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The Case of SecondBite

Stage 1 Overview

5.0 The Case of SecondBite

Mientras que la Escuela de Frankfurt evolucionaba bajo las presiones del nazismo, el rechazo del estalinismo a la investigación crítica marxista y la ideología burguesa de no inmiscuirse en la práctica revolucionaria, por el lado de la escuela de los Webb se desarrollaba otra corriente sociológica que llegó a ser dominante durante mucho tiempo. De hecho, la sociología de los Webb nos permite enlazar directamente con el grueso de la sociología yanqui, a pesar de la pequeña diferencie en el tema de los valores reformistas, que también aparecieron aunque en mucha menor escala en algunos sociólogos oficiales. Se puede decir que el reformismo moralista de los Webb era una manera algo brusca y apenas refinada de plasmar las «buenas intenciones» del funcionalismo integrador de la sociología norteamericana pues, como veremos ahora mismo, apenas existe diferencia de fondo entre la palabrería de los Webb, sobre todo el fuerte moralismo altruista de Beatriz Potter, y, por ejemplo, el plan de Sorokin (1889-1968) de fundar en 1946 el Centro de Altruismo Creador en Harvard, destinado, entre otras cosas, a propagar el «Amor» y a demostrar sociológicamente la influencia del poder del amor en la evolución humana. No es casualidad, en absoluto, que Sorokín evolucionara en ese sentido y, menos aún lo es que Sorokin haya sido uno de los autores más importantes en el desarrollo de la sociología.

Pitirim Sorokin nació en Rusia y fue una alta personalidad del gobierno menchevique de Kerensky, gobierno obsesionado en continuar la guerra contra Alemania y reprimir a los bolcheviques, muchos de los cuales tuvieron que volver a la clandestinidad más estricta después de la revolución de febrero de 1917, entre ellos Lenin. Tras la revolución bolchevique, Sorokin fue detenido por sus actividades contrarrevolucionarias, pero fue puesto en libertad por la personal intervención de Lenin, marchando al exilio en 1922 y llegando en 1924 a Estados Unidos en donde fue acogido con los brazos abiertos por la intelectualidad oficial, que le ofreció una cátedra de sociología en la universidad de Minnesota.

En 1930 creó el departamento de sociología de la universidad de Harvard que realizó una ingente tarea formativa y por el que pasaron autores decisivos en un futuro, como Parsons, Davis, Merton y otros, que aunque se distanciaron parcialmente de sus ideas, y también de su personalidad violenta y autoritaria, al decir de Merton, por ejemplo, no rompieron con su concepción idealista. En realidad, aunque no aceptasen del todo la tesis del altruismo creador, tampoco rompieron con el organicismo del maestro, que puede considerarse como una de las

bases del posterior funcionalismo, muy especialmente en Parsons, una de las dos personas claves de la sociología del momento, junto a Merton.

Sorokin se esforzó por dotar a la sociología yanqui de una interpretación más globalizada de la historia. Para ello insistió en la importancia de la cultura y de la intercomunicación social, bajando a un segundo escalón el papel de la economía, desarrollando, con todo ello, una visión organicista de la sociedad que venía de Santo Tomás de Aquino y que Pareto, tan reaccionario como Sorokin, también había desarrollado en su apoyo a Mussolini, como hemos visto. La obra de Sorokin invirtió el materialismo histórico marxista de modo que, contra la dialéctica de las fuerzas productivas y relaciones sociales de producción, el contrarrevolucionario menchevique opuso el idealismo objetivo del evolucionismo cíclico de la cultura en abstracto. Un evolucionismo producido por el choque entre dos extremos, el «ideacional» y el «sensato», y en la mitad de ambos colocó el «idealista». El extremo ideacional es el compuesto por la visión mística, espiritual, mentalista... mientras que el sensato es, como su nombre indica, lo contrario. La posición equidistante, el idealismo, mezcla algunas de esas características.

Sorokin divide la historia en la pugna cíclica entre esos tres tipos ideales, buscando demostrar que los períodos de expansión, creatividad y progreso han correspondido a los del tipo sensato, preparados y precedidos por el tipo idealista. Por ejemplo, el tipo ideacional dominó hasta el siglo -VI, luego vino el idealismo del siglo de oro griego, para pasar al tipo sensato con la civilización romana, hasta el siglo IV. La decadencia comenzó con el tipo idealista posterior, en los siglos V-VI, de la decadencia imperial romana, para hundirse de nuevo en el tipo ideacional en la Alta Edad Media, o Siglos Obscuros, y empezar de nuevo la recuperación hacia el progreso con el siglo XII según el tipo idealista. Por fin, desde el siglo XIV hasta finales de la década de los treinta de este siglo estamos en una fase sensata.

Se comprueba así la esencial dependencia de la visión de Sorokin para con las épocas en las que la economía dineraria y la producción de mercancías, independientemente de su masividad, regían el resto de la vida social. Cuando el dinero y la mercancía no existían o tendían a desaparecer, malvivíamos en la fase ideacional, y cuando se recuperaban y dominaban ascendíamos de la ideacional a la idealista para llegar, por fin, a la sensata. Pero Sorokin pensaba a finales de los años treinta que la sociedad occidental corría el riesgo de involucionar de nuevo a una fase idealista debido a los alarmantes problemas globales que minaban a su querida sociedad yanqui. Usa un lenguaje extremadamente autoritario, moralista y casi apocalípticos en sus denuncias y críticas a la «decadencia» de la fase sensata, aunque está convencido que más temprano que tarde volverá a dominar.

La sociología de Sorokin tuvo así un determinante contenido de filosofía histórica reaccionaria que rindió muchos beneficios a la intelectualidad burguesa en unos momentos en los que el marxismo empezaba a perder su vigor dialéctico como efecto de la represión estalinista, cayendo en un hiperdeterminismo economicista de muy fácil crítica. Pero, por otra parte, también desarrolló tres cuestiones que serían posteriormente básicas en la sociología yanqui y en la versión de Merton: una, la importancia de la justa cuantificación de las hipótesis que utiliza el sociólogo, mejorando los sistemas de listados, etc., pero siempre dentro de su concepción filosófica idealista. Sorokin inventó el término «quantofrenia» para

designar el vicio de abusar de las estadísticas, listas de datos, cuantificaciones, etc. Su crítica no iba contra la necesidad de esos métodos, que él mismo recomendaba, sino contra la costumbre de suprimir la vertebración teórica cualitativa del texto en beneficio exclusivo de lo cuantitativo.

Al llegar a Estados Unidos había quedado sorprendido por la enorme cantidad de listados realizado pon la sociología yanqui, sobre todo por la costumbre iniciada por la primera escuela de Chicago, y por la debilidad o ausencia de base interpretativa. Consciente de la fuerza teórica del marxismo, porque la había padecido en Europa, sabía que si la sociología no le oponía otra base teórica superior o similar, serviría de muy poco. Otra, la defensa de la autonomía institucional de la ciencia, tema importante al que volveremos. Por último, Sorokin dio un impulso decisivo a la teoría de la movilidad social, de la capacidad del capitalismo para hacer que los obreros se conviertan en burgueses y los pobres en ricos, pero apenas a la inversa.

Dejando de lado que hay tantas diferentes interpretaciones de esta teoría como autores que la defienden y que admiten que existe una movilidad descendente, lo cierto es que el uso propagandístico y el tópico socialmente establecido de la movilidad social es el ascenso de pobre a rico: el multimillonario que empezó vendiendo periódicos. Antes de Sorokin ya se había planteado esta cuestión y Pareto la había adelantado en 1916, Mannhein de forma muy parecida a la de Sorokin justo dos años después que este, en 1929. Resulta, a nuestro entender, muy ilustrativo que esta teoría tomase cuerpo definitivo en los años decisivos de la gran oleada revolucionaria desencadenada por la Primera Guerra Mundial. Aunque después la teoría creció en todos los sentidos, lo elemental es saber qué conjunto de necesidades teórico- práctica de orden, de apuntalamiento del sistema capitalista existían entonces para que autores reaccionarios, por ejemplo Mannhein, ya claramente lanzado en su derechización «democrática», pusieran manos a la obra.

El funcionalismo ha sido la corriente sociológica que más ha impulsado estas investigaciones para demostrar «científicamente» la corrección de las tesis interclasistas, de la extinción de las diferencias de clases y hasta de las clases mismas, absorbidas por el agujero negro de la estratificación, de los grupos de ingreso, de los estatus de consumo, de las élites culturales, de las grupos de managers, de las escalas de prestigio, etc. Un vacío clamoroso en el funcionalismo durante mucho tiempo ha sido el de la ausencia de estudios sobre la explotación de género y de etnia-pueblo, o de la tríada «género, raza y clase», pese a que, como ha demostrado Montero Sánchez (2007), ya existen referencias y análisis premonitores sobre estas explotaciones desde nada menos que 1855 en el caso de Cuba. Por la importancia de esta cuestión, luego volveremos sobre ella al hablar sobre el ciudadano.

Tras la crisis del funcionalismo, otras corrientes han seguido esta línea, pero los resultados obtenidos no avalan en absoluto la existencia de una movilidad ascendente cualitativa, es decir, que se pasa de una clase asalariada a otra no asalariada, es decir, que alguien que debe vender su fuerza de trabajo por su salario para poder comer «asciende» hasta convertirse en burgués o en rentista, alguien que vive de la explotación ajena. Exceptuando aquellos casos de «ascenso» debidos al azar, a la lotería, la movilidad ascendente es mínima y, además, tiende a decrecer por las leyes de monopolización, centralización y concentración de capitales del

modo de producción capitalista. Por el contrario, tiende a aumentar la movilidad descendente por la quiebra de la pequeña y mediana burguesía, que pasa a asalariarse, a tener que depender de un trabajo asalariado. Sí existe un tránsito de asalariados hacia la autoexplotación, a trabajadores autónomos, empresas familiares muy precarias y de futuro incierto, cargadas de deudas y que han invertido todos sus ahorros e indemnizaciones por cierre empresarial, jubilación anticipada, etc., en esos negocios. También existe movilidad horizontal, es decir, cambios entre franjas, capas y fracciones de clases asalariadas debido a las nuevas exigencias técnicas, división y disciplinas de trabajo, cambios en los espacios productivos, etc.

Un ejemplo de las limitaciones estructurales de la sociología burguesa como «ciencia» es el de sus extremas dificultades para analizar y sintetizar todo lo relacionado con los procesos de movilidad social. Desde que esta teoría tomó cuerpo definitivo, hace ya setenta años, y son muchos años, la sociología no ha podido llegar a un paradigma y a un método aceptado comúnmente. Aquí topamos con un problema clave y clásico en la sociología, el de la ineficacia de su instrumental teórico para estudiar procesos globales, cualitativos y contradictorios.

Podemos concluir estas breves pinceladas sobre Sorokin citando a E. Lamo: «En Sorokin se manifiesta, pues, claramente la tendencia de la sociología americana a otorgar prioridad a las ideas sobre la realidad, a la conciencia sobre el ser social, y por ello se ha podido considerar a Sorokin como un Marx invertido, que desarrolla en clave idealista la lógica histórica de los modos sociales» (Diccionario de Sociología, 2006).