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5. Exploratory research

5.8. Case selection for primary research

Dada la peculiar geografía de Egipto, hacer llegar las órdenes del faraón allá donde tenían que cumplirse resultaba bastante peliagudo. Durante las dos primeras dinastías, la itinerancia de la corte sin duda favoreció el cumplimiento de los mandatos reales, algo que como es lógico se volvió más complicado cuando Menfis se convirtió en la sede definitiva de la corte. Dado que por entonces (III dinastía) únicamente la región menfita estaba bajo control directo de las redes de la Administración faraónica, se hizo necesario que el monarca encargara la tarea de transmitir sus designios a unos funcionarios conocidos como los uputiu-nesu, los mensajeros reales. Únicamente ellos, con sus viajes arriba y abajo del Nilo, conseguían hacer llegar la palabra de su señor a todos los rincones de las Dos Tierras, y más allá, también por tierras extranjeras, donde se convertían en embajadores.

Se trataba de cortesanos o miembros de la corte central, a menudo escribas reales; pero, como en muchas ocasiones lo que se requería de ellos era una tarea concreta y por tiempo finito, el faraón también enviaba como mensajeros a otros funcionarios, con altos cargos a veces. De hecho, el significado de la palabra se refiere sobre todo a que eran personas encargadas de realizar algún tipo de «negocio», «misión» por cuenta de una autoridad superior. De modo que desde llevar correspondencia, hasta recoger el tributo, pasando por acompañar a gentes de relevancia, escoltar bienes/regalos o mantener contactos diplomáticos, todo les competía.

Hay que decir que el trabajo de desplazarse arriba y abajo por el río no era tan sencillo como parece. En principio las características del Nilo favorecen los viajes, porque los vientos predominantes van siempre de norte a sur, mientras que la corriente del río siempre va al contrario. De tal modo que, en teoría, para ir desde Menfis hasta Tebas bastaba con izar las velas, mientras que al revés era suficiente con arriarlas y dejarse llevar por la corriente. Tanto es así que, en escritura jeroglífica, el determinativo del verbo «remontar el río» es una vela henchida por el viento y de «descender el río» una vela recogida. En condiciones óptimas, esto es, entre agosto y marzo, y suponiendo noches bien iluminadas por la luna, ir desde Menfis hasta Tebas en barco podía realizarse en nueve días. El principal problema era la llamada «curva del Nilo», el tramo entre Cusae y Dióspolis Parva, porque el recorrido pasaba a ser de oeste a este y las velas no recogían tanto viento. Al punto de que en muchas ocasiones había que desembarcar y cortar a pie la curva. No obstante, se conoce a mensajeros que presumen de haber hecho el viaje en menos tiempo, como Khenu a finales de la V dinastía: «Su Majestad me envió a Elefantina a traerle columnas de granito (?). Las traje de Elefantina para la majestad de Unas en siete días [---] su majestad me favoreció por ello. Su Majestad me envió a [---] para traerle [---]; se lo traje en solo cuatro días, pues soy uno que viene y va»[1] (fig. 6.1). Teniendo en cuenta los imponderables, tormentas incluidas, la cifra de quince días para recorrer el río de arriba abajo parece más razonable. Continuar remontando el Nilo hasta Nubia atravesando las cataratas del Nilo, suponía bastantes semanas más. Tener que prescindir del río para dirigirse a los oasis caminando por el desierto era mucho más farragoso, porque uno debía cargar consigo todo el agua y las vituallas que iba a necesitar.

Afortunadamente, los numerosos caminos que lo cruzaban eran transitados con una cierta regularidad y eso facilitaban un tanto el recorrido, realizado con burros como único animal de carga. El caballo, aparecido en Egipto durante la época hyksa, se convirtió en un elemento de lujo y fue utilizado para arrastrar carros de combate, nunca para arrastrar carros de transporte o cargar fardos.

Cuando durante la expansión del Reino Nuevo las relaciones diplomáticas se hicieron cosa común, los mensajeros egipcios tuvieron que salir fuera de Egipto para acercarse a Siria-Palestina y, desde allí, a la corte del país de Hatti, de Asiria... Si bien mucho más interesantes, sus misiones se volvieron también mucho más largas.

El principal punto de contacto egipcio en la costa de Canaán fue desde siempre el puerto de Biblos, situado a unos 650 kilómetros del extremo del delta oriental egipcio; pero la costa, las corrientes y los vientos del Mediterráneo Oriental no favorecen demasiado el camino desde Egipto hasta Canaán por mar, aunque sí al contrario. En épocas posteriores, por ejemplo, desde Alejandría hasta Creta se tardaba entre once y catorce días, mientras que desde la isla a la ciudad solo tres o cuatro. Además, la temporada para viajar con cierta seguridad quedaba limitada por las condiciones climáticas, siendo la mejor época entre el 27 de mayo y el 14 de septiembre, cuando un viajero afortunado podía realizar el recorrido en una semana si no hacía cabotaje, el cual fácilmente duplicaba la duración.

