CHAPTER 6 CASE STUDIES
6.2. CASE STUDY 2 (Turkey): Assessment of public procurement
No sabemos disfrutar del placer porque siempre queremos más placer. De la misma manera que, cuando experimentamos vedana desagradable, queremos detenerlo, cuando experimentamos vedana placentero queremos repetirlo; queremos más. Y este instintivo «querer más» lleva a nuestra mente lejos del placer que estamos experimentando. Se trata de un contrasentido, pero nuestra mente se enfoca hacia la idea del placer futuro, lo que significa no poner atención plena al placer del momento. Es la ley de los rendimientos decrecientes.
Esta ley se puede explicar muy bien si regresamos al escenario de la cena de la que hablábamos. Imaginemos que somos los invitados, que la comida es maravillosa y, al estar acabando el primer plato, empezamos a pensar en repetir. En cuanto ese pensamiento cruza nuestra mente, dejamos de poner atención en el delicioso plato que estamos comiendo y empezamos a experimentar un poco de ansiedad, pensando que otros invitados se nos adelantarán y nos dejarán sin nada. Así que empezamos a comer deprisa. Cuanto más rápido comemos menos placer experimentamos y, cuanto
menos placer experimentamos, más deseamos el siguiente plato… y, cuanto más lo deseamos, más ansiedad sentimos pensando que no habrá un segundo plato para nosotros. Cuando, al final, el anfitrión nos sirve otra vez, ¡el sabor ya no será tan bueno como el sabor —inicial— que nos hizo repetir!
Entonces es este deseo de volver a experimentar el placer, paradójicamente, lo que nos causa el problema. Porque el placer es adictivo pero el arte del disfrute, la disciplina del disfrute, está en poner atención plena a las sensaciones agradables y placenteras sin ambicionar repetirlas, sin ambicionar más, más y más. Lo que es, sin duda, todo un reto.
Como especie, evolucionamos en unas condiciones totalmente diferentes a las que ahora nos encontramos. Por ejemplo, estamos predispuestos a disfrutar el sabor del azúcar y esta predisposición evolucionó a lo largo de millones de años. Antes, la comida era escasa y el azúcar lo era aun más. Disfrutar el azúcar nos hacía querer más azúcar, lo que se traducía en mayores posibilidades de sobrevivir. Solo recientemente el azúcar se ha convertido en un producto barato, disponible y abundante, por lo que nuestro instinto de disfrutar el azúcar, antes sano, hoy amenaza nuestro bienestar. Así que, cuando miramos nuestra tendencia a querer más, sabemos que estamos ante una de las tendencias más arraigadas de la mente. La clave del éxito a este respecto será nuestra capacidad de ejercitar atención plena y reflexión.
El deseo de repetir el placer es en sí mismo incómodo, aunque no lo solamos percibir así. Cuando queremos algo, nuestra mente se preocupa sobre lo que queremos experimentar en el futuro y deja de poner atención en lo que estamos experimentando en el presente. Por ello, asociamos querer con el placer, pero, si estamos atentos a lo que se siente al «querer», podremos notar que es una situación incómoda —vedana doloroso— por toda la tensión que conlleva. Si perseguimos el placer muy intensa o muy prolongadamente, es inevitable que se convierta en un deseo doloroso. La deliciosa comida sacia, pero luego causa flatulencias; e incluso los placeres más refinados —como escuchar música clásica, por ejemplo— resultan molestos después de cierto tiempo. El placer tiene sus límites. Ningún placer puede alargarse indefinidamente.
Así que es necesario manejar el placer con mucho más cuidado de lo que pensamos. El placer, lo verdaderamente placentero, tiene que tener dentro de sí un elemento de restricción. Cuanto más tratemos de exprimir y
extender el disfrute de nuestra experiencia placentera, más probable será que se acabe convirtiendo en una experiencia desagradable, aún dolorosa. Intentar acumular placer suele reducir el placer que realmente se experimenta. Por ejemplo, un frenético fin de semana de compras y juergas nos dejará aturdidos y sobrexcitados. Aunque creamos que estamos disfrutando, si ponemos más atención a la calidad de la experiencia, descubriremos que en realidad nos sentimos incómodos porque la excitación es, curiosamente, similar a la ansiedad, tiene los mismos elementos físicos de tensión, agotamiento y agitación.
La excitación, como la ansiedad, hace difícil concentrarse en algo. Y no podemos disfrutar algo a menos que seamos totalmente absorbidos por ello. En este sentido, los placeres más valiosos y profundos suelen ser los más tranquilos —esos momentos de genuina creatividad, como el placer de disfrutar de la naturaleza—. Los placeres más profundos presentan una suavidad y un resplandor internos. Se sienten de manera muy distinta a los placeres superficiales. Los placeres profundos se sienten en lo más profundo —tienen menos individualidad, menos «ego»—.
Estas reflexiones pueden generar cierta preocupación en el lector ya que la práctica espiritual se ve muchas veces como algo demasiado serio que va contra el placer. De hecho, si la vida espiritual no se entiende de manera adecuada, puede llegar a serlo. Sin embargo, practicar la atención plena es practicar con placer lo que yo denomino «la disciplina del deleite».
Una importante parte de la vida con atención plena es aprender el delicado arte de maximizar el placer sin que cause dolor. Cuanto más queremos, menos obtenemos —es una de esas terribles leyes del universo —. Y claro que es perfectamente natural desear tanto placer como sea posible, yo también lo hago, pero aquí la pregunta es ¿cómo?; y ese cómo nos lleva a los más profundo de la vida espiritual.