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3.3 Cross Section Microstructural, Structural, and Surface Characterization

3.3.3 Ceramics

La identidad por ella misma sólo es un concepto que se puede tener de uno mismo o de otro. Yo tengo el concepto de mi identidad, pero también lo tengo del de la tuya, o de la del gato de los vecinos, o de la de mi coche, o de la del alcornoque del jardín, o de la del ordenador en el que estoy escribiendo ahora. Por la propia utilidad del mecanismo cerebral que genera el concepto de identidad, lo utilizamos para definir y dotar de un sentido a cualquier conjunto estructurado, no solamente del mundo físico, sino del mental.

En cambio, hay otro fenómeno que, aún estando íntimamente relacionado con el de la identidad, sólo puede ser experimentado desde el interior de uno mismo. Se trata de la conciencia, es decir, de la experiencia subjetiva que cada uno de nosotros tenemos, mediante la cual tenemos sensaciones y nos damos cuenta de que somos los protagonistas de estas sensaciones. Se trata de un fenómeno que sólo se puede vivir en primera persona. Yo no puedo experimentar lo que tú sientes cuando ves una puesta de sol o cuando te duele la cabeza o cuando hueles el aroma del pan recién hecho. Sólo puedo imaginar que sientes algo parecido a lo que yo sentiría en una situación similar, pero tal vez tus sensaciones y las mías sean muy distintas.

La conciencia es un fenómeno difícil de definir y aún más difícil de explicar, pero todos tenemos claro que somos conscientes de lo que experimentamos y de lo que hacemos. En la cueva de Jebel Qafzeh, en Israel, se encontraron restos de entierros rituales de humanos anatómicamente bastante similares a los actuales, que se han datado con una antigüedad alrededor de los 100.000 años201. Esto parece un signo de que ya entonces aquellos antepasados nuestros se daban cuenta de la peculiaridad del fenómeno de la conciencia e intentaban encontrarle —o atribuirle— un significado, en una búsqueda que continúa en nuestros días.

Pero antes que nada, ¿qué propiedades de la conciencia podemos observar directamente? La primera de ellas es que no somos conscientes de todo lo que nos pasa, sino sólo de una parte. Así, hay algunos procesos corporales que en las condiciones habituales son inconscientes, como la digestión, el ritmo cardíaco, la regulación de la temperatura y la presión arterial, y la mayor parte del tiempo la

200 La idea de que todos tenemos átomos de Shakespeare la expuso Bill Bryson en su libro “A Short History of Nearly

Everything” (2003). Para hacer el cálculo hay que definir cuándo se considera que un átomo ha pertenecido a alguien.

Así, hay átomos que sólo han entrado en nuestro sistema respiratorio o digestivo y después han sido expulsados. Otros en cambio, han pasado a formar parte de nuestro cuerpo durante un tiempo más o menos largo, e incluso algunos pueden haber permanecido en él a lo largo de toda nuestra vida.

201

“Uniquely human: the evolution of speech, thought, and selfless behavior” de Philip Lieberman, publicado por Harvard University Press (1993).

respiración. Además, en cada momento sólo somos conscientes de algunas de las percepciones de nuestros sentidos, las que tienen que ver con el objeto de nuestra atención. Así por ejemplo, si estamos absortos en una lectura interesante seguramente no nos daremos cuenta que fuera está oscureciendo. O si estamos cenando con un grupo en un restaurante, de entre las muchas conversaciones sólo seremos conscientes de la que mantenemos en nuestra mesa202. O cuando estamos trabajando en la oficina entre la actividad general no nos damos cuenta del ruido que hace el aire acondