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A CASE STUDY: COLLABORATION WITH ARTISANS IN MAKING PRODUCTS

D-2 de las DD.EE. I- II y III

Institutos, Unidades y Reparticiones dependientes de la O.C.O.A.- V.- ACCIÓN TOMADA: Confección del presente Parte.-

PARTE ESPECIAL DE INFORMACIÓN (I) No. 123/77 I.- EVALUACIÓN: A-1

II.- RESPONDE A: Información obtenida por este Comando.-

III.- TEXTO: -Conceptos emitidos por el detenido en Medidas Especiales ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO, acerca de actuales integrantes del M.L.N., mencionado en documento del Departamento II del E.M.E. de fecha 16-JUN-77.-

En el texto del informe, que no incluyo, hay una ficha para cada uno de los 39 detenidos, con nombre y apellido, y la apreciación de Fernández Huidobro sobre cada uno, lo que equivale a decir que los entregó.

Cuando le comento a Darío todo este asunto, me recomienda escuchar la canción Sin puntos ni comas. La nueva canción española no es algo que conozca, de modo que la busco. Una versión de Pedro Guerra y Joaquín Sabina; una de Jorge Drexler y Silvia Pérez. Ambas son terriblemente dolorosas, por lo que plantean, y recojo la primera estrofa:

No somos siempre nosotros el bueno, no tienen otros la culpa de todo, la redención mata más que el veneno,

perfil de plata, borceguí de lodo...

Aquella mañana, la del 18 de mayo de 2016, le respondo a Pérez que no, que por más que se mueran todos los que tuvieron que ver, de un lado y del otro, con el pasado reciente, el asunto no se va terminar. Se hace un silencio, Andrade y yo fumamos; Pérez da algunos pasos, un poco encorvado, y después suspira; Dante está serio y con el entrecejo fruncido. Y no sé cómo, de ahí pasamos al asunto del aparato armado del Partido Comunista. Así, como si estuviéramos hablando del resultado de un partido de fútbol o de que aumentaron las tarifas de la electricidad y el teléfono. Me pregunto si esto es “normal”, si es posible, si es una forma de ser uruguaya o es la manera en que los que vivimos aquellos años tenemos para lidiar con el tema, para hacernos cargo de lo que nos corresponde.

Entonces recuerdo que cuando era niña, en mi casa estaba prohibido nombrar a “los colorados”, porque eran el enemigo, y mi abuelo los odiaba profundamente. Los llamaba “los salvajes” y se jactaba de que nunca un colorado había entrado a su casa. Lo irónico del asunto es que él, que había sido Ministro del Tribunal de Cuentas de uno de los pocos gobiernos del Partido Nacional, que era herrerista a muerte, tuvo que aceptar que su hijo se casara con una colorada. Y no sólo una colorada cualquiera, sino la sobrina de quien había sido presidente de la República cuando el golpe de Estado de Terra, en 1930 –Baltasar Brum-, e hija de quien fue vicepresidente de la República durante otro período. Nunca terminé de entender cómo conjugó esa dicotomía, y quizá la unión de dos familias enemigas a muerte, que debieron encontrar determinados puntos de contacto para desarrollar el mínimo de vida social imprescindible, es la antesala de lo que ocurre hoy con nosotros. Los colorados degollaban blancos; los blancos asesinaban colorados, Terra cometió atrocidades sin nombre; y Latorre, antes, hizo lo mismo. Pero en un país tan chico, concentrado en la capital, donde todos se conocen, es imposible mantener una suerte de vida social, si se persiste en el odio y el enfrentamiento.

El Coronel Vila dice que empezamos la clase, y cada uno entra al salón un poco serio. Después nos volvemos a sumergir en el proceso de inteligencia, y lo que sucedió queda flotando en alguna parte.

Y entonces, pienso en los desaparecidos.

