3. RESEARCH APPROACH AND PROCESS
3.3 Case study research
Concepciones del mundo y religión
A medida que los seres humanos maduran en disciplina, amor y experiencia de la vida, aumentan también su comprensión del mundo y del lugar que ocupan en él. Si no se alcanza esta madurez, tampoco se desarrolla la capacidad de comprensión. Como consecuencia de ello, hay una gran variedad de matices en cuanto a la amplitud y la complejidad que de la concepción de la vida tienen las personas.
El elemento que nos proporciona esta comprensión es nuestra religión. Dado que todo el mundo tiene algún atisbo de comprensión —una concepción del mundo, por limitada, primitiva o inexacta que sea—, todo el mundo tiene una reli- gión. Pese a que no se trata de un hecho reconocido, tiene, sin embargo, la máxima importancia: todos tenemos una religión. Creo que tendemos a definir la religión en un sentido de- masiado estricto, a pensar que la esencia de una religión es la creencia en un Dios, la práctica de algún ritual o la pertenencia a una comunidad de fieles. De quien no va a la iglesia ni cree en un ser superior solemos decir: «Esta persona no es religio- sa». Incluso he oído decir a hombres cultos cosas como «El budismo no es realmente una religión» o «La mística es más una filosofía que una religión». Tendemos a concebir la reli- gión como algo monolítico y, con este concepto simplista, nos desconcierta ver que dos personas muy diferentes puedan au- todenominarse cristianas, o judías; o que un ateo pueda tener un sentido de la moral cristiana más elevado que el de un cató- lico que va todos los domingos a misa.
Al observar a otros psicoterapeutas, compruebo que gene- ralmente prestan muy poca atención a la manera en que sus pacientes ven el mundo. Hay varias razones que explican este hecho. Una de ellas es la idea de que si los pacientes no se con- sideran religiosos por no creer en Dios o por no ser miembros de alguna Iglesia, carecen de religión, por lo que la cuestión no re- quiere más análisis. Pero lo cierto es que todos tenemos una serie de ideas y creencias, explícitas o implícitas, sobre la natu- raleza del mundo. ¿Consideran los pacientes que el universo es caótico y que lo único sensato es obtener de él cualquier placer que pueda ofrecernos?, ¿ven el mundo como un lugar de lucha a muerte en el que la crueldad es esencial para sobrevivir?, ¿lo ven como un lugar placentero en el que no hay necesidad de preocuparse demasiado por el futuro?, ¿tal vez como un lugar que debe darles sustento, sea cual sea la conducta que tengan? ¿O perciben un universo de rígidas leyes en el que serán casti- gados y del que serán expulsados si se apartan de la norma es- tablecida? La gente tiene toda clase de concepciones diferentes del mundo. Tarde o temprano, durante el proceso de la psico- terapia, la mayoría de los terapeutas llegan a conocer cuál es la visión del mundo que tienen sus pacientes, pero si el terapeuta presta la suficiente atención, la reconocerá antes, y es esencial que el terapeuta llegue a este conocimiento, pues la concep- ción que tienen del mundo los pacientes es siempre una parte primordial de sus problemas y, para curarlos, a veces hay que modificar esta concepción. Ésta es la razón por la que siempre digo a los terapeutas: «Comprobad cuál es la religión de vues- tros pacientes, aunque ellos afirmen no tener ninguna».
Generalmente, las personas suelen ser conscientes a me- dias (en el mejor de los casos) de su religión o de su visión del mundo, pues con frecuencia no saben cómo conciben el mun- do y se equivocan con respecto a la religión a la que creen estar adscritos. Stewart, un ingeniero industrial de éxito, acu- dió a verme con una grave depresión a los cincuenta y cinco años. A pesar de sus éxitos en el trabajo y de haber sido un marido ejemplar y un buen padre, se sentía malvado y des- preciable.
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—El mundo sería un lugar mejor si yo me muriera —me declaró. Y así lo creía.
Stewart había intentado suicidarse dos veces. Ninguna consideración realista podía borrar la irrealidad de la imagen despreciable de sí mismo que se había forjado. Además de los habituales síntomas de una depresión grave, como insomnio y agitación, Stewart también tenía gran dificultad para tragar alimentos.
—No se trata sólo de que los alimentos tienen mal gusto —dijo—. Es como si tuviera una hoja de acero metida en la garganta, de modo que sólo los líquidos pueden pasar por ella. Ni las radiografías ni otras pruebas descubrieron una causa física que explicara esa dificultad. Stewart no se andaba con rodeos en cuanto a la religión.