Llegar a pie hasta Biblos en un viaje sin incidencias podía llegar a requerir entre dos y tres meses de viaje. Mucho más lento que en barco. No obstante, parece que llegó a organizarse una especie de «vía rápida» por donde transitaban los ligeros carros de combate de la época, que eran cambiados periódicamente a lo largo del camino. Curiosamente, es un poema amoroso del Reino Nuevo el que nos informa de su existencia:

¡Ojalá puedas venir a la hermana deprisa, como un mensajero real que se apresura! Su señor está ansioso por recibir su mensaje, su corazón aspira a escucharlo. Los establos están para él completamente equipados, hay caballos para él de relevo. El carro ya está enganchado, en su lugar, puesto que, para él, nada de paradas de camino. Llegado a la casa de la hermana, su corazón podrá entregarse a la alegría.[2]

Si tenemos en cuenta que la ruta militar que unía Egipto con Canaán, «el camino de Horus», constaba de al menos once etapas, desde Tjaru —en el extremo oriental del Delta— hasta Rafah —en

Palestina—, podemos ver que al menos el territorio controlado físicamente por los soldados del faraón podía ser recorrido con rapidez. En realidad, como nos muestra Sinuhe, es probable que hubiera egipcios repartidos a lo largo del territorio situado más al norte, encargados de dar cobijo y animales de refresco a los enviados del faraón: «El mensajero que venía hacia el norte o que volvía hacia el sur, hacia la Residencia, se detenía junto a mí».[3]

Con seguridad, mensajeros montados a caballo —a pelo, pues las sillas de montar no existían todavía— recorrían también el camino trayendo y llevando misivas. Su presencia iconográfica es mucho menor, porque por entonces la máxima relevancia social la proporcionaban los carros de combate; pero su presencia en escenas militares, como las de la tumba de Horemheb (fig. 6.2) o la batalla de Kadesh del templo de Abu Simbel, confirman su existencia.

De cualquier modo, ya escogiera —o le escogieran— la ruta terrestre o la ruta marítima, el mensajero no las tenía todas consigo, porque ambas tenían sus peligros, ¡y muchos! En medio del Mediterráneo no solo estaban los problemas derivados de la navegación, sino también la presencia de piratas, todo lo cual podía dar con los huesos del mensajero y la tripulación a centenares de metros de profundidad. La ruta terrestre, en cambio, suponía atravesar territorios que, pese a estar bajo el control nominal del faraón, se prestaban a emboscadas, ataques nocturnos durante las acampadas, etc.; los responsables podían ser simples merodeadores de caminos o grupos armados a las órdenes de algún príncipe o reyezuelo local. El bueno de Sinuhe lo deja bien claro: «Yo hacía que se detuviera cualquier persona, daba agua al sediento, ponía el viajero en su buen camino y socorría a quien había sido robado»,[4] y también lo deja claro la correspondencia diplomática de Amarna. En una de las cartas[5] vemos al rey babilónico Burnaburiash quejarse amargamente ante Akhenatón de que sus mercaderes han sido asesinados y robados por hombres enviados por Shum-Adda y Shutatna, exigiéndole justicia y reparaciones económicas; pues el suceso había acontecido en tierras controladas por el egipcio.

Los peligros no procedían solo de los salteadores de caminos, también alcanzar destino implicaba grandes incertidumbres con respecto a la fecha de partida. De algún modo, los mensajeros «pertenecían» a su remitente y el receptor del mensaje podía utilizarlos como medio de presión o, sencillamente, para dejar clara una postura. Un ejemplo de ello sería un tira y afloja diplomático como el que se produjo entre Tushratta, rey de Mitanni, y Akhenatón:

Pirissi y Tulibri, mis mensajeros, los envié a toda prisa a mi hermano, y al haberles dicho que se apresuraran mucho, mucho, los envié con una escolta muy pequeña. Antes, le dije esto a mi hermano: «Voy a detener a Mane, el mensajero de mi hermano, hasta que mi hermano deje partir a mis mensajeros y estos lleguen a mí». Y ahora mi hermano se ha negado absolutamente a dejarlos partir, y los ha colocado bajo una detención muy estricta. ¿Qué son los mensajeros? A menos que sean pájaros, ¿acaso van a volar e irse? ¿Por qué sufre mi hermano tanto por los mensajeros? ¿Por qué no podemos simplemente ir a presencia del otro y escuchar los saludos del otro?[6] De la documentación se desprende que entre los uputiu, los enviados del soberano y de cualquiera con subordinados a su cargo, existía una clara gradación. En el nivel superior se encontrarían gentes como Mane, un «supervisor de la Casa de la Plata» —funcionario del Tesoro— que acabó viviendo durante bastante tiempo en Ugarit, es decir, miembros del grupo superior de la Administración. El valor de esos uputiu de nivel superior no solo dependía de su capacidad como mensajeros de confianza, capaces de llevar en sus valijas diplomáticas documentos de la mayor importancia, como el recientemente firmado tratado de paz egipcio-hitita: Aquí vienen los tres enviados reales de Egipto [---] junto con el primer y el segundo enviados reales de Hatti, Tili-Teshub y Ramose, y el enviado de Carquemish, Yapusili, trayendo la tablilla de plata la cual el gran soberano de Hatti, Hattusil III, envía al faraón para solicitar paz de la majestad de Ramsés II.[7] Si no, también, de su capacidad para actuar como verdaderos plenipotenciarios en representación de su remitente. Algo que podemos ver, esta vez desde el lado hitita de la valla, en el asunto de la anónima y desesperada reina egipcia[8] que escribió una carta al rey hitita Suppiluliuma solicitándole a uno de sus hijos como esposo para convertirse en rey de Egipto. El faraón había fallecido sin herederos y la reina se negaba a casarse con uno de sus servidores. Escamado por la extraña petición —los egipcios nunca daban princesas como esposas a los soberanos extranjeros—, el hitita envió a un mensajero llamado Hattusa-ziti a investigar en la corte egipcia. El asunto le fue explicado y confirmado, de modo que regresó con una nueva carta de la reina que confirmaba lo dicho en la anterior y le pedía que se diera cuenta de la vergüenza que la petición suponía para ella. El mensajero egipcio, Hani, defendió y aportó testimonio ante el soberano hitita en nombre de su reina: «¡Oh, mi señor! ¡Esto es la vergüenza de nuestro país! ¿Si tuviéramos un hijo de rey alguno habríamos venido a un país extranjero y continuaríamos pidiendo un señor para nosotros?».[9]

En el nivel inferior del escalafón de los mensajeros estaría el simple portador de misivas o noticias. Eran los encargados, por ejemplo, de hacer llegar de un fuerte nubio a otro los informes procedentes de uno de sus puestos avanzados: «Este humilde servidor ha enviado al respecto hacia Semna en forma de mensaje enviado de una fortaleza a otra. Se trata de una comunicación sobre ello. Todos los asuntos de la heredad del rey, vida, fuerza, salud, están sanos y salvos».[10] Lógicamente, representar al soberano en una misión diplomática en la corte de un rey extranjero necesitaba de gentes formadas. Un mensajero a caballo no tendría ningún valor como rehén ni podría defender la postura de su señor ante el otro rey; un embajador ante una corte extranjera necesitaría tener conocimientos de idiomas, que solo podía adquirir asistiendo a un centro de formación. Como el ductus de las tablillas escritas en la corte egipcia presenta diferencias respecto al de las recibidas del extranjero, para cuyos escribas los signos cuneiformes eran el modo «natural» de escribir, esto

significa que en Amarna existía una «escuela» egipcia de escritura cuneiforme y lenguas asiáticas donde se formaban los escribas y futuros uputiu del faraón (fig. 3.4).

La educación de los escribas tenía lugar en la Casa de la Vida y El Lugar de la Correspondencia del Faraón, con un grupo de ellos más avanzado (funcionarios ya con experiencia) formándose en «estudios mesopotámicos». Estos dispondrían de profesorado nativo que les enseñaría la lengua para llegar a convertirse en «escritores de cartas».

Los escribas formados en la «escuela internacional» de Amarna no solo servían al faraón, sino que este podía enviarlos a trabajar al extranjero, a la corte de un príncipe vasallo. Un escriba era un profesional cualificado y no todos los reyezuelos podían permitirse tener una escuela en sus palacios. Por ejemplo, las cartas del príncipe de Tiro Abimilki fueron escritas por un escriba egipcio en su corte, como demuestran que haya en ella palabras y expresiones que son egipcias, a pesar de estar escritas en acadio; un error típico de quien está haciendo una traducción inversa. En realidad, como resulta improbable que el príncipe conociera el egipcio o el modo correcto de escribir una carta, lo normal es que se la dictara al escriba/mensajero en su idioma, quien tomaría notas para luego traducirla y pasarla a limpio antes de enviarla.

