarazo, descargaban sus pecados sobre el cuerpo de un cabrito inocente o de un mendigo engordado, y lo purificaban en un río sacro.

Pero evidentemente no era cuestión de lavatorios, y el agua toda del Mediterráneo no hubiera enjuagado la psiquis de una matrona de uno solo de sus adulterios, que le pesaban con los años. Existía, no obstante, la necesidad de una palingenesia3, es decir, de un nacer de nuevo.

Y se satisfizo en el bautismo. Era éste un signo exterior de una esencial renovación interior, por el cual se sepultaba el hombre en una tumba, como Cristo, para resucitar transformado. Se decía “nuevo”, “renacido”, “rescatado”. Era el cristiano el hombre nuevo, que había roto todo lazo con el pasado y entraba a formar parte de una nueva sociedad. 3 Procede de las palabras griegas palin (de nuevo) y génesis (nacer). (N. del E.)

Poco importaba que fuese o no ciudadano de Roma, tanto es así, que ninguna manifestación cristiana de alborozo acogió el edicto de Caracalla que extendía la ciudadanía a casi todos los habitantes del Imperio. Lo que importaba realmente es que el cristiano fuese ciudadano de la ciudad celestial.

De esta forma, el cristianismo se enfrentó contra el Imperio — mientras éste forzaba a la idolatría—, siendo perseguido de momento, pero estando seguro de que le derrotaría en el porvenir.

* * *

La economía nueva de la humanidad se inició en el mundo sobrenatural con la encarnación de Dios.

Por contraste, en la mitología se contaba de los dioses que asumían provisoriamente formas humanas para captar el amor de alguna doncella. La operación inversa, la de hacer al hombre dios, se cumplía más frecuentemente. El Senado deificaba a toda marcha; primero a César, después a su mujer, después a sus consanguíneos y colaterales. Desaparecido el Senado y los Césares, se continuó deificando a los po- seedores del dinero y a sus mujeres.

El mundo nuevo traído por el cristianismo procede del acto de Dios, que de su Hijo hace un hombre: un verdadero hombre. Tremendo acto, que el espíritu, atiborrado de lecturas frívolas y de conversaciones fútiles, no siempre sabe apreciar; pero que tuvo consecuencias eternas, y dividió la historia del hombre en dos sectores: el de la esclavitud y el de la libertad. Pensamiento éste que hacía derramar lágrimas de emoción a los Padres llegados a la Iglesia de la idolatría. Encadenados primero al pecado, se sentían liberados gracias a la cruz.

La humanidad era más o menos consciente del peso de esta servidumbre de pecado. Los profetas de vez en cuando le devolvían la esperanza con los anuncios de una emancipación mesiánica.

Al llegar la plenitud de los tiempos, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, cargó sobre sí con los pecados de todos; y con esta carga de culpas ajenas, ofreció su sangre al Padre en expiación.

Dice Schaw, que ésta es una doctrina mercantilista establecida por Pablo, la cual, al establecer ese fácil traspaso de los pecados, del que los comete al que es inocente, constituiría un principio de iniquidad rayando en la irresponsabilidad. Pero jamás dijo esto San Pablo. Enseñó que Cristo

tomó sobre sí los pecados del mundo, pero imponiendo a la vez la ley de imitarle, de nunca más pecar, retirando en caso contrario la fianza.

Vino Él como hijo del hombre, trabajó con sus manos, se sometió a los escarnios, a los salivazos, a la muerte. No era esta la forma en que la humanidad lo esperaba: el Libertador vendría de forma refulgente como un guerrero majestuoso, erguido en su carroza, que haría morder el polvo a sus enemigos espantados con sola su presencia. No podían concebir la idea de un Dios crucificado, de un Dios que a la vez era un provinciano privado de la ciudadanía romana; esta idea soliviantaba a los nobles romanos y a las matronas; echaba por tierra cuanto ellos sabían sobre la divinidad.

Su enseñanza fue anunciada a todos, comenzando por los pobres; lo que no hubieran hecho ni Platón ni Séneca, que jamás soñaron en comunicar sus doctrinas a los escitas ni de explicarlas a los esclavos, estando reservada la sabiduría, entre los antiguos, para las personas de bien, conviene a saber: a las personas pudientes, sanas y nobles de la propia ciudad.

Su enseñanza fue, además, expresada en un lenguaje sencillo y corriente, para que fuese conocido por todos, muy al revés de los hinchadas sentencias morales de los maestros pre y post-kantianos. Y pues perseguía la creación de un ordenamiento peculiar, su Ley constitucional contenía sólo dos artículos —dos preceptos— reductibles el uno al otro:

1) Ama a tu Dios sobre todas las cosas; 2) Ama a tu prójimo como a ti mismo.

El primer mandamiento partía de la unidad de Dios, en una época en que pululaban multitud de dioses: cada estado tenía los suyos, y asimismo, cada región, cada familia, cada ciudad; elementos de dispersión y de desunión. El culto estaba topográficamente ligado a la estirpe y al lugar, por manera que cualquiera que se alejase de ellos, se convertía en tránsfuga. Al servicio de este culto estaban los hieródulos, hombres y mujeres dedicados como esclavos al culto de los dioses.

Y todo esta diversidad de deidades venía a ser suprimida por un monoteísmo universalista intransigente, en el cual los hombres todos, de todas las razas y familias, se reencontraban, unificados como hijos de un solo Padre, borrando de una vez la diferenciación antigua entre griegos y bárbaros, con todas las otras de casta y de política.

