Nada más comenzar el siglo, sólo había dos cuerpos que pudieran canalizar la nueva ciencia: el ejército y la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo está surgiendo un nuevo grupo social que, proveniente de la pequeña nobleza, principalmente letrados y juristas, ve la ur- gente necesidad de promover actividades menos aris- tocráticas en ciudades como Sevilla, Valencia, Madrid y Barcelona, planteándose problemas que la cultura del Barroco heredada no supo abordar adecuada- mente. Eran retos relacionados con la gestión de las grandes urbes, con la prevención de enfermedades y A finales del XVIII sobrevivía la idea, de tono heroi-
co, de que el ilustrado tras retirarse a la campiña, sin ambición ni deseos, sin envidias ni envidioso, podía complacerse mientras aquilataba conocimientos forá- neos en beneficio propio, de toda su posteridad y de la comarca afortunada a quien tocó la suerte de adop- tarlo. Con ánimo resignado y apocalíptico, se admitía que los conocimientos venían de Europa, siguiendo la misma ruta que las máquinas, ya fuesen curiosas ya fuesen útiles. Pero la visión es parcial. Evidentemente, España se nutría de las aportaciones extranjeras, pero la adaptación de las técnicas a un nuevo medio exi- gía una labor adicional, pues ningún conocimiento se traslada de ubicación sin alterarse o tener alguna re- percusión social.
Al iniciarse el setecientos España no cuenta con una clase comerciante dispuesta a financiar y estimular la ciencia como, por ejemplo, sucedía en Inglaterra o Francia. Para emularlas, como era el sueño que ali- mentaron algunos de nuestros novatores, se requería un esfuerzo gigantesco. Ponerse al día, significaba crear un cuerpo más o menos estable para la recep- ción de los saberes modernos, capaz de transmitirlos entre las instituciones docentes e integrarlos a la pro- ducción fabril, tanto en la práctica institucional (hos- pitalaria, universitaria, municipal o náutica) como en la industrial (manufacturas y oficios). Y quedaba por último el punto más relevante: los ilustrados es- pañoles tenían que ganar crédito y aparecer como un instrumento insustituible si el objetivo era la felicidad pública y el progreso de la Monarquía. Porque, a fin de cuentas, ¿qué esperanza había para una fábrica de relojes si la población pensaba que un reloj era la cosa más supérflua del mundo, o cómo podría un científi- co ser considerado útil sin el necesario respaldo social?
Serán los militares y marinos los que, durante la mayor parte del dieciocho español, se hagan cargo de este proyecto. Ingenieros, médicos, cartógrafos, cosmógrafos, conseguirán que las grandes ciudades españolas del dieciocho conozcan una efervescencia directamente relacionada con el desarrollo de dichas actividades profesionales, así como con la práctica de tareas más propagandísticas o divulgadoras. De este proceso resultaría no sólo la transformación de esas mismas ciudades —Madrid, Barcelona, Cádiz, Sevilla, San Sebastián, Málaga —, sino la preparación de sus habitantes para asimilar un torbellino de conocimien- tos y de actitudes favorables al desarrollo de cualquier empresa científico-técnica.
Fue una etapa de la historia científica española llena de contradicciones, de disputas y desacuerdos, pero apasionante. El tránsito se caracterizó por la aparición
tió en aportar nuevos saberes mientras sostenían un sinfín de polémicas que contribuyeron a introducir el lenguaje moderno, forzando la cohesión del grupo proclive a las reformas y un ambiente de expectación respecto a la ciencia moderna. Se inicia así la senda de la asimilación y desarrollo de distintos saberes a par- tir de un doble modelo: instituciones pequeñas, com- puestas por esta incipiente elite letrada, pero también por militares y nobles, agrupados en centros acadé- micos al servicio de la Corona, —como, por ejemplo, la Academia Médico Matritense y la Real Academia de la Historia — y, alternativamente, instituciones docentes de carácter militar en donde se cultivan ma- terias eminentemente prácticas (fortificación, dibujo, matemáticas, artillería, náutica, cosmografía, uso de instrumentos y construcción naval). Durante esta pri- mera etapa de tanteo el principal logro no traspasó la frontera del aggiornamento de nuestra cultura cientí- fica, si bien los problemas crecían conforme aumenta- ba la conciencia del empobrecimiento generalizado de la población y del descrédito militar de España como potencia imperial.
