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SEPTA’s Capital Program and Unfunded Capital Needs

the 12-year capital program.

El novelista Sinclair Lewis, ganador del Premio Nobel de literatura en 1930, también creyó que podía pelear contra Dios. En su novela Elmer Gantry se burló del cristianismo. El protagonista fue un evangelista que también era alcohólico e incesante fornicador. La lucha de Lewis contra Dios le costó la sobriedad y murió como alcohólico indefenso en una clínica cerca de Roma.

Otro ganador del Premio Nobel, el escritor Ernest Hemingway, se consideró prueba viva de que se podía luchar con éxito contra Dios. Se jactaba de pelear en revoluciones, de hacer tropezar mujeres y de llevar una vida de pecado sin consecuencias aparentes. Sin embargo, finalmente sus pecados lo dejaron al descubierto, y se puso una pistola en la cabeza y se mató. Pelear contra Dios le costó la vida.

En tiempos bíblicos, así como en los nuestros, hubo quienes trataron en vano de batallar contra Dios. Muchos de ellos fueron reyes u otros gobernantes, cuyo inmenso poder terrenal los engañó haciéndoles creer que podían oponerse con éxito al cielo. En realidad ellos y sus reinos “son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo… Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada” (Is. 40:15, 17). Uno de los primeros en la larga línea de gobernantes que lucharon contra Dios fue el faraón que gobernaba Egipto en la época del Éxodo. Pelear contra Dios le resultó muy caro a él y a su pueblo mientras horribles plagas, que culminaron en la muerte de todo varón primogénito egipcio, asolaron su tierra. Sin embargo, Faraón siguió peleando, hasta que su ejército se ahogó en el Mar Rojo. El rey cananeo de la parte de Arad en la guerra contra Dios resultó en la destrucción de su pueblo y sus ciudades (Nm. 21:1-3). Sehón de los amorreos (Nm. 21:21-31) y Og de Basán (Nm. 21:33-35) sufrieron destinos similares. Balac, rey de Moab, fue tan inteligente como para evitar un asalto frontal directo. En lugar de eso usó al profeta a sueldo Balaam para tratar de maldecir a Israel (Nm. 22—24). No obstante, la estrategia de Balac fracasó cuando Dios intervino, y Balaam, en cambio, bendijo a Israel. El rey de Hai peleó contra Dios y fue ahorcado por su aflicción (Jos. 8:29). Los treinta y un reyes cananeos enumerados en Josué 12:7-24 sufrieron derrotas similares. Senaquerib, líder orgulloso del temido y poderoso ejército asirio, vio ese ejército diezmado en batalla contra Dios (2 R. 19:35). Poco después él mismo murió, asesinado por dos de sus propios hijos (Is. 37:38). Es triste que incluso muchos líderes del propio pueblo de Dios lucharan contra Él. Cada uno de los reyes de Israel, y muchos de los de Judá, se opusieron a Dios. El resultado fue la destrucción del reino del norte por medio de Asiria y del reino del sur por medio de Babilonia. Dios no tolera rebelión, ni siquiera entre las filas de su propio pueblo. En la época del Nuevo Testamento, una familia de gobernantes se destaca en la batalla contra Dios: la de los Herodes. Al patriarca de la familia se le ​conoció con toda modestia como Herodes el Grande. Gobernó Judea desde el 47 al 37 a.C. Después, habiéndose llamado “Rey de los judíos” por parte de Antonio, Octavio y el senado romano, gobernó toda Palestina desde el 37 a.C. hasta su muerte, poco después del nacimiento de Cristo (Mt. 2:15).

Herodes el Grande fue un gobernante particularmente sanguinario. Ejecutó a una de sus esposas, Mariamne, a su madre, y a tres de sus hijos (al último, cinco días antes de su propia muerte). Poco antes de morir atrajo a destacados líderes judíos a Jericó donde los encarceló. Como sabía que el pueblo no lloraría su muerte, ordenó que estos líderes fueran ejecutados después que él muriera. Razonó que, de ese modo, habría al menos luto continuo el día de su muerte. Afortunadamente, su perverso plan no se llevó a cabo. El asesinato más bárbaro de Herodes fue la matanza de inocentes niños varones cerca de Belén (Mt. 2:16). Con esta acción cruel buscó, en vano, matar al verdadero Rey de los judíos, quien estaba a salvo en Egipto con sus padres. El rey Herodes de este capítulo fue Herodes Agripa I, quien reinó desde el 37 hasta el 44 d.C. Era nieto de Herodes el Grande, quien había asesinado a su padre, Aristóbulo. El apóstol Pablo sería juzgado un día delante de su hijo, Herodes Agripa II. A pesar de haberse criado y educado en Roma, Agripa I siempre estuvo en terreno inestable con los romanos. Contrajo numerosas deudas en Roma, luego huyó a Palestina, dejando iracundos acreedores detrás de él. Comentarios imprudentes que este hombre hiciera llegaron a oídos del emperador romano Tiberio, quien en seguida lo encarceló. Liberado de prisión tras la muerte de Tiberio, se hizo gobernador del norte de Palestina (Lc. 3:1), al cual Judea y Samaria se agregaron finalmente en el año 41 d.C. Gobernó el mayor territorio desde Herodes el Grande casi cincuenta años antes. Debido a su frágil relación con Roma, le era indispensable mantener la lealtad de sus súbditos judíos.

Una manera de ganarse el favor de las autoridades judías residentes fue perseguir a la odiada secta de cristianos, especialmente los apóstoles. En consecuencia, en aquel mismo tiempo del hambre mencionada en el capítulo 11, Agripa echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. Uno de estos fue el amado apóstol Jacobo, hermano de

Juan, a quien Agripa ordenó matar a espada. Jacobo se convirtió, por tanto, en el primero de los apóstoles que padeció

tras dioses falsos (cp. Dt. 13:12-15). Así como su Señor había vaticinado, Jacobo bebió de la misma copa que Jesús (Mt. 20:23). Fue el primer apóstol en morir (aparte de Judas), y el único cuya muerte está registrada en el Nuevo Testamento. La estratagema de Agripa tuvo un éxito rotundo. Viendo que el arresto y la ejecución de Jacobo habían agradado a los judíos, decidió ir por los demás. Razonó que el arresto y la ejecución de Pedro, el líder reconocido de los ​cristianos, lo congraciaría para siempre con sus súbditos judíos. Por tanto, durante los días de los panes sin levadura, la semana festiva después de la Pascua, Agripa procedió a prender también a Pedro (por tercera vez, cp. 4:3; 5:18). Astutamente eligió la Pascua, cuando Jerusalén se llenaba de peregrinos judíos devotos. Eso garantizaría máxima cobertura a su acción.

Habiéndole tomado preso, Agripa puso en la cárcel a Pedro, entregándole a cuatro grupos de cuatro soldados cada uno, para que le custodiasen; y se proponía sacarle al pueblo después de la pascua. Agripa sabía que durante

la Pascua el pueblo estaría ocupado. Por tanto, se proponía sacarle al pueblo después de la pascua. Haría que el vistoso juicio público de Pedro, después del trajín de los días festivos, terminara antes de que las multitudes salieran de Jerusalén.

Mientras tanto, Pedro permanecía en prisión, bien custodiado por cuatro grupos de cuatro soldados cada uno, probablemente porque alguien recordó que la última vez él escapó (5:19). Estos escuadrones de cuatro soldados cada uno se alternaban la vigilancia sobre Pedro. En algún momento dado, dos se hallaban en la celda con él, encadenados a él, y dos más estaban ubicados afuera de la puerta de la celda (v. 6). Pedro se encontraba definitivamente en el ala de máxima seguridad de la prisión de Agripa.

Como muchos antes que él, Agripa iría a aprender, la manera difícil, la locura de pelear contra Dios. Debió haber seguido el consejo de Gamaliel al concilio: “No seáis tal vez hallados luchando contra Dios” (Hch. 5:39). Tan insensato curso de acción es peligroso, si no fatal y eternamente terrible, porque Dios contraataca. En Jeremías 21:5, Dios advierte a sus enemigos: “Pelearé contra vosotros con mano alzada y con brazo fuerte, con furor y enojo e ira grande”. A los hipócritas en la iglesia de Pérgamo les advirtió: “Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca” (Ap. 2:16). Tres razones para no pelear contra Dios resaltan en Hechos 12: no se puede contender con su poder, no se puede evitar su castigo, y no se pueden frustrar sus propósitos.

