• No results found

2. Methodology 33

2.3 Case Selection 49

La caída de Atanasio en los dos grandes sínodos de la residencia imperial de Arles (353) y de Milán (355) se produjo bajo una fuerte presión del emperador. En vano intentaron sus escasos partidarios trasladar al terreno teológico el descalabro político e iniciar un debate de religión, fieles a la práctica del maestro de ocultar un simple afán de poder, la causa Athanasii, detrás de una cuestión de fe. El varias veces destronado “padre de la ortodoxia” fue destituido por casi todos los participantes en los sínodos, con los obispos Ursacio y Valente a la cabeza, y formalmente anatematizado. “Atanasio ha atentado contra todo―decía el emperador―, pero a nadie ha ofendido tanto como a mí.” Únicamente el obispo Paulino de Tréveris, desde hacía años el confidente más íntimo de Atanasio en Occidente, se negó a estampar su firma (en Arles, donde también firmaron los legados papales, el obispo Vicencio de Capua, amigo de Atanasio desde hacía casi tres décadas, y Marcelo) e inmediatamente pasó al destierro en Frigia, donde permaneció hasta su muerte. Sin embargo, en Milán, por deseo del obispo romano Liberio, después de la deslealtad de sus legados en Arles, se celebró un nuevo sínodo; ahora bien cuando el pueblo manifestó su protesta, evidentemente espoleado por su obispo Dionisio, el emperador trasladó la sede de las santas deliberaciones desde la iglesia a su palacio y siguió las sesiones detrás de una cortina: “¡Mi voluntad es canon!”. De los 300 padres conciliares se le opusieron en total cinco, tres obispos y dos sacerdotes, que fueron desterrados inmediatamente, siendo honrados los altos dignatarios con una carta de felicitación del obispo Liberio en la que llamaba al emperador “enemigo de la humanidad”. También el clérigo Eutropio, uno de los legados romanos, fue desterrado, mientras que el otro, el diácono Hilario, fue azotado si Atanasio no miente, como hace tantas veces.66

Uno de los cinco perseverantes―una curiosidad tragicómica de la historia sacra―fue el obispo Lucifer de Cagliari (Calaris), un antiarriano fanático de escasa formación que por el dogma de Nícea sufrió un largo exilio casi solo en Siria y Palestina. Puesto que un clérigo no debía homenaje a un emperador “hereje”, redactó en su contra un sinfín de escritos, en los que entre numerosas citas bíblicas intercalaba toda suerte de primitivos improperios, llamándole anticristo en persona y digno del fuego del infierno. Sin

65 Pallad, hist. Laus. c. 63. Tetz 171. Vóóbus, Entdeckung 36, especialmente 40. Deschner, Das Kreuz 182 s. El mismo, Heilsgeschichte II 21 s.

66 Athan. apol. Const. 27 hist. Arian. 31 s; 34; 41; 76. Sulp. Sev. Chron. 2,39. Cf. también 2,37,7. Hilar, frg. 5 s. Mansi, Conc. coll. III 233 s. CSEL 65, 187. Socr. h.e. 2,36. Sozom. 6,9,1 s. Theodor. h.e. 2,15 s. Liberius ep. “Obsecro” 4 (CSEL 65, 166), ep. “Obsecro” 5 (CSEL 65,92), ep. “Quamvis sub imagine” (CSEL 65,164). LThK 1.a ed. VI 549 s, VIII 24. Lippl VII s. Seeck, Untergang IV 143 s. Stein, Vom rómischen 234 s. Caspar, Papsttum I 171 s. Winheller 55 s. Joannou 115 s. Wojtowytsch 119 s. Según Klein, Constantius II 9 s, las palabras del emperador transmitidas por Atanasio de que “Mi voluntad es canon”, no son auténticas fuera de todaduda ni se han querido decir en sentido de una máxima fundamental. Cf. especialmente también 51 s, 86 s, 137.

embargo. Lucifer también se enemistó con Liberio de Roma y con Hilario de Poitiers y no reconoció las medidas oportunistas de Atanasio en el “sínodo de la paz” (362). Más bien dio la espalda a los católicos, espantado por su riqueza, relajamiento y acomodación, y desde Cerdeña organizó su propio círculo, que perduró hasta el siglo v; conciliábulo pequeño pero muy activo, ramificado desde Tréveris a África, Egipto y Palestina. Lucifer tuvo partidarios incluso entre el clero romano. Tras su muerte (370- 371) ocupó la cabeza del movimiento Gregorio, obispo de Elvira, en sus orígenes también un defensor radical de la ortodoxia. Los luciferianos, “los que profesan la verdadera fe”, rechazaban a los católicos como cismáticos, censuraban su pertenencia al Estado y la avidez de sus prelados por los honores, la riqueza y el poder, las “lujosas basílicas”, las “basílicas rebosantes de oro, revestidas de suntuosos y costosos mármoles, con ostentosas columnas”, “los extensísimos bienes raíces de los gobernantes”. Y el estricto católico Teodosio I los reconoció como ortodoxos. Incluso tenían un obispo en Roma, Efesio, que en vano intentó entregar a la justicia de allí al papa Dámaso. El prefecto de la ciudad, Bassus, se negó categóricamente “a perseguir a hombres católicos de carácter irreprochable”.67

Pero de ello se encargaron los propios señores.

En Oxyrhynchos, Egipto, los sacerdotes católicos destrozaron con hachas el altar del obispo luciferiano Heráclides. En Tréveris se persiguió al presbítero Bonosus. En Roma, la policía y los clérigos papales maltrataron de tal modo al luciferiano Macario que murió a consecuencia de las heridas en Ostia, adonde había sido desterrado. (Sin embargo, el obispo local, Florentino, no quería tener nada que ver con el “crimen de Dámaso” y trasladó sus restos mortales a un panteón.) En España los católicos forzaron las puertas de la iglesia del presbítero Vicencio, arrastraron el altar hasta un templo debajo de un ídolo, dieron muerte a golpes a losacólitos del eclesiástico, ataron a éste con cadenas y le dejaron morir de hambre. El obispo Epícteto de Civitavecchia llevó a cabo un proceso mucho más corto. Ató a su carruaje al luciferiano Rufiniano y le atormentó hasta la muerte. Sin embargo, el obispo Lucifer de Cagliari fue venerado como un santo en Cerdeña, que de momento estaba cerrada a la Iglesia central, y como tal le reconoció en 1803 el papa Pío VII.68

67 Socr. 2,36 s. Soz. 4,9. Athan. hist. Arian. ad mon. 31 s. Lucif. Calar. Den non parcendo in Deum delinquentibus. Cf. De non conviendo cum haereticis.- De regibus apostaticis. - De San Athanasio. - Moriendum esse pro Dei filio. Cf. también para completar la historia de las sectas escrita en 384 por los clérigos Faustino y Marcelino, el llamado Libelus precum in der Collectio Avellana. Cf. especialmente también Coll. Avell. ep. 2,85. Pierer X 567 s. LThK 1.a ed. IV 673, VI 677 s. Bertholet 331. Altaner 320. Kraft, Kirchenváter Lexikon 354. Krüger, Lucifer 39 s. Rauschen 140. Stein, Vom rómischen 234 s. Caspar, Papsttum I 201 s, 216 s. V. Campenhausen, Ambrosius 6. Lietzmann, Geschichte IV 40 s. Hemegger 403 s. Haendier, Von Tertullian 96 s. Klein, Constantius II 56 s, 121 s. Joannou 119, 139 s.

68 Libellus precum 21; 23 s. Pierer X 567 s. Rauschen 199 s, Caspar, Papsttum I 202 s, 216. Hemegger 403 s.

El hecho de que la historia de los papas no sea parca en curiosidades lo demuestra el obispo Liberio.

En vano intentó el emisario del emperador, el praepositus sacrí-biculi, Eusebio, un eunuco de mala fama que fue ejecutado bajo Juliano, convencer a Liberio para que condenara a Atanasio. De nada sirvieron los regalos ni las amenazas, así que Constancio hizo secuestrar por la noche al romano y le llevó a Milán. Allí le explicó el daño que había hecho Atanasio a todos, pero sobre todo a él. “No se ha dado por satisfecho con la muerte de mi hermano mayor y no ha cesado de instigar al ya fallecido Constante para que se enemistara contra nosotros.” Añadió el soberano que incluso sus éxitos contra los usurpadores Magnencio y Silvano no significaban para él tanto “como la desaparición de este impío de la escena eclesiástica”. Al parecer Constancio puso un alto precio a la

captura del alejandrino fugitivo y solicitó la ayuda de los reyes de Etiopía.69

Sin embargo, a diferencia de sus legados, el obispo romano quería oponerse al máximo al emperador “hereje”, incluso “morir por Dios”. Por lo tanto, Constancio interrumpió la conversación: “¿Qué parte de la tierra habitada eres tú, que tú solo te pones al lado de un hombre impío y perturbas la paz del orbe y de todo el mundo?”. “Tú eres quien por tí mismo sigues aferrado a la amistad de esa persona sin conciencia.” Liberio recibió un plazo de tres días para reflexionar, pero se mantuvo imperturbable. “Para mí, las leyes de la Iglesia están por encima de todo―dijo―. Envíame donde quieras.” Y esto a pesar de que, según Amiano, estaba convencido de la culpa de Atanasio. Pero al cabo de dos años de exilio en Beroa (Tracia), con el lavado de cerebro que le dieron el obispo local Demófilo y el obispo Fortunatiano de Aquileja, Liberio capituló. El romano tan admirado en Milán, el “victorioso luchador por la verdad” (Teodoreto), expulsó ahora de la Iglesia, en un espectáculo muy especial, al “padre de la ortodoxia”, al doctor de la iglesia Atanasio, y firmó un credo semiarriano (la llamada tercera fórmula sírmica, según la cual el “Hijo” sólo es parecido al “Padre”), poniendo de manifiesto de manera expresa su libre albedrío. En realidad, lo que hizo fue comprar su regreso, y lo único que pretendía era salir “de esta aflicción profunda” y volver a Roma. “Consentidlo si queréis verme desmoralizar en el exilio”, se quejaba en 357 a Vicencio de Capua, y aparece por dos veces en el martirologio, una en el de Nicomedio y otra en el de Jeronimiano. Sin embargo, frente a los orientales el papa mártir llamaba a sus peores enemigos, los obispos Valente y Ursacio, a los que san Atanasio dedicaba los peores insultos en cuanto se presentaba la más mínima ocasión, “hijos de la paz”, y les auguró la recompensa en el reino de los cielos; asimismo afirmaba solemnemente no haber “defendido a Atanasio”, que Atanasio “había sido separado de nuestra comunidad, incluso de la relación epistolar”, que había sido “juzgado con razón”. Y de su profesión de fe amana escribía: “La he aceptado en sentido amplio, no me he opuesto a ningún punto, estoy de acuerdo con ella. La he cumplido, esto lo aseguro”. Se comportó de tal manera que la autenticidad―por completo asegurada― de sus cartas del exilio que le comprometían gravemente ha sido objeto de encendidas polémicas, aun cuando hoy se admita (!) de manera general, incluso en el campo católico. Hasta el padre

69 Soz. h.e. 4,11,3. Ammian. Rerum gestarum 15,7; 22,3. Athan. hist. Arian. 38 s. apol. ad Const. 29. Socr. h.e. 2,16. Theodor. h.e. 2,13; 2,16. Wojtowytsch 122 s. Klein, Constantius II 137 s.

de la Iglesia Jerónimo explicó en su tiempo que Liberio, quebrado en el exilio, había dado una firma “herética”.70

Por otra parte, la postura del obispo romano como expresión de debilidad humana se valora―con Richard Klein― de manera más indulgente que las posturas de san Atanasio (que explica detalladamente el caso de Liberio para hacer que parezca todavía más heroica su propia perseverancia) y de san Hilario, pues ambos, cuando era menester, adulaban de forma repugnante al soberano o bien le denigraban de manera descarada, aunque también Liberio―que no debería haber sido papa― tuvo el arrojo suficiente para al menos anatematizar a Constancio cuando murió.71

(Sin embargo, en nuestros días PerikIes-Petros Joannou califica las cartas de Liberio de falsificaciones amanas. “Lo que los arríanos no pudieron conseguir por medio de la violencia ―afirma―, lo dieron por hecho en las cuatro falsificaciones que pusieron en circulación bajo el nombre de Liberio.” Sin embargo: “La iniciativa para la presente obra partió del cardenal de la curia Amieto Giovanni Cicognani [Roma]”. El prelado comprobó primero, “en una conversación personal”, las intenciones que animaban a Joannou y a continuación le rogó “investigar más detalladamente en las fuentes eclesiásticas bizantinas la idea del prelado y presentarle después los resultados”. Sólo entonces tuvo lugar la autorización del “cardenal Cicognani, a quien entretanto el papa había nombrado secretario de Estado”.)72

70 Theodor h.e. 2,16 s. Liberius, ep. 10 (Hilar. 4,168); ep. 12 (Hilar. 4,172); ep. 18 (Hilar. 4,155). Hilarii Coll. antiar. (frg. hist.) «Pro deifico», “Quia scio”, “Non doceo”. Soz. h.e. 4,15. Theodor. h.e. 2,16 s. Philostorg. 4,3. Sulp. Sev. Chron. 2,39. Hieron. de vir. ill. 97. Ammian. 15,7 s. Athan. hist. Arian. 38 s. LThK la ed. VI 549 s, IX 597 s. Altaner 307 s. Grisar, Geschichte Roms 281. Caspar, Papsttum 1171 s, 183 s. Hermann, Ein Streitgesprách 77 s. Wojtowytsch 121 s. Klein, Constantius II 86, 140 s. Aland, Von Jesús bis Justinian 181. Haendier, Von Tertullian 94 s. Jacob, Aufstánde 152.

71 Athan. hist. Arian. 41. Hagel 76 s. Klein, Constantius II 142 s.

72 Joannou VI s, 122 s. El autor falleció en 1972 en un accidente de tráfico cuando volvía a Munich desde Mantua. Su libro se publicó con el apoyo económico de la Deutschen Forschungsgemeinschaft. La DFG no tenía dinero para apoyar mi Historia criminal del

cristianismo (yo mismo carecía también de un cardenal y secretario de estado detrás de mí), a

pesar de que un teólogo no precisamente desconocido para la DFG apoyaba mi obra; entre otras cosas manifestaba: “Sin duda, el doctor Karlheinz Deschner se cuenta entre los investigadores de más amplio conocimiento, más diligentes, críticos y perspicaces en el campo de toda la historia del cristianismo. Su historia de la Iglesia, que ha editado en una gran tirada bajo el título de

Abermals kráhte der Hahn y que ha despertado un enorme interés, ha demostrado que el autor

no sólo dispone de un dominio soberano de fuentes como son la literatura, sino que está también en condiciones de ver interrelaciones y no simplemente alinear el material. Obras como la citada son raras y la investigación debe mostrarse agradecida porque tan amplias ediciones no sólo se distribuyen entre los equipos de trabajo sino que pueden adquirirlas también los particulares. Por su importancia, este libro sólo puede equipararse con la historia de la Iglesia clásica, la

Unparteiische Kirchenund Ketzerhistorie de Gottfried Arnolds, que como es bien sabido

constituye la única fuente acerca de lo tratado por Goethe sobre el cristianismo y cuya influencia en todo el mundo resulta inapreciable hasta la fecha”. Cari Schneider.

Constancio autorizó en el año 358 el regreso de Liberio. Sin embargo, ésta era la condición, debería administrar el obispado de Roma conjuntamente con su sucesor Félix. Incluso un sínodo celebrado en Sirmia influyó en este sentido sobre Félix y el clero romano. No obstante, se produjeron tales tumultos en la “ciudad santa” que se entienden las manifestaciones de Hilario acerca de que no sabía cuál había sido la mayor ofensa del emperador, si el destierro de Liberio o la autorización para que regresara.73

Padres conciliares sin escrúpulos y el patriarca Jorge, un “lobo” arriano,