Section 4: Case Project Assessed
4.2 Case Analysis
COMPLEJIDAD SISTÉMICA PROGRESIVA.
Todo lo que vive en la Tierra deriva de seres del mundo mineral como las adeninas, los azúcares y los aminoácidos. Hace unos 3.500 millones, la materia terrestre alcanzó en estos minerales, un orden y una organización molecular extraordinariamente compleja como para estar en capacidad suficiente de autorregulación y lograr así, independencia frente a las permanentes y generalizadas contingencias energéticas, centrífugas, repulsivas o destructivas, del muy difícil entorno de ese entonces. Un orden y organización molecular derivado directamente de la historia geológica del planeta y, primordialmente, de la historia misma de nuestro sistema solar. Un orden y una organización que ya prefiguraba las condiciones apropiadas para la aparición de la célula, el primer viviente dentro de un mundo no viviente.
Fue necesario que unos 4.600 millones de años atrás64, nuestro Sol comenzara a arder como uno de tantos incipientes soles en la etapa final de una supernova. Fue necesario que restos de ella, convertidos en nube de polvo y gas, fueran atraídos gravitacionalmente alrededor del párvulo Sol, condensándose hasta convertirse en un gran disco giratorio en el que se fueron fundiendo las diminutas partículas de polvo y luego, como consecuencia de otras fusiones resultantes de violentas colisiones y repulsiones gravitacionales, se crearan cuerpos cuyos diámetros llegaron a medir desde escasos centímetros hasta varios centenares de kilómetros. Fue necesario que estos cuerpos siguieran girando alrededor del Sol y que éste, adquiriera el tamaño y capacidad energética interna suficiente para que, al irradiar electromagnéticamente sobre el descomunal disco corpuscular, diera lugar a los elementos químicos que definirían la materia prima propia de los nueve futuros planetas, de los más de cien satélites y los miles de asteroides que conformarían nuestro actual sistema solar.
Una ofrenda final, postrera, de una supernova moribunda pero suficientemente rica y poderosa en materia como para que de ella surgieran diversos órdenes y organizaciones sistémicas que conformarían la complejidad de nuestro sistema solar.Fue necesario que, uno de los planetas de este sistema, la Tierra, quedara localizado en la orbita y distancia actual con respecto al Sol, lo cual determinó un grado de radiación y una temperatura promedio sobre su superficie. Fue necesario que, hace 4.600 mil millones de años, en un lugar determinado de su desplazamiento dentro de esa orbita, cuando la Tierra era una infernal masa esférica de encendidas y agrietadas rocas de las que brotaban y borboteaban más y más rocas derretidas, fuera impactado por otro gigantesco cuerpo celeste65. Fue necesario que, gracias al volumen y densidad de cada una de esas dos masas en colisión, surgiera la masa, el volumen, la densidad y gravedad actual de la Tierra y que además, de la violenta expulsión y rotación de materia hacia el espacio
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“Historia De la Tierra” en Revista “Muy especial”, Nº 69, 2005.
producida por semejante colisión, se formara un satélite, la Luna. Gracias a ese volumen y masa alcanzada por la Tierra en esta colisión, se generó un campo gravitatorio lo suficientemente poderoso para atraer y concentrar moléculas gaseosas generadas por la actividad volcánica y también, las que de otro modo se hubieran dispersado en el espacio. Y, gracias a la atracción gravitacional, la superficie rocosa terrestre fue capaz de concentrar reactivos químicos en proximidad a una fuente de energía.66
Después, fue necesario que un normal enfriamiento en la Tierra estableciera la temperatura apropiada para que, de su superficie, comenzaran a evaporar un sin número de gases como el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el carbono. Éstos, reaccionando entre sí, fueron creando una mortífera atmósfera de amoníaco y metano que cubrió totalmente la Tierra a lo largo de milenios y que luego, en la medida en que el enfriamiento continuaba, precipitó también por milenios y milenios el más colosal e intenso diluvio acompañado de dantescas, atronadoras e interminables descargas eléctricas. Fue necesario todo este fáustico escenario de agua y energía para que, sobre la superficie terrestre, se crearan las condiciones físicas y químicas apropiadas para ir dando lugar a moléculas gaseosas más complejas y que éstas se agregaran entre sí formando una diversidad de líquidos y conjuntos cristalinos y que, dentro de estas condiciones térmicas adecuadas, se constituyeran las moléculas del agua y las macromoléculas de los aminoácidos, las adeninas, los azúcares, las proteínas, en suma, la materialidad del ser vivo.
Toda una apoteósica historia de termodinamicidad caótica, permanentemente intervenida por el azar. Una historia de elevadísimas temperaturas, propias de lo que es explosivo, pero también de lo que es creador: nucleosíntesis en la nube de la supernova madre, constitución de los átomos en las estrellas y entre ellas, en nuestro Sol, enfriamientos sucesivos y relativos correspondientes a licuaciones, solidificaciones, y todo tipo de uniones moleculares, algunas asombrosas como los cristales de silicato, surgidos espontáneamente en alguna solución para luego crecer y extenderse hacia los lugares disponibles y apropiados, tal como podrían hacerlo las formas de vida67. Y siempre, desde la cosmogénesis hasta la biogénesis, el ethos de la interacción asociativa de las energías fundamentales acompañando una inseparable dialéctica caprichosa, compleja y desigual del calor y del frío.68
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Lovrlock James, “Las edades de Gaia”, Tusquets Editores, Barcelona, 1995, págs. 79 a 85.
