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Para reconocerse pecadores ante Dios y obtener su perdón, la Iglesia cuenta con el sacramento de la confesión o de la reconciliación. La práctica de este sacramento, que tan problemático resulta para el hombre contemporáneo y para los propios cristianos, nos conduce a una relación personal con Dios Padre que colma de alegría y abre en nosotros la fuerza del perdón.

De no vivirlo así, se convierte en una carga, en una formalidad que hay que cumplir para eliminar algunas manchas que nos provocan cierto malestar, repulsión y vergüenza; se convierte, simplemente, en la búsqueda de una conciencia tranquila. También en este caso el sacramento hace bien, pero poco a poco nos alejamos de él sintiendo que resulta triste, agobiante y pesado.

En realidad, se trata de un encuentro gozoso con Dios; se trata de repetir la exclamación de Juan en la barca que estaba en medio del lago: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7). «¡Es el Señor!», y todo cambia. «¡Es el Señor!», y todo resplandece de nuevo. «¡Es el Señor!», y todo vuelve a tener sentido en la vida: es una reconstitución del significado de todo fragmento de mi existencia.

Por consiguiente, debe vivirse con serenidad y alegría; la misma penitencia, la purificación, la expiación, se convierten en apertura a una relación.

¿Cómo vivir este sacramento en cuanto momento de un camino en el que tratamos de entender quiénes somos, qué estamos llamados a ser, en qué nos hemos equivocado, qué habríamos querido no ser, qué pedimos a Dios?

Sugeriría vivirlo como un coloquio penitencial.

El coloquio penitencial es la confesión ordinaria, con la diferencia, sin embargo, de que mediante él queremos ampliar un poco más las mismas cosas.

Este coloquio puede describirse según tres momentos fundamentales. De hecho, la palabra latina «confessio» no significa solo ir a confesar, sino también alabar, agradecer, poclamar.

Confesión de alabanza

El primer momento lo denomino «confessio laudis», es decir, confesión de alabanza.

En lugar de comenzar la confesión diciendo: «he cometido este pecado y este otro...», puede decirse: «Señor, te doy gracias», y expresar ante Dios los hechos, aquellos por los que le estoy agradecido.

Nos estimamos muy poco a nosotros mismos. Intentad reflexionar, y veréis cuántas cosas insospechadas encontráis, porque nuestra vida está llena de dones. Y esto abre el

alma a la verdadera relación personal.

Ya no iré entonces, casi a escondidas, a expresar algún pecado para borrarlo, sino que me pondré ante Dios, Padre de mi vida, y diré, por ejemplo: «Te doy gracias porque en este mes me has reconciliado con una persona con la que estaba enojado. Te doy gracias porque me has hecho entender qué debo hacer; te doy gracias porque me has dado salud; te doy gracias porque me has permitido entender mejor en estos días la oración como valor importante para mí».

Tenemos que expresar una o dos cosas por las que sentimos realmente que tenemos que dar gracias al Señor.

Por consiguiente, el primer momento es una confesión de alabanza.

Confesión de vida

Sigue a continuación lo que yo llamo «confessio vitae».

Y ello en el sentido de que no hago simplemente un listado de los pecados, sino que me hago la pregunta fundamental: «Desde la última confesión ¿qué querría yo que en mi vida, en general, no hubiera ocurrido; qué querría no haber hecho; qué me produce pena; qué me pesa?».

Entonces se muestra mucho de nosotros mismos: la vida, no solo con sus pecados formales («he hecho esto, me comporto mal...»), sino, más aún, la raíz de lo que habría querido que no ocurriera.

«Señor, siento en mí antipatías invencibles... que después son causa de mal humor, de maledicencias y de desprecios. Quisiera ser curado por ti, Señor, siento en mí de vez en cuando tentaciones que me arrastran; quisiera ser curado de las fuerzas de estas tentaciones. Señor, siento pesar por las cosas que hago, siento pereza, malestar, desapego de la oración; siento en mí dudas que me preocupan...».

Si logramos expresar en la confesión de vida algunos de los sentimientos o emociones más profundas que nos pesan y no querríamos que existieran, encontramos también las raíces de nuestras culpas, es decir, nos conocemos por lo que somos realmente: un haz de deseos, un volcán de emociones y sentimientos, algunos de los cuales son buenos, inmensamente buenos..., y otros tan malos que no pueden dejar de pesar negativamente. Resentimientos, amarguras, tensiones, gustos morbosos que nos desagradan, los ponemos ante Dios diciendo: «Mira, soy un pecador, y solo tú puedes salvarme. Solo tú me quitas los pecados».

Confesión de fe

No sirve de mucho un esfuerzo por nuestra parte. Es necesario que el propósito vaya unido a un profundo acto de fe en la fuerza sanadora y purificadora del Espíritu, en la misericordia infinita de Dios.

La confesión no consiste únicamente en poner los pecados como se pone una cantidad de dinero sobre una mesa. La confesión es poner nuestro corazón en el corazón de Cristo, para que él lo cambie con su poder.

La «confessio fidei» es decir al Señor: «Señor, sé que soy frágil, sé que soy débil, sé que puedo caer continuamente; pero tú, por tu misericordia, cuídame en mi fragilidad, custódiame en mi debilidad, concédeme ver cuáles son los propósitos que debo hacer para expresar mi buena voluntad de agradarte».

De esta confesión nace la oración de arrepentimiento: «Señor, sé que lo que he hecho no solo me daña a mí, a mis hermanos, a las personas a las que he perjudicado e instrumentalizado, sino que también es una ofensa contra ti, Padre, que me has amado, que me has llamado».

Es un acto personal: «Padre, lo reconozco y no querría haberlo hecho nunca... Padre, he comprendido que...».

Una confesión así concebida no nos aburre nunca, porque es siempre diferente; cada vez vemos emerger otras raíces negativas de nuestro ser: deseos ambiguos, intenciones erróneas, sentimientos falsos.

A la luz de la fuerza pascual de Cristo escuchamos la voz: «Tus pecados quedan perdonados... paz a vosotros... paz a esta casa... paz a tu espíritu».

En el sacramento de la reconciliación acontece una verdadera y propia experiencia pascual: la capacidad de abrir los ojos y decir: «¡Es el Señor!».

La penitencia

El sacramento de la reconciliación prevé el momento denominado «penitencia» o «satisfacción».

Se trata de aquellos gestos, oraciones y acciones que el sacerdote pide que se cumplan como signo, fruto y expresión de la conversión.

Tengo que admitir, no obstante, que cuando, como confesor, pienso en la «penitencia», siento una cierta incomodidad, porque me pregunto: ¿qué penitencia es realmente adecuada para el camino de la persona que tengo delante? ¿Cómo puedo, en un tiempo tan corto, encontrar aquella penitencia que sea para esta persona fruto de una específica conversión, de un momento de gracia para ella? ¿Qué le es realmente útil para expresar, de modo concreto, su camino histórico?

Habitualmente, el confesor escapa a esta dificultad proponiendo en general una oración o un acto de culto, que son realidades buenas e importantes, pero que, sin embargo, no parecen tener siempre una correspondencia inmediata con el camino que está recorriendo la persona.

Esta es la inquietud concreta del momento específicamente penitencial del sacramento, cuando se desea salir de la rutina, de la costumbre, de la formalidad, y adaptarse a la persona.

Por otra parte, estoy convencido de que este es uno de los momentos en los que la Iglesia está más cerca, de forma concreta, de quien realiza un itinerario de penitencia. Es verdad que está cerca en cada etapa del sacramento: en el examen de conciencia, ayudando con las preguntas; en el momento del dolor, sugiriendo las palabras; invitando al propósito con el ejemplo de los santos; y, sobre todo, haciéndose transparencia de Cristo misericordioso cuando acoge y absuelve en nombre del Señor.

Pero en el momento de sugerir la «penitencia», la Iglesia quiere adaptarse de forma totalmente particular, acercándose al camino de cada persona en su individualidad irrepetible.

Debería, por consiguiente, hacerse maestra del itinerario penitencial para que la persona exprese, según las palabras de Juan el Bautista, «frutos dignos de penitencia», signo de un corazón que quiere renovarse.

Teniendo presente la dificultad que la «penitencia» plantea al sacerdote que administra el sacramento, quisiera meditar sobre el pasaje evangélico que habla de Zaqueo (Lc 19,1-10).

