1 INTRODUCTION AND RESEARCH QUESTIONS
2.2 Research Design
2.2.4 Case Study Methodology
«Yo no conocí ni vi a la Madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas agora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros, que, a mi juicio, son también testigos fieles, y mayores de toda recepción, de su grande virtud (...). Porque los frutos que cada uno deja de sí cuando falta, esos son el verdadero testigo de su vida, y por tal le tiene Cristo cuando en el Evangelio, para diferenciar al malo del bueno, nos remite solamente a sus frutos: de sus frutos, dice, los conoceréis».
Estas palabras las escribió Fr. Luis de León encabezando la edición de las obras de Santa Teresa, apenas cuatro años después de su muerte. Son oportunas aquí porque todo el que no haya conocido ni visto a Mons. Escrivá de Balaguer, pero que quiera, sin embargo, formarse una opinión de él, hacerse una idea de su personalidad sobrenatural y humana, tendrá que recurrir a los frutos visibles que ha dejado tras de sí en la tierra al fin de su vida mortal. Porque son estos frutos los que dan testimonio de la calidad del árbol, y son frutos que no necesitan ser interpretados porque por sí mismos hablan —igual que hablaba siempre Mons. Escrivá, como buen aragonés— alto y claro.
Quienquiera que con buena voluntad examine la huella que ha dejado Mons. Escrivá de Balaguer de su paso por el mundo hallará, sin gran esfuerzo, la virtud y la santidad de un sacerdote que vivió sin otra meta ni otra ambición que amar a Dios con obras y de verdad, y esto hasta extremos asombrosos. Un primer testimonio de este amor son los miles de hijos e hijas de todo oficio y condición, de todas las razas, naciones y lenguas, de todas las edades y temperamentos, a quienes contagió su pasión por la gloria de Dios y la salvación de las almas, además de un desbordante amor a Jesucristo y a la Virgen María, a la Iglesia y al Papa, y que siguen humilde y alegremente sus pasos luchando día a día por servir un poco mejor a Dios y a los demás. Y este es un testimonio por el que se conoce sin engaño la mucha gracia que
Rosario, y matiza la sencilla, y a la vez profunda, contemplación de los misterios de
gozo, de dolor y de gloria; la doctrina tersa, asequible —y también igualmente provechosa— a todos, lo mismo al teólogo que a la atareada madre de familia, que se derrama en Es Cristo que pasa como una fuente de agua limpia que nunca se agota. Y el caudal inmenso de amor —doctrina y vida— que ha dejado en tantos otros escritos, testimonio perdurable de su solicitud por la formación de sus hijos y por asegurar la fidelidad al espíritu de la Obra.
Esos frutos, sin embargo, que dan a conocer la calidad del árbol, no bastan para dar una idea del mismo árbol, que es más que el fruto. Él era más, mucho más, que sus libros. Ningún libro podía contener toda la riqueza de una inteligencia y un corazón como los suyos, ni dar idea cabal de su calidad o de su santidad. Aquel de sus hijos que con mayor intensidad ha poseído su espíritu, el que mejor le conoció y más compenetrado estuvo con él, el que le ha sucedido al frente del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, ya lo observó en 1973 en las palabras de presentación a Es
Cristo que pasa; el calor humano, la sinceridad inmediata que cautiva, su entrega
total a los que le escuchaban, su empeño en que cada uno convirtiera lo que oía en oración personal con Dios. Y su «realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios».
No. Ni sus libros ni sus hijos, aun cuando den testimonio de su gran virtud y de su entrega a Dios, pueden suplir, sin embargo, el conocimiento personal. Los que le vieron y oyeron, y sobre todo los que le trataron, pudieron percibir un algo que no se puede suplir ni siquiera con la imaginación: el bonus odor Christi, que obraba en cuantos le trataban como una influencia bienhechora que sosegaba el alma y la hacía entrar en deseos de purificación y de amor de Dios.
