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CDS/ISIS PASCAL

In document Reference Manual (Version 1.5) (Page 140-151)

B. C ONVERSION TABLES

11. CDS/ISIS PASCAL

Muchos psicólogos no aceptan el tema de la madurez psíquica por razones epistemológicas, pues ésta se refiere a determinados valores que –según ellos– no pertenecen a una ciencia descriptiva como la psicología. Por este motivo, algunos prefieren identificar la madurez con el comportamiento dominante entre personas adultas. Transformar la madurez en un índice estadístico no parece el modo me- jor de resolver el problema. En efecto, existen comportamientos habituales que, como el ansia, son inmaduros, mientras que otros, como el servicio a los demás, aunque raros, son necesarios para que la persona adquiera madurez.

Otros psicólogos distinguen entre valores de contenido (familiares, sociales, éticos, religiosos, etc.) y valores formales o de buen funcionamiento (comporta- miento motivado, ausencia de ansiedad, alegría, etc.). Los valores de contenido –según estos autores– no son criterios de madurez psíquica ya que no puede ga- rantizarse su validez desde el punto de vista psíquico. Los valores de buen fun- cionamiento serían garantizados, en cambio, por la ciencia psicológica.

Si bien a primera vista parece pertinente, la separación entre los dos tipos de valores no es capaz de resolver un problema metodológico: la circularidad en su definición. En efecto, los valores formales o de buen funcionamiento no pueden ser definidos sin tener en cuenta los valores de contenido. Por ejemplo, la ansie- dad es señal de falta de madurez no por sí misma, sino porque impide que la per- sona se comporte de modo adecuado a la situación; ahora bien, el comportamien- to adecuado no puede definirse únicamente de modo psicológico, sino con ayuda de otros criterios: sociales, morales, religiosos, etc. Siguiendo con el ejemplo an- terior, la persona que, para superar la ansiedad, se emborracha, elige un compor- tamiento psíquicamente nocivo, no solo porque es inadecuado para ese fin, sino porque además se opone a la persona destruyéndola. Es verdad que la psicología no está en condiciones de demostrar por qué la madurez está ligada a algunos va- lores de contenido que –cuando se rechazan– ocasionan problemas psíquicos, pero puede mostrar y analizar, desde el punto de vista de la experiencia, que exis- te una relación entre valores de contenido (sociales, morales y religiosos) y ma- durez psíquica4.

Antes de analizar los valores de contenido, hay que indicar los valores de buen funcionamiento, que constituyen el equilibrio psíquico. El objetivo del buen funcionamiento de la psique es el comportamiento adecuado a la situación, por ejemplo, el éxito escolar, las buenas relaciones conyugales, etc. El comportamien- to puede estudiarse, sea desde el punto de vista subjetivo o de la valoración que el

4. Algunos psicólogos, como Frankl, fundamentan su terapia precisamente en la relación entre los valores de contenido y la madurez psíquica (vid. V. E. FRANKL, Man’s Search for Meaning,

sujeto hace de él, sea desde el punto de vista objetivo o de la valoración que los demás realizan de dicho comportamiento. Para que pueda hablarse de buen fun- cionamiento o equilibrio psíquico es necesario que haya un comportamiento ade- cuado, valorado así por el mismo sujeto y los demás.

Cuando existe una separación más o menos profunda entre la valoración ob- jetiva del comportamiento y la subjetiva, nos hallamos frente a un caso de falta de equilibrio psíquico; por ejemplo, al estudiante inteligente pero inseguro de sus capacidades los éxitos escolares pueden parecerle una casualidad, por lo que, a pesar de sus dotes, experimentará inseguridad y tal vez también ansiedad ante los exámenes; al marido o a la mujer que tiene un ideal utópico de la relación conyu- gal, la relación real puede parecerle frustrante5. He considerado el triunfo escolar

o la buena relación conyugal como objetivamente adecuados, pero no todos los psicólogos estarían de acuerdo con dicha valoración, por lo menos en lo referen- te a la relación conyugal; por ejemplo, para cuantos consideran el divorcio o las relaciones extraconyugales como comportamientos normales, la buena relación conyugal no sería un valor de buen funcionamiento. Lo que significa que, en el caso de la relación conyugal, el equilibrio psíquico, además de valores formales, debe tener en cuenta valores de contenido: la relación extraconyugal es un com- portamiento inadecuado a la persona, con independencia de cómo lo juzgue la mayoría.

3.1. Significado de los términos

Para muchos psicólogos, equilibrio psíquico y madurez psíquica significan lo mismo. Me parece que, sin embargo, no es así: por más que la madurez psíqui- ca implique equilibrio, dicha implicación no es reversible, es decir, el equilibrio psíquico es compatible con la inmadurez. El equilibrio psíquico se refiere a cier- ta integración de los diferentes niveles de la personalidad en las diversas etapas de la vida, mientras que la madurez implica el desarrollo de todas las capacidades personales.

