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a) La independencia cultural noruega

En la aclimatación del Romanticismo en Noruega tuvo mucho que decir Henrik Wergoland (1808-1845), un poeta que sólo superficialmente podríamos calificar de «patriótico»; su aportación fue decisiva por redimir a las letras noruegas de la férula danesa en un momento difícil de su historia, cuando Noruega logró el reconocimiento de su independencia. Su sentido del Romanticismo como libertad creadora no se dejó engañar por la facilidad, y de hecho podemos descubrir en su obra buenas dosis de clasicismo formal que hacen de Wergoland uno de los mejores poetas de la historia literaria noruega; destructor de algunos de los tópicos del Romanticismo europeo en su país, se le recuerda especialmente por su ambicioso poema de tono panteísta

Creación, hombre y Mesías, donde a la intención idealista netamente romántica une

ciertas notas ideológicas propias de un burguesismo liberal ilustrado.

Más extrañamente romántica por su fondo, pero igualmente clasicista por su forma es la obra de Cammerrneyer Welhaven (1807-1873), amigo de Wergoland; sus poemas iniciales insistieron en el molde satírico siguiendo una vía claramente neoclasicista, pero en su madurez se dedicó a la recreación de la mitología clásica en un tono melancólico que recuerda en mucho al prerromanticismo germano. Junto a él podríamos aún recordar los nombres de Peter Christen Asbjorser (1812-1885) y Geörg Moe (1813-1882), quienes publicaron entre 1842 y 1844 una colección de

Cuentos populares noruegos interesantes no sólo por su labor de recuperación

tradicionalista, sino también por asentar en gran medida las nuevas formas lingüísticas propias del noruego moderno. Por fin, no deberíamos dejar de reseñar la figura de Camila Collett (1813-1895), hermana de Wergoland casada con el crítico Peter Jonas Collett; su interés radica en adelantar, en un estilo vigoroso y rico en ideas —como demuestra en sus extensas obras Durante las largas noches y Contra

corriente—, las posibilidades literarias del feminismo noruego, a imitación de

mujeres alemanas como la Brentano o Von Günderode.

b) Literatura romántica en Suecia

Con la entrada del Romanticismo en Suecia, los jóvenes autores se debatirán entre dos corrientes literarias bien diferenciadas: por una parte, el «fosforismo» (tomando el nombre de la revista Phosphorus, su órgano de difusión), partidarios de un Romanticismo con predominio de la veta místico-filosófica; por otra, el «goticismo» que, al estilo de otros países, proponía la recuperación de la identidad nacional mediante la indagación en el pasado medieval.

Aunque entre los «fosforistas» ha quedado algún nombre reseñable, adelantaremos que el Romanticismo sueco incidiría con mayor éxito en la vía de producción «goticista», caracterizándose por un intento de recuperación e interpretación de su propio pasado nacional. Entre los «fosforistas» —que tuvieron por centro la Universidad de Upsala— podríamos recordar a Erik Johan Stagnelius (1793-1823), un artista original que, como muchos románticos europeos, expresa en su obra su inconformismo radical con la realidad; amparado en el idealismo filosófico —en su caso, de corte netamente neoplatónico—, su desbordante fantasía se encauzó hacia lo metafísico en un intento de traducción, por medio de realidades abstractas, de su propio yo atormentado. Pero el mejor representante del Romanticismo sueco es el «goticista» Erik Gustaf Geijer (1783-1847), cuya obra puede representar con cierta veracidad el sentir nacionalista característico del Romanticismo sueco. Geijer se dejó influir poderosamente por la filosofía alemana contemporánea, especialmente en lo que se refiere a su concepción idealista de la historia, y por el llamado «grupo de Heidelberg» de literatura tradicionalista (véase el Epígrafe 1 del Capítulo 4), que veía en lo popular la manifestación de un sentir colectivo inmutable y atemporal. Aparte de composiciones breves donde al sentir popular une un sencillo intimismo, Geijer es autor de dos obras extensas claramente deudoras del tradicionalismo poético: El

campesino libre, en el que hace del habitante rural símbolo y base programática de la

historia sueca; y Vikingo, donde en brillantes estrofas ensalza el modo de vida de los antiguos marinos y hace del mar símbolo de la búsqueda de nuevos horizontes propia del pueblo sueco. Junto a Geijer podemos entresacar de entre los autores «góticos» a Henrik Ling (1776-1839), en cuya obra se produce una curiosa reivindicación de la

figura atlética a través de la creación de aguerridos personajes; y a Esaias Tegner (1782-1846), auténtico difusor del escandinavismo contemporáneo por su sentido prístinamente tradicionalista; Tegner supo hacer del pasado sueco un verdadero símbolo de la lucha por la dignidad nacional, por lo que dio cabida en sus poemas a fragmentos de las antiguas sagas (Svea) e incluso refundió en composiciones originales manifestaciones de la literatura nacional primitiva (Saga de Frithiof).

c) Resurgimiento de la épica finlandesa

La lucha de Finlandia por su literatura es, en realidad, la historia de su lengua, en cuyo cultivo literario, a pesar de establecerse desde el siglo XVI, no encontramos manifestaciones reseñables hasta bien entrado el XIX (prueba de ello es, por ejemplo, que en el siglo XVIII Porthan escribiera en latín De poesia fennica, una de las mejores muestras del interés por la poesía popular).

Pero la definitiva recuperación de la tradición literaria finesa se debe a Elias Lönnrot (1807-1884), cuya curiosidad le llevó, en su ejercicio de la medicina por la Finlandia septentrional —limítrofe con Rusia—, a interesarse por los cantos nacionales («runos») recitados por poetas populares; habiendo observado que casi todos ellos podían formar parte de un «corpus» común, se aplicó a la búsqueda de los cantos que pudiesen rellenar las lagunas por él observadas entre estos fragmentos. El resultado fue la publicación (la versión definitiva es de 1844) de una extensa reconstrucción, entre fiel e inspirada, de lo que en su día pudo haber sido un poema épico completo, al que tituló Kalévala (literalmente, «la morada de los dioses», pero nombre también de la comarca donde se supone habitaron los héroes del poema); Finlandia adquiría así conciencia de su nacionalidad y de sus orígenes históricos, y se la proveía del medio idóneo para la necesaria revisión de su propia personalidad literaria.

Los frutos de esta reconstrucción de la épica finesa no se dejaron esperar, y se debieron incluso a autores no finlandeses pero identificados, por su escandinavismo, con los logros históricos y literarios del Kalévala; mención especial merecería el sueco Johan Ludvig Runeberg (1804-1877) —y recordemos que también Finlandia conoce su independencia de la Corona sueca a principios de siglo—: a él se le debe la creación de la tragedia neoclasicista El rey Fjlar (1844), de escasos aciertos dramáticos pero de evidentes logros narrativos, síntoma de lo que podía esperarse de la recuperación de esta temática legendaria popular. También Aleksis Kivi (1834-1872) dejó sentir en buena parte de su obra el peso de la tradición popular finlandesa; su drama Kullervo recurre a la historia de un protagonista legendario, del mismo modo que su poema Kanérvala pretende situarse en la vía de producción tradicionalista; hoy día, sin embargo, se le recuerda por sus producciones de tono realista y fondo costumbrista local, tanto en lo que se refiere al género dramático (Los

zapateros del pueblo) como al narrativo (Los siete hermanos), por lo que se le puede

considerar precursor del Realismo en Finlandia.