DEVELOPMENTS
4.3.4 Case study 3: Seychelles-based European purse seine fleet
9.2.1 INTRODUCCIÓN
En plena ilustración europea se prohibían en Espala los libros que intentaran demostrar la existencia de Dios porque eran peligrosos. Dios era tan evidente que no necesitaba demostración alguna. Dios era algo inmediato, asequible, presente, familiar. Europa y España eran geocéntricas. Dios no era un problema, a lo sumo era angustioso hallar la cara misericordiosa de Dios.
Nicolás de Cusa consideraba impertinente plantearse la pregunta por la existencia de Dios, era evidente, no necesitaba demostración. Porque es trascendente y hay que buscarlo siempre y sólo se le encuentra en el cristianismo solo poseemos una docta ignorancia: sólo podemos afirmar generalidades, Dios es todo lo que puede ser.
En nuestros días Dios no parece ser un dato seguro, al menos para la filosofía. Desde Kant la referencia a Dios no viene precedida por un yo sé sino por un yo quiero. Nada ni nadie puede asegurar la existencia de Dios. Tan inútil sería aplicar el verbo demostrar a su existencia como a su no existencia.
Heidegger en lo referente al problema de Dios considera mas aconsejable renunciar no sólo a la respuesta, sino hasta a la pregunta misma. Su filosofía era un estar a la espera de Dios. La espera es el temple del pensar que se dispone a contar con Dios. Esperar es introducirse en el ámbito de lo abierto,
de lo lejano y oculto. En una discusión con Fink contrapuso la espera a la esperanza, que cuenta con algo, se ocupa en firme de algo; la espera consiste en conformidad, recato y discreción. Todo tiempo humano es esencialmente espera. Hay que aprender a vivir en estado de inseguridad.
Dios está conociendo días de silencio. Los más relevantes teólogos de la segunda mitad del siglo XX han dedicado grandes energías al tema de Dios. La filosofía en cambio calla sobre él. Desde que murieron sus grandes críticos Feuerbach, Nietzsche, Marx y Freud, Dios no viene siendo molestado ni requerido por los filósofos, con las excepciones de Benjamín, Horkheimer, Adorno, Wittgenstein e incluso Heidegger. Parece justificado desde la filosofía hablar de Dios como problema, a algunos les parecerá un alarde de generosidad: Dios no es ni problema, hace tiempo que se decretó su insignificancia filosófica.
9.2.2 LA PUGNA ENTRE EL PROBLEMA Y EL MISTERIO
Si el problema de Dios tuviera solución, la humanidad lo debería haber resuelto ya. De ahí que algunos reemplacen problema por misterio: lo que no se sabe por razón de su esencia, y problema queda reservado para lo que no se sabe todavía.
Las grandes religiones vinculan a Dios con el misterio. La pluralidad de configuraciones de lo sagrado hace imposible declarar a Dios como palabra definitiva del universo religioso. Sólo para las religiones teístas es válida, para el amplio espectro restante es más apropiada la palabra misterio. Con ella se designa la realidad que origina el mundo de lo sagrado y el universo religioso en general.
Se le atribuye al término misterio dos rasgos fundamentales:
• Su absoluta trascendencia. Trascendencia alude a un cambio de lugar y a una ruptura de nivel, la persona sólo puede acceder al misterio en la medida en que se trasciende a sí misma y va más allá de sus propias posibilidades.
• Su radical inmanencia. Al determinar el misterio destaca su radical alteridad, a Dios se le sitúa fuera del alcance de los hombres, acentuándose su carácter incognoscible.
Justo por ser trascendente, el misterio es para el sujeto religioso lo más cercano, la más íntima inmanencia. Dios ha llegado tarde en la historia de las religiones, su lugar ha sido ocupado con frecuencia por el misterio.
Las grandes cosmovisiones metafísicas nacieron en el seno de importantes tradiciones religiosas. El misterio no es un mal destino para Dios, la teología se siente bien con él. En cambio algunas filosofías se sentirán incómodas, como por ejemplo la de Ortega, para el que la filosofía aspira a desentrañarlo todo y por lo tanto no puede encariñarse con el misterio.
En vista de la aparente incompatibilidad entre filosofía y misterio, me inclino por aplicar a Dios el término problema. Dos de las tres religiones monoteístas se negaría a hablar de dios como problema, el término sería demasiado filosófico. Son religiones asertivas que respiran seguridad e incluso certeza, ni siquiera entienden la necesidad de una teología, y mucho menos si ésta es crítica, y por supuesto no necesitan los humildes servicios de la filosofía. Si hablamos de Dios como problema contrariamos a algunas religiones, si el problema deja su sitio al misterio, desairamos a la filosofía: El entendimiento con la filosofía parece imposible, para la mayoría de las corrientes actuales Dios no es ni problema ni misterio, es pura ausencia. Y si damos la palabra a la ciencia la complejidad sube de tono.
9.2.3 APUNTANDO RAZONES
Veamos algunas razones que avalen la legitimidad de mi preferencia por un discurso quebrado y problemático sobre Dios.
• UN CURRICULUM PRECARIO. Escasean los datos sobre Dios. La historia de Dios es el gran relato
de las percepciones que otros hicieron de él, pero Dios mismo guarda silencia. Barth insistió como lo hizo Hegel en que la revelación es automanifestación de Dios, pero nunca es directa. El Dios cristiano sólo revela algo de sí mismo, pero nunca se revela a sí mismo. La concepción de Pannenberg de una revelación indirecta avala la precariedad de nuestra información sobre Dios. Al mismo tiempo
da que pensar el hecho de que una de las teologías más serias y responsables de la segunda mitad del siglo XX no haya podido evitar hablar de Dios como problema.
• UNA RECEPCIÓN PROBLEMÁTICA. Buber habló del eclipse de Dios. Nietzsche lo envió al paro
anunciando que se había quedado sin trabajo, había muerto. En el actual eclipse se prescinde de Dios distendidamente, sin desgarro interior, serenamente. Es indudable que existen creyentes de fe firme e inconmovible para los que no existe el problema de Dios, pero se da también una recepción problemática de la fe en Dios. Hay cristianos que se debaten entre la fe y la increencia. Hay ateos convencidos para los que Dios no es ni problema, pero existe una recepción problemática de la convicción atea, los ateos de ayer son los agnósticos de hoy. Pascal decía que incomprensible era la existencia de Dios, e incomprensible su inexistencia. Si Dios no existe quedan muchas cosas por explicar, si existe se amontonan igualmente los interrogantes, como la existencia fáctica del mundo, el sentido último de la realidad y la muerte. Ya no es posible enarbolar un concepto único y unívoco de razón y proclamar que dios no existe porque no se ajusta a él, existen otras visiones de lo racional compatibles con la fe en dios, por eso ha dejado de ser un arma arrojadiza entre ateos y creyentes.
• DE LA TEOLOGÍA REVELADA A LA FILOSOFÍA DE LA RELIGIÓN. Durante muchos siglos
Occidente pidió prestado al cristianismo su discurso sobre Dios. Dios existía porque lo decían la Biblia y la Iglesia, su existencia era un dato seguro, había poco espacio para la duda. Dios no era problema sino adquisición pacífica, se hacía filosofía desde una especie de normatividad cristiana. En su andadura inicial, el cristianismo optó por el Dios de los filósofos, cediendo su puesto los nombre bíblicos de dios a la nomenclatura filosófica. Infinito, Necesario, y lo Absoluto. El cristianismo se arrimó mas al logos que al mito. La filosofía admitió la matriz cristiana y durante siglos se filosofó desde la teología revelada. Mientras duró esta situación no hubo discurso problemático sobre Dios. Cuando la teología revelada tuvo que hacer sitio a la teología natural, la situación se volvió mas precaria, para acceder a Dios se partía de lo visible y experimental. Fracasó cuando Dios dejó de ser tema para convertirse en problema. La Ilustración europea con Kant a la cabeza vuelve la espalda a las tracionales pruebas de la existencia de Dios, que dispuso de ellas mientras no las necesitó. Cuando entró en crisis cesó el ajetreo de las pruebas. El fracaso de la teología natural y de las pruebas de existencia puso de manifiesto el carácter problemático de la existencia de Dios. A partir del siglo XVIII será la filosofía de la religión la que gestione los interese de un Dios en apuros.
9.2.4 APUNTE FINAL
El hombre occidental ha ido logrando una comprensión autónoma de sí mismo y del mundo que le rodea que ha terminado por hacer innecesaria la hipótesis de Dios. Lo explicable se ilumina desde el hombre y desde el progreso científico-técnico que éste ha puesto en marcha; lo otro, lo inexplicable no se comprende desde ningún supuesto, tampoco desde dios. A lo inexplicable pertenece el problema del mal, gran responsable de los discursos quebrados y problemáticos sobre Dios. La filosofía de la religión se ve obligada a hablar de Dios como problema.