La existencia de tensiones entre los diferentes niveles no debe inducir a pen- sar que la psique humana está gobernada por fuerzas ciegas que la empujan a ac- tuar de acuerdo con la pulsión dominante, pues existe originariamente un nivel (el racional-volitivo) capaz de establecer cierto orden y, por consiguiente, de permi- tir la construcción paulatina de la propia personalidad. Dicha construcción puede ponerse en relación con un dinamismo fundamental de la psique que tiende a su- perar cualquier tipo de situación actual, en especial la de carácter conflictivo, a través de un proceso de crecimiento. El crecimiento consiste en el desarrollo del

5. El desfase o la coincidencia entre relación ideal y real ha sido estudiado, entre otros, por R. STERNBERG, A Triangular Theory of Love, «Psychological Review», 93 (1986), pp. 119-135.

proyecto de sí, que, no obstante contenga los modelos parentales y culturales, es fruto de espontaneidad. Una espontaneidad que, según Nuttin, es personal en un doble sentido: a) porque la forma de vida hacia la que tiende la persona se halla presente en ella como una especie de ideal; b) porque es la misma persona quien se posiciona frente a la forma actual de su personalidad y a las tendencias que obran en ella6. Con otras palabras: el dinamismo fundamental de la persona supe-

ra el nivel instintivo porque es una intención o proyecto presente en la conciencia (aspecto cognoscitivo de sí mismo) y porque el yo tiende en esa dirección de modo deliberado. La estructura del yo o proprium, una vez afirmada, se convier- te en el principio organizador más importante del aprendizaje posterior y de la construcción del proyecto existencial7.

El equilibrio psíquico es, pues, relativo en el sentido de que: a) la integra- ción de los niveles no será jamás perfecta, pues habrá tensiones, incluso cuando el comportamiento corresponda al querer real de la persona; b) siempre existirá el riesgo de perder el equilibrio alcanzado. Dicho riesgo, que se manifiesta de for- ma clara en las etapas de crisis, no debe verse como algo negativo (lo sería si la construcción de la psique fuese perfecta), sino como la posibilidad misma de se- guir creciendo.

El equilibrio psíquico no debe entenderse, pues, ni como pura espontanei- dad, pues la persona tiene que participar voluntariamente para lograrlo (de aquí la falacia de concebir el equilibrio psíquico como dinamismo espontáneo), ni como un estado que ya se ha alcanzado, sino como un proceso de integración en el que los cambios de etapa son muy importantes pues de su superación o no de- pende la integración de los niveles y el paso a una etapa sucesiva o, en cambio, la desintegración e incluso la regresión a etapas ya superadas. El éxito o el fracaso del crecimiento psíquico no se refiere, pues, a una necesidad particular o a una motivación tendencial que se satisface o frustra de una vez por todas, sino al éxi- to o fracaso en la construcción de la personalidad. Nuttin habla de canalización

molar, o sea, la personalidad se canaliza o elige aquellos comportamientos y

aquellas tendencias que la satisfacen en mayor medida, ocasionando así que algu- nas tendencias pierdan o disminuyan la propia potencialidad activa8. La canali-

zación molar permite comprender el cambio de las tendencias y comportamien-

tos que habitualmente marcan el paso de la infancia a la adolescencia y de esta última a la edad adulta o de una concepción de la vida a otra diferente.

6. Vid. J. NUTTIN, Psicanalisi e personalità, o.c., p. 231

7. Vid. G.W. ALLPORT, Desarrollo y cambio: consideraciones básicas para una psicología de la

personalidad, Paidós, Buenos Aires 1963.

3.2. Etapas en la estructuración de la psique

Las etapas más importantes en el proceso de estructuración de la psique son las siguientes9: formación, descubrimiento del propio yo, primera crisis del yo,

equilibrio entre yo y alteridad, madurez. 3.2.1. Formación

Como ya señaló Freud, el valor de sí en la primera edad está tomado de los valores presentes en los padres y también, como afirma Minsky, de los mode- los elegidos.

Erikson sostiene que el pesimismo o el optimismo del niño proviene de las primeras relaciones con la madre. Si el ambiente familiar es inestable y poco aco- gedor, las relaciones se caracterizan por un clima relacional regido por la sospe- cha. Las actitudes de los padres en relación a sus hijos desempeñan una función fundamental: la presencia de una madre ansiosa que no deja respirar al niño y de un padre rígido o de una madre que se desentiende del niño pueden conducir a ra- dicalizar en el niño una desconfianza de base. El niño que tiene buenas relacio- nes con sus padres poseerá una visión positiva del mundo y de los demás, es de- cir, una confianza de base10.

Para la consolidación de las actitudes optimistas o pesimistas, la infancia es importante, pero no decisiva. La transformación del optimismo en pesimismo y viceversa dependerá del modo en que la persona aprenda a utilizar los recursos íntimos de que dispone, en particular la benevolencia y la esperanza. La introyec- ción de modelos, relaciones parentales y censuras exteriores proporcionan cierta dirección a la psique en formación. De todas formas, el proyecto de sí, que está conectado a la construcción de la psique, no es una simple imitación de otros pro- yectos ni el resultado inevitable de las primeras relaciones intersubjetivas ni un conjunto de prohibiciones, sino que cuenta con elementos nuevos, especialmente con elementos cognitivos que permiten que en su actuación el niño comience a tener, además de las motivaciones orgánicas, otras de rango superior, como el amor a parientes y amigos, el deseo de saber, de experimentar…

3.2.2. Descubrimiento del yo

El descubrimiento del propio yo equivale a la primera etapa en la integra- ción interior de los niveles de la personalidad. Se trata de un esbozo de yo que, en nombre de normas aceptadas y más o menos comprendidas, aprende a gobernar

9. Para un análisis detallado de las etapas del desarrollo desde la infancia a la adolescencia, véa- se L. PINKUS, C. LAICARDI, Orientamenti in psicologia, o.c., pp. 71-98.

y dirigir la acción, substrayéndola del dominio inmediato del impulso y del pla- cer. Se delinea así cierto proyecto de la propia existencia unido con un concepto de sí, o sea, con un cuadro de referencias con el que el sujeto se identifica y con el que se comparan los diferentes comportamientos posibles. Dicho proyecto, to- davía muy vago, se basa sobre todo en lo que el yo considera bueno para sí: ser amado y estimado, triunfar, poseer lo que se considera necesario, etc.

El niño, desde los cinco años y medio hasta los doce, dirige sus energías a los procesos de adaptación a nuevas situaciones, mientras que intensifica sus in- versiones psíquicas en saber, en conocer de forma ordenada las diferentes reali- dades. Si las experiencias precedentes –en conjunto– han sido positivas, la con- fianza y la seguridad que el niño ha asimilado le permitirán una actitud positiva respecto de los adultos y compañeros. El niño se dará cuenta de que es capaz de salir airoso de diferentes tareas y relaciones humanas antes desconocidas y co- menzará a desarrollar como característica psicológica dominante una productivi- dad creativa.

Si las experiencias mencionadas anteriormente son en conjunto frustrantes, el niño las interpretará como incapacidad para ser autónomo y para tener estima de sí: intentará quedarse en casa jugando solo, evitará las relaciones con los otros niños, etc., desarrollándose así en él un profundo sentimiento de inferioridad y de rivalidad con sus compañeros, lo que dará lugar a un círculo vicioso: su compor- tamiento de rechazo favorecerá el rechazo por parte del grupo y, al sentirse recha- zado por este, aumentará su rechazo del grupo.

3.2.3. Primera crisis del yo

La madurez del propio yo coincide con la etapa que va de la pubertad al fi- nal de la adolescencia, en la cual el yo no solo experimenta con más fuerza las ten- dencias vitales y del yo, sino que empieza también a abrirse a los demás, no como objetos disponibles para satisfacer sus deseos, sino sobre todo como personas que lo obligan a ser él mismo: el deseo de ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados; el impulso de entregarse por un ideal; el descubrimiento del primer amor, como posibilidad de donación total… Si en la etapa precedente el yo como centro de control se alternaba con un dejarse llevar por los propios caprichos, en esta el yo sufre un embate aún mayor: los fuertes impulsos egoístas se alternan en el adolescente con otros igualmente fuertes de carácter altruista e idealista. La in- tensidad de la tensión entre las tendencias opuestas produce en la psique un mo- mento decisivo de crisis. De la superación positiva de esta dependerá que el ado- lescente madure no solo físicamente, sino también psíquicamente, preparándose para la última fase de la adolescencia, que termina en torno a los 18 años.

El problema fundamental del desarrollo en la adolescencia es la identidad personal, es decir, la exigencia de saber quién soy yo y qué papel desempeño. Por primera vez, la persona se enfrenta a la sociedad como a una realidad sumamente

compleja que influye poderosamente en ella mediante modas, estilos de vida, etc. Junto a esto, el influjo de la dinámica hormonal sexual –acontecimiento nuevo e inesperado–, la modificación del propio esquema corporal, las instancias de con- tinuidad consigo mismo que parecen desvanecerse o por lo menos interrumpirse ocasionan una fuerte inestabilidad en la psique del adolescente.

El adolescente, cuando –basándose en las experiencias previas– posee un cuadro ordenado de valores y un lugar preciso en el ámbito de la familia y de los amigos, adquiere un mayor sentido de continuidad consigo mismo, lo que favo- rece el crecimiento de identidad. Por otro lado, la superación de los conflictos ca- racterísticos de esa edad, mediante una actitud de confianza, de iniciativa y de in- dependencia gradual, permite al adolescente el desarrollo de un realismo constructivo. Cuando no es así, tiende a encerrarse, aislándose en una descon- fianza global: hacia sí mismo, el mundo y los demás. La desconfianza puede transformarse en impaciencia, miedo de no conseguir realizar el propio proyecto existencial llegando hasta el sentimiento de completa impotencia.

3.2.4. Equilibrio entre el yo y la alteridad

La etapa del equilibrio entre las tendencias vitales –las que se dirigen hacia el yo y hacia el otro– depende del descubrimiento del sentido del propio vivir (de los 18 a los 40 años). La persona, que hasta ese momento ha intentado integrar las diversas tendencias apoyándose sobre todo en la actividad de control del yo, des- cubre que el único modo para conseguir el equilibrio psíquico es el amor. En efec- to, el principal modo de dar sentido a la vida es la relación amorosa, sea en su for- ma religiosa, el amor a Dios, sea en su forma profana, el amor a otra persona.

La relación amorosa conduce a un mejor conocimiento de sí, que se concreta en una respuesta de carácter positivo a las tres preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué quie- ro hacer en la vida? ¿Cómo lo haré? A la primera pregunta –¿quién soy?– no se responde trayendo a colación los diversos papeles que se desempeñan, ni el modo en que los demás nos juzgan, sino a través del conocimiento de los propios límites y cualidades que, cuando son iluminados por el amor, no desaniman sino que lle- nan de esperanza. En efecto, el concepto de sí, incluso cuando los límites y defec- tos son patentes y numerosos, será adecuado si es positivo, porque se basa en el propio valor personal, que no se pierde nunca y, además, es reconocido como tal por los que nos aman. La segunda pregunta –¿qué quiero hacer en la vida?– impli- ca la elección de un fin existencial o por lo menos de una dirección general de la propia vida que consienta la organización de unos valores de contenido comparti- dos por las personas que se ama. La tercera pregunta –¿cómo lo haré?– requiere la reflexión para comprobar que los obstáculos interiores o exteriores no nos estén alejando más o menos de lo queríamos hacer. A responder esta pregunta ayuda, además de la reflexión, una serie de actitudes: la conciencia de ser libres para rec- tificar cuando sea necesario, la confianza en la ayuda de los demás especialmente de las personas que queremos –en particular cuando ser fieles a sí mismo cuesta–,

la convicción de que todas las experiencias, incluso las negativas, pueden servir- nos para crecer como personas11. En definitiva, quien se plantea estas preguntas y

responde de forma positiva se da cuenta de los motivos que lo mueven a actuar y se muestra suficientemente distante de los motivos inconscientes infantiles o de los puramente emotivos. De este modo, actúa porque ama, sintiéndose plenamen- te responsable de sus acciones, cuyo fin es el bien de los que ama.

3.2.5. La personalidad madura

El mejor conocimiento de sí y la propia aceptación están en la base de la ma- durez de la personalidad (a partir de los 40 años). La personalidad madura «se ca- racteriza por la armonía entre todos los elementos de la personalidad, de lo que resulta el sentido de responsabilidad y de autocontrol. La adaptación respecto de sí mismo y de los demás, la integración dentro de la propia personalidad, son con- diciones psicológicas altamente positivas, las cuales conducen a la tranquilidad física y psíquica, a la posibilidad de afrontar con serenidad cada una de las nue- vas situaciones de la vida»12. Esta adaptación no tiene nada que ver con la adap-

tación del hombre inmaduro, de la que, por ejemplo, habla Abraham H. Maslow (1908-1970): «la adaptación es un proceso más pasivo que activo; su ideal se consigue en aquel que puede ser feliz sin individualidad, incluso el lunático o el prisionero bien adaptado. Este enfoque ecologista implica maleabilidad y flexibi- lidad en el ser humano, y ausencia de cambio en la realidad. Es, por tanto, status

quo y fatalismo. Y, además, no es cierto. Los seres humanos no son infinitamente

maleables, y la realidad se puede modificar»13. La adaptación del hombre madu-

ro, en cambio, no implica un esfuerzo pragmático ni un dejarse llevar por modas y estilos de vida dominantes, sino un perfeccionamiento continuo de sí.

La madurez, que equivale a la plenitud y caracteriza al adulto en sentido ple-

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