Sí, pienso en los desaparecidos, porque cada vez que entrevisto a un militar, o ingreso a una institución del Ejército, veo las pancartas de la marcha, como si cada militar supiera y no quisiera decir. Sé que no es así, pero es la sensación que tengo, invariablemente. Y cuando el coronel Vila, de civil, pero con marcado paso militar, nos convoca a entrar, no lo veo a él, sino que veo esa mancha oscura, ese pasillo sin luz, que es como imagino, como me represento lo que es desaparecer. Entrar en otro lugar, en otro espacio. Ese instante entre ser un no desaparecido y convertirse en uno.

Diez

Marcha de los desaparecidos

A las siete, cuando Darío y yo llegamos, ya hay muchísima gente, y los carteles esperan en la “placita de los desaparecidos” (56) a que la gente los levante. Esos mismos

carteles forman parte del acervo del Museo de la Memoria y, cada 20 de mayo, salen del viejo edificio que antes fue una residencia presidencial, en las afueras de Montevideo, y se ponen aquí, contra las rejas que rodean el espacio. Después, los familiares van llegando y cada uno toma el que le corresponde. No debe de haber muchos casos como éste, en que lo se guarece en un museo, es decir, ha sido convertido en pasado, se reactualiza año a año y se mantiene vivo. Una señal clara de que el pasado no está clausurado es precisamente el ritual de recuperar para una marcha del tiempo presente lo que se resguarda en el museo, de insertarlo donde sigue existiendo. La presentización del pasado reciente es más poderosa, porque año a año se suman nuevas generaciones, jóvenes que rondan los veinte años, es decir, nacidos bastante después de 1985. La marcha, entonces, es el puente que une el pasado reciente con el presente.

Así, la Marcha del Silencio –este año, la número 21- hace que el pasado reciente forme parte del presente, al menos del de muchísimas personas. A veces, parece que la línea de continuidad es evidente; otras veces, se diluye en la nada.

Hay rostros que se repiten desde hace años, no sólo en esta marcha, sino en otras, en otras circunstancias, que en el fondo hacen a lo mismo: memoria, memoria,

(56) El nombre completo es Plaza de los Desaparecidos en América, pero creo que nadie lo usa, pero no sé

por qué. Es algo frecuente en Uruguay, que se le cambie los nombres a las plazas o a determinados edificios. Por ejemplo, la Plaza Libertad es la Plaza de Cagancha, y la plaza de los Bomberos es la Plaza de los 33 Orientales…

memoria, y luego: verdad y justicia; y tan luego: justicia. Pero lo que hay es memoria. De lo otro, tirios y troyanos se han encargado de que no prospere.

La gente se congrega, y el uruguayo, que en general es de hablar en voz alta y hacerse notar, se comporta distinto. Hace años que participo, y la de hoy me parece enorme, comparada con las anteriores. Sí, es enorme. Cuento diez, once cuadras, de gente apretada, silenciosa, sin tomar en cuenta las aceras, que también rebosan de gente, o la explanada de la Intendencia, o las calles laterales, ni la gente que se asoma a

balcones y ventanales que dan a 18 de Julio. La gente no olvida; la gente recuerda; la gente quiere saber.

El silencio.

El silencio asusta. Montevideo, una vez al año, se vuelve silenciosa, tan

silenciosa como la muerte, como desaparecer. Ese silencio recupera el grito de toda esta gente, de los familiares de los detenidos-desaparecidos, de quienes les fue arrebatada la voz, para preguntar, reclamar, exigir.

El silencio.