NO SE PUEDE CONTENDER CON EL PODER DE DIOS

Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Le dijo el ángel: Cíñete, y átate las sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Envuélvete en tu manto, y sígueme. Y saliendo, le seguía; pero no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que veía una visión. Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma; y salidos, pasaron una calle, y luego el ángel se apartó de él. Entonces Pedro, volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba. Y habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando. Cuando llamó Pedro a la puerta del patio, salió a escuchar una muchacha llamada Rode, la cual, cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Y ellos le dijeron: Estás loca. Pero ella aseguraba que así era. Entonces ellos decían: ¡Es su ángel! Mas Pedro persistía en llamar; y cuando abrieron y le vieron, se quedaron atónitos. Pero él, haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos. Y salió, y se fue a otro lugar. Luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro. Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, después de interrogar a los guardas, ordenó llevarlos a la muerte. Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí. (12:5-19)

Mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, la iglesia reaccionó como por lo general hacía cuando enfrentaba persecución: hacía sin cesar oración a Dios por él (cp. 4:23-31). Ellos sabían que únicamente Dios tenía el poder para liberar a Pedro. El adverbio ektenōs (sin cesar) está relacionado con ektenēs, un término médico que describe el estiramiento de un músculo hasta sus límites. Ektenōs se usó en Lucas 22:44 para describir la oración de nuestro Señor en Getsemaní, en que “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que

caían hasta la tierra”. Los miembros de la iglesia derramaban el máximo esfuerzo posible en sus oraciones por Pedro. Ellos conocían la verdad que más tarde Santiago expresaría: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Stg. 5:16). En conjunto, la palabra ektenēs describe tres elementos esenciales de la vida cristiana: amor (1 P. 4:8), servicio (Hch. 26:7) y, en el pasaje actual, oración. Herodes creyó que tenía la situación bajo control. Sin embargo, Dios tenía otros planes. Aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel. A pesar de las espantosas circunstancias, Pero dormía profundamente. Ni la presencia de los guardias, la dureza del piso de la celda, la desdicha de la prisión, ni la inminente amenaza de ejecución pudieron perturbarle el descanso. Es más, tan profundamente dormía que el ángel debió empujarlo para que despertara.

Nuestra sociedad saturada de tranquilizantes y pastillas para dormir podría aprender una lección de cómo Pedro confiaba en Dios. Antes que nada, confiaba en la promesa que le hiciera el Señor Jesús de que moriría más tarde, cuando estuviera viejo (Jn. 21:18). Ya que todavía no era viejo, no tenía nada que temer. Además, cada vez que había estado antes en la cárcel, había sido liberado. Dios tenía un historial perfecto. Todo esto permitió que Pedro aconsejara a los creyentes que echaran toda la ansiedad sobre el Señor, porque él tiene cuidado de los creyentes (1 P. 5:7). Los cristianos que aprenden, como Pedro, a confiar en las promesas de Dios y en los resultados anteriores, por lo general duermen profundamente.

En los planes de Herodes para granjearse el favor de los judíos había un error grave y fatal: no consideró lo que Dios podría hacer. Dios tenía más ministerio para Pedro y no quería que lo ejecutaran todavía. Por consiguiente, se presentó

un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Como ya se señaló, Pedro dormía profundamente. Ni siquiera la luz que resplandeció en la cárcel lo despertó. Finalmente el ángel tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Cuando por fin Pedro despertó, las cadenas se le cayeron de las manos. Aún medio dormido y sin saber qué hacer con la situación, se le debió recordar que si iba a salir debía vestirse. El ángel le ordenó al apóstol: Cíñete, y átate las sandalias. Y lo hizo así. Entonces le dio más instrucciones: Envuélvete en tu manto, y sígueme. Pedro obedientemente salió de la celda tras el ángel y le seguía. Sin embargo, aún mareado no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que estaba viendo una visión. En una serie de maravillosos milagros, Pedro y el ángel pasaron la primera y la segunda guardia, y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma; y salidos, pasaron una calle. Después de haber visto a Pedro fuera de la celda y de la cárcel, y a salvo, el ángel se apartó de él. Su deber estaba cumplido (cp. He. 1:14). Herodes descubrió la misma verdad que ya antes había aprendido el concilio (cp. Hch. 5:17ss): que ninguna cárcel puede contener a quienes Dios quiere libres. Solo entonces Pedro se dio cuenta de lo que estaba pasando. Finalmente, volviendo en sí, exclamó: Ahora entiendo

verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba, concretamente su ejecución. No se trataba de un sueño; realmente estaba libre.

De pronto, el apóstol se dio cuenta de que permanecer parado allí en la calle no era prudente para un bien conocido y fácilmente reconocible prisionero recién escapado. Habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de

Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban ​reunidos orando. Él fue allí para estar con los

creyentes y hacerles saber los detalles de su libertad. Pedro los fortaleció asegurándoles que también estaban a salvo porque Dios aún se hallaba en el control y les había contestado sus fervientes oraciones.

La casa de María la madre del compañero de Pedro, Juan Marcos, era donde muchos creyentes estaban reunidos

orando por la liberación del apóstol. Era obvio que esta era una mujer acaudalada, ya que tenía criados (v. 13), y su casa

era suficientemente grande para acomodar a todos los creyentes presentes. Antes de pasar a la clandestinidad, Pedro fue hasta la casa de ella. Que él supiera el camino sugiere que los creyentes se reunían allí con regularidad.

Cuando llegó a la casa de María, llamó Pedro a la puerta del patio, y salió a escuchar una muchacha llamada

Rode. Ella naturalmente preguntó quién estaba allí a esa hora de la noche. El apóstol se identificó pero Rode, en lugar de abrir, cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Poniendo al descubierto toda la fe que había detrás de sus oraciones, le dijeron: Estás loca. ¡Sabían perfectamente que Pedro aún estaba en la cárcel! Impávida, ella aseguraba que así era. A pesar de la insistencia de la criada, ellos aún no estaban listos para aceptar el hecho de que Dios les había contestado las oraciones. Alguien sugirió que si Roda no había perdido el juicio, tal vez habría oído que se trataba del ángel de Pedro. En el pensamiento judío, cada persona tenía un ángel guardián que podía asumir la forma de esa persona.

Mientras tanto, el verdadero Pedro había quedado en una posición incómoda y peligrosa. Sin ninguna otra opción,

logró persuadir a los otros de que salieran a ver por sí mismos. Cuando por fin ellos abrieron (para alivio de Pedro) y le

vieron, se quedaron atónitos. La incapacidad del apóstol de entrar sin que le abrieran podría mostrar algo del temor de

ser arrestados que se apoderó de estos creyentes.

El ruido hecho por los creyentes llenos de alegría amenazó con hacer lo que no consiguieron los insistentes toques de Pedro: despertar a los vecinos y lograr que recapturaran al fugitivo. Pero él, haciéndoles con la mano señal de que

callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos. Y salió, y se fue a otro lugar. Pedro rápidamente contó la asombrosa historia de su escape, lo que sin duda animó en

gran manera a sus oyentes. Entonces les ordenó que le dieran la noticia a Jacobo (no el apóstol martirizado sino el hermano del Señor, Mt. 13:55). Por Hechos 15 nos enteramos que, en esta época, él era la cabeza de la iglesia en Jerusalén. Habiendo hecho eso, Pedro salió, y se fue a otro lugar. No quiso poner en peligro a sus compañeros creyentes, pues sabía que Agripa pronto lo estaría buscando. Lucas no nos dice a dónde fue el apóstol. La sugerencia de quienes quieren identificarlo como el primer papa, de que Pedro fue a Roma en esa fecha temprana, no es probable, en especial porque Hechos 15 lo encuentra de regreso en Jerusalén después de la muerte de Agripa. Independientemente de a dónde haya ido, Pedro se desvanece de la escena en cuanto se refiere al registro de Hechos. Aparte de su breve aparición en el concilio de Jerusalén (Hch. 15), esta es la última vez que sabemos de este apóstol. De aquí en adelante la historia gira alrededor de Pablo y su ministerio. La repentina y misteriosa desaparición de Pedro de una celda protegida eficazmente causó conmoción entre la guardia armada. Luego que fue de día, nos informa Lucas, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de

Pedro. Frenéticamente pusieron la cárcel al revés buscándolo, ya que sabían muy bien qué destino le esperaba a un

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