Podemos definirlo, de hecho, como un pasaje de encuentro penitencial entre el ser humano y Jesús: es un relato histórico que subraya una realidad permanente. En este encuentro, el hombre Zaqueo realiza unas acciones sucesivas, interiores y exteriores, algunas de las cuales son la premisa, y otras la consecuencia de la palabra de perdón de Jesús.

– La acción interna de Zaqueo es su deseo de ver a Jesús. Un deseo fuerte, intenso,

que podríamos denominar casi «extático», es decir, que hace salir a Zaqueo fuera de sí mismo. No es explicable que sea la simple curiosidad la que le lleve a correr para ver a Jesús, a imponerle las cosas que está haciendo. Desde dentro le está moviendo un profundo deseo que ya es amor, un amor incoativo, incipiente, hacia Jesús y que le impulsa a una acción exterior.

– La acción externa consiste en echar a correr y subirse a un árbol. Sorprende que un

hombre como él, un funcionario, se ponga a correr y se suba a un árbol, algo que no habría hecho normalmente. Es una persona que está viviendo un instante de amor tan fuerte que olvida las costumbres, las convenciones, su nombre, su prestigio y su orgullo.

Sobre este amor intenso de Zaqueo recae entonces la palabra de amistad de Jesús: «Hoy tengo que hospedarme en tu casa».

Una palabra de familiaridad que sorprende a Zaqueo y suscita en él algunas

acciones nuevas que ya no son de premisa, sino de conversión.

– La acción externa se produce cuando Zaqueo acoge a Jesús, lleno de alegría.

– La acción interna acontece cuando Zaqueo toma la decisión, y la comunica, de

querer dar a los pobres la mitad de cuanto tiene y reparar generosa y abundantemente los agravios cometidos. «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le restituyo cuatro veces más». Tal es el resultado penitencial, social, civil y comunitario del camino de Zaqueo. Es el fruto de «penitencia» de su reconciliación.

Me impresiona enormemente la alegría con que actúa Zaqueo: una alegría que le

hace extraordinariamente, casi diríamos que insensatamente, ser generoso más allá de todo cálculo. Se le podría hacer observar que, si da la mitad de sus bienes a los pobres, con la otra mitad no tendría suficiente para restituir el cuádruplo. En realidad, Zaqueo, por así decirlo, ha perdido el sentido de la medida, ha sido transformado por la amistad y por la reconciliación con Jesús, y por eso lo que le importa es dejar que resuene en torno a sí la alegría con abundancia, como signo de su conversión.

El primer fruto del encuentro penitencial es, pues, la alegría, una alegría que

inunda, que se desborda en torno a nosotros y que nos lleva a cumplir con facilidad acciones incluso difíciles que nunca nos habríamos decidido a realizar antes de haber escuchado la palabra de Jesús.

El segundo subrayado del camino de Zaqueo es que él mismo propone a Jesús la «penitencia» que quiere hacer, y Jesús la aprueba. Zaqueo propone lo que es más

adecuado para un hombre codicioso, estafador y deseoso de poseer, como es su caso. Ha sabido percibir su punto débil y se renueva a partir de este. El fruto de «penitencia» es para él la generosidad para con los pobres, la prontitud en reparar los agravios cometidos contra los demás (no largas oraciones, ni peregrinaciones, ni gestos exteriores que no cambian nada). Es su penitencia específica, personal e histórica. Jesús la aprueba y le dice: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Volviendo a la pregunta que se hace el confesor a la hora de establecer la «penitencia», me parece que la respuesta sugerida por el pasaje evangélico es muy sencilla. Quizá es el penitente quien puede ayudar al sacerdote, invirtiendo las posiciones. En lugar de preguntar qué debe hacer como penitencia, se pregunta qué obra, qué gesto de justicia y de misericordia corresponde a su camino.

En vez de quejarnos de que la «penitencia» es poco adecuada, de que es exterior, formal, de que es siempre la misma, podríamos, en un diálogo más extenso y abierto,

sugerir qué consideramos importante como signo de la conversión que hemos pedido a Dios, como fruto del Espíritu santo de purificación, invocándolo con las palabras del salmo: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; renuévame por dentro con espíritu firme... no me quites tu santo espíritu; devuélveme el gozo de la salvación...».

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