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2.5 Breeding for rust resistance

2.5.3 Breeding methods

de la que Hume se ocupó especialmente. La razón es que no todas las generalizaciones de ley son leyes causales, tal y como se entiende habitualmente este término, y el argumento de Hume se aplica a to­ das las formas de inferencia fáctica. No obstante, el concepto de causa es de suficiente interés como para requerir algunos comentarios adicionales.

Las dos definiciones que el mismo Hume da de una causa, en su

Treatise of Human Nature, son, en primer lugar, que es «un objeto

precedente y contiguo a otro, sucediendo que todos los objetos que se parecen al primero están en una relación semejante de prioridad y contigüidad con aquellos objetos que se parecen al último». Y , en segundo lugar, que es «un objeto precedente y contiguo a otro, y unido de tal forma con él en la imaginación, que la idea del uno determina a la mente a formar la idea del otro, y la impresión del uno a formar la idea más vivaz del otro» ,s. Esas definiciones no son incompatibles y supongo que Hume intentó que estuvieran combina­ das. Sin embargo, tal y como se establecen, no son totalmente satis­ factorias. Para empezar, debe estar claro que los «objetos» a los que se refieren son situaciones o acontecimientos particulares. La exigencia de que causa y efecto deben ser contiguos espacio-temporal- mente tiene que hacerse más precisa, a la vista de las dificultades que aguardan a la noción de contigüidad M. En cualquier caso, no es deseable eliminar a priori la posibilidad de acción a distancia. Una crítica más seria es la de que no todas las conjunciones constantes, incluso las de acontecimientos adyacentes, tienen que considerarse causales: a veces se piensa que son accidentales y, a veces, que son los efectos conjuntos de una causa ulterior. Finalmente, debe ser un error definir las causas de forma tal que siempre que usamos un len­ guaje causal no estamos exhibiendo meramente de nuestros propios hábitos mentales, sino que realmente estamos hablando de ellos.

No obstante, a pesar de estos defectos de las definiciones de Hume, los principios subyacentes son correctos. Los puntos impor­ tantes son, en primer lugar, como hemos visto 15 * 17, que la base para una adscripción de causalidad no puede ser otra cosa que una corre­ lación de fado. En segundo lugar, como también hemos 14 visto, que

15 David Hume, A Treatise of Human Nature, libro I, sec. XTV.

14 Ver nuestra discusión de las paradojas de Zenón, pp. 17 Ver más atrás, pp. 163-167.

la diferencia entre una generalización accidental y una generalización de ley consiste en una diferencia en nuestra actitud hacia ellas. Y, en tercer lugar, que todo juicio causal lleva consigo una referencia implí­ cita a alguna generalización de carácter semejante a una ley.

Se ha cuestionado este último punto sobre la base de que a me­ nudo asignamos causas sin tener en mente ninguna ley causal, o sin ser siquiera capaces de satisfacer la petición de que los formulamos. Esto sucede especialmente cuando estamos tratando con asuntos hu­ manos, a escala personal o a escala social. Puedo creer que sé por qué mi amigo se está comportando de tal o cual forma en alguna ocasión determinada, sin que existan circunstancias presentes respecto a las cuales estoy preparado para decir que siempre que tienen lugar, o sólo cuando tienen lugar, él se comporta de esa forma, y todavía menos que esto es verdad de todos los hombres, ni siquiera de todos los hombres del tipo que él ejemplifica. Los historiadores discuten acerca de las causas de las guerras, o de las revoluciones, o del as­ censo y caída de los imperios, sin que sus disputas adopten la forma de una apelación a leyes contrapuestas. En realidad, si se conocieran esas leyes, no dejarían espacio para tales disputas. También puede argumentarse que un niño no tiene que comprometerse en un razona­ miento inductivo para descubrir que puede hacer que sucedan cosas, o que le sucedan cosas. Su concepto de causa se deriva de casos par­ ticulares en los que él sabe que él mismo ha sido un agente, o un sujeto pasivo del acontecimiento.

Las respuestas a esos argumentos son, en primer lugar, que, aun­ que la persona que hace un juicio causal no cree en la generalización implícita, sin embargo, se requiere su validez para que el juicio sea verdadero. Y, en segundo lugar, que, en tanto que la generalización debe tener un carácter parecido al de una ley, en el sentido de que se presta para una proyección, no tiene, en cambio, por qué cons­ tituir algo más que una generalización de tendencia. Ya que cuando hablamos de las causas del comportamiento humano, la mayoría de las veces usamos la palabra «causa» en el sentido de «condición nece­ saria». Estamos proclamando que el comportamiento en cuestión no hubiera sobrevenido si no hubiera ocurrido tal o cual acontecimiento. La idea que se esconde detrás de esto es que existe un número finito de vías por las que aflora tal comportamiento. Esto equivale a decir que el comportamiento está unido con diferentes acontecimientos mediante diferentes generalizaciones de tendencia. Si se ejemplifica una de esas generalizaciones en una ocasión particular, y las otras no, decimos que el acontecimiento que entra en la generalización cons­ tituye la causa. Así, puedo juzgar que alguien está enfadado porque ha sido insultado. Para llegar a esta conclusión no necesito creer que

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el hecho de que se lo insulte hace invariablemente que se enfade, ni que esto sea lo único que lo enfade. Basta con que yo crea que sufrir un insulto es una de las condiciones bajo la cual las personas de su tipo frecuentemente se enfadan, y que no tengo ninguna evi­ dencia presente de una explicación en sentido contrario. En general, ésta es la forma en que operan los motivos. Los filósofos han distin­ guido erróneamente entre motivos y causas, porque han pasado por alto el hecho de que la generalización de la que depende un juicio causal no necesita ser universal. Esto tampoco se aplica sólo a las causas del comportamiento humano. Por ejemplo, cuando hablamos de las causas de los cambios de tiempo, no nos basamos en otra cosa que en generalizaciones de tendencia.

En los casos en que existe una apelación a una generalización universal, se considera que habitualmente el estado de cosas al que se denomina causa es parte de una condición suficiente. Surge enton­ ces la cuestión de por qué tiene que ser destacado de entre los demás factores que son igualmente necesarios para producir el efecto. En cierta medida, esta elección es arbitraria, pero existen algunas consi­ deraciones que tienden a dirigirla. La noción de causa es susceptible de estar asociada con la de cambio, de forma que cuando se piensa que un acontecimiento está determinado en parte por condiciones pre­ existentes y en parte por una condición que aparece nuevamente, lo que es escogido como causa es la nueva condición aparecida. Tam­ bién nos inclinamos a escoger factores que resulten de nuestras pro­ pias acciones y omisiones. Por ejemplo, si un coche que ha agotado la gasolina se detiene en el ascenso de una colina, decimos que la causa de su parada no es la inclinación, sino la carencia de gasolina. Esto concuerda también con el hecho de que la elección de una con­ dición como causa se hace a menudo para servir al propósito de ala­ banza o culpa. Así, se tiende a fijar omisiones en alguna persona determinada que ha descuidado su obligación, si bien, en lo que afecta a la producción del efecto, lo que puede ser relevante es que la acción no estuviera hecha, no que tal o cual persona haya dejado de hacerla.

Como hemos visto en el caso de la mente y el cerebro l9, sucede a veces que cuando dos tipos concurrentes de efectos están sistemá­ ticamente correlacionados, y por tanto podría pensarse que uno de­ termina a otro, escogemos uno de ellos como la causa del otro por­ que figura en un sistema explicativo más amplio. Así, pensamos que la altura de un objeto determina la longitud de su sombra, en vez de pensar que ambas se determinan mutuamente, porque podemos

dar cuenta de la altura del objeto sin referirnos a la sombra, pero no podemos dar cuenta de la longitud de la sombra sin referencia al objeto. También se da el hecho de que cuando actuamos de forma tal que alteramos tanto el objeto como la sombra, actuamos directa­ mente sobre el objeto, y no sobre la sombra.

La influencia de una teoría más amplia también da cuenta de los casos en los que un elemento en una conjunción constante es tratado como un signo del otro, en vez de ser tratado como su causa. El que las hojas caigan cuando los días se hacen más cortos es una ilustración del hecho de que el ritmo de la vida de los árboles sigue estrechamente el ritmo de las estaciones. Los dos procesos no se re­ lacionan uno con otro como la causa y el efecto, porque cada uno de ellos se puede explicar independientemente. Un cambio del baróme­ tro se considera como un signo, y no como una causa, de un cambio de tiempo, porque aceptamos una teoría que explica ambos cambios en función de otros factores, y da cuenta, asimismo, de su concor­ dancia.

Puesto que todo enunciado causal puede representarse como si ofreciera una explicación de la verdad de una proposición por refe­ rencia a la verdad de otra, resultaría más interesante o bien dejar de pensar en la causalidad como una relación o, si esto es decir de­ masiado, concebir sus términos como si consistieran en hechos más bien que en acontecimientos. Esto también tendrá la ventaja de ca­ pacitarnos para admitir causas negativas, puesto que no existe nin­ gún sentido sencillo en el cual pueda caracterizarse como un acon­ tecimiento la ausencia de alguna condición, o el que alguien deje de hacer algo.

No sólo esto, sino que la concepción humana estricta de la cau­ salidad como una relación entre acontecimientos distintos no hace justicia a la complejidad de nuestro uso. Los casos en los que un enunciado causal une dos estados de cosas al nivel observacional y teórico son, sin duda, los más comunes, pero también hablamos de una disposición como la causa de sus manifestaciones, como cuando decimos que las acciones de un hombre son causadas por su ambi­ ción. Hablamos del comportamiento de un objeto como si éste fuera el efecto de su composición o estructura, como sucede cuando deci­ mos que algo se estira porque está hecho de goma. A veces usamos un lenguaje causal para encapsular una teoría, como cuando habla­ mos de la gravitación como una causa. Lo que es común a todos esos usos es que el estado de cosas que estamos considerando como -un efecto encaja en un patrón más amplio. Pero los patrones pueden

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Entonces, ¿qué atañe el propter hoc al post hoc? En el nivel tác­ tico, nada en absoluto, con tal de que la conjunción sea constante en ambos casos. En el nivel explicativo, la diferencia es que los enun­ ciados causales implican generalizaciones que pretendemos proyectar. Como ya hemos visto, ésta es una diferencia que reside en el reino de la ficción 20. En la naturaleza, una cosa sucede precisamente des­ pués de otra. Causa y efecto tienen su puesto sólo en nuestras exten­ siones y ordenaciones imaginarias de esos hechos primarios.

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