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desusado interés en las partes integrantes de dispositivos de toda clase, en particular los elaborados juguetes que su padre solía llevar a casa luego de sus viajes como obispo de la Iglesia de la Unidad Fraternal. Ellos desarmaban esos juguetes en un estado de emoción extrema, ávidos de saber qué los movía. Luego volvían a armarlos, siempre con alguna modificación. Aunque los chicos eran razonablemente buenos en los deberes escolares, ninguno de ellos recibió un diploma en la preparatoria. Querían vivir en un mundo de máquinas y los únicos conocimientos que realmente les interesaban eran los relacionados con el diseño y construcción de nuevos aparatos. Eran sumamente prácticos. En 1888, su padre debía imprimir rápidamente un folleto para su trabajo. A fin de ayudarlo, los hermanos armaron una prensa pequeña, usando la bisagra de la tapa de una silla plegadiza del jardín, resortes oxidados y otras piezas de desecho. La prensa funcionó a la perfección. Inspirados por su éxito, mejoraron el diseño, usando mejores partes, y pusieron su propia imprenta. Quienes conocían el ramo se maravillaron de la prensa peculiar que los hermanos habían producido, la cual conseguía imprimir mil páginas por hora, el doble de lo normal.

Los hermanos, sin embargo, tenían un espíritu inquieto. Necesitaban constantes desafíos, y en 1892 Orville descubrió la solución perfecta para ellos. Con la invención de la bicicleta de seguridad (la primera en contar con dos ruedas del mismo tamaño), Estados Unidos había caído presa de la fiebre del ciclismo. Los hermanos compraron sus propias bicicletas, entraron en carreras y se hicieron fanáticos de ese deporte. Pronto estaban desarmando sus bicis y haciéndoles ajustes menores. Viéndolos trabajar en el patio, amigos y conocidos les llevaban sus bicicletas para que las repararan. En cuestión de meses, ellos conocían la tecnología de las bicicletas a la perfección y decidieron poner un taller en su nativa Dayton, Ohio, donde vendían, reparaban y hasta modificaban los modelos más recientes.

Ése parecía ser el destino perfecto de sus habilidades. Podían hacer varios cambios a una bicicleta, realizar un recorrido de prueba en ella, identificar lo que funcionaba y lo que no y hacer más mejoras después. Constantemente se esforzaban por volver más maniobrables y aerodinámicas sus bicis, cambios que alteraban cualitativamente la experiencia de conducción y daban al ciclista una sensación de completo control. Insatisfechos con los últimos diseños, decidieron que el paso lógico siguiente era fabricar sus propios cuadros de aluminio y diseñar su bicicleta hecha a la medida. Esto representó un reto enorme; requirió meses de aprendizaje práctico para poder fabricar cuadros en forma apropiada. El menor defecto podía provocar toda clase de accidentes terribles. En el proceso de adquirir esa habilidad, compraron el juego de herramientas más reciente, hicieron su propio motor de un cilindro para propulsarlas y se convirtieron sostenidamente en maestros en la fabricación de bicicletas. Quienes andaban en las bicis de los hermanos Wright podían sentir al instante la superioridad de su versión, que incluía mejoras tecnológicas que pronto se convertirían en normas en la industria.

En 1896, mientras convalecía de una lesión, Wilbur leyó un artículo que lo obsesionaría por años. Concernía a la muerte de Otto Lilienthal, el principal diseñador de planeadores y experto en el creciente campo de la aviación. Lilienthal había muerto en un percance de su planeador más reciente. Las fotografías de los diversos planeadores que había fabricado, todos ellos en pleno vuelo, asombraron a Wilbur: parecían las alas de un gigantesca ave prehistórica. Con su poderoso sentido

de visualización, Wilbur pudo imaginar la sensación de volar y le estremeció. Pero lo que le sorprendió del artículo fue que, a lo largo de muchos años de vuelos de prueba, que quizá llegaban a cientos, Lilienthal jamás había podido mantener un vuelo el tiempo suficiente para advertir las mejoras necesarias y probablemente había muerto a causa de eso.

Años después, los periódicos estaban llenos de artículos sobre los más recientes pioneros de la aviación, muchos de los cuales parecían acercarse a la meta de crear una máquina voladora motorizada. Esto se había convertido ya en una carrera por ser el primero en triunfar. Con aún más curiosidad en el tema, Wilbur decidió escribir a la Smithsonian Institution, en Washington, para solicitar toda la información disponible sobre aeronáutica y máquinas voladoras. En los meses siguientes se volcó en esos materiales, leyendo acerca de la física y matemáticas de volar, los diseños de Leonardo da Vinci y los planeadores del siglo XIX. Añadió a su lista de lecturas libros sobre aves, que entonces comenzó a observar y estudiar. Y cuanto más leía, más tenía la extraña sensación de que su hermano y él realmente podrían ganar la carrera.