—Lisa y llanamente soy un ateo —declaró—. Soy un cien- tífico. Las únicas cosas en las que creo son aquellas que se pue- den ver y tocar. Tal vez sería mejor que tuviera un poco de fe en un Dios dulce y amoroso, pero francamente no me puedo tragar semejante creencia. Cuando era niño tenía la cabeza ati- borrada de este tipo de cosas de las que, afortunadamente, me he librado.
Stewart se había criado en una pequeña comunidad del medio oeste; era hijo de un rígido predicador íundamentalista y de una mujer de las mismas características, y había abando- nado el hogar y la iglesia a la primera oportunidad.
Varios meses después de haber iniciado el tratamiento, Stewart me contó el breve sueño siguiente:
—Me encontraba de nuevo en la casa de mi niñez, en Minnesota. Era como si todavía estuviera viviendo allí, como cuando era niño; sin embargo, también sabía que tenía la edad que ahora tengo. Era por la noche. Un hombre había entrado en la casa. Iba a degollamos. Nunca había visto antes a ese hombre pero, por extraño que parezca, sabía quién era: el pa- dre de una chica con la que había tenido un par de citas en el colegio. Eso fue todo. No hubo una conclusión de la escena. Me desperté asustado y sabiendo que aquel hombre quería de- gollarnos.
Le pedí a Stewart que me dijera todo lo que supiera sobre aquel hombre de su sueño.
—En realidad no puedo decirle nada —manifestó—. Nun- ca lo conocí, sólo me cité con su hija un par de veces y, en reali- dad, no se trataba de citas propiamente dichas, sólo la acom- pañé hasta la puerta de su casa después de una reunión del grupo de jóvenes de la iglesia. Una vez logré besarla en la os- curidad, detrás de unos arbustos, durante uno de esos paseos. —Stewart lanzó una risita nerviosa y luego prosiguió—: En mi sueño tenía la sensación de que nunca había visto a su pa- dre, aunque sabía quién era. A decir verdad, en la vida real lo vi, aunque a distancia. Era el jefe de estación de nuestra pe- queña ciudad. A veces lo veía cuando en las tardes de verano iba a la estación a ver pasar los trenes.
De pronto se me ocurrió algo. También yo, cuando era niño, pasaba las apáticas tardes de verano viendo correr los trenes. La estación del tren era el lugar donde se desarrollaba la acción, y el jefe de la estación era el director de la acción. Aquel hombre conocía los lejanos lugares desde los que proce- dían aquellos trenes que llegaban a nuestra ciudad y los remo- tos lugares hacia los que se dirigían. El hombre sabía qué trenes se detendrían y cuáles continuarían su marcha, rugiendo y ha- ciendo temblar la tierra. Manejaba los botones y las señales, recibía y enviaba el correo. Y cuando no hacía estas cosas maravillosas, hacía algo todavía más fascinante: sentado en su oficina, toca- ba una tecla mágica y, valiéndose de un lenguaje misteriosa- mente rítmico, enviaba mensajes a todo el mundo.
—Stewart —le dije—, usted me ha dicho que era ateo y yo le creo. Hay una parte de su espíritu que cree que no hay Dios, pero estoy empezando a sospechar que otra parte de su espíri- tu cree en Él, aunque se trata de un Dios peligroso, un Dios degollador.
Mi sospecha resultó cierta. Poco a poco, a medida que avanzábamos en nuestro trabajo conjunto, a regañadientes y ofreciendo resistencia, Stewart fue reconociendo que anidaba en él un credo extraño y repulsivo: más allá de su ateísmo, su- ponía que el mundo estaba controlado y dirigido por una fuer- 188
za malévola que no sólo podía degollarlo, sino que estaba an- siosa por hacerlo; anhelaba castigarlo por sus transgresiones. Lentamente empezamos a analizar sus «transgresiones», casi todas referidas a incidentes sexuales sin importancia, simboli- zados por aquel «beso robado» a la hija del jefe de la estación. Finalmente, se hizo evidente que Stewart estaba cumpliendo una penitencia y, en sentido figurado, se estaba degollando a sí mismo, para impedir que fuera Dios quien, literalmente, le cortara el cuello.
¿De dónde procedía esta idea de un Dios perverso y un mundo malévolo? ¿De qué manera se desarrolla la religiosidad de la gente? ¿Qué determina que una persona tenga su visión particular del mundo? Existen múltiples y complejos factores determinantes que en este libro no podemos examinar en pro- fundidad. Sí podemos apuntar, sin embargo, que el elemento más importante en la formación de las creencias religiosas de la gente es, evidentemente, su cultura. Si somos europeos es probable que creamos que Cristo era blanco, y si somos africa- nos pensaremos que era negro. Si uno es un indostánico naci- do y criado en Benarés o Bombay, es probable que se haga hindú y posea una concepción de la vida que se considera pesi- mista. Si uno es un norteamericano nacido y criado en India- na, es más probable que llegue a ser cristiano antes que hindú y que tenga una concepción del mundo algo más optimista. Tendemos a creer lo que cree la gente que nos rodea y a acep- tar como verdad lo que esta gente nos dice sobre la naturaleza del mundo, durante los años de nuestra formación.