Si la santidad de un hombre radica en su voluntad, Mons. Escrivá de Balaguer fue un santo: durante toda su vida no tuvo otra voluntad que hacer la de Dios, y la tuvo muy fuerte; nada ni nadie, ningún obstáculo, ninguna incomprensión, ni desengaño, ni calumnia, ni sufrimiento, ni enfermedad, pudo desviarle de lo que vio ser el querer de Dios. Durante once años estuvo esperando ver lo que Dios quería que hiciese de su vida, buscando con la oración y la penitencia la manifestación del designio de Dios sobre él. Sabiamente conducido por la gracia, dócil a la acción del Espíritu Santo, se encaminó al sacerdocio por creer que de esta manera aseguraba mejor el servicio que Dios esperaba de él, aunque seguía sin saber. Con el sufrimiento del que quiere y no sabe todavía, con humildad, oración y penitencia, once largos años, hasta que llegó la hora de Dios. Y el 2 de octubre de 1928 Dios le dio a conocer su voluntad.
abrumadora, podía convertirse en una fuente de incomprensiones, obstáculos y sufrimientos como para desanimar al más valiente. Y si, por último, se piensa que tamaña empresa se le pidió a un joven sacerdote de 26 años, sin medios, ni dinero, ni influencias, entonces quizá se pueda vislumbrar la cantidad de gracia de Dios, de fe en la omnipotencia divina, de esperanza en las promesas de Dios y de amor a las almas que había en su joven corazón.
Todos los que tuvieron la gracia de conocerlo un poco de cerca saben hasta qué punto tuvo clara conciencia de su propia vocación. El contraste, casi violento, entre la impresionante magnitud de la empresa y la no menos impresionante ausencia de medios humanos, la desproporción entre lo que se le pedía y lo que él por sí podía, es lo que desde el principio, y hasta el último minuto de su vida, le hizo ver que la Obra era, efectivamente y sin el más leve resquicio de duda, Opus Dei, Obra de Dios, no obra suya. Ni por un solo momento permitió que se oscureciera la conciencia de que él sólo era un instrumento del que Dios había querido servirse, «quizá —solía decir— porque no había encontrado otro más inútil». Jamás su humildad dejaba pasar la ocasión de sentar bien claro que él había sido más estorbo que otra cosa, un instrumento «inepto y sordo» —así se calificaba— con el que Dios había tenido tantas delicadezas, tanta paciencia, tanta solicitud, que cuantas veces lo consideraba (y era tan a menudo que son muchos los que pueden atestiguarlo) se sentía, a un tiempo, abrumado por el peso del amor de Dios y desbordante de agradecimiento, de amor y de júbilo por la inmensidad de la misericordia divina con los hombres.
Sufrió mucho, pero siempre supo llevar el sufrimiento con alegría. In laetitia,
nulla dies sine cruce, solía escribir al comenzar el año en la primera página de la
epacta. Aceptó con gozo la carga que el Señor depositó sobre sus jóvenes hombros (¡y con qué humildad, con qué ternura, con qué orgullo de padre agradecía a sus hijos cualquier pequeñez —que él calificaba de servicio—, y la fe que habían tenido en él!), dedicó toda su vida al cumplimiento de la voluntad explícita de Dios: hacer el Opus Dei, y ello hasta el extremo de que, sin exageración de ninguna especie, se puede afirmar que su vida era la Obra, y en verdad que de tal modo lo fue que gastó en ella todos y cada uno de los días de su existencia. Todo su esfuerzo, todo su talento, todo su tiempo («sólo tiene valor el tiempo que gastamos en el servicio de Dios», decía) estuvo dedicado a mostrar su amor a Dios cumpliendo la tarea que le había sido encomendada por Él, sin ahorrarse fatiga alguna («si mi viaje sirve para
obispo de Aquisgrán —que le conoció— llamó latitudo cordis es, quizá, lo que mejor caracteriza sus últimos años: un ensanchamiento del corazón, como si se agrandara día a día, con una capacidad de amor cada vez más grande, cada vez más aquilatada, cada vez más evidente. Aquellos a quienes Dios concedió la gracia de verle y escucharle en las agotadoras jornadas de lo que muy bien puede denominarse su «catequesis universal», pudieron comprobar hasta qué punto empleó hasta el fin sus fuerzas en enseñar a todos los tesoros del corazón de Dios; cómo sabía llegar, con su voz fuerte y cálida, cordial y llena de matices, al corazón y a la cabeza de los que le escuchaban; cómo se notaba su amor inmenso, incontenible, a Dios cuando hablaba de su misericordia y de su amor por los hombres, cuando mostraba la riqueza de los sacramentos, cuando se pasmaba ante la grandeza de Dios creador y de Dios redentor, pero sobre todo, de «un Dios que perdona continuamente, un Dios con corazón de padre y de madre, que no nos guarda rencor por haberle ofrendido...»
