El uso del ladrillo como elemento constructivo es muy antiguo y su historia se remonta a los orígenes de la civilización. Especialmente en la remota Antigüedad, era característico de las regiones llanas así como la piedra lo era de las regiones montañosas. De hecho, fue en la ciudad antigua de Jericó (Palestina), una de las primeras comunidades agrícolas que data del milenio VIII a. C., donde fue encontrado el que se cree el ladrillomás primitivo del mundo (Campbell, 2004).
La primera civilización que desarrolló el ladrillo de barro o adobe fue la mesopotámica (X-VIII milenio a. C.), que surgió en terrenos aluviales entre los ríos Tigris y Eúfrates, y donde la materia prima más abundante estaba constituida por arcilla y arena. Sus primitivas construcciones estaban hechas de adobe (arcilla cruda y secada al sol) al que se le solía añadir paja y un elevado contenido de arena para evitar retracciones y agrietamiento durante el secado (Oates, 1990).
La invención del ladrillo cocido, aproximadamente en el año 3500 a. C (Uruk, Mesopotamia) (Figura 2A) permitió la construcción de estructuras permanentes en zonas donde anteriormente no había sido posible. La cocción le dio al ladrillo mayor resistencia que el adobe y la ventaja añadida respecto a la roca de que se le podía dar forma con facilidad y ofrecía la posibilidad de realizar infinitas reproducciones de diseños ornamentales. Por tanto, el ladrillo fue reconocido rápidamente como un material más sofisticado que el adobe por lo que era más difícil y costoso de obtener y se reservaba para los revestimientos exteriores y las construcciones de lujo. Así, los constructores sumerios y babilonios levantaron zigurats, palacios y ciudades amuralladas. En ocasiones también los cubrían con esmaltes para conseguir efectos decorativos. Entre las realizaciones más antiguas y
famosas destaca el zigurat Inshushinak-Napirisha, construido por el rey Untash-Napirisha (I milenio a. C), o el zigurat Etemenanki, edificio religioso de la dinastía Caldea, (siglo VI a. C).
ingeniería como bóvedas de canales, murallas como la de El-kab, así como algunas pirámides como la de Atribis.
Paralelamente, en América el ladrillo ya era conocido por las civilizaciones prehispánicas. En América central los ladrillos más antiguos fueron localizados en el centro ceremonial de La Venta, (Tabasco, México) perteneciente a la cultura olmeca (1500 a. C - 200 d. C). Sin embargo, aunque la tecnología de fabricación ya había sido introducida, el ladrillo fue utilizado únicamente de forma esporádica, predominando la arquitectura de tierra y adobe y reservando el uso del ladrillo sólo como un complemento estructural. Ciudades como Tizatlán, Tecuaque, Ocotelulco o Tlaxcala han sido señaladas como lugares en donde las características físicas del ladrillo se aprovecharon para formar parte de las construcciones, aunque la expresión más sobresaliente de arquitectura monumental que incorpora al ladrillo como elemento de construcción es Comalcalco, perteneciente a la civilización Maya. En Comalcalco, se recurrió al ladrillo para la construcción de plataformas, muros, pilastras y bóvedas de templos manufacturados en una amplia variedad de formas, pesos y medidas (Figura 2B).
Por otro lado, en China se desarrolló entre los años 500 a. C y 1000 d. C una sofisticada industria del ladrillo, completamente diferente a la de Occidente. Los ladrillos chinos son posteriores al descubrimiento de los ladrillos en Mesopotamia, aunque anteriores a su desarrollo en la antigua Roma. El primer empleo documentado del uso de ladrillo fue en la chimenea de una fundición en la provincia de Xinzheng, Henan, y data de la época de las luchas feudales (475-221 a. C). En China se experimentó con las formas y tamaños del ladrillo, de una manera más imaginativa que en Occidente creándose por ejemplo grandes baldosas para los suelos, paredes y techos o grandes ladrillos huecos para las tumbas que llegaban a ser tan grandes como los féretros que encerraban (Yuanzhao y Yangzheng, 1986).
En Europa, la técnica de construcción en ladrillos continuó en las civilizaciones de Grecia y Roma. Se dispone de escasa información sobre el uso del ladrillo en la civilización griega. La arquitectura primitiva, como es lógico, era extremadamente simple y las edificaciones de uso corriente se realizaban con ladrillo de barro, por el reducido coste y su rapidez de ejecución. No obstante, a pesar de la existencia de un complejo comercio de cerámica arquitectónica y del empleo masivo de la teja de terracota para las ornamentaciones de los tejados, el uso del ladrillo cocido nunca llegó a generalizarse (Campbell, 2004). En cambio, el hábito de construir muros con ladrillo en la civilización romana empezó durante el reinado de Augusto (27 a. C - 14 d. C) y se empleó sin interrupción hasta el final del Imperio. Durante este tiempo, la cultura del Imperio romano fue una de las grandes difusoras de la construcción en ladrillo. En el segundo de sus diez libros sobre la arquitectura, Vitruvio trata largamente de este material; explica el proceso de manufactura, el tipo de materia prima a emplear y las dimensiones que se solían utilizar (Vitruvio, 2006). El uso del ladrillo cocido permitió a la cultura romana la edificación de complicadas estructuras como los
1.3 Antecedentes históricos
Capítulo I
acueductos, puentes y termas, debido a que a la accesibilidad de las materias primas se añadía la posibilidad de producir grandes cantidades de ladrillo a corto plazo, con la consiguiente reducción de coste y tiempo (Adam, 1989). El ejemplo más espectacular de obra de ladrillo con ornamentación que ha sobrevivido hasta nuestros días son los mercados de Trajano (98-117 d. C) (Figura 2C).
Durante el periodo bizantino, los ladrillos fueron fabricados de la misma forma que sus homólogos romanos aunque fueron introducidas innovaciones fundamentalmente en las decoraciones geométricas, ingeniosidad de aparejos, solidez constructiva y calidad de morteros de unión (Ousterhout, 1998). Las iglesias de Rávena (Figura 2D) o Estambul son ejemplos característicos de construcciones realizadas con ladrillo bizantino.
Los musulmanes, que heredaron por razones geográficas las artes de Asiria, Caldea y Persia propagaron la arquitectura de ladrillo por todos los países que conquistaron y supieron conferir valor de arte a las obras de ladrillo, con la creación de geometrías como la forma de espina de pez o las ménsulas escalonadas. Entre los grandes edificios de ladrillo de este periodo se encuentran el palacio de Ukhaïdir en Irak (750-800 d. C), la gran mezquita de Al-Mutawwakil en Samarra (848- 852 d. C) (Figura 2E) o la tumba de los samaníes en Bujara, Uzbekistán (900 d. C).
También la cultura cristiana desarrolló, especialmente en Europa, grandes obras hechas con ladrillo. Durante los primeros siglos de la Edad Media fue característica la reutilización de ladrillos procedentes de edificios en ruina o almacenados, de modo que los materiales no resultaban homogéneos ni en color ni en tamaño y eran por lo general, de mala calidad (Cultrone, 2006). Durante el siglo XI, volvió el interés hacia la fabricación en ladrillo, siempre basada en sus precedentes romanos y bizantinos, por lo que la calidad de estos materiales fue mejorando hasta el final de la Edad Media.
En Italia, el arte del ladrillo está estrechamente ligado al valle del Po, siendo las grandes ciudades de Milán, Bolonia o Pavía donde se dio el mayor desarrollo en la construcción de ladrillo durante la Edad Media, llegando incluso a reproducir con el ladrillo lo que se hacía en roca con el arte Gótico en el resto de Europa. En Francia, donde la roca era abundante, la arquitectura del ladrillo se desarrolló mucho menos. Iglesias como la de Saint-Sernin en Toulouse o la catedral de Albi (Figura 2F) son de ladrillo. En el norte de Europa la tradición del ladrillo desparecida con la caída del Imperio romano, reapareció en Dinamarca y Alemania a partir del siglo XII aunque los mejores ejemplares de obra de ladrillo en Alemania son del siglo XV y XVI y abundan principalmente en el norte, dentro de la corriente arquitectónica denominada “Backsteingotik” o gótico de la piedra cocida (Campbell, 2004). Con habilidad extraordinaria, imitaron las formas
edificaciones de ladrillo en estilo románico del siglo XIII, como la abadía de San Albano. Durante el siglo XV destacó la ornamentación en aparejos romboidales en muchas construcciones como el palacio de Hampton Court (Figura 2H).
En España, los musulmanes fueron grandes constructores en ladrillo, pudiendo destacarse dos obras de la arquitectura andalusí fundamentales: La Mezquita de Córdoba (siglos VIII-XII) y La Alhambra de Granada (siglos IX-XV). La Mezquita de Córdoba tiene diversas partes de ladrillo ya sean constructivas o decorativas, pudiendo destacarse la tendencia a revestir el ladrillo con una fina capa de mortero, sobre el que se pintaba, a su vez, un fingido ladrillo. En Granada, ya desde las más antiguas partes de la Alcazaba de la Alhambra destaca el papel constructivo del ladrillo (Figura 2I). En este caso, el aspecto decorativo ya no es tan importante ya que en la parte más fastuosa del palacio son las yeserías y las cerámicas esmaltadas los elementos que destacan.
Del arte musulmán nació el mudéjar español, un arte nuevo que se presenta como síntesis de dos tradiciones diferentes, la islámica y la cristiana y que continuó el uso del material cerámico tanto en la mampostería como en la brillante ornamentación de sus construcciones. En este sentido, la característica tan esencial de la arquitectura mudéjar de decorar a la vez que se construía, implicó que los alarifes mudéjares destacaran por la amplia cantidad de módulos y formas aplantilladas de ladrillo diseñadas para sus construcciones (Escribano y Jiménez, 1980). A la pervivencia del arte hispano-musulmán, en la arquitectura mudéjar se unió la capacidad de adaptación de nuevas formas de decoración cristianas (góticas y renacentistas) (Álvaro Zamora, 2006). La arquitectura mudéjar fue desarrollada entre los siglos XII-XVI y se localizó dentro de la Península Ibérica en los focos principales de Toledo, Aragón y Andalucía dejando magníficas obras como la mezquita del Cristo de la Luz (Figura 2J) y Santiago del Arrabal en Toledo o las Torres de Teruel (Figura 2K) y las Iglesias de San Pedro y de la Magdalena en Zaragoza.
A partir del siglo XVIII, en Europa, la complejidad y habilidad en la arquitectura y las mejoras técnicas derivadas del comienzo de la revolución industrial, introdujeron una considerable precisión en la manufactura y uso de ladrillos. Esta mutación se reflejó en la producción de material con formas más complejas, de elevada calidad, color uniforme y mejor cocido (Cultrone, 2006). Durante el siglo XX, el ladrillo tuvo que hacer frente a la construcción con nuevos y modernos materiales como el acero, el hormigón o el cristal, aunque en este siglo se fabricaron y utilizaron más ladrillos que en cualquier otra época de la historia (Campbell, 2004). Diversas corrientes arquitectónicas que introdujeron el ladrillo se desarrollaron durante este siglo, como el Expresionismo o el Art Déco aunque debe ser destacado el Modernismo, corriente que bajo influencia de los estilos orientales, adoptó profusamente el uso de la cerámica como elemento decorativo en la construcción. En España existen ejemplos importantes como el Parque Güell en Barcelona.