Pero es menos evidente (excepto para los psicoterapeutas) que la parte más importante de nuestra cultura está representada por nuestra familia, que es de donde básicamente nos nutrimos, siendo los padres, desde este punto de vista, los «transmisores de la cultura», más por su comportamiento entre ellos, con nuestros hermanos y, sobre todo, con nosotros, que por su noción de Dios y de la naturaleza de las cosas. En otras palabras, lo que aprendemos sobre la naturaleza del mundo está determi- nado por la índole de nuestras experiencias en el microcos- mos familiar. Lo que determina nuestra visión del mundo no es 189
tanto lo que nuestros padres nos dicen, sino la conducta que tienen.
—Reconozco que tengo esta idea de un Dios degollador —dijo Stewart—, pero ¿de dónde proviene? Lo cierto es que mis padres creían en Dios, hablaban incesantemente de Él... pero el suyo era un Dios de amor. Jesús nos ama. Dios nos ama. Nosotros amamos a Dios y a Jesús. Amor, amor, amor. Así lo repetían constantemente.
—¿Tuvo usted una infancia feliz? —le pregunté. Stewart se me quedó mirando y exclamó:
—Deje de hacerse el tonto, usted sabe muy bien que no fue feliz. Usted sabe que fue desdichada.
—¿Por qué?
—También sabe el porqué. Usted sabe cómo fue mi niñez. Me pegaban por cualquier cosa. Usaban lo que teman más cerca: cinturones, palos, escobas, cepillos, cualquier objeto que tuvieran a mano. No había nada que yo hiciera que no mere- ciera una paliza. Una paliza diaria mantiene al médico lejos y ayuda a ser un buen cristiano.
—¿Intentaron alguna vez degollarlo?
—No, pero estoy seguro de que lo habrían hecho si yo no hubiera tenido cuidado.
Sobrevino un largo momento de silencio. El rostro de Ste- wart revelaba profunda depresión. Por fin dijo:
—Estoy empezando a comprender.
Stewart no era la única persona que creía en lo que yo he llegado a llamar el «Dios monstruoso». He tenido una serie de pacientes con conceptos de Dios similares y con ideas también aterradoras acerca de la naturaleza de la existencia. Lo que sor- prende es que ese Dios monstruoso no sea más común en la mente de los hombres. En la primera sección de este libro he indicado que de niños, ante nuestros ojos infantiles, nuestros padres son figuras semejantes a dioses y que su manera de pro- ceder parece ser la única posible en el universo. Nuestra prime- ra, y a menudo única, idea de la naturaleza de Dios es una sim- ple extrapolación de la naturaleza de nuestros padres, una simple mezcla de los caracteres de ambos padres o de sus susti- 190
tutos. Si tenemos padres afectuosos e indulgentes, es probable que creamos en un Dios de amor y de perdón y que en nuestra concepción adulta del mundo, éste nos parezca un lugar tan ameno como lo fue en nuestra niñez. En cambio, si nuestros pa- dres fueron duros y partidarios del castigo, es probable que nuestro concepto de Dios sea el de un ser espantoso, cruel e in- flexible. Y en el caso de que los padres fueran negligentes, es probable que nos sintamos desamparados y concibamos el uni- verso como un lugar inhóspito.23
El hecho de que nuestra religión o nuestra visión del mun- do estén determinadas en gran medida por nuestras experien- cias de la niñez, nos lleva a considerar un problema central: la relación entre religión y realidad. Se trata de la cuestión del mi- crocosmos y del macrocosmos. La visión que tenía Stewart del mundo como un lugar peligroso en el que lo podían degollar, era perfectamente realista según el microcosmos familiar de su niñez vivida bajo el dominio de dos adultos crueles, pero no to- dos los padres ni todos los adultos, en general, son brutales. En el mundo, visto en su conjunto (el macrocosmos), hay diversas clases de padres, de personas, de sociedades y de culturas.
Para desarrollar una religión o una visión del mundo que sea realista, es decir, acorde con la realidad del mundo y con el pa- pel que desempeñamos en él, es necesario que conozcamos esa realidad; debemos revisar constantemente nuestros conoci- mientos y ampliarlos, de modo que nuestro marco de referencias sea más vasto. Nos estamos refiriendo a «trazar mapas» y a la trans- ferencia, asuntos ya tratados bastante extensamente en la primera sección del libro. El mapa de la realidad que se había trazado Stewart era exacto en cuanto al microcosmos de su familia, pero Stewart había transferido inapropiadamente ese mapa a un mundo mayor, en el cual el mapa resultaba muy incompleto y, por lo tanto, defectuoso. En alguna medida, la religión de la mayoría de los adultos es el producto de una transferencia.