«¡Es una maravilla!», exclamaba. Y cuando mostraba los tesoros del sacramento de la confesión, y del amor humano, limpio y noble que es santificado por el sacramento del matrimonio, y de cómo debíamos de ser sinceros, y comenzar y recomenzar nuestra lucha todos los días, y aplicarnos a hacer bien las cosas pequeñas, ordinarias, y a ser niños delante de Dios, y a tener un amor entrañable a la Virgen (¡qué maravillosamente sabía hablar de Ella!), y a pedir por los sacerdotes y no dejarlos solos (¡y cómo se le escapaba el corazón cuando hablaba del sacerdocio!). Era como una fuente inagotable, y en verdad que, si de la abundancia del corazón habla la boca, la riqueza de su conocimiento de Dios, y de las cosas de Dios, o que miran a Dios, fue grande y no, ciertamente, producto de los libros. Era vida vivida, resultado de gracias correspondidas; solía decir que no era «más que un sacerdote que sólo hablaba de Dios». Y se veía que le conocía y le amaba, y era un conocimiento y un amor que se desbordaban con espontaneidad, con ternura, con fuerza, con humor, siempre a propósito, sin cansar jamás, y siempre con el mismo resultado, el que experimentaron los discípulos de Emaús: «¿Acaso no nos ardía el corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc. 24, 32). Pues este era, precisamente, el efecto: unos deseos inmensos de ser mejores, de acercarse a Dios, de limpiar el corazón; deseos de hacer algo por los demás, de ayudarles a encontrar la paz y el sosiego del alma; deseos de trabajar por la Iglesia, de ayudar al Papa —rezando por él— a llevar el peso de las almas; de querer a la Virgen, de lealtad, de fidelidad, de fortaleza, de salvar a todos.
Nos pedía con frecuencia la limosna de nuestra oración «para ser bueno y fiel», y esto nos conmovía: verle a él, que nos lo había enseñado todo, que nos lo había
amor con amor se paga. Él se definía a sí mismo como «un pecador que ama a Jesucristo con locura»; pienso que le podemos aplicar las palabras que Dios dijo en I Sam. 2, 35: «Yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obrará según mi corazón y según mi alma». Así fue: un sacerdote fiel, que obró siempre según el corazón de Dios, y cuya vida no fue otra cosa que el cumplimien-to de la obra que Él le había encomendado.
6. Fe y saber
En una de sus charlas a los universitarios católicos de Oxford, decía R. Knox que las definiciones dogmáticas, con la precisión y cuidado con que estaban formuladas por la Iglesia, venían a ser para nosotros en el camino de la vida lo que a los navegantes las boyas puestas en la desembocadura de un río. Señalan los límites entre los cuales se puede navegar con seguridad y sin miedo; fuera de ellos, siempre existe el peligro de tropezar con algún banco de arena y encallar. Mientras el pensamiento discurre dentro del camino señalado tan cuidadosamente por la Iglesia, se puede avanzar tranquilo y a buena marcha; salirse puede ser (y en ocasiones, según muestra la experiencia, lo es) peligroso y, de hecho y para más de uno, mortal.