Cuando un hombre como Hjalmar Schacht, el gran mago de la economía, declara que no salió nunca de una conversación con Hitler sin experimentar una sensación de paz y liberación, que cada vez se sentía reconfortado, y que las vastas perspectivas columbradas en cada una de sus entrevistas le daban la sensación de la importancia de su propio trabajo, ¿cómo podría haber sido de otra manera, tratándose de mí? Las trivialidades, cuando se dicen con fuerte convicción, actúan como verdades, y no siempre establecemos la diferencia entre las grandes ideas simples y las pequeñas ideas simplistas.
¿Qué podía yo extraer y utilizar de lo que acababa de escuchar para mi lucha cotidiana contra los pequeños espíritus del partido? Hitler me había hecho ver que me consideraba digno de ser iniciado en sus pensamientos íntimos, incluso en los que no confiaba a sus propios gauleiters, porque no los hubieran comprendido. ¿No me obligaba tal confianza a ocultar esas confidencias a la masa?; ¿no me imponía un deber de indulgencia con respecto a los deseos incomprensibles de esa masa, incluido en ella el gauleiter Forster? O bien: ¿acaso era esa prueba de confianza una finta, una de las numerosas mañas de que Hitler se sirvió siempre para dominar a los hombres?
Pregunté a Hitler sobre qué significado tenía el triángulo del Frente del Trabajo que les dibujó a Ley y a algunos gauleiters, para explicarles el futuro orden social. Hitler vaciló, no acertando a comprender aquello de que le hablaba.
—Forster—dije—también parece haber olvidado esa enseñanza simbólica; pero asegura que entonces había comprendido muy bien.
—Recuerdo ahora—respondió Hitler—lo que usted quiere saber: un lado del triángulo representa el Frente del Trabajo. Es el dominio de la igualdad social. Allí no hay distinción de clases: uno ayuda al otro; cada cual se encuentra en plena seguridad, recibe consejos, órdenes; todo está determinado, hasta el empleo de sus horas libres. Un hombre ayuda a otro, y es el reino de la igualdad. El segundo simboliza la organización profesional. Allí cada uno está separado del vecino, encajado en una jerarquía, según la cantidad y calidad de lo que produce en beneficio de la comunidad. Allí la igualdad se funda en la capacidad y cada cual recibe según sus méritos. El tercer lado representa el partido. La organización política que se hace cargo de todo alemán en una de sus numerosas organizaciones, si es digno de ser admitido en ellas. Allí cada cual está llamado a participar en el gobierno de la nación. Dentro del partido, la igualdad se funda sobre la devoción y el carácter. Todos los camaradas son iguales; pero cada cual debe someterse a una disciplina extremadamente estricta y rígida.
Le dije que Forster intentó explicarme ese dibujo simbólico, pero que se enredó; parecía acordarse aún de otro símbolo: uno de los lados significaría la voluntad del hombre; el segundo, lo que se llama corazón; el tercero la inteligencia.
Hitler se echó a reír. No debíamos ceñirnos demasiado a esa alegoría. Había querido decir tan sólo que cada ser humano debía encuadrarse en todas las manifestaciones de su actividad en organizaciones correspondientes del partido.
—El partido desempeña el papel de la sociedad de antes; he aquí lo que quise explicarle. El partido lo abarca todo. Regula la existencia en todos los sentidos y en todas las esferas. Cabe, pues, prever cuadros dentro de los que insertaremos la vida entera de cada individuo. Todos sus gestos y necesidades serán regidos y satisfechos por la comunidad, de la cual es expresión el partido. No hay más libre arbitrio, ni lagunas, ni aislamientos; el individuo deja de
pertenecerse. Eso es socialismo, y no la organización de cosas secundarias, como la cuestión de la propiedad privada o la de los medios de producción. ¿A qué suenan esas cuestiones cuando he sometido a los individuos a una disciplina rígida, de la cual no se pueden escapar? Allá ellos con la posesión de todo el suelo, todas las casas y todas las fábricas que quieran. El punto de importancia es que, propietarios u obreros, sean ellos mismos propiedad del Estado. Entiéndame bien: todo aquello ya carece de sentido. Nuestro socialismo va mucho más lejos. No altera en nada el orden exterior de las cosas; pero ordena, en cambio, todas las relaciones del individuo con el Estado o la comunidad nacional. Establece esa disciplina dentro del cuadro de un solo partido. O más exactamente: crea el orden dentro de un orden.
No pude menos de indicarle que me exponía una doctrina nueva, pero dura.
Hitler respondió que ello era exacto; que su comprensión no estaba al alcance de cualquiera, y que por ello había tratado de vulgarizar sus ideas con el pequeño croquis del que le acababa de hablar.
—¿No se trata, pues—dije—, de una especie de derecho feudal del Estado, distribuidor de feudos; de una suerte de superpropiedad del Estado, dominando hasta cierto punto la propiedad individual; explicación harto frecuente en los parloteos y fantasías de los políticos y economistas del partido?
—¿Por qué debía yo ocuparme todavía en esos semiexpedientes, cuando tengo en manos algo de mucha mayor importancia: al hombre mismo? La masa se queda siempre con el aspecto exterior de las cosas. ¿Qué significa nacionalización, socialización? ¡Como si algo cambiara por el hecho de que los títulos de propiedad de la fábrica estén en manos del Estado, y no ya en las del señor Lehmann o del señor Schultze! En cambio, desde que los directores y el alto personal están sometidos, como los obreros, a una disciplina general, sobreviene el orden nuevo, ante el cual se anonadan todas las concepciones del pasado.
—Me abre usted—le dije—perspectivas con las que nunca soñé. ¿Me permite usted decirle que no me hacen feliz?
—La era de la felicidad personal concluyó—me contestó Hitler—. La sustituimos por la aspiración a una felicidad común. ¿Existe cuadro más hermoso y a la vez más dichoso que una reunión nacionalsocialista, en la cual todo el mundo vibra al unísono, oradores y auditores? He ahí a qué llamo yo la felicidad de la comunidad. Tal felicidad sólo podían vivirla las primeras comunidades cristianas con igual intensidad. También ellos, los cristianos, sacrificaban su bienestar particular a la felicidad superior de la Cristiandad. Si llegamos a identificarnos con nuestra gran revolución, si la tenemos en la sangre, ya no será menester atormentarnos por fruslerías o por algún fracaso aislado, por lo mismo que sabemos que avanzamos sobre todos los caminos, incluso cuando nos parezca que nos desviamos de la meta. Y sobre todo. Cultivaremos nuestra
inconmovible voluntad de revolucionar al mundo en una medida jamás conocida en la Historia. Es, pues, de esa voluntad obstinada de donde extraemos nuestra felicidad secreta, esa alegría con que gustamos contemplar en torno nuestro a la muchedumbre, inconsciente de lo que hacemos con ella. Todos esos ciegos que nos rodean se hipnotizan con la superficial codicia que les es familiar; se adhieren a la propiedad, a la renta, al rango social y a otras riquezas pasadas de moda. Con tal de que eso les resulte accesible, todo lo demás lo encontrarán bien. Ignoran que ellos mismos han penetrado en un sistema nuevo, como en el engranaje de un mecanismo irresistible. No saben que los estamos amasando y transformando. ¿Qué significa, una vez más, la propiedad y la renta? ¿Qué necesidad tenemos de socializar Bancos y fábricas? ¡Socializamos los hombres!
XXXIII