Uno de los efectos de la gramaticalización de las lenguas vernáculas europeas a partir de fines del siglo XVI y de la desaparición progresiva del latín como lengua del saber y la administración ha sido la construc- ción de las culturas nacionales. Simétricamente, se planteó la cuestión de la equivalencia entre las lenguas de diferentes culturas y la construcción de un instrumento que trascienda esas diferencia, es decir, de una lengua
universal. Se podría responder a ello de manera ingenua, a partir de los
políglotas del Renacimiento. Un políglota es un diccionario que pone en correspondencia las palabras de n lenguas. Si se asigna un número a cada línea de la correspondencia, se pueden utilizar estos números como ele- mentos de un código universal y reemplazar las palabras de una frase en una lengua dada por los números en el diccionario. Es exactamente lo que ocurre con los sistemas de numeración de las lenguas europeas: cualquier expresión formulada en números arábigos puede leerse en cualquier len- gua europea, porque 1 = lat. unnus = esp. uno = fr. un = al. ein = ingl. one, etcétera. Por supuesto, en el caso de las lenguas naturales, sería necesario que ninguna difiera en su constitución semántica2. Se podría considerar
1. Lo que se rechaza es una intepretación objetiva de los universales lingüísticos, algo que estaría en la cabeza de los locutores cuando hablan. Quine no rechaza el papel que pudieran te ner en el análisis lingüístico las estructuras profundas que Chomsky postulaba en 1957 y 1965 (véase el apéndice 1), pero les asigna una interpretación instrumental: son el análogo de las pa ráfrasis en una lengua artificial canónica que proponen los lógicos. Véase su artículo Methodo- logical reflections on current linguistics, Synthese, 1970, incluido en D. Davidson y Harmann (compils.), Semantics of natural language, Dordrecht, Reidel, 1972: 442-454.
2. No deja de tener interés advertir que el problema de la correspondencia entre los elemen tos de diferentes lenguas no admite una solución mecánica, ni siquiera cuando se considera es tructuras muy débiles, como las "lenguas" que simplemente están compuestas por un alfabeto con reglas de concatenación. Cuando se pone en correspondencia las "palabras" de dos "len guas" determinadas, se obtiene una secuencia doble donde las palabras están apareadas según sus índices: (M1,...,Mn) = (N1,..., Nn). Se puede entonces plantear el problema general: ¿existe
un sistema finito de índices ij que permita resolver la doble secuencia: Mi1, Mi2,..., Min= Nj1,
Nj2,..., Njn? Post (1946) demostró que este problema es indecidible. Se pueden considerar otros
problemas. Sean A y B dos alfabetos, sobre los cuales se construyen palabras por concatenación; esto nos da dos monoides A* y B*. Consideremos dos aplicaciones F y G de A* en B*. ¿Existe una palabra M de A* que tenga la misma imagen en B*, es decir, tal que F(M)= G(M)? Este pro blema es equivalente al problema de Post y no admite, entonces, una solución general. Por su puesto, la indecidibilidad no prueba ni la imposibilidad ni la posibilidad. Podría ocurrir que pue da construirse una correspondencia caso por caso. Pero la situación revierte, de algún modo, el op timismo del programa tradicional de la lengua universal: al comienzo su posibilidad resultaba evi dente, sólo había que construirla; con el teorema de Post se vuelve contingente y muy aleatoria.
que el fracaso del proyecto se debe a la imperfección de las diferentes len- guas, que se construyen arbitrariamente. De hecho, el canciller Francis Bacon en El avance del saber (1605), y en la versión latina que dio más tarde, De dignitate et augmentis scientiarum (1623), argumentó en favor del concepto de una lengua universal sobre otras bases. El modelo es el de los caracteres chinos: se los concibe como ideogramas, es decir, como sig- nos de las ideas, aunque se trata, según el término propuesto por Gelb, de logogramas, es decir, signos de palabras que dependen de la estructura de una lengua. Como lo explícita Descartes en una célebre carta a P. Mersen- ne del 20 de noviembre de 1629, para desarrollar un modelo de este tipo y llegar a disponer de las bases de una lengua universal, basta encontrar las ideas elementales de las que todas las otras están compuestas. El tema preocupó durante mucho tiempo a Leibniz. Las tentativas más empeñosas fueron realizadas por John Wilkins, primer secretario y cofundador de la Sociedad Real londinense, una de las sociedades de sabios más prestigio- sas de la época, en An essay towards a real character and a philosophical
language (1668), y por Georges Dalagarno en su Ars signorum (1661). Lo
que hacía, sin duda, que un tal programa fuera plausible, es la percepción misma de la universalidad del pensamiento humano, raramente puesta en duda por los filósofos.
