C. The Takeover Decision 53
2. Calculating the Bonus 55
CHILE (1540-1658)
E i el reino de Chile de I* muñera de ana vaina de espada, angosta y larga. Tiene por una parte el mar del Sur y oor lu otra la curdillera Nevada, que lo va prolongando todo él i y es la tierra de tan buenos aires y tan sanos que no se ha visto en.ermar nadie por ellos.
Makmui.sjo. Tendré del Este al Oeste de angostura cien millas, por lo más ancho tomado.
Ruchas.
N o prometía en vano Pedro de V aldivia cuando escribía al rey que conquistaría y colonizaría para él extensas tie rras. Hasta entonces la conquista española había permane cido confinada por los trópicos. V ald ivia la llevó más allá, a la zona templada meridional, y en este nuevo avance des plegó no sólo una inquebrantable firmeza y destacadas dotes de caudillo, sino también la astucia (no siempre muy escru pulosa) de un veterano, además de ciertas cualidades de la vida diaria, que hacían de él una de las figuras más entre tenidas y fam iliares entre los conquistadores.
Pedro de Valdivia, veterano de las guerras italianas, maes tre de campo en la batalla de las Salinas, "hombre de eleva dos pensamientos” , consiguió de Pizarro en abril de 1539 que se le confiara, como lugarteniente del Marqués, la conquista del reino de Chile. Surgieron dos obstáculos: la expedición de A lm agro había dado a Chile tan mala fama, que "todos huían como de la peste y muchas personas cuerdas me toma ron por loco” ; además, el caudillo de una expedición tenía que costearlo todo a sus expensas, y V aldivia no era rico. Pero un mercader rico le ayudó, y después de los debidos preparativos partió de Cuzco en enero de 1540 con unos 150 españoles de a pie y a caballo, un m illar de indios, una ma nada de cerdos y algunas yeguas. Sus aventuras nos han quedado relatadas en sus propias cartas al rey, al Consejo de Indias y a Hernando Pizarro (a l cual suponía, equivoca damente, gozando de la más a lta estimación en la corte), y también en una breve y sincera historia de Marmolejo, un soldado que sirvió durante toda la conquista. El famoso poe ma de E rcilla L a A raucana es un documento de gran valor sobre el carácter de la guerra chilena y las últimas fases de la conquista; pero Ercilla, caballero de noble cuna, que
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había sido paje en el casamiento del principe Felipe con M aría Tudor, fue a Chile después de la muerte de Valdivia, y narra la labor de éste brevemente y con muchas omisiones. Míster Cunninghame-Grahm ha hecho accesible esta epopeya a los lectores ingleses en su libro Ped ro de V a ld ivia, conquis
tador de C hile, en el cual aparecen traducidas al inglés las
cuatro cartas más importantes de Valdivia.
L a anterior experiencia de Alm agro por las montañas le indujo a tom ar el camino costanero: “ Tardé en el camino once meses — escribe— , y fu e tanto tiempo por el trabajo en buscar las comidas, que nos las tenían escondidas, de ma nera que el diablo no las hallara.” Arribado por fin a la tie rra habitable del norte de Chile, recorrió despacio 100 leguas al sur de Copiapó, y después de un cuidadoso examen escogió un lugar admirablemente situado para una ciudad en un her moso valle, a unas 15 leguas de un puerto muy conve niente (llamado luego V alparaíso), a una latitud de 33,5° Sur, el clima de Europa meridional. Aquí planeó en febrero de 1541 las calles rectangulares con solares destinados a la iglesia, al Ayuntamiento y a la cárcel, asignando un solar a cada vecino dentro de la ciudad y distribuyendo en enco miendas los indios que habitaban cada distrito. Instalado el rollo en el centro de la plaza, ju ró sobre la cruz de su espada defender la ciudad de Santiago del Nuevo Extrem o como un caballero hijodalgo. Después explicó a los indios que Su M ajestad le había enviado a poblar la tierra y hacer que los indios sirvieran a los cristianos, “ y que habíamos de per severar para siempre, y porque por haberse vuelto A lm agro le mandaron cortar la cabeza (política y cómoda versión de aquel suceso); por tanto, que me hiciesen casas primeramen te para Santa M aría y para los cristianos que conmigo venían y para mí, y así las hicieron en la traza que les señalé” . Éste fu e el germen de una ciudad grande y hermosa, hoy capital de la República de Chile. Encontrándose con que los nativos, instigados por emisarios del inca Manco, estaban devastando su propio país con tal de hacer m orir de hambre a los inva sores, V ald ivia almacenó “ tanta comida, que bastaba para nos sustentar dos años; porque había grandes sementeras, que es esta tierra fértilísim a de comidas; porque, si algo hiciesen, no faltase al soldado de comer, porque con esto se hace la gu erra” . Pronto hubo novedades: los indios hablaban de ma tar a los cristianos. “ Nos decían que nos habian de ma ta r a todos como el h ijo de A lm agro había muerto en Pa- chacamae a Lapomocho, que así nombraban al gobernador P iza rro .” Algunos indios, sometidos a tortura, confesaron la verdad de las noticias un mes antes de que el suceso se pro dujera efectivamente. P o r tanto, ya que la misión de V a l divia como lugarteniente había terminado con la supuesta
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muerte del je fe , el cabildo citó a los principales vecinos para form a r un cabildo a bierto, popular institución medieval es* pañola ya anticuada en la Península, pero resucitada en A m é rica por la sensata iniciativa local de los conquistadores. Como la ciudad no poseía todavía un campanario, los ciudadanos eran llamados a los sones de una campana de las empleadas para el ganado. Esta asamblea cívica de la capital nombró a Pedro de V ald ivia capitán general y gobernador del reine de Chile, pendiente de la decisión real. T ra s haber dade decentes muestras de que le parecía excesivo el nombramiento, aceptó el cargo como había hecho Cortés en Veracruz veinte años antes.
Pero la noticia de la muerte de Alm agro, aunque prema tura, sembró la intranquilidad entre los españoles. Valdivia, dejando a Monroy, hábil y valiente capitán, al mando de Santiago, marchó a la costa, al lu gar donde hoy se halla el gran puerto de Valparaíso, para construir un barco que le permitiese comunicarse con el Perú, ya que entonces — como en nuestros días— ha sido el m ar el medio de comunicación más conveniente entre ambos países. Tu vo que volver a San tiago, avisado por un mensaje de Monroy, porque sabía de una conspiración con criminales propósitos entre la facción almagrista. De regreso a la capital, el gobernador ahorcó a cinco cabecillas. “ P or la necesidad en que estaba — escribe él mismo— ahorqué cinco, que fueron las cabezas, y disimulé con los demás." E l destacamento que había permanecido en la costa, descuidando imprudentemente las precauciones ne cesarias, fue atacado por los indios hostiles, y sólo dos pudie ron escapar a Santiago.
E l incidente sirvió a la vez para probar y para estimu lar el odio que animaba a la población nativa. Este odio estalló pronto peligrosamente. Medio año después de la fun dación de Santiago — mientras V aldivia estaba ausente en una expedición con el grueso de las fuerzas— asaltaron los indios la capital. L a guarnición, de 50 hombres, se defendió en un recinto rodeado de vallas, que formaba una especie de fu erte dentro de la ciudad. El capellán, padre Lobo, se portó bravamente en la batalla, y una mujer llamada Inés Suárez, la amante de Valdivia, la cual habia sufrido todas las penalidades de la expedición, no se destacó menos, ya que por idea suya, y en parte de su propia mano, fueron deca pitados siete je fe s nativos que tenían en la ciudad como re henes, y sus cabezas fueron arrojadas entre los asaltantes para sembrar pánico. Este hecho no es un mito. E l mismo V aldivia lo cuenta elogiosamente en el documento por el cual concedió una encomienda a Inés para recompensarla por su señalado servicio que, según declara él, salvó la vida a la guarnición, y a que de escapar los je fe s indios hubieran pe
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recido todos los españoles. L o que no cuenta es el detalle, muy probable, de que se arrojaron las cabezas cortadas entre las filas de los asaltantes. Finalmente, Monroy hizo una salida con 30 jinetes y puso en fu g a a los indios; pero todos los españoles habían resultado heridos y cuatro muertos, así como 23 caballos, y la ciudad, de techos de paja, fu e incendiada con todo lo que contenia. "Quemaron toda la ciudad — dice V ald ivia— , sin quedar una sola estaca: no quedamos sino con las armas y con los andrajos que teníamos para la guerra, y dos porquezuelas y un cochinillo y un pollo y una polla, un poco de m aíz y hasta dos almuerzas de trig o .” Y añade con sencillez: “ Reedifiqué la ciudad e hicimos nuestras cosas, y sembrábamos para nos sustentar, y no fu e poco hallar maíz para semilla, y también hice sembrar las dos almuerzas de trigo y de ellas se cogieron aquel año doce hanegas, con que nos hemos sustentado.” V aldivia despachó para el Perú a cinco jinetes conduciendo todo el oro que se pudo. P a ra ha cerlo más fá c il de transportar fabricaron con el oro puños de espada, dos copas y seis pares de estribos, mientras que con el hierro se forjaron herraduras y clavos, pues el hierro, desconocido para los nativos, era la mercancía que más esca seaba en el Nuevo Mundo. Nada se supo de Monroy por es pacio de dos años, dos años de miseria y esfuerzo en Santiago, la mitad de los hombres trabajando y la otra mitad guardan do las cosechas noche y día. V aldivia era a la vez "geom é trico en tra za r y poblar, a la rife, labrador y gañán, m ayoral y rebadán en hacer criar ganados.” P or vez prim era en la historia de la conquista se veía obligado un conquistador español a hacerse colono por algún tiempo, empuñando el arado y la azada con sus propias manos en vez de lim itarse a v iv ir del trabajo de los campesinos sometidos. V aldivia re para luego, como si se tratara de una curiosa novedad, en que tuvieron que enganchar caballos a los arados porque no te nían bueyes. Durante los dos años que estuvo fu era Monroy, vagaban como fantasmas y "los indios nos llamaban Cupats, que así nombran a sus diablos, porque a todas las horas que nos venían a buscar (porque saben venir de noche a pelear) nos hallaban despiertos y, si era menester, a caballo... para que S. M. sepa que no hemos tomado truchas a bragas en jutas, como dicen” .
Entretanto, Monroy y sus cinco hombres, caminando hacia el N orte con estribos de oro, fueron asaltados en Copiapó por los indios, instigados, según se creía, por un español in- dianizado, un rezagado de la expedición de Alm agro, que había vivido seis años entre los indígenas y ahora los empu jaba contra sus propios compatriotas. Cuatro de los jinetes españoles perecieron; Monroy y un compañero fueron rete nidos vivos como prisioneros, gracias al fa vo r de una cacica
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Cuando V aldivia escribió sus primeros informes a Espa ña en septiembre de 1545, las cosas iban bien. Parecía que los indios se habían cansado ya de la g u erra ; “ se cogerán de aquí a tres meses por diciembre, que es el medio del ve rano, diez o doce m il hanegas de trigo , y maíz sin número; y de las dos porquezuelas y cochinillo que salvamos cuando los indios quemaron la ciudad hay ya ocho o diez m il cabe zas, y de la polla y el pollo tantas gallinas como yerbas” . P ero entre los 200 españoles instalados entonces en Chile había algunos descontentos. Inés Suárez solía declarar abier tamente que el que necesitase algún fa v o r de V aldivia se d irigiera a ella. M ás interesante, por lo que aclaran los mé todos colonizadores de los españoles, es una petición presen tada al gobernador por 60 vecinos de Santiago en 1546, que jándose de que los indios que les habían sido asignados en
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encomienda eran demasiado pocos; que el terreno señalado a la ciudad, supuesto de 80 leguas de longitud, tenia sólo 36 leguas de largo y 14 de ancho; que la población nativa era in ferior a la calculada y que había quedado diezmada con la gu erra; que algunas encomiendas consistían sólo en un cen tenar de indios, varias de 50 y las habla que no pasaban de 30, lo cual no bastaba para mantener a un hombre con caba llo y arm as; que había vecinos en el Perú que poseían indi vidualmente 2.000 y eran señores de un territorio m ayor que toda la circunscripción de la ciudad de Santiago. Valdivia accedió a la petición aumentando el territorio de la ciudad y reduciendo el número de encomenderos de 00 a 32, con lo que aumentaba el número de indios correspondientes a cada encomienda. E ntre los 32 encomenderos enriquecidos se con taron Inés Suárez y el padre Lobo. N o se sabe hasta qué punto se cumplió la promesa a los 28 desposeídos. Quedaron muy descontentos, pero la reform a se llevó a cabo sin tras tornos.
En septiembre de 1547 el leal Pastene, que había partirlo al Perú con una misión, volvió a Valparaíso trayendo un re fuerzo de 20 hombres y las noticias de la usurpación de Gon zalo y la llegada de L a Gasea. Valdivia, a pesar de su amis tad con los Pizarros, se decidió al instante a ofrecer sus servicios a L a Gasea — lo que no sólo constituía un acto de lealtad, sino también un prudente movimiento político— . A ) embarcarse en Valparaíso, realizó una form idable broma práctica; hizo creer que cuantos quisieran marchar al Perú podían hacerlo en el buque en que él partía, y que se llevaran todo el oro que poseyeran. V a ld ivia los invitó a un banquete, antes de zarpar, en la playa, y luego, dirigiéndose al navio en una lancha, dejó en tierra a los propietarios del oro, mien tras él se d irigía al Perú con el precioso metal. V illagrán, su delegado, recibió órdenes suyas para indemnizar debida mente a aquellos individuos. Uno de ellos se volvió loco; otro, que era corneta, después de tocar en son de burla una to nada popular, rompió su instrumento para quedarse sin nada absolutamente, gesto típicamente español y romántico, que recuerda lo que se contaba, tres siglos después, del poeta Espronceda, el cual, al ir llegando a Lisboa, arrojó al agua las únicas dos pesetas que poseía, ya que le parecía incon gruente entrar en una ciudad tan grande con una cantidad de dinero tan pequeña.
V ald ivia se unió a L a Gasea en febrero de 1548 con unos 10 jinetes, pues lejos de estar en condiciones de prestar ayu da, su idea era reclutar hombres para Chile, pero L a Gasea, según palabras de V aldivia, “ dijo que más se holgaba con mi persona con venir a tal coyuntura que con 800 hombres los mejores de guerra que pudieran lle g a r” . Y , en efecto.
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confió al veterano V a ld ivia la dirección de una gran parte de sus huestes. Además, después de la victoria de Sacsahuana, confirmó a V a ld ivia de gobernador de Chile, con un gobierno que se extendía hasta Tos 41 • de latitud Sur y 100 leguas tierra adentro. Esta última concesión sirvió a V aldivia para reclamar como de su jurisdicción el territorio que se extien de al este de los Andes, ahora República Argentina, aunque de hecho llevó sus fronteras mucho más allá del lim ite de las 100 leguas. Apenas llegado del Perú, tuvo V ald ivia que acudir a Lim a, llamado por L a Gasea, para responder de los cargos que le hacfan algunos de los hombres despojados de su oro por él en Valparaíso, los cuales se habían dado maña para i r a] Perú a la zaga de su despojador. Después de una investigación, de la que ha quedado el proceso escrito, se le perm itió volver a su gobierno, pero con la obligación de pagar sus deudas en Chile, perm itir marchar a los que quisieran abandonar el país, ser justo en la concesión de encomiendas y romper relaciones con Inés Suárez, la cual debía abandonar el pais, a menos que se casara en un cierto tiempo. Debemos anticipar aquí que la dama se decidió por el matrimonio, y se casó con un capitán llamado Quiroga, que llegó a ser go bernador de Chile después de la muerte de su esposa. V a l divia se unió, a su vez, con su esposa, que había dejado en España hacía diez años.
De regreso en Chile, en la prim era parte del año 1549, con 90 hombres, V ald ivia halló a la ciudad de Serena en ruinas y a sus 43 habitantes muertos en un importante levantamien to indio que se había extendido por el norte de Chile. Pero el restablecimiento no se hizo esperar. Esta rebelión había sido apaciguada ya por V illagrán , y en agosto de 1549 fue iniciada la reconstrucción de Serena por un forzudo y do minante capitán, A gu irre, el cual fue luego, bajo la auto ridad de Valdivia, gobernador de todo Chife septentrional y