Durante las dos décadas siguientes y hasta finales de los cuarenta no sólo surgen algunos centros que ase- guran una difusión más estable para las nuevas ideas, sino que algunas personas (José Cerví y Benito Feijoo, por ejemplo) logran tanta influencia y eficacia para sus propuestas, que cabría considerarlas como institucio- nes de la vida cultural y científica española. Comienza a manifestarse la doble urgencia de, por un lado, pro- mover una divulgación que intente captar lealtades ha- cia la nueva monarquía y, de otro, imponer políticas de centralización de las instituciones que ayuden a com- batir la tradicional transmisión gremial de prácticas profesionales. La principal demanda de técnicos cua- lificados procede de la Armada, que, en consonancia con los planes reformistas, reorganiza o crea los arse- nales, los hospitales departamen tales o de campaña y promueve la formación de oficiales, cirujanos y pilotos. Pero será entre 1748 y 1767 cuando, gracias al impulso inicial de Ensenada y a la gran diversidad de funciones asignadas al Ejército y la Armada, se consolide el pro- ceso de militarización de la ciencia española. Desde el punto de vista institucional, las novedades más impor- tantes serán los Colegios de Cirugía de Cádiz (1748) y Barcelona (1760), el Observatorio de Marina de Cádiz (1753), la Asamblea Amistoso —Literaria de Cádiz (1755), la Real Sociedad Militar de Madrid (1757), el Colegio de Artillería de Segovia (1762) y las Academias de Guardias de Corps de Madrid (1750), Artillería de Barcelona (1750) y de Ingenieros de Cádiz (1750). Y no sólo los militares se interesan por la ciencia, como lo su curación, con la educación popular, la apertura de
comunicaciones o la dinamización de la economía, y, desde luego, con la búsqueda de nuevas fuentes de ri- queza, incluyendo el aprovechamiento de los recursos energéticos o la utilización de fuerzas como el vapor y la electricidad.
La simbiosis entre los intereses de esta clase emer- gente y la nueva dinastía se pone de manifiesto cuan- do Felipe V, apenas llegado al reino, decide convertir una tertulia erudita de provincias en Real Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla (1700). Este gesto, seguido de la fundación de las Academias de Ingenieros Militares de Barcelona (c. 1715), de Guardiamarinas de Cádiz (1717) y el Real Seminario de Nobles de Madrid (1726), compendia el impulso que la corona quiere dar a la educación de sus súbditos, iniciando la sustitución de la alcurnia por el talento como vía de ascenso social.
El proceso se vio muy influido por el hecho de que el nuevo monarca vino acompañado por una cohor- te de científicos y técnicos (médicos y cirujanos, pero también relojeros o arquitectos) cuya función consis- Uniforme reglamentario del cuerpo de ingenieros militares (1751)
empeñan en una información actualizada, como en el caso de los Discursos mercuriales político —econó-
micos (1752 —56) de Graef, el Diario phísico —médi- co —chirúrgico (1757) de Juan Galisteo y Xiorro, o el Diario noticioso, curioso —erudito y comercial, público y económico (1758) de Francisco Mariano Nipho. Y lo
cierto es que su audiencia crece, aún cuando hable- mos de empresas de poca estabilidad.
Hacia el último tercio del siglo nos encontramos con que, además del tremendo esfuerzo realizado en el sector educativo (y no sólo universitario), se dan las condiciones para la puesta en marcha de múltiples proyectos que logran trabar con eficacia las iniciativas civiles y militares, creándose una esperanzadora red de conexiones. Ningún ejemplo es más evidente que el ambicioso programa de expediciones científicas que, además de responder al interés de los botánicos demuestra la aparición en 1752 de la Real Academia de
Bellas Artes de San Fernando, una iniciativa que, jun- to al Real Jardín Botánico (1765), compendiará todo el discurso ilustrado sobre los vínculos entre sabiduría, buen gusto, naturaleza y utilidad.