Dada la relevancia de las tareas que podían llegar a desempeñar, y los peligros de las malas traducciones —utilizar la palabra «perro» en el sentido egipcio de alguien con nivel de subordinado y que fuera entendida por el receptor como un insulto—, no es de extrañar que ya desde los primeros textos sapienciales se insistiera mucho en la tremenda importancia de que quien actuara como mensajero repitiera el recado de forma exacta y precisa:

Si eres un hombre de confianza que un dirigente envía a un dirigente, sé extremadamente preciso cuando te envíe. Efectúa para él la misión tal cual te la dice. Guárdate de hablar mal mediante una palabra susceptible de volver envidioso a un dirigente respecto a otro dirigente. Mantén la maat, no la transgredas. No es en función de un desahogo como se presenta un informe. No denuncies a ninguna persona, grande o pequeña, es la abominación del ka.[11]

Dado que en un momento dado cualquiera podía convertirse en un mensajero, no parece haber existido una gradación en la titulación de estos; más bien es el añadido del título mensajero en medio de la ristra de otros títulos que conforman el cursus honorum de un funcionario lo que ayuda a calificar la importancia de las misiones que se le encargaron. En ocasiones, en las zonas de contacto con pueblos extranjeros parecen haberse requerido muchos uputiu y, por supuesto, un supervisor de su labor, cuyos buenos oficios le merecieron el título de «intendente de intérpretes en la frontera libia», como es el caso de Metjen.[12] Evidentemente, el mundo de la diplomacia requería de mucha mano izquierda, algo que solo un faraón como Ramsés II podía permitirse el lujo de no demostrar.

Tras los inicios guerreros de su reinado contra los hititas y la batalla de Kadesh, Egipto y Hatti firmaron un tratado de paz y sus respectivos monarcas comenzaron a tratarse de «hermano». La relación pasó entonces a ser muy fluida, hasta el punto de que Hattusili III le escribió al faraón solicitándole que le enviara al mejor de sus médicos para ver si conseguía que su hermana quedara embarazada. La respuesta de Ramsés II tuvo toda la franqueza que uno no suele esperarse de dignatarios mundiales:

Ahora, mira, respecto a Matanazi, la hermana de mi hermano, yo, el rey, tu hermano, la conozco. ¿Dices que tiene cincuenta años? ¡Jamás! ¡Como mínimo tiene sesenta! [---] Nadie puede hacer una medicina para que ella tenga hijos. Pero, por supuesto, si el dios Sol y el dios de la Tormenta lo desean [---]. Te enviaré un buen mago y un médico capaz, y de cualquier modo podrán preparar algunas medicinas de nacimiento para ella.[13]

Está claro que respondió a la carta sin que su visir anduviera cerca. De todos modos, como la justicia poética existe, no pasó mucho tiempo antes de que un mensajero hitita le fuera a su soberano con un informe y este pudiera «desquitarse». Como sabemos, la ideología egipcia impide que el faraón pueda ser representado de ningún otro modo que victorioso; pero es que, además, según lo cuenta Ramsés II, en la batalla de Kadesh fue él solo con la ayuda de la fuerza divina de su padre Amón quien rechazó el ataque sorpresa de los carros hititas que casi termina con su vida y la de su ejército. Nos podemos imaginar la cara de sorpresa del mensajero hitita al leer la narración de la batalla en la fachada del pilono del templo de Luxor y lo poco que tardó en escribir a su señor para contárselo. La respuesta de este fue rauda, apesadumbrado por la deslealtad mostrada por su «hermano» egipcio a la nueva atmósfera de paz y colaboración; pero sobre todo sarcástica: «¿Realmente no había allí ni ejército ni carros?», le espeta el monarca hitita al faraón.[14] Ambos conocían perfectamente lo que había sucedido de verdad, de modo que Ramsés II le respondió mostrando su total apoyo al tratado de paz y reafirmándose en su punto de vista sobre la batalla sin que se le subieran los colores.

La posición dominante de Egipto en el panorama internacional del Mediterráneo Oriental acabaría por menguar, como demuestra el informe de un uputy que se conoce como Las desventuras

de Unamón. Encargado por las autoridades del templo de Amón en Tebas de ir a buscar madera para

una nueva barca para el dios, no tardó en sufrir toda clase de desventuras, para terminar dándose cuenta de que las cosas ya no eran como antes en Siria-Palestina. Tras un viaje donde hizo escala en Tanis (donde entregó los decretos del dios que traía consigo), Dor (donde un marinero le robó los bienes que llevaba para comerciar) y Tiro (donde se quedó en prenda el dinero de la tripulación), terminó llegando a Biblos, donde su príncipe Tjekerbaal lo mantuvo semanas a la espera antes de recibirlo. Desafortunadamente para Unamón, ni Biblos ni su príncipe se reconocían ya vasallos del faraón:

Me dijo: «Si el soberano de Egipto fuera dueño de lo mío, y si yo fuera también su servidor, él no habría dispuesto que se trajeran plata y oro diciendo: “Cumple la misión de Amón”. No era un transporte de regalos lo que hicieron a mi padre. En cuanto a mí mismo, yo no soy tu servidor, ni soy tampoco el servidor de quien te ha enviado».[15]

Unamón estaba comprobando personalmente lo dura, pero fascinante para quien la ve desde