Los sabios que intentaron realizar el programa clásico de investiga- ción de una lengua universal se esfuerzan por respetar cuatro tipos de res- tricciones:
1) Reducir a la unidad los medios de la comunicación humana (las len guas) a fin de permitir una generalización de esta comunicación. 2) Rectificar las irregularidades de las lenguas naturales que hacen que su
aprendizaje y su manejo sean trabajosos.
3) Suprimir los defectos que el desarrollo de las ciencias modernas pone en evidencia en las lenguas cotidianas (polisemia, imprecisión de los términos, ausencia de correspondencia entre los procedimientos lin güísticos y la representación científica de lo real, es decir, más general mente, ausencia de motivación de la nomenclatura).
4) Ligar la buena constitución de los enunciados de la lengua con su valor de verdad, es decir, con su relación con la constitución de lo real.
En resumen, se trataba, por un lado, de maximizar la instrumentali- dad comunicativa del lenguaje extendiendo su alcance y minimizando el costo de su aprendizaje; por el otro, de maximizar la instrumentalidad confirmatoria mejorando la representación del pensamiento científico y la
adecuación a lo real. Que esta meta deba ser alcanzada mediante la crea- ción de una lengua totalmente artificial (por oposición a las lenguas coti- dianas, calificadas de "naturales") responde a una opción filosófica muy fuerte que, a la vez, descalifica a las lenguas naturales porque son el pro- ducto de la contingencia histórica y sostiene que la representación cientí- fica y la comunicación cotidiana son de la misma naturaleza. Esta opción es típicamente idealista; los empiristas (Locke contra Leibniz) podrían, adoptando la segunda parte, admitir también que las lenguas naturales son imperfectas1, sin retroceder ante la historicidad: les bastaba adoptar una opción reformista. Las tentativas clásicas de lengua universal no llegaron a su construcción efectiva. De hecho, el programa tradicional perseguía dos proyectos que podían separarse claramente: por un lado, la construc- ción de un instrumento de comunicación que traspasase la barrera consti- tuida por las lenguas nacionales; por el otro, la construcción de un instru- mento de representación adecuado a la expresión de un conocimiento co- rrecto de lo real y sólo de él, entendiendo que solo existe el conocimiento correcto. "Universal" no tiene el mismo sentido en uno y otro caso: se trata de una lengua utilizada por todos los hombres o se trata de una lengua válida para todo lo real. Cuando se retoma el proyecto a fines del siglo XIX (véase el apéndice 1), se separan frecuentemente estos dos elemen- tos, considerando, por un lado, una lengua internacional auxiliar (véase Couturat y Léau, 1903) y, por otro, una ideografía en la que la sintaxis se confunde con los procedimientos de la deducción. Los dos proyectos han atraído a cantidades de dulces soñadores, pero también a eminentes sa- bios, filósofos, matemáticos, lógicos y lingüistas, estos últimos desafiando la prohibición de la Sociedad Lingüística de París que, por el artículo II de su estatuto de fundación, se rehusaba a recibir comunicaciones acerca de este tema2.
No es ciertamente imposible construir una lengua artificial que posea todas las características de una lengua natural. Los sabios de fines del si- glo XIX, beneficiándose de los progresos de las ciencias del lenguaje, fueron capaces de hacerlo en varias ocasiones. Algunas de estas lenguas,
1. No es necesario confundir la idea condillaqueana de una "lengua bien hecha" con la de una lengua universal: para el sensualista, las lenguas primitivas son lenguas bien he chas, lo mismo que lo es una ciencia bien tratada.