Paralelamente, da comienzo un proceso de popu- larización de una cultura trufada de términos cientí- ficos que se transmite a través de noticias de prensa o libros divulgativos y en las tertulias de salón o reboti- ca. El periodismo científico daba sus primeros pasos en 1736, con las Memorias eruditas para la crítica de
Artes y Ciencias, de Juan Martínez Salafranca, de la
Real Capilla de San Isidro de Madrid, o la traducción de Mañer del Diario de la Haya, la de José de la Torre de las Mémoires de Trevoux. Hacia el ecuador del siglo, el papel periódico ya cobra importancia como instru- mento de difusión y son varios los periódicos que se
Alzado del Observatorio por el marqués de Ureña (1794). Observatorio de San Fernando. En 1753 la Marina, siguiendo las recomendaciones de Jorge Juan dotó la Academia de Guardiamarinas de Cádiz con un Observatorio cuyo primer director fue Louis Godin, académico francés que fue miembro de la expedición geodésica al virreinato del Perú. Conoció momentos de crisis, debido a su doble naturaleza de ser simultánea- mente un taller de prácticas para cadetes y un centro de investigación astronómica y de gestión de expediciones hidrográficas. Desde Cádiz, Vicente Tofiño dirigió ell Atlas Marítimo Español (1789), empresa que fue el semillero de donde saldrían figuras tan relevantes como Espinosa Tello, Malaspina, Alcalá Galiano, Vargas Ponce, Lanz y Belmonte. Pero sus instalaciones se quedaron obsoletas, motivo por el que fue trasladado a la Isla de San Fernando en 1793.
desarrollo empresarial, cuya más cumplida expresión fue un nuevo vehículo de experimentación e investi- gación: la expedición”. Esto es, un instrumento muy empleado por los militares desde tiempo atrás. Pero hay otros casos muy notables de interconexión como, por ejemplo, el que se establece entre las Sociedades Patrióticas, destinadas a identificar los problemas es- pecíficos de cada provincia y comprometer a la noble- za provinciana y al clero rural en un triple programa de reforma educativa, agraria y técnica –en el mejor espíritu del Ensayo sobre la educación popular (17??) de Campomanes —, y los intereses de la Corona y la Milicia en la activación de los cultivos industriales y el desarrollo de las manufacturas.
Buena muestra de esta interdependencia es el apoyo que, desde distintas instituciones, se presta a la química, mineralogía y metalurgia. Todos los mi- nisterios financiarían la creación de cátedras y labo- ratorios de química, comenzando por la Secretaría de Marina, que auspiciaría las cátedras fundadas en el Seminario Patriótico de Vergara a partir de 1776, y continuando por la de Guerra al promotora en 1784 en la Academia de Artillería de Segovia de un espléndido laboratorio que no iniciaría sus activi- dades hasta 1792. La Real Escuela de Mineralogía de Indias (1789) fun dada por la Secretaría de Indias, la Cátedra de Química Aplicada a las Artes (1787), dependiente de Hacienda, y el Laboratorio de Quí- mica del Jardín Botánico (1788), financiado por la Secretaría de Estado, completan, junto a las cátedras establecidas en la Universidad de Valencia (1786) y en el Colegio de Cirugía de Cádiz (1789), el primer plan- tel de instituciones que atenderán las urgencias tanto de formación de técnicos como de reforma o control de calidad de las manufacturas. Por ellas pasaron al- gunas de las más destacadas personalidades científi- cas de nuestro setecientos, como lo fueron L. Proust, D. García Fernández, F. Chavaneau, M. de Aréjula, A. Thunborg o los hermanos Elhuyar.