Ni se hablaba de simple adoración. Se hablaba de amor, que era otra novedad incomprensible. Los estudios etnológicos han descubierto huellas

de amor en las plegarias al Ser supremo únicamente en los pueblos muy primitivos, indicio de una revelación originaria. Mas los paganos de uno y otro lado del Tigris y del Danubio, y en la práctica los mismos israelitas, ofrecían a la divinidad hogazas y ganados, vino e inciensos, con una intención eminentemente mercantilista de dar para recibir. La divinidad, en contrapartida, debía conceder provisiones, riquezas, victorias, larga vida, curaciones y otros palpables servicios.

La práctica de la magia, que era la forma de religión popular más difundida, consistía en captar a un dios con fórmulas de encantamiento, y utilizarlo como ejecutor de los propios quereres, revanchas, enamoramientos, negocios...

Cristo, en cambio, preceptuaba la entrega del corazón, esto es, un absoluto sacrificio del ser entero; un no cuidar de sí por darse a Él, traspasando a Otro, fuera y por encima de sí mismo, los afectos hasta entonces concentrados en el propio yo; y esto no durante media hora o en fechas memorables, con sacrificio de volátiles y de mamíferos ajustado a tradicional rito, sino en los momentos todos del día y con espontánea donación. El centro de los afectos era trasladado del hombre a Dios: cambiado totalmente el término de referencia. Consiguientemente todo se subordinaba a Dios: campos, negocios, mujer, patria, empleos; los hombres y sus cosas se reducían a Él, como a principio y fin. Y su Ley, sobrepasando a la humana, la invalidaba en cuanto le fuera disconforme.

El vaciamiento que de sí mismo debía hacer el cristiano para ser colmado del temor y del amor de Dios era una renuncia loca para el paganismo, en el cual el hombre se servía a sí mismo, idolatrando sus deseos y pasiones. El pagano hacía a sus dioses semejantes a sí, prestándoles sus pasiones, nombres e historias. Los cristianos se hacían en cierto modo semejantes a Dios, cumpliendo su Ley.

Parecía también loco renunciamiento el del amor debido, — entiéndase bien: debido, un débito, una deuda u obligación— al prójimo: a los parientes, a los lejanos, al enemigo, al centurión, a los simpáticos, a los antipáticos, a los acreedores mismos, a los usureros mismos, hasta al verdugo, hasta a los enemigos del otro lado del Danubio y del Eufrates; y debido, para prevenir equivocaciones, en la misma medida que para nosotros usamos, esto es, sin medida. No era ya el prójimo un chusma de rivales que porfían por conseguir un puesto y por disputarse las mujeres, ni una turba de forasteros o desconocidos que como cortesanos ambicionan ciertos bienes; era una más grande familia: —la Familia—; de donde la

aun más repulsiva consecuencia, de que todos, por pertenecer a una misma casa con un Padre común, eran allí iguales, por ser todos hermanos; el esclavo, hermano del César; el desarrapado cliente, hermano del patrono; la peinadora siria, hermana de la patricia romana. Y, lo que es peor, una tal parentela no quedaba reducida a ficciones de filosofía humanitaria como sucedía con algunas ideas filantrópicas de Séneca, sino que pretendía traducirse en obras.

Celso y Juliano reflejaban los resquemores de toda una casta resentida, cuando se alzaban contra semejante familia, que llegaba hasta acoger andrajosos y libertos, artesanos y pastores, la hez urbana y la plebezuela rústica; mientras las más respetables religiones se cuidaban de reclutar sus adeptos entre las clases altas. Nadie más que un loco podía abrazar un programa de tamaña degradación; y Pablo, que lo comprendía, no sólo no despuntó las púas, sino que calificó ingenuamente el programa de escándalo para los hebreos, y de necedad para los gentiles. Pero esta locura era presentada como sabiduría, mientras se hundía a su choque el orgullo racial, los privilegios de casta, las diferencias burocráticas. Por eso, el hombre viejo que detentaba los privilegios, reaccionó. Y claro está, que el hombre viejo no murió con el cristianismo: por eso dura la reacción, como dura la revolución. ¡Decrepitud contra juventud!

Justo es añadir que la acción demoledora del cristianismo contra el antiguo orden se limitó a combatir las antítesis irreductibles; mas, cuando le fue dado, custodió y con discreción incorporó los elementos aprovechables que la razón natural, la especulación y la experiencia habían acumulado en el seno de la civilización pagana. Les dio el crisma de Cristo; bautizó en cierto modo a Platón y a Séneca, y asoció a sus filas a Sócrates y a Musonio; sometió a su proceso de elevación a Dios las más puras tendencias del alma humana de todos los tiempos. De manera que Cristo no sólo separó sino que coaligó a la vez los dos mundos; los distinguió y los saldó en su propia persona. En la cumbre de las dos vertientes plantó la cruz, y ella fue como señal de reconocimiento para el pasado y para el futuro. La misma destrucción no fue llevada a cabo por medios violentos; no se metió con las instituciones políticas y sociales; actuó en la raíz de los pensamientos, con la sola fuerza de la persuasión: persuasión no tanto de discursos cuanto de amor. Un odio al mal la impulsaba; pero para los hombres, sólo piedad, como de Padre a hijos.

Y este fue el infinito don de Cristo: otorgar de nuevo a los hombres

In document TRANSFORM YOUR HABITS. 2nd Edition (Page 39-45)

Related documents