2. Debe notarse que las discusiones realizadas por los ideólogos en el seno del Institu to a comienzos del siglo XIX habían conducido a Destutt de Tracy a postular que la lengua universal era tan "imposible como el movimiento perpetuo". Esto significaba colocar el proyecto en la categoría de la monstruosidades científicas, como es el caso de la cuadratu ra del círculo.
como el esperanto, han sido difundidas y utilizadas por varias decenas de millares de usuarios. Pero la lengua internacional auxiliar es indiscutible- mente una utopía: supone el acuerdo de todos y, muy frecuentemente, los promotores de las lenguas más elaboradas terminaron formulando proyec- tos concurrentes o reformas que dieron origen a disidencias. Por otro lado, es vano pensar que, en su utilización, una lengua auxiliar internacional pueda conservar indefinidamente las "buenas" cualidades que su forma- ción artificial debía asegurarle en el comienzo. Para ello, sería necesario que su gramática pudiese predecir todos sus empleos, en una palabra, que fuera fija e insensible a la historia1.
Debemos la construcción de la lógica formal moderna a la vertiente ideográfica de los proyectos de lengua universal. La lógica moderna ha probado su utilidad; la cuestión es saber si se puede considerar como len- gua universal a un formalismo. Se podría argumentar desde las limitacio- nes internas de los formalismos: los teoremas de Gödel o de Tarski condu- cen a una regresión infinita de metalenguajes. Una universalidad que se pague al precio de una infinitud no es verdaderamente creíble. Pero el punto a discutir está, probablemente, en otro lado y concierne a la ontolo- gía. Russell no dudó en escribir que "hay en el mundo algo que corres- ponde a la distinción de las partes del discurso tal como se presentan en un lenguaje lógico" (Significado y verdad: 369). Volvemos a encontrar la problemática medieval según la cual los modos de significar son los mo- dos de ser2. La universalidad de la sintaxis lógica corresponde al hecho de que es adecuada a lo real, como debía serlo la característica de Wilkins. Ello supone su unicidad. Es por ello que Carnap considera las proposicio- nes de la metafísica como sin sentidos. Considérese el pasaje siguiente de la Introducción a la metafísica (1929) de Heidegger:
Solo se debe estudiar el ser; fuera de él —nada; solo el ser y más allá— nada; el ser único y debajo de él —nada. ¿Qué hay de esta Nada? [...] ¿Qué hay de la Nada? [...] La Nada nada.
La posibilidad de formular tales proposiciones surgiría de una caren- cia lógica del lenguaje natural: es imposible, en efecto, traducirlas en la sintaxis lógica (Carnap, 1934: 25-31). Se podría sostener cínicamente que
1. Véase S. Auroux, L'hypothèse de l'histoire et la sous-determination grammaticale,
Langages, No. 114, 1994: 25-40.
2. Es por lo que la gramática especulativa interesaba a Heidegger: La grammatica
speculativa, es decir, la mediación de la metafísica sobre el habla, en su relación con el
es una lástima ... para la sintaxis lógica. De cualquier forma, la tesis de Quine desplaza totalmente la cuestión: nuestro lenguaje lógico es una va- riedad nativa de lenguaje, podemos desarrollar argumentos para preferirlo, pero éstos jamás tendrán un valor absoluto.
Tenemos buenas razones para creer que cualquier lengua universal es imposible. ¿Es necesario admitir, por lo tanto, que esta imposibilidad tie- ne valor de demostración absoluta? Si se reflexiona en ello, la idea de que se pueda demostrar absolutamente que una lengua universal es imposible es contradictoria, porque supondría la existencia misma de esta lengua. Toda explicación de la relatividad lingüística sería, en el fondo, una forma de rematarla, algo que nos está prohibido intentar. La diversidad de las lenguas es probablemente irreducible y esta irreductibilidad constituye, seguramente, el hecho más enigmático que hoy en día deben enfrentar la filosofía del lenguaje y la metafísica occidental.