A primera vista, ésa parecía una idea absurda. Todos los hombres que se desenvolvían en ese campo eran expertos con increíbles conocimientos técnicos, algunos de ellos con títulos universitarios impresionantes. Les llevaban una enorme ventaja a los hermanos Wright. Diseñar y fabricar una máquina voladora era un negocio muy costoso, que podía llegar a un total de miles de dólares y terminar en un accidente más. El favorito para ganar la carrera era Samuel Langley, secretario de la Smithsonian Institution, quien contaba con una abultada subvención gubernamental para realizar su trabajo y ya había volado exitosamente un modelo sin tripulante impulsado por vapor. Los hermanos eran de orígenes modestos y el único dinero que tenían eran las escasas ganancias de su taller de bicicletas. Pero, en opinión de Wilbur, lo que todos aquellos señores no tenían era un sentido común básico en lo referente a máquinas de cualquier tipo.

Esos aviadores habían partido de la premisa de que lo que importaba era lanzar la máquina al aire usando un potente motor de alguna clase, dejando el resto para después de logrado el vuelo. Echar a volar impresionaría al público, llamaría la atención y atraería respaldo financiero. Esto había derivado en numerosos accidentes, constantes cambios de diseño, la búsqueda del motor perfecto, nuevos materiales y más accidentes. Nadie llegaba a ninguna parte y la razón era simple. Como Wilbur sabía, la clave para fabricar bien cualquier cosa era la repetición. Había sido ensuciándose las manos en las bicicletas, modificándolas y reparándolas, y luego conduciéndolas para ver cómo funcionaban, como los hermanos habían logrado diseñar una variedad superior de bicis. Y puesto que los diseñadores de las máquinas voladoras no podían volar más de un minuto, estaban atrapados en un círculo vicioso: nunca estaban en el aire el tiempo suficiente para aprender a volar y poner apropiadamente a prueba sus diseños, o para formarse una idea de lo que podía funcionar. Estaban condenados al fracaso.

Wilbur descubrió otro gran error que le sorprendió en la manera de pensar de esos individuos: todos sobrevaloraban la importancia de la estabilidad. Pensaban en términos de un barco que flotara en el aire. Un barco está diseñado para mantener el equilibrio y para moverse en la forma más estable y recta posible; balancearse es demasiado peligroso. Con base en esa analogía, decidían diseñar las alas de sus máquinas voladoras en forma de V, para compensar cualquier súbita ráfaga de viento y mantener el avión en línea recta. Pero Wilbur sentía que pensar en términos de barcos era la analogía incorrecta. En cambio, era mucho más sensato pensar en términos de una bicicleta. Una bicicleta es inherentemente inestable. Es el conductor quien aprende pronto a mantenerla en una posición segura, y a dirigirla en forma apropiada inclinándose a un lado. El piloto de una máquina voladora, tal como él lo imaginaba, debía ser capaz de ladearse y girar sin problemas, o de elevarse o caer, y no atenerse

a una rígida línea horizontal, como un barco. Tratar de librar a la máquina de los efectos del viento era en realidad peligroso, porque eliminaba la posibilidad de ajuste del piloto.

Armado de esos conocimientos, a Wilbur le fue fácil convencer a su hermano de que una máquina voladora debía ser su siguiente y máximo desafío. Tendrían que usar sus limitadas ganancias del taller de bicicletas para financiar el proyecto. Esto los obligaría a ser creativos, usando partes de desecho y no intentando nunca nada más allá de sus posibilidades. En vez de comenzar con un aparato grandioso para probar sus ideas, tendrían que desarrollar lentamente el diseño perfecto, justo como habían hecho con la prensa y la bicicleta. Decidieron comenzar lo más modestamente posible. Diseñaron varios cometas que les ayudaran a determinar la forma perfecta de un planeador de prueba. Luego, con base en lo que habían aprendido, produjeron el planeador. Querían aprender a volar. El método usual de lanzar un planeador desde la punta de una colina era demasiado peligroso. En cambio, decidieron trasladar sus operaciones a Kitty Hawk, Carolina del Norte, donde soplaban los vientos más fuertes de Estados Unidos. Ahí, en las dunas de arena de las playas locales, podrían hacerse al viento desde pequeñas elevaciones, volar cerca del suelo y aterrizar en suaves lechos de arena. Tan sólo en 1900 pudieron realizar más vuelos de prueba que los que Lilienthal había intentando a lo largo de los años. Perfeccionaron poco a poco el diseño y mejoraron los materiales y la configuración; por ejemplo, aprendieron a hacer más largas y delgadas las alas, para mejorar el vuelo. En 1903 ya tenían un planeador que podía volar distancias considerables, con notable control sobre el giro y ladeo. Era, en efecto, una bicicleta voladora.