La mayoría de nosotros partimos de un marco de referen- cia más estrecho del que realmente disponemos, porque no hemos trascendido las influencias de nuestra cultura particular, no hemos trascendido nuestras experiencias de la niñez, com- 191
partidas con nuestros padres. No ha de asombrarnos, pues, que el mundo de la humanidad esté tan plagado de conflictos. Estamos en una situación en la que los seres humanos, que deben tratarse entre sí, tienen conceptos absolutamente diferentes acer- ca de la naturaleza de la humanidad, y cada uno cree que su punto de vista es el correcto, puesto que se basa en el micro- cosmos de su experiencia personal. Y para empeorar las cosas, la mayoría de nosotros ni siquiera somos plenamente cons- cientes de nuestras propias visiones del mundo, y mucho menos del carácter único de la experiencia que de ellas deriva, Bryant Wedge, un psiquiatra especializado en el campo de las relacio- nes internacionales, al analizar las negociaciones entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética, logró identificar una serie de supuestos básicos sobre la naturaleza de los seres humanos, de la sociedad y del mundo en que se apoyaban los norteamericanos, que diferían radicalmente de los supuestos de los que partían los rusos. Tales supuestos dictaban la conducta negociadora de ambas partes y, sin embargo, ninguna de ellas reparaba en que ambas trabajaban para un mismo objetivo, pero con di- ferentes modos de percibir la realidad. El inevitable resultado fue que la conducta negociadora de los rusos les parecía una locura o una operación deliberadamente perversa a los nortea- mericanos, y viceversa.24 Somos, en realidad, como aquellos
tres ciegos proverbiales, que sólo conocían cada uno de ellos una parte diferente del cuerpo de un elefante, y pretendían co- nocer toda la naturaleza del animal. De este modo, nosotros rivalizamos por nuestras diferentes visiones del mundo, y to- das nuestras guerras son guerras santas.
La religión de la ciencia . •.'.
El desarrollo espiritual es una peregrinación desde el micro- cosmos hasta un macrocosmos cada vez mayor. En sus prime- 192
ras fases (de las que se ocupa este libro), la peregrinación es de conocimiento y no de fe. Para escaparnos del microcosmos de nuestras anteriores experiencias y para librarnos de las transferencias, es necesario aprender. Debemos ampliar conti- nuamente nuestros conocimientos y nuestro campo de visión, obteniendo nueva información.
El proceso de expansión de los conocimientos es un tema importante en este libro. Se recordará que en la sección ante- rior hemos definido el amor como una extensión —es decir, una expansión— de nosotros mismos, y hemos indicado que entre los riesgos que entraña el amor está el lanzarse a lo des- conocido, a tener nuevas experiencias. Al final de la primera sección, donde hemos abordado la cuestión de la disciplina, también hemos señalado que aprender algo nuevo implica dejar atrás el antiguo yo y eliminar conocimientos ya desfasados. Para desarrollar una visión más amplia, debemos estar dispuestos a abandonar nuestra visión limitada. A corto plazo, es más có- modo no hacerlo, permanecer donde estamos y seguir instala- dos en nuestro microcosmos particular para evitar el sufri- miento que supone acabar con todas las. ideas acumuladas previamente. Pero el camino del desarrollo espiritual tiene una dirección opuesta: destruimos aquello en lo que ya no cree- mos, buscamos intensamente lo que parece amenazador y no nos es familiar, ponemos en tela de juicio la validez de todo lo que hemos aprendido y querido. Seguir el camino que condu- ce a la santidad supone cuestionarlo todo.
En realidad, iniciamos este proceso con una actitud cientí- fica. Empezamos reemplazando la religión de nuestros padres por la religión de la ciencia. Debemos rebelarnos contra la re- ligión de nuestros padres y rechazarla, pues inevitablemente su visión del mundo es más limitada que la nuestra, aunque para ampliar nuestra perspectiva es preciso que aprovechemos ple- namente, no sólo nuestra experiencia personal de adultos, sino también las vivencias de nuestra generación, una más en la historia de la humanidad. No existe una religión adecuada a nosotros y hecha a nuestra medida. El elemento primordial para que nuestra religión sea la que más se adapte a nuestras 193
capacidades es que sea enteramente personal, resultado de nuestro constante cuestionamiento y de las dudas surgidas de nuestra propia experiencia de la realidad. Como dijo el teó- logo Alan Jones: