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CCI Version 20

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¡NO PUEDE DEJAR DE VERLO!

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oble a la derecha después de las vías del ferrocarril. No puede dejar de verlo».

Los habitantes de cada localidad suelen dar instrucciones un tan- to extrañas a los conductores perdidos. Es porque suponen muchas cosas de antemano. «Pase por la granja de Johnson donde antes había un alma- cén». Olvidan que hay un cruce en la ruta, o que hay un cartel con seña- les de tránsito. «No podrá dejar de verlo», insisten. El problema es que aunque ellos no puedan dejar de verlo, nosotros muchas veces pasamos por alto los hitos que les son tan familiares. Y después de desviarnos unos treinta o cuarenta kilómetros, tenemos que volver atrás, llegar de nuevo a la intersección, y preguntarle a alguien más.

A veces vamos por la vida pensando que no podremos pasar por alto las cosas. Será muy obvio el lugar donde tengamos que girar. No habrá duda de hacia dónde ir en el próximo cruce. Pero, ¿cuántas veces descu- brimos, con desazón, que nos perdimos y que debiéramos haber girado hace ya unos treinta kilómetros?

Hay una vieja historia sobre un piloto comercial que se dirigió por altavoz a los pasajeros, diciendo: «Señores y señoras, tengo noticias bue- nas y noticias malas. La noticia buena es que tenemos viento de cola y llegaremos antes de lo previsto. La noticia mala es que se ha descompues- to nuestro sistema de navegación, por lo cual no tenemos idea de dón- de estamos ahora». Quizá esta sea una analogía adecuada para muchos.

EL LÍDER PERFECTO

Porque vamos rápido, a buena velocidad, por un camino que no nos lleva a ninguna parte. Vamos por el carril rápido pero no sabemos bien a dónde nos llevará. Cuando por fin llegamos al lugar al que durante tantos años veníamos dirigiéndonos, vemos que no es en realidad don- de queríamos estar. Entonces saltamos de allí, y nos ubicamos en otra de esas cintas caminadoras, que también con el tiempo nos llevará a la des- ilusión. ¿Hasta dónde tendremos que avanzar antes de dar la vuelta, vol- ver a la intersección y pedir instrucciones otra vez?

Un conocido poema de Thomas S. Jones Jr. lo dice así:

Cruzando los campos del ayer, a veces él viene a mí,

un niño que vuelve de jugar. El niño que solía ser.

Que sonríe con tristeza,

al entrar de cuclillas en mi interior. Me pregunto si espera poder ver, al hombre que podría haber llegado ser.1

Es interesante volver a los días de la juventud idealista, recordando aquellas cosas que esperábamos con ansias, como el tipo de persona que queríamos llegar a ser. Aunque también estos recuerdos pueden causar depresión. Porque nos preguntamos adónde se han ido los años, y qué pasó con todos nuestros sueños y metas. ¿Habremos tomado el camino equivocado al llegar a alguna de las intersecciones? ¿Es demasiado tarde como para rectificar un error de criterio?

Como seguidores de Jesús, decimos que la respuesta es: «¡No! Nunca es demasiado tarde». Siempre tenemos la oportunidad de dar la vuelta y tomar el camino correcto. Nuestra fuente de dirección es mucho más grande que la de las personas que dicen: «No puede dejar de verlo». Hay una fuente que sí puede decirnos de qué trata la vida en realidad. Está en las páginas de las Escrituras, en particular en la literatura sapiencial, don- de encontramos instrucciones, no para que «vivamos y aprendamos», sino para que «aprendamos y vivamos».

P R O P Ó S I T O Y P A S I Ó N

La promesa de la vida vivida con plena capacidad se presenta a todo quien «atiende al consejo y acepta la corrección» (Proverbios 19:20). En su «Manual del Propietario», Dios ha revelado verdades acerca de la vida. La Biblia es un manual, un plano de vida, el cimiento para una vida bien construida, el mapa para transitar el laberinto de confusiones que a veces parecemos encontrar día a día ante nuestros ojos. Hay propósito y significado, claridad y plenitud en esta vida. Pero solamente podremos encontrar esto si navegamos según la sabiduría que contiene la palabra de Dios.

EL GRAN PROPÓSITO DE UN GRAN DIOS

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evelan las Escrituras la intención de Dios cuando creó a los seres humanos a su imagen y semejanza? Si es así, ¿cómo podemos des- cubrir la profunda pasión de Dios y ser partícipes de ella? Antes de pro- fundizar, reconozcamos que aunque Dios expresara de manera explícita por qué hace lo que hace, no podríamos entenderlo de todos modos.

En El libro de las coincidencias su autor John Martineau, especialis- ta en geometría, revela los exquisitos patrones de las órbitas de los plane- tas y la relación matemática que los rige. A través del movimiento de la luna, Venus, Marte y Mercurio, se evidencia que la Tierra es especial en mucho más que su distancia correcta del sol.2 Al observar los cielos nos

damos cuenta de que ni siquiera tenemos idea de lo complejo que ha de ser el diseñador de todo esto. No hay nada en el universo que esté libra- do al azar.

Entonces, no ha de extrañarnos que este magnífico diseñador nos diga: «Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos ... Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!» (Isaías 55:8-9). Otro de los pasajes de las Escrituras que debemos tener presente siempre es 1 Corintios 13:12: «Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido».

Estos pasajes destacan la inmensa brecha de conocimiento que hay entre las intenciones de Dios y lo que nosotros conocemos acerca de

EL LÍDER PERFECTO

ellas. La diferencia básica entre Dios y los seres h u m a n o s es m u c h o más grande que aquella que hay entre los ángeles y los insectos.

No tenemos, sencillamente, capacidad para comprender los propó- sitos de Dios al crear y sostener el cosmos. Las Escrituras, sin embargo, nos revelan fragmentos de los propósitos de Dios que tienen relación con nuestras vidas en este m u n d o . U n o de esos fragmentos se halla en las palabras del apóstol Pablo en Efesios 3 : 2 - 1 1 . A q u í obtenemos una pers- pectiva del propósito y la pasión del Dios de la creación:

Sin duda se han enterado del plan de la gracia de Dios que él me encomendó para ustedes, es decir, el misterio que me dio a conocer por revelación, como ya les escribí brevemente. Al leer esto, podrán darse cuenta de que comprendo el miste- rio de Cristo. Ese misterio, que en otras generaciones no se les dio a conocer a los seres humanos, ahora se les ha revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas de Dios; es decir, que los gentiles son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igual- mente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio. De este evangelio llegué a ser servidor como regalo que Dios, por su gracia, me dio conforme a su poder eficaz. Aunque soy el más insignificante de todos los santos, recibí esta gracia de pre- dicar a las naciones las incalculables riquezas de Cristo, y de hacer entender a todos la realización del plan de Dios, el miste- rio que desde los tiempos eternos se mantuvo oculto en Dios, Creador de todas las cosas. El fin de todo esto es que la sabidu- ría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor.

Los eternos propósitos de Dios reflejan su perfecta y eterna sabidu- ría, y él ha diseñado el m u n d o de m o d o que estemos más felices cuando él es glorificado en nuestras vidas. Por razones que nos son incompren- sibles, Dios tiene pasión por la intimidad con su pueblo y participamos

PROPÓSITO Y PASIÓN

en sus eternos propósitos cuando le buscamos con todo el corazón. A veces leemos apenas una afirmación como esta que acabo de mencio- nar, y no llegamos a sentir el impacto, la fuerza: Dios tiene pasión por la intimidad con su pueblo. Michael Card, cantante y compositor, lo dijo en términos fundamentales al cantar: «¿Puede ser que prefirieras morir en lugar de vivir sin nosotros?3 Hasta ese punto llegará Dios en su bús-

queda de la comunión con nosotros. Su deseo va más allá de las palabras: es tan potente que le movió a entrar en la historia humana. El apóstol Juan escribió: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fue- ra ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados» (1 Juan 4:10). Dios creyó que por la comunión íntima con nosotros valía la pena la muerte de su propio Hijo. ¿Quién podría siquiera comenzar a com- prender tal amor?

Tu belleza es indescriptible,

eres demasiado maravilloso como para expresarlo con palabras, demasiado como para comprenderlo,

no hay nada que veamos o podamos oír que se compare contigo.

¿Quién podrá entender tu infinita sabiduría? ¿Quién podrá medir la profundidad de tu amor? Tu belleza es indescriptible,

Majestad, entronado en amor estás.4

Este es el Dios que quiere conocernos. Este es el Dios que entregó a su Hijo como pago de nuestro rescate. El Dios que creó miles de millo- nes y billones de estrellas, el Dios que diseñó los cielos con la facilidad con que un diseñador de interiores cuelga cortinas, un Dios que desea intimidad con nosotros al punto de estar dispuesto a entrar en nuestro mundo con todas sus limitaciones, permitiéndonos que le crucificára- mos. Si esto es así, la existencia puede tener verdadero sentido solamente cuando encontramos a ese Dios glorificado en nuestra vida.

Las preguntas de rigor serán entonces: «Si un Dios pudo crear y sos- tener un universo tan asombroso y complejo como el nuestro, y si ese

E L L Í D E R PERFECTO

mismo Dios diseñó un plan para redimir a la humanidad perdida, si ese Dios llegó al punto de rescatar a las personas que ni siquiera se daban cuenta del peligro que corrían, ¿se puede confiar en ese Dios? ¿Puede ser que su propósito para nuestras vidas sea mejor que el que podamos con- cebir nosotros?» La respuesta es: «¡Por supuesto!» Pero antes de felicitar- nos por haber contestado bien, aparece otra pregunta: «¿Qué, entonces? ¿Qué implica esta creencia? ¿Y cómo ha de reflejarla nuestra vida?»

La práctica revela cuáles son nuestras prioridades y creencias. Podemos afirmar en lo cognitivo que Dios tiene un propósito mejor que cualquiera de los que podamos tener nosotros, pero, ¿se ve esto en nuestras acciones? En oposición a lo que se cree por lo general, al entre- garnos a los propósitos de Dios y darnos por entero y sin reservas a él, no estamos sacrificando nada más que la ilusión de la auto suficiencia. Y estamos abrazando algo por demás maravilloso.

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