De pronto, el silencio que me rodea, las calles vueltas una cámara anecoica, es interrumpido por los golpes metálicos que hace una mujer mayor, de piernas dobladas, que camina, ayudándose de un andador, los más de tres kilómetros que suponen la marcha. Esta sola ¿De dónde sale? ¿Qué la mueve a estar aquí, visiblemente dolorida, inclinada hacia adelante, dueña de un cuerpo grande y ya un poco torpe? ¿Qué vivió o qué recuerda o qué sabe o qué no sabe, que la trae acá, como a tantos otros? Nadie se le acerca ni le ofrece ayuda ni le pregunta si necesita algo. Lo personal se diluye en lo colectivo, y de algún modo se respetan su tozudez, su fuerza. Pero quienes marchan junto a ella la ven, la perciben y la respetan. Respetan su dolor, de vaya a saber por qué

o por quién, y su decisión de estar aquí. ¿Es madre, es hermana, es tía, es sobrina, es abuela? Es una uruguaya más que reclama verdad. Avanza con lentitud, y los que marchamos a su alrededor nos acompasamos a su ritmo, mientras la enorme columna humana prosigue hacia la Plaza Cagancha.

El silencio se rearma y está en todas partes. Está en la escalinata de la Universidad, iluminada por focos que recuerdan a otros; está en los rostros, en los ocasionales saludos de gente que se reconoce, que se recuerda; pero apenas afloran una sonrisa o un gesto. ¿Cómo sonreír en esta circunstancia?

La noche está despejada, helada. En una esquina me cruzo con Omar, un ex preso de Guantánamo, uno de los seis que el país acogió (57). Pasada la euforia uruguaya

de sentirse un país solidario, se convirtieron en un dolor de cabeza, que dejó en

evidencia que Uruguay carece por completo de una política en relación con refugiados. De los seis que llegaron, esposados, barbudos, con los mamelucos anaranjados,

conozco a cinco, Omar entre ellos. Es muy joven, no llega a los 35 años, y cada vez que lo veo recuerdo la foto que salió en todos los periódicos, tal como lucen los terroristas en todas partes del mundo. Pero afeitado, alimentado y vestido informalmente, lo último a lo que se parece es a un terrorista.

Me reconoce y sonríe. Habla mucho mejor español y lo felicito; él se alegra de que me dé cuenta de su avance. Me dice que vino a la Marcha, lleno de orgullo, y me conmueve. ¿Cómo es posible? Dice que Belela Herrera –una mujer valiente y

asombrosa, que trabajó en gobiernos anteriores en Relaciones Exteriores, solidaria, firme, cercana al General Seregni y que hoy ronda los noventa años- lo trajo el año pasado y le contó la historia de la Marcha, y por lo tanto, del país, del pasado reciente. Es importante. Es comprensible. Sabe lo que es la tortura, el asesinato, la desaparición y por eso vino, por nosotros. Señala a la gente, mira a las personas como si se viera en ellas. Qué sé yo qué vivió, qué sintió, qué miedos y qué valentía tuvo; es sirio, viene de

(57) En 2014, bajo el gobierno de José Mujica, Uruguay acogió a seis presos liberados de la cárcel de

Guantánamo, después de firmar un acuerdo con los Estados Unidos. La llegada fue ampliamente publicitada, pero los entretelones no se dieron a conocer en profundidad, lo que llevó a que Mujica, un año después, y durante una protesta de los ex presos delante de la embajada de Estados Unidos, porque consideraban que no habían recibido lo prometido, dijera que los había cambiado por naranjas. “Los presos que arribaron son: Mohammed Tahamatan, palestino de 35 años; Abu Wael Dhiab, sirio de 43 años, Abd Hadi Faraj, sirio de 39 años; Ali al Shabaan, sirio de 32 años, Ahmed Adnan Ahjam, sirio de 36 años; y un tunecino cuya identidad se desconoce. Todos ellos estuvieron detenidos en Guantánamo desde 2002 sin juicio luego de que fueron hechos prisioneros en Pakistán. Y todos ellos fueron declarados como "liberables" por ser considerados de baja peligrosidad”, consigna El País, el 7 de diciembre de 2014.

