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2.3 Water use efficiency

2.3.1 Breeding for improved water-use efficiency

10 de Abril de 1973

N

o hablo mucho de lo que se publica, cuando se trata de lo mío, porque en general tengo que esperarlo lo bastante como para que mi interés se enfríe. Con todo no sería malo que para la próxima vez hayan leído algo que llamé L'Etourdit (El Distraidicho) que parte de la distancia que hay del decir al dicho.

Que sólo haya ser en el dicho es una pregunta que dejaremos en suspenso. Es indudable que sólo hay dicho del ser, pero ello no impone la recíproca. En cambio, mi decir es que sólo hay inconsciente del dicho. No podemos tratar del inconsciente más que a partir del dicho, y del dicho del analizante. Eso, es un decir.

¿Cómo decir? Ese es el asunto. No se puede decir de cualquier manera, y es el problema de quien habita el lenguaje, a saber, de todos nosotros.

Por eso mismo, hoy —a propósito de esa hiancia que he querido expresar un día distinguiendo de la lingüística lo que yo hago aquí, esto es, lingüistería— le pedí a alguien, a quien agradezco encarecidamente el haber aceptado, que viniera a decirles cuál es actualmente la posición del lingüista. Nadie mejor calificado que quien les presento, Jean-Claude Milner, un lingüista.

Fin de la sesión: AGRADECIMIENTOS.

No sé qué podría hacer en el cuarto de hora que me queda. Me guiaré por una noción ética. La ética —como quizá lo podran entender quienes me escucharon en otra época hablar de ello— tiene la más estrecha relación con nuestra habitación del lenguaje, y pertenece además, como lo desbrozó cierto autor que evocaré en otra ocasión, al orden del gesto. Cuando se habita el lenguaje se hacen gestos, gestos de saludo, de prosternación, a veces de admiración, cuando el punto de fuga es otro, lo bello. Ello implica que no se pasa de ahí. Se hace un gesto y luego se conduce uno como todo el mundo, es decir, como el resto de los canallas.

Ahora bien, hay gestos y gestos. Y el primer gesto que me dicta literalmente esta referencia ética ha de ser agradecer a Jean-Claude Milner lo que nos brindó acerca del estado actual de la grieta que se abre en la lingüística misma. Ello tal vez justifica cierto número de comportamientos que acaso sólo debemos —hablo de mí— a la distancia que nos separaba de esta ciencia en ascenso, en el momento en que creía poder convertirse justamente en eso, ciencia. De seguro, la información que ahora tenemos nos era muy

urgente. En efecto, es muy difícil después de todo no advertir que, en lo que respecta a la técnica analítica, si el sujeto que está frente a nosotros no dice nada, la dificultad es, para decir lo menos, muy especial.

Cuando escribo lalengua en una sola palabra, dejo ver lo que me distingue del estructuralismo, en la medida en que éste integra el lenguaje a la semiología, y me parece que éste es uno de los muchos esclarecimientos que aporta Jean-Claude Milner. Como indica el librito que les hice leer y que lleva el título de Le titre de la lettre (El título de la letra), en todo cuanto se ha expuesto se trata efectivamente de una subordinación del signo al significante.

También tengo que dedicar un tiempo a rendir homenaje a Recanati que, en su intervención, me demostró ciertamente que se me entendía. Se deja ver en las aceradas preguntas que formuló, y que son, en cierto modo, aquellas cuyas respuestas que desde ahora tengo, aún me queda suministrarles este año. Que haya rematado con el punto de Kierkegaard y Regina es absolutamente ejemplar: hasta entonces yo sólo había hecho una breve alusión a ello, así que es de su cosecha. No hay mejor forma de ilustrar, a estas alturas, en este desbroce que hago ante ustedes, el efecto de resonancia que se produce cuando alguien sencillamente pesca de qué se trata. Las preguntas que me ha propuesto me ayudarán ciertamente en lo que me queda por decirles. Le pediré su texto para poder referirme a él en los casos en que pueda ofrecerle respuestas.

El que se haya referido a Berkeley, además, no estaba para nada indicado en lo que les enuncié, y ello me hace estar aún más agradecido con él. Para decirlo todo, muy recientemente me ocupé inclusive en conseguir una edición original —figúrense que soy bibliófilo, pero sólo busco en su original los libros que tengo ganas de leer. Para la ocasión repasé, el domingo pasado, ese Minute Philosopher, el filósofo menudo, o Alciphron, como también lo llaman. Es indudable que si Berkeley no hubiese sido uno de mis primeros alimentos, no hubieran sido posibles muchas cosas, y entre ellas mi descaro al utilizar referencias linguísticas.

Quisiera pese a todo decir algo en relación al esquema que Recanati tuvo que borrar hace un rato. Esa es verdaderamente la pregunta: ser o no ser histérica. ¿Hay Uno o no? En otros términos, ese no-toda, en una lógica que es la lógica clásica, parece implicar la existencia del Uno que es la excepción. Así se veria allí el surgimiento en abismo —y van a ver por qué lo califico así— de esa existencia, de esa al-menos-una existencia que, frente a la función

?

x se inscribe para decirla. Porque lo propio del dicho, es el ser, lo decía hace un rato. Pero lo propio del decir es existir respecto a cualquier dicho que sea.

La cuestión es entonces saber, en efecto, si de un no-todo, de una objeción a lo universal, puede resultar que se pueda enunciar una particularidad que lo contradice como ven sigo en la lógica aristotélica.

Pero hay esto: De que pueda escribirse no-toda x se inscribe en

?

x ,se deduce por implicación que hay una x que lo contradice. Es verdadero con una sola condición, que en el todo o en el no-todo en cuestión se trate de lo finito. En lo que toca a lo finito, no hay sólo implicación sino también equivalencia. Basta que uno contradiga la fórmula universalizante para que tengamos que abolirla y transformarla en particular. Ese no-todo se convierte en el equivalente de lo que, en lógica aristotélica, se enuncia de lo particular. Existe la excepción. Sólo que podemos tener que vérnoslas, al contrario, con lo infinito. Entonces, ya no tenemos que tomar al no-toda por el lado de la extensión. Cuando digo que la mujer es no-toda, y por eso no puedo decir la mujer, es precisamente porque pongo en tela de juicio un goce que, frente a todo lo que se engasta en la función

?

x es del orden de lo infinito.

Pero, cuando de lo que se trata es de un conjunto infinito, no se puede postular que el no-todo conlleva la existencia de algo que se produzca de una negación, de una contradicción. Puede, si acaso, postularse como de una existencia indeterminada. Sólo que sabemos por la extensión de la lógica matemática, la que se califica precisamente de intuicionista, que para postular un «existe», hay que poder construirlo también, es decir, saber encontrar dónde está esa existencia.

Sobre ese pie me apoyo para producir ese cuartelamiento que postula una existencia, muy bien calificada por Recanati de excéntrica a la verdad. Entre el

?

x y el

?

x se sitúa la suspensión de esta indeterminación, entre una existencia que se encuentra por afirmarse y la mujer en tanto que no se encuentra, lo que confirma el caso de Regina.

Para terminar, les diré algo, según mi costumbre, un poco enigmático. Si vuelven a leer en alguna parte esa cosa que escribí con el nombre de La Cosa Freudiana, entiendan en ella lo siguiente, que sólo hay una manera de poder escribir la mujer sin tener que tachar el la: allí donde la mujer es la verdad. Y por eso, de ella, sólo se puede decir a medias, mal-decirla(30).

El artículo en que se basa la exposición de J.-C. Milner podrá leerse en su libro, Arguments linguistiques, páginas 179-217, París, 1973.

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