3. Incentive-Based Demand Response Contract Design for TCLs
3.3 A Case Study
Uno de los remedios que Unamuno propone para sobrellevar la angustia existencial consiste en dar mayor protagonismo a las emociones y a todo el plano afectivo. En su pensamiento se plantea la función del amor y la compasión como lenitivos que ayudan a sobrellevar el dolor que la perspectiva de la finitud nos produce. Cuando el ser humano se capta a sí mismo como ser finito y precario y asume plenamente todo lo que ello implica, «se compadece de sí mismo y de sus semejantes, llegando así al amor».136 La angustia ante la muerte, que
experimentamos como propia en un primer momento, nos abre a la posibilidad de comprender la angustia en su dimensión colectiva, compartida, ya que sabemos que esa misma angustia es experimentada por todos los demás seres humanos, y eso nos abre a la compasión y al amor.
El dolor es lo que sentimos más intensamente, proyectamos sobre el mundo «una entraña dolorida»137 que nos hace saber que estamos vivos, y precisamente
es en esa vivencia de ser sufriente donde aflora con más fuerza nuestra propia realidad: «El alma es un manantial que solo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma».138 La verdad más radical del ser
humano se manifiesta, por tanto, en la emotividad, en forma de angustia y de dolor que padece nuestra alma y que nos hace conectarnos con las almas de todos los demás hombres «de carne y hueso» e inaugura toda posibilidad de amor. 134 Ferrater, 1985: 69.
135 Unamuno, 2005: 256. 136 Lafuente, 1983: 60. 137 París, 1989: 178.
138 Unamuno, 2001: 89. Esta cita nos recuerda a un poema que Miguel Hernández escribió en 1938-1941, y que se recoge en su Cancionero y romancero de ausencias: «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida». En estos versos se plasma, también, de un modo poético, esa misma concepción antropológica que desarrolla Unamuno.
El amor se aleja de la razón y se acerca a la vida en toda su coloratura y dramatismo, pues «lo que perpetúan los amantes sobre la tierra es la carne del dolor, es el dolor, es la muerte».139 El amor más intenso es el que surge de
compartir el dolor, se llega a amar verdaderamente a otra persona cuando se pone en juego esa empatía que permite ver al otro como alguien que es semejante a mí, que sufre igual que yo. El enfoque de Unamuno se abre así a un pensamiento de la alteridad que anticipa algunas de las tesis que desarrollará Levinas.140 El dolor es el punto del que surge toda posibilidad de amor, ya que «cuando oigo el grito de las entrañas del prójimo, este se hace real comunicando con mi íntimo dolor».141 Esa ligazón entre almas se produce a un nivel tan profundo que «el que
de verdad ama se siente unido a la persona amada por un vínculo necesario, independiente de la voluntad y de los sentimientos».142 En definitiva, el amor se
identifica con la compasión, hasta el extremo de que «quien más compadece más ama»143 y lo que en definitiva nos define como humanos es la puesta en práctica
de esa capacidad de amar: «amo, ergo sum».144
Este concepto de amor entronca con la noción griega de ágape, amor como caridad, «un amor liberado del ego: un amor sin egoísmo, sin posesión, sin pertenencia, sin orilla […]. Es por esta vía donde la caridad tiende a lo universal».145 El amor es un bálsamo para el alma, pues cuando captamos la futilidad de la vida y tomamos plena conciencia de su carácter precario y transitorio nos abrimos a lo afectivo. El amor es, para Unamuno, lo «único que rellena y eterniza la vida».146 Se contrapone a la racionalidad y nos inicia a la
compasión y a lo incondicionado, y por ello le atribuye un papel redentor. Pero además, y esto es de gran relevancia, el amor abre el camino hacia un modo de conocimiento del mundo que es muy novedoso porque se basa en los afectos, e inaugura a partir de ahí otras formas de conexión con los demás hombres y mujeres y con todas las cosas, puesto que «para amarlo todo, para compadecerlo todo, humano y extrahumano, viviente y no viviente, es menester que sientas todo 139 Unamuno, 2005: 275.
140 Recuérdese que Lèvinas plantea una formulación de la alteridad como un encuentro con lo radicalmente Otro, lo inasequible a todas las categorías de unidad e identidad que intentan neutralizarlo. Para explicar esta noción de alteridad recurre a la idea de infinito, que, en cierto modo, conecta con la idea unamuniana del ansia de eternidad. Sobre estas cuestiones, cf. Fernández, 2012: 293-317. 141 París, 1989: 179. 142 Marías, 1968: 50. 143 Unamuno, 2005: 278. 144 Uamuno, 2001: 55. 145 Comte-Sponville, 2012: 94. 146 Unamuno, 2005: 146.
dentro de ti mismo, que lo personalices todo».147 Se establece así un nuevo vínculo gnoseológico-afectivo con el mundo que nos rodea y que ya no arraiga en la razón, a la que Unamuno achaca que enrigidece y disecciona todo lo viviente, sino que emerge al captar la integración afectiva de cada individuo en su entorno. Aquí es interesante señalar la cercanía con el pensamiento ecológico, que insiste en esa conexión del ser humano con su entorno natural y en la ampliación de la esfera ética para dar cabida en ella a todas las especies y ecosistemas y, en definitiva, a todos los elementos que conforman el medio ambiente y que son necesarios para sostener la vida en toda su complejidad y dinamismo.
Volviendo sobre la concepción antropológica del amor desarrollada por Unamuno, puede decirse también que para este autor el ámbito privilegiado donde se despliega esa forma de amor entendido como caridad y compasión es la pareja, puesto que «el amor sexual es el tipo generador de todo otro amor».148 Además, plantea que las mujeres tienen mayor capacidad de prodigar ese tipo de afecto: «el amor de la mujer es, según Unamuno, esencialmente compasivo»149 y las mujeres
tienen la capacidad de redimir a los hombres mediante él.
El amor femenino se identifica con el amor maternal, un amor protector y generoso que calma la angustia que cada hombre experimenta en lo más hondo de su alma. Esta identificación de lo femenino con el amor materno y abnegado se capta en varios personajes nacidos de la pluma de Unamuno, como la tía Tula ‒protagonista de la novela homónima‒, Marina ‒en Amor y pedagogía‒, o Angelita ‒la narradora de San Manuel Bueno, mártir‒. En todas esas figuras femeninas se trasluce ese afecto maternal que experimentan hacia los demás, no únicamente hacia sus propios hijos sino hacia todos los hombres y mujeres con los que tienen trato. Es un amor desinteresado que busca aliviar a la humanidad «del peso de su cruz de nacimiento».150 En último término, si la filosofía más
elevada es aquella que nos enseña a amar y a ser amados, Unamuno llega a preguntarse: «¿No es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de filosofía?»,151 poniendo así de manifiesto que, a su entender, el amor de pareja es la forma más elevada y perfecta de amor.
147 Ibíd., p. 281. Hay en estas afirmaciones una cierta dosis de amor fati, ese amor al destino que nos hace querer todo lo que hemos sido, todo lo que nos ha traído hasta el momento actual. En toda la obra de Unamuno es omnipresente esa dimensión de amor a uno mismo y a todo lo que uno ha hecho, a todo lo que uno es. De hecho, el prólogo a la segunda edición de Amor y pedagogía lo inicia Unamuno con una cita de Píndaro, el poeta griego: «¡Hazte el que eres!».
148 Unamuno, 2005: 273. 149 París, 1989: 182. 150 Unamuno, 1987: 76. 151 Unamuno, 2001: 130.