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Nuestra etnografía ha podido distinguir dos modalidades a través de las cuales se recoge el impacto de la intervención alimentaria en las comunidades mapuche. Las modalidades espontánea y planificada.

Siguiendo con la definición de la intervención alimentaria que propusimos el 2002, este constituye un proceso de intromisión ideológica y accional, promovido a través la difusión de nuevas pautas de consumo y de actividades concretas de entrega alimentaria. Ambas estrategias son, efectivamente, complementarias e indisolubles entre sí. Resulta muy ingenuo pensar que las actividades de un programa de alimentación no va a alterar las pautas de alimentación local sino que sólo resolverá el problema para el cual fue pensado. Del mismo modo, es una ilusión creer que las pautas de consumo poseen límites irrevocables y que la alimentación mapuche seguirá existiendo necesariamente porque existen los mapuche. Al igual como sucede con otros ámbitos de la vida, tales como la lengua o la medicina, mientras no exista conciencia sentida de que ha de protegerse, la alimentación seguirá el devenir que han proyectado estos 120 años de transformaciones.

El sentido de lo espontáneo, es aquel que recoge lo que colateralmente a la intervención planificada va sucediendo en las comunidades. Es lo que la gente siente como ‘natural’ e inevitable, algo que surge como fruto de su propia historia y ante lo cual tienen poco o nada que hacer. Las nuevas pautas de consumo han desacreditado a la alimentación mapuche hasta el punto de que muchos la han escondido en la intimidad de su hogar, al sentir que su ‘comida de indios es comida pobres’. El sistema interétnico ha impedido y desfavorecido cualquier expresión de desarrollo cultural que implique conocimiento y control de recursos, razón por la cual todos los ámbitos de la vida mapuche han estado afectos a la discriminación y el desprecio de la mayoría chilena.

No podríamos decir que entre los mapuche no existe afán de movilidad social. De hecho, la alimentación es un ámbito que bien puede demostrar lo contrario. El contacto intensivo con la sociedad nacional chilena, y la categorización de la población mapuche

en el estrato social más pobre inspira en muchos de ellos la transformación natural de sus pautas de consumo alimentario. Los repertorios y las dietas son ahora conducidos por nuevos estándares los que su vez han modificado sus índices de morbilidad y de mortalidad. Muchos han llegado incluso a ser peyorativos con su comida, aludiendo a que representa a un pasado que ya no existe, y respecto del cual no guardan ninguna referencia proyectable en el tiempo.

La descalificación del conocimiento cultural mapuche ante el conocimiento científico occidental ha impactado estructuralmente al desarrollo de la sociedad y de la cultura mapuche. Los padres han dejado de educar a sus hijos según la forma tradicional ya que ahora es la escuela la que los educa. Los padres se sienten ignorantes e invalidados de poder emitir juicios que a priori son ignorados. El mundo que sabe es el de la escuela, el mismo donde alimentan a los hijos a través del programa de alimentación escolar PAE.

“La gente no ve a la alimentación como algo aparte de la educación, es un solo paquete”, dijo un entrevistado aludiendo a que en la escuela los niños viven una realidad integrada en sí misma, pero completamente desconectada con la realidad de la vida familiar. La intervención planificada tiene de este modo un impacto rotundo en la organización de la vida mapuche contemporánea. Si el Estado da de comer a los niños, los padres lo agradecen porque lo necesitan, asumiendo que es una buena alimentación, porque la ha planificado ‘el que sabe’.

El rótulo del ‘conocimiento como poder’ es la interpretación más básica y fundamental que podemos hacer ante esta realidad. Si el argumento que la gente posee para no demandar participación en los programas alimentarios es que no podrán hacer ningún aporte que se pueda equiparar a las verdades de la planificación estatal, no quedará otra salida – o por lo menos no ha quedado hasta la fecha – que aceptar pasivamente la planificación y la intervención externa.

Ante la eventual apertura de programas alimentarios como el PAE, los entrevistados adujeron a la posibilidad de poner a prueba nuevos métodos, nuevas modalidades de acción pensadas de forma mucho más específica. De este modo, piensan que pueden

planificarse acciones adecuadas para cada territorio, consultando a la gente y validando su participación a través de la asignación de roles y funciones.

Otro contexto de intervención espontánea y planificada a la vez es el de la revaloración de la comida mapuche en tanto comida étnica. Ha estado conducido por iniciativas de desarrollo productivo y etno turismo que han propiciado las prácticas culinarias en tanto estrategia que puede cumplir objetivos de tipo económico. Proyectos de recuperación de cultivos como la kinwa (Chenopodiumquinoa) se han fundamentado en indicadores nutricionales para proponer y difundir actividades de fortalecimiento productivo y comercial, y actividades de transferencia de conocimiento culinario. Han organizado la difusión de la kinwa como producto comercial y alimentario, impulsando su adopción por parte de la alta cocina nacional e internacional. Durante todo este proceso los mapuche han cumplido un rol de productores y dueños del conocimiento, el que luego de ser transferido no retorna a las comunidades de ninguna forma. “Eso no tiene ningún impacto en la sociedad mapuche porque ni siquiera los mapuche son conscientes de que sus comidas tienen un valor tan alto en otros lados” (J.Q, enero 2004).

Este proceso de revaloración de la comida mapuche ha sido muy difícil de comprender por parte de la gente de las comunidades, que tras haber abandonado gran parte de su sistema alimentario por la presión ejercida desde las nuevas pautas de consumos, hoy se ven estimulados a volver a preparar sus comidas y ofrecerlas a un público desconocido. El aspecto más delicado que hemos podido detectar en este tipo de procesos es el del tratamiento político de la autoría del conocimiento. Las iniciativas que impulsan la recuperación de cultivos y de comidas mapuche se basan principalmente en fundamentos de tipo nutricional, que le adhieren al modelo de ‘alimentación saludable’, alternativo a la comida artificial o ‘chatarra’. Ninguna de estas iniciativas ha articulado objetivos de tipo económico con otros de naturaleza étnico cultural, dejando a las comunidades cumpliendo el mismo rol pasivo de siempre.

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Temuco, Chile, Agosto del 2002. 2

Facilitado por la Asociación Mapuche Ñankuchew de Lumaco. 3

Fuente: Quidel, 2001. 4

No obstante, otras estimaciones la sitúan en cifras entre los 290.000 (Encina, 1940) y las 800.000 personas (Gastó,1980)

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Tomado de Schmidt-Hebel et al. (1990). 6

Que para algunos correspondía a guanacos domesticados, pero que existe un mayor consenso en que corresponderían a llamas.

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Entre “españoles” y mapuche, cuya duración se prolonga desde (aprox.) 1550 a 1810. 8

Documento emblemático de las aplicaciones que la etnografía crítica y reflexiva ha tenido en la región de la Araucanía. Un equipo interdisciplinario e intercultural, en la senda de la colaboración interétnica, muestran las posibilidades del intercambio de códigos culturales entre sujetos convocados por el conocimiento y las experiencias de salud mapuche.

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Tesis para optar al grado de Licenciatura en Antropología, cuya síntesis fue publicada bajo el título de: “¿Cómo la gente previene enfermarse? Un acercamiento para comprender la forma en que la gente de una comunidad mapuche protege su salud, en CUHSO Nº 1, Ediciones Centro de Estudios Socioculturales, 1998, Temuco, Chile.

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El promedio real de tierra “entregada” por persona mediante títulos de merced fue de 6,1 hectáreas. 11

Que en un comienzo tenía un promedio de 6 hectáreas por persona. 12

Esta última situación aun repercute en la memoria colectiva e individual de descendientes que actualmente reclaman derechos sobre sus tierras.

CAPÍTULO IV

PROCESOS DE INTERVENCIÓN

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