Era momento entonces de dar el último paso: añadir a su diseño el motor y los propulsores. Como antes, examinaron los diseños de sus rivales y notaron otra debilidad: habían tomado como modelo de sus propulsores los de los barcos, optando una vez más por la estabilidad. Con base en sus propias investigaciones, los hermanos decidieron que las hélices debían combarse, como las alas de un pájaro, lo que daría más empuje al avión. Queriendo comprar el motor más ligero para impulsar la máquina, descubrieron que excedía con mucho su presupuesto. Así, con la ayuda de un mecánico de su taller, hicieron su propio motor. En total, el costo de su aparato volador fue de menos de mil dólares, considerablemente inferior al de cualquier diseño de sus competidores.

El 17 de diciembre de 1903, Wilbur piloteó su máquina voladora en Kitty Hawk por un impresionante lapso de cincuenta y nueve segundos, el primer vuelo tripulado, controlado y motorizado de la historia. A lo largo de los años, ellos mejorarían el diseño y los tiempos de vuelo se incrementarían. Para los demás competidores en la carrera, fue un absoluto misterio cómo dos hombres sin experiencia ingenieril o aeronáutica ni apoyo financiero habían logrado ser los primeros en llegar. *** El desarrollo del avión representa uno de los mayores logros tecnológicos de nuestra historia, con amplias ramificaciones para el futuro. Sencillamente no había ningún precedente o modelo en el cual basar la máquina voladora. Aquél era un enigma genuino, cuya resolución requería el más alto grado de ingenio. En la historia de este invento podemos observar dos enfoques radicalmente distintos. Por una parte estaba un gran grupo de ingenieros y diseñadores con raíces en las ciencias que veían el problema en términos abstractos: cómo hacer para lanzar y propulsar el avión, cómo vencer la resistencia del viento, etcétera. Se concentraban sobre todo en la tecnología e intentaban crear las partes más eficientes: los motores más potentes, las alas mejor diseñadas, todo ello basado en

complejas investigaciones de laboratorio. El dinero no era problema. Este proceso dependía de la especialización: individuos concentrados en diferentes partes y especializados en diferentes materiales. En muchos casos, el diseñador no era el piloto; otra persona haría los vuelos de prueba.

Del otro lado estaban dos hombres con raíces completamente distintas. Para ellos, el placer y emoción de diseñar estaba en hacerlo todo ellos mismos. Diseñaron la máquina, la armaron y la volaron. Su modelo no dependía de tecnología superior, sino del mayor número de vuelos de prueba, para crear una óptima curva de aprendizaje. Esto reveló defectos por resolver y les dio sensibilidad por el producto, algo que jamás habrían tenido en abstracto. El énfasis no estaba en las partes, sino en la experiencia de vuelo general; no en el poder, sino en el control. Puesto que el dinero era un factor por considerar, se concedió importancia suprema al ingenio para obtener lo más de lo menos. Las diferencias entre esos dos enfoques pueden verse en las analogías elegidas para basar sus diseños. Los pensadores abstractos optaron por la analogía del barco, trabajando sobre la semejanza de navegar en un medio extraño (agua o aire), lo que les hizo conceder importancia a la estabilidad. Los hermanos Wright eligieron la bicicleta, que enfatizaba al conductor o piloto, la facilidad de uso de la máquina y su funcionalidad general. Centrarse en el piloto y no en el medio acabó siendo la respuesta correcta al enigma, porque llevó al diseño de algo que era posible maniobrar. Con ese punto de partida, fue fácil que evolucionara un avión más complejo.

Comprende: la inteligencia mecánica no es un forma degradada de pensamiento, en comparación con el razonamiento abstracto. De hecho, es la fuente de muchas de nuestras habilidades racionales y facultades creativas. Nuestro cerebro se desarrolló hasta su tamaño presente gracias a las complejas operaciones de las manos. Al trabajar con materiales resistentes para crear herramientas, nuestros antepasados desarrollaron un patrón de pensamiento que trasciende el trabajo manual. Los principios detrás de la inteligencia mecánica pueden resumirse de esta manera: ya sea que crees o diseñes, debes probar y usar tú mismo el producto. Distanciarte del trabajo te hará perder contacto con su funcionalidad. Mediante una intensa labor de tu parte, sientes lo que creas. Al hacer este trabajo, ves y sientes los errores de diseño. No ves las partes por separado, sino la forma en que interactúan, experimentando en su conjunto lo que produces. Lo que tratas de crear no despegará mágicamente luego de un par de arranques creativos de inspiración, sino que debe evolucionar lentamente a través de un proceso paso a paso mientras corriges las fallas. Al final, ganas gracias a tu ingenio superior, no a la mercadotecnia. Este ingenio supone crear algo con una estructura simple y elegante, obteniendo el mayor provecho posible de tus materiales, una alta forma de creatividad. Estos principios operan junto con la inclinación natural de tu cerebro y los infringes bajo tu cuenta y riesgo.

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