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De qué modo llega el hombre a la eternidad y a la consumación.

En las anteriores premisas queda demostrado que las condiciones de la eternidad se adquieren por la inmovilidad. Del mismo modo que el movimiento es la causa del tiempo, que consta de anterioridad y posterioridad, necesario es que esta anterioridad y posterioridad cesen por el anonadamiento del movimiento, y que nada quede más que la eternidad, que toda entera no es más que un punto; luego el hombre en la consumación última adquiere la eternidad de la vida, no sólo relativamente a la vida eterna del alma que posee por su naturaleza, como se demostró antes, sino también relativamente a la inmutabilidad perfecta en que el hombre está constituido.

CAPÍTULO CLI

De qué modo se requiere, para la perfecta beatitud de la criatura racional, que su alma se una a su cuerpo.

Es necesario considerar que no puede haber inmovilidad completa de la voluntad sin la

satisfacción total de los deseos naturales. Las cosas destinadas a estar unidas según su naturaleza, aspiran naturalmente a esta unión, porque cada cosa apetece aquello, que le conviene según su naturaleza. Como el alma está naturalmente unida al cuerpo, experimenta el deseo natural de esta unión del cuerpo. Por consiguiente, no podrá haber un reposo perfecto de la voluntad, a menos que el alma se una nuevamente a su cuerpo, lo cual no es otra cosa que la resurrección del hombre. Además, la perfección final requiere la perfección prima. La perfección prima de cada cosa es ser perfecta en su naturaleza, y la perfección final consiste en la adquisición del fin último. Para que el alma humana esté constituida completamente en su fin, es necesario que sea perfecta en su naturaleza, lo cual no puede ser sin que esté unida al cuerpo. Es propio de la naturaleza del alma ser una parte del hombre en cualidad de forma: es así que ninguna parte es perfecta en su naturaleza si no lo es en su todo; luego para la beatitud última del hombre es necesario que su alma se una nuevamente a su cuerpo. Otra razón: lo que es accidental y contra naturaleza, no puede ser eterno, es así que la separación del alma y del cuerpo es necesariamente accidental y contra naturaleza, si es una necesidad para el alma estar naturalmente unida al cuerpo; luego el alma no estará perpetuamente separada del cuerpo; luego como su sustancia es incorruptible, claro es que debe unirse nuevamente al cuerpo.

CAPÍTULO CLII

La separación del alma y del cuerpo es según la naturaleza; y de que modo es contra naturaleza.

Parece que la separación del alma y del cuerpo no es un hecho accidental, sino conforme a la naturaleza. En efecto: el cuerpo del hombre está compuesto de elementos contrarios: es así que todo ser de esta condición es naturalmente corruptible; luego el cuerpo humano es naturalmente corruptible. Después de la corrupción del cuerpo, necesariamente ha de quedar el alma separada del cuerpo. Si el alma es inmortal, necesariamente la separación del alma y del cuerpo es según la naturaleza. Vamos a considerar cómo esta separación es conforme y contraria a la naturaleza. Antes hemos demostrado que el alma racional excede a la facultad de toda la materia corporal, como lo prueba su operación intelectual, la cual ejerce sin el auxilio del cuerpo. Para que una materia corporal haya podido serle convenientemente adaptada, necesario ha sido añadir al cuerpo cierta disposición por cuyo medio esta materia conviniera a la forma. Como esta forma

recibe el ser de Dios solo, mediante la creación, así también esta disposición, superior a la naturaleza corporal, ha sido concedida por Dios sólo al cuerpo humano, para que le conservase incorruptible, y para que pudiera convenir así a la perpetuidad del alma. Esta disposición permaneció en el cuerpo humano durante todo el tiempo que el alma del hombre permaneció unida a Dios; pero habiéndose separado de Dios el alma del hombre por el pecado, era

conveniente que el cuerpo del hombre perdiese también esta disposición sobrenatural, por medio de la cual era el sujeto inmóvil del alma; y así fue como el hombre adquirió la necesidad de morir. Por consiguiente, si se considera la naturaleza del cuerpo, la muerte es un hecho natural; pero si se considera la naturaleza del alma, y esta disposición que por causa del alma desde el principio había sido sobrenaturalmente infusa en el cuerpo humano, en este caso es un hecho accidental y contra naturaleza, porque es natural que el alma esté unida al cuerpo.

CAPÍTULO CLIII

El alma volverá a tomar el mismo cuerpo, y no un cuerpo de otra naturaleza.

Estando el alma unida al cuerpo como una forma, y correspondiendo a cada forma una materia propia, necesario es que el cuerpo, al que volverá a unirse el alma, sea de la misma naturaleza y de la misma especie que el cuerpo que el alma dejó por la muerte. El alma en la resurrección no tomará un cuerpo celeste o aéreo, o el cuerpo de otro animal, según el delirio de algunos, sino el cuerpo humano, compuesto de carne y huesos, y con los mismos órganos que hoy lo forman. Otra razón: así como a la misma forma, según la especie, es debida la misma materia, según la especie, así a la misma forma, según el número, es debida la misma materia, según el número. En efecto: no pudiendo el alma de un buey ser el alma del cuerpo de un caballo, tampoco el alma de un caballo puede ser el alma de un buey. Es, por consiguiente, necesario que, permaneciendo el alma racional numéricamente la misma, en la resurrección se una a un cuerpo numéricamente el mismo.

CAPÍTULO CLIV

El alma volverá a tomar numéricamente el mismo cuerpo, sólo por el poder de Dios.

Las cosas que se corrompen en su sustancia no son restauradas por la operación de la naturaleza más que según la especie. En efecto: la nube que produce la lluvia no es numéricamente la misma que la que se ha formado de nuevo por la caída y evaporación de la lluvia. Por

consiguiente, como el cuerpo humano se corrompe sustancialmente por la muerte, no puede ser numéricamente restaurado por la operación de la naturaleza. Como la resurrección exige que esto sea así, se sigue que la resurrección de los hombres no se operará por la acción de la naturaleza, como han pretendido algunos, sosteniendo que después de muchos ciclos de años, volviendo los cuerpos a su posición primera, los mismos hombres volverán a aparecer numéricamente los mismos. La resurrección se obrará por solo el poder divino. Es también evidente que los sentidos privados no pueden ser restablecidos por la operación de la naturaleza, ni tampoco puede serlo nada de aquello que procede de la generación, porque no es posible que una cosa,

numéricamente la misma, sea producida muchas veces. Si alguna cosa de este género es

restituida a alguno, como un ojo sacado, una mano cortada, le será restituida por la virtud divina que obre sobre el orden de la naturaleza. Como todos los sentidos del hombre y todos sus

miembros se destruyen por la muerte, es imposible que un hombre muerto sea restituido a la vida más que por la operación divina.

Diciendo como decimos que la resurrección deberá obrarse por el poder divino, fácil es ver cómo los cuerpos serán restablecidos numéricamente los mismos. Habiendo demostrado antes que todas las cosas, aun las más pequeñas, están sometidas a la divina Providencia, es evidente que la materia del cuerpo humano, cualquiera que sea la forma que tome después de la muerte del

hombre, no se sustraerá ni al poder ni al conocimiento divino, quedando esta materia

numéricamente la misma, en cuanto que se la considera como existente bajo las dimensiones según las cuales puede decirse que es, y, es, en efecto, el principio de individualización. Quedando esta materia la misma, y siendo el cuerpo humano restaurado con ella por el poder divino, así como el alma, que, siendo incorruptible, queda la misma unida al mismo cuerpo, resulta que el hombre es restablecido numéricamente el mismo. La identidad numérica no puede encontrar obstáculo porque la humanidad no sea numéricamente la misma, como han objetado algunos, porque la humanidad, llamada por éstos la forma del todo, no es otra cosa que la forma de la parte que es el alma, la cual es llamada forma del cuerpo, en cuanto que da la especie al todo. Siendo esto así, claro es que la humanidad queda numéricamente la misma, supuesto que el alma racional permanece numéricamente la misma. Pero como la humanidad es lo que significa la definición del hombre, así como la esencia de cada cosa es aquello que es significado por su definición, y como la definición del hombre no significa solamente la forma, sino también la materia, puesto que en la definición de las cosas materiales es necesario que entre la materia; con mucha más razón, dicen otros, el alma y el cuerpo están comprendidos de diferente modo bajo el término humanidad, que en la definición del hombre. Bajo la palabra humanidad están

comprendidos los solos principios esenciales del hombre, con exclusión de los demás, y como la humanidad es llamada así porque el hombre es hombre, claro es que todas aquellas cosas de las que no puede decirse con verdad que el hombre es hombre, están excluidas de la humanidad. Por otra parte, llamando hombre al que tiene la humanidad, no porque tenga la humanidad el hombre está privado de tener otras cosas, como la blancura, etc. Este nombre, hombre, significa sus principios esenciales, sin exclusión de otras cosas, aun cuando no estén comprendidas en su naturaleza en acto, sino solamente en potencia. En Sortes o en Platón hay una materia y una forma, y como es propio de la naturaleza del hombre estar compuesto de alma y de cuerpo, si se definiera a Sortes, la razón de su definición sería estar compuesto de carne, de huesos y de un alma. Como la humanidad no es una forma fuera del alma y del cuerpo, sino un compuesto de ambos, es evidente que, siendo restablecido el mismo cuerpo y permaneciendo la misma alma, habrá numéricamente la misma humanidad. Esta identidad numérica no sufre contrariedad porque la corporalidad no sea numéricamente restaurada, supuesto que es destruida por la corrupción de1 cuerpo. Si por corporalidad se entiende una forma sustancial, por cuyo medio está constituida una cosa en el género de sustancia corporal, como cada cosa no tiene más que una forma sustancial, esta corporalidad no es otra cosa que el alma. En efecto: un animal

cualquiera no es solamente animal por esta alma, sino cuerpo animado, y cuerpo, y aun hombre, y alguna cosa aun existente en el género de sustancia. De otro modo el alma se uniría al cuerpo existente en acto, y sería así una forma accidental. El sujeto de una forma sustancial no es en acto un ser cualquiera, sino solamente en potencia; por consiguiente, cuando recibe una forma sustancial, no se dice sólo que es producido según tal o cual modo, como se hace en las formas accidentales; se dice simplemente que es producido como recibiendo simplemente el ser, y de este modo recibida la corporalidad, permanece numéricamente la misma, existiendo también la misma alma racional. Si bajo el nombre de corporalidad se entiende cierta forma de la que toma su denominación un cuerpo que está constituido en el género de cantidad, entonces es cierta forma accidental, puesto que no significa más que una triple dimensión. Esta es la razón por qué aun cuando no sea numéricamente restaurada, no hay obstáculo en la identidad del sujeto, bastándola la unidad de los principios.

Lo mismo sucede en todos los accidentes cuya diversidad no destruye la identidad numérica. Por eso siendo la unión cierta relación, y por lo mismo un accidente, su diversidad no destruye numéricamente la identidad del sujeto. Lo mismo sucede con la diversidad numérica de las potencias del alma vegetativa y sensitiva, suponiendo que pudieran corromperse. Las potencias naturales existentes del sujeto unido están en el género de accidente; y no procede del sentido la sensibilidad en cuanto que es una diferencia constitutiva del animal; procede de la sustancia misma del alma sensitiva, la cual en el hombre es sustancialmente la misma que el alma racional.

No resucitaremos para el mismo modo de vivir.

Aunque todos los hombres resucitarán con identidad numérica, sin embargo, no tendrán el mismo modo de vivir. Ahora gozan de una vida corruptible; entonces gozarán de una vida incorruptible; porque si la naturaleza en la generación del hombre tiene por fin la perpetuidad, con mayor razón Dios se propondrá la perpetuidad en la restauración del hombre. La tendencia de la naturaleza a la perpetuidad procede de que es movida por Dios. En la restauración del hombre resucitado no se atiende a la perpetuidad de la especie, porque esto podía conseguirse por la continuidad de la generación; a lo que se atiende es a la perpetuidad del individuo. De aquí es necesario deducir que los hombres, después de la resurrección, vivirán eternamente. Además, si los hombres después de la resurrección murieran de nuevo, las almas separadas de los cuerpos no podrían quedar eternamente privadas del cuerpo, porque sería contra la naturaleza del alma, como hemos demostrado antes. Necesario sería que resucitasen de nuevo, y lo mismo volvería a suceder si después de la segunda resurrección volvieran a morir. Si esto fuera así, la vida y la muerte se reproducirían en un mismo hombre en un círculo infinito, lo cual es un absurdo, y por lo mismo debemos fijarnos en la primera aserción, a saber: que los hombres, después de la primera resurrección, gozarán de la inmortalidad. Esta destrucción de la mortalidad no producirá diversidad ni en la especie ni en el número. En efecto: la mortalidad, según su razón propia, no puede ser la diferencia específica del hombre, supuesto que designa cierta pasión; la mortalidad está tomada en lugar de diferencia del hombre, a fin de que llamándole mortal, se designe la naturaleza del hombre que se compone de contrarios, a la manera que llamándole racional se designa su forma propia, porque las cosas materiales no pueden ser definidas sin materia. La destrucción de la mortalidad no es producida por la separación de la materia propia, porque el alma no volverá a tomar un cuerpo celeste o aéreo, como se dijo antes, sino un cuerpo humano, compuesto de contrarios. La incorruptibilidad, sin embargo, se unirá al cuerpo por la fuerza del poder divino, mediante el cual el alma tendrá tal imperio sobre el cuerpo, que ya no podrá corromperse. Y esto será así, porque una cosa se mantiene en su ser tan largo tiempo como la materia esté bajo el imperio de la forma.

CAPÍTULO CLVI

Después de la resurrección cesarán la nutrición y la generación.

Como suprimiendo un fin es necesario igualmente suprimir todo lo que se dirige a este fin, destruida la mortalidad por la resurrección de los cuerpos, queda destruido también todo lo que constituye el orden de la vida mortal. A este género pertenece todo lo que sirve para la

alimentación necesaria al sostenimiento de la vida mortal, para reparar por medio de los

alimentos la pérdida producida por el calor natural. Por consiguiente, después de la resurrección no habrá necesidad de comer ni de beber. Por la misma razón será inútil el uso de los vestidos, porque no son necesarios al hombre más que para preservarle de los objetos exteriores, que podrían alterar su constitución por el calor y el frío. Necesario es igualmente que cese el uso de los actos generadores, que tienen por fin la generación animada. Como la generación es

necesaria para la vida mortal, a fin de que lo que no puede ser conservado en el individuo lo sea al menos en la especie, y como los hombres serán mantenidos eternamente en una identidad numérica, no habrá lugar a la generación, ni por consiguiente al uso de los actos generadores. Además, siendo el semen un producto de la nutrición, cesando la nutrición debe cesar también todo acto generador. No puede decirse que el uso de los alimentos y de los actos generadores se conservarán sólo para delectación, porque en este estado final no habrá nada que sea

desordenado, en atención a que en él recibirán todas las cosas a su manera una consumación perfecta. El desorden es opuesto a la perfección; y como procederá inmediatamente de Dios la restauración de los hombres por la resurrección, no podrá haber desorden alguno en este estado, pues según se lee en la Epístola a los Romanos, XIII: Todo lo que procede de Dios está

generadores, y aun actualmente entre los hombres es esto considerado como un vicio; luego después de la resurrección no podrá existir para delectación el uso de los alimentos y de los actos generadores.

CAPÍTULO CLVII

Resucitarán todos los miembros.

Aunque después de la resurrección cesará el uso de todas estas cosas, los hombres tendrán, sin embargo, los órganos destinados para todas estas cosas, porque sin ellos, el cuerpo del hombre resucitado no permanecería íntegro: es así que en la restauración del hombre por la resurrección, restauración que procederá inmediatamente de Dios, cuyas obras son perfectas, es conveniente que la naturaleza sea reparada en su integridad; luego los hombres, después de la resurrección, poseerán dichos órganos para la conservación de la integridad de la naturaleza, y no para ejercer los actos a que estaban destinados. Además, si en la otra vida los, hombres. reciben castigo o recompensa por las acciones que ejercieron en la presente, como se verá después, conveniente es que tengan los mismos miembros de que se han valido para el pecado o para la justicia, a fin de que sean castigados o recompensados en los órganos por cuyo medio pecaron o merecieron.

CAPÍTULO CLVIII

No habrá defectos después de la resurrección.

Es igualmente conveniente que los: cuerpos resucitados estén exentos de todos los defectos naturales. Todos estos defectos naturales son contrarios a la integridad da la naturaleza, y si es conveniente que en la resurrección la naturaleza humana sea íntegramente restaurada por Dios, necesario es, por consiguiente, que desaparezcan todos estos defectos. Además de eso, estos defectos provinieron del defecto de la virtud natural, que había sido el principio de la generación humana; pero en la resurrección no habrá otra virtud activa que la virtud divina, la cual no está sujeta a defecto alguno; luego los defectos que los hombres hayan adquirido por la generación,