una cárcel donde los prisioneros viven fuera del tiempo y del espacio; es un torturado bárbaramente durante trece años en Guantánamo, y aquí está rodeado de los rostros de los desaparecidos, de viejos, jóvenes, adolescentes, que acompañan la marcha. Lo abrazo con la discreción que el Islam permite, y le agradezco. Él sonríe, parece contento de estar aquí y de que nos hayamos encontrado. Supongo que asocia a toda esta gente que reclama por sus familiares desaparecidos con el gobierno que lo aceptó y lo recibió, quizá piensa que él podría ser uno de ellos y que tiene suerte de estar vivo, con un nombre y un documento que atestigua quién es, dónde nació, de dónde viene y dónde se encuentra. ¿Sabe que sabe sobre sí más que los familiares sobre los desaparecidos?

Su presencia, de algún modo, le da continuidad a la historia. No sé si alguien imagina que un ex prisionero de Guantánamo se encuentra aquí. Pero su presencia también interpela. Interpela la categoría de “terrorismo” y la fluctuación del término, su funcionalidad, su adaptabilidad. Interpela el concepto de humanidad, de sentirse parte de algo, de ver más allá de las cosas. Un sirio entre nosotros. Es conmovedor. Y él está feliz, como si su participación activa en un acto de solidaridad, de profundo reclamo por verdad, memoria y justicia, lo redimiera a él también, le devolviera la humanidad que injusta y salvajemente le arrebataron durante tantos, tantos años. Y ahora, con el pelo corto, vestido de “civil” y no con el mameluco anaranjado que estigmatiza y acusa, es uno más.

El silencio de la marcha trae fragmentos de memoria, a los que se les suman el presente, la historia personal, la relectura y la resignificación, la misma interrogante. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió?

Once

Una novelita policial

Soy novelista. Y, básicamente, la información que he ido reuniendo, las

entrevistas, los documentos, los archivos de prensa… son un buen material literario. De modo que si esta fuera la novela policial sobre el Coronel Tomassi, de oscuro pasado, que me prometí escribir no bien finalice este trabajo, bien puedo pensar con la lógica de una novela policial. Las preguntas que se plantea el detective/narrador son: ¿cuáles fueron los motivos del criminal?, ¿quién y qué ganó con el crimen? El criminal, figura abstracta de difícil demarcación, que siento en el banquillo de los acusados, es el

Ejército. Pero, ¿de qué crimen lo acuso? (58) No es el detective el que acusa, el detective

reúne pruebas que demuestran inocencia o culpabilidad. ¿Y en este caso, en esta investigación? Plantearlo así, con esa franqueza, me hace sentir incómoda. ¿Acaso no me di cuenta y todo esto es para acusarlo de uno o varios crímenes? Si es así, se trata, no sólo de que he “dormido con el enemigo” sino de aceptar que he cometido un error mayúsculo.

Una novela policial tiene sus peculiaridades, y pese a que se la considera un subgénero, la hacen más que interesante. Por ejemplo, el lector generalmente sabe menos que el protagonista, el detective, a menos que el autor haya querido que el lector sepa antes que el detective quién es el autor del crimen. Es la novela que empieza casi invariablemente por el final, por el crimen, cuya trama se desarrolla en hacer

inteligencia: conseguir datos y pistas que planteen una premisa y la construcción de escenarios posibles, y luego una solución. Es la novela en la que el detective y el lector avanzan juntos en la pesquisa, y, como en un análisis de inteligencia, las pistas están desordenadas, pueden ser contradictorias, confundir el escenario, llevar a premisas equivocadas.