67 Joseph Lawrence E. cita a A.G. Cairns Smith, geoquímico de la Universidad de Glasgow, quien ha
expuesto la fascinante historia de que la vida primitiva evolucionó desde las rocas y los cristales minerales. Conmovido por las estructuras cristalinas exquisitamente complejas y mágicamente semejantes a la vida, este científico en su libro “Siete claves del origen de la vida”, sostiene que los cristales antes de empezar la vida fueron desarrollándose a niveles cada vez más complejos, concluyendo que estas complejas estructuras de silicato fueron gradualmente cediendo terreno a una hueste de duplicadores orgánicos, de base carbónica y más eficientes, hasta culminar finalmente en el ADN.
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Todos estos párrafos sobre la formación de nuestro sistema solar y de la tierra son una síntesis de textos correspondientes a las páginas 14 a 21 de la revista “Muy especial”, Nº 69 de 2.005 de Madrid, España, a las páginas 67 y 68 de “El método: la naturaleza de la naturaleza” de Edgar Morin, Ediciones Cátedra, Madrid,
Sobre la Tierra la atmósfera primigenia, materia gaseosa flotando y fluyendo sobre la rocosa superficie, en un estado que los científicos denominan abiótico, sujeto a huracanes y tornados resultantes de sus recalentamientos y enfriamientos sucesivos. Todo un ámbito rocoso-nebuloso donde las transformaciones químicas rápidas bajo la influencia de la energía solar eran escasas, pero un ámbito que actuaba ya como efecto invernadero, permitiendo una temperatura apropiada para la aparición de la vida69. Y, por supuesto, el agua que, como solvente universal, ella va disolviendo los minerales y compuestos orgánicos, favoreciendo los encuentros entre moléculas individuales y aumentando las probabilidades de eventuales reacciones químicas.
En efecto, en esa época de la Tierra en formación cuando la temperatura era superior a la actual y los volcanes abundaban por doquier, en esas lavas expulsadas afloraban enormes capas minerales que iban ocupando la proximidad a esas zonas de actividad volcánica donde, gracias a la radiación solar y la termodinamicidad eruptiva, podían iniciar y mantener ciertas reacciones químicas que producían compuestos orgánicos complejos. Estos compuestos eran entonces transportados por las escorrentías generadas por la lluvia hasta cursos de agua estables y luego depositados en lagunas, lagos y mares en formación. Una cierta especie de sopa de materia orgánica, rica en sales y azúcares disueltos, que el biólogo inglés J. B. S. Haldane y el bioquímico soviético Aleksandr Ivanovich Oparin denominaron “caldo primitivo”. Capas de arcilla o de cuarzo existentes en algunas riberas actuaron entonces como catalizadoras de este “caldo”, transformándolo en estructuras moleculares asimétricas, características de la materia viva. En el mismo “caldo”, las mismas condiciones del entorno produjeron también los lípidos, grasas, que al formar gotas de emulsión en el agua constituyeron numerosas vesículas huecas donde se concentraron moléculas con gran capacidad reactiva. Consecuencia de esa concentración de reacciones, siempre orientadas por el ethos de la interacción asociativa, fueron unas macromoléculas de alta complejidad que son componentes de las proteínas: los aminoácidos70.
El paso siguiente, en semejante fáustico proceso interactivo de transformaciones sobre la superficie terrestre, fue el más extraordinario de todos por lo extremadamente improbable: tras incontables ensayos y fracasos, fue surgiendo
1.986 y a las páginas 97, 109, 110 y 111 de “La aventura del ser vivo” de Joêl de Rosnay, Editorial Gedisa, Barcelona, 1.994.
69 Lovelock James, opus cit, págs. 84 a 86. 70
Se les llama aminoácidos por que sus extremos ácido y amino reaccionan entre sí para producir, luego de la eliminación de agua, una ligadura química sólida. En los seres vivos existen una veintena de aminoácidos, los que se constituyen en prodigiosas fábricas de proteínas como la hemoglobina cuya función en la sangre es el transporte de oxígeno fresco de los pulmones, a través de las arterias hasta los tejidos, donde interviene en la respiración celular. Investigaciones recientes realizadas por el instituto de Astrofísica de Canarias, en colaboración con el observatorio de Paris y la Universidad de Texas, han encontrado en una nube interestelar de la constelación de Perseo (a 700 años luz de la Tierra) el naftaleno, un compuesto químico clave para el desarrollo de la vida. Se sabe que meteoritos que cayeron sobre la superficie de la Tierra, antes de la aparición de la vida, ya contenían esta sustancia. El naftaleno al combinarse con agua, amoníaco y radiación
ultravioleta, produce los aminoácidos, la piedra angular de la vida. Revista GEO, Nº 262, Noviembre de 2.008.
un orden y una organización molecular de grasas y líquidos transportadores, archivadores y descifradores de energía e información, confinados en un borde envolvente, altamente sensible a la energía externa e interna. Pero muy especialmente, un ser de altísima complejidad que conocemos como célula, capaz de reproducirse, de desplazarse y de lograr independencia frente a los innumerables e inciertos caprichos del entorno. Una estructura sistémica, altamente compleja e integradora de subsistemas macro moleculares y que inicialmente surgió física y químicamente como un ente aislado, como un organismo unicelular. Para que pudiera producirse un suceso tan improbable, siquiera una sola vez, había que imaginar un lapso tan prolongado que como dice G. Wald, “le diera una oportunidad al azar…con el tiempo, lo imposible se vuelve
posible, lo posible probable y lo probable virtualmente seguro...semejante concurso de circunstancias representa un azar tan milagroso, que no sería de extrañar que el milagro jamás volviera a repetirse.71