Y, como en un problema de inteligencia, las preguntas son las mismas: ¿quién?, por qué, cómo, dónde, cuándo. A esas preguntas se le suman los indicadores. ¿Podré entonces no considerar un crimen las respuestas a las preguntas anteriores, en caso de que las haya? El acusado se revuelve en el banquillo, entre nervioso y más tranquilo. Le ha tocado un abogado defensor curioso. Lo que me interesa señalar con este

razonamiento, que me costó mucho poner en palabras, es que claramente el enfoque está

equivocado. No es una novela policial, ni hay un crimen, en esos términos, ni un criminal a quien juzgar, y mucho menos soy juez. Según el Manual de Inteligencia, “desarrollar indicadores es una de las técnicas más viejas de inteligencia” (Vila, 2016, pág. 140). Y lo que hacen es “generar una alerta temprana sobre determinados eventos objeto de estudio, para medir, detectar o evaluar los cambios. Generalmente, se trabajan en forma conjunta con escenarios para ver a cuál nos aproximamos” (op. cit.). Por ejemplo, si se sospecha que en determinado local hay un laboratorio de droga, los indicadores descriptivos son: “olores persistentes de productos químicos de uso industrial; ventiladores industriales funcionando permanentemente, aun en invierno; ventanas del inmueble cubiertas u oscurecidas o pintadas; uso anormal de agua y electricidad; facturas de agua y luz demasiado elevadas”, entre otros de una larga lista.

En la novela policial clásica (Sir Conan Doyle, por ejemplo), el detective hace gala de su recién adquirido razonamiento positivista, y arma las piezas según un constructo lógico impecable. La novela negra norteamericana, casi única en su género, discurre de otro modo. Para empezar profundiza –si es una buena novela- en el aspecto social, crítica de la realidad, y a la vez, comprensiva y aguda como un bisturí que vivisecciona las condiciones humanas de los personajes; y en definitiva, plantea un retrato del alma humana.

Mi error, o mi miopía, fue no darme cuenta antes de esta cuestión. Puedo encarar la investigación que llevo a cabo aplicando los métodos aprendidos en el curso del CALEN, Análisis de la información estratégica. Tomar la información dispersa que he reunido como si se tratara de distintas fuentes (que lo son), y hacer los cruces

correspondientes. Hay distintos motivos y hay responsables. Hay motivos políticos, ideológicos, personales, de poder, de celos y de revancha; hay motivos continentales, internacionales, supranacionales. Hay motivos que trascienden una narración histórica, o política o literaria. Visto así, el teatro de operaciones, el gran escenario, reunió a un conjunto dispar de actores, de víctimas y victimarios –según quién narre la historia-, y el guión, la dramaturgia, fue escrita por varios, sin que todos conocieran el conjunto de la obra: la compartimentación, practicada por policías, militares, tupamaros y

comunistas. Así, los errores, los desaciertos, los “excesos” y los “discursos armados en la obediencia debida” y “en la guerra” son parte de la trama. Y forman parte de la trama las delaciones, las traiciones, las mentiras, las leyendas, así como los mitos plantados por la contrainteligencia. Entonces, la pregunta sobre la construcción simbólica es la

pregunta acerca de su narración, de la búsqueda de una narración en paralelo que

justifique las tramas y las construya en una sola, que les dé a los diferentes personajes la sensación de formar parte de un mismo hilo conductor.

Planteo de nuevas preguntas. Construcción de escenarios posibles a partir de los escenarios que fueron construidos. Re-lectura de esos escenarios, puesta en escena, y los grandes apuntadores de aquel presente, de este presente. La mirada debe dirigirse a los apuntadores del guión y de los actores. He ahí la clave.

Y una tarde intuyo algo que casi no me animo a anotar aquí en relación con la condena, la repulsa a la dictadura, a los militares, sobre todo al Ejército, que se

relaciona con la violación a los derechos humanos. Pero esa violación no fue un fin en sí mismo, sino resultado, consecuencia, de otra cosa. Y mientras el debate esté únicamente instalado en la violación a los Derechos Humanos, no se avanzará en la comprensión del pasado reciente. Esa hipótesis responde, entonces, a que el silencio, incluido el de la izquierda, que tiene desde hace quince años el poder, y, por lo tanto, puede dar la orden que se dé la información requerida, pero no lo hace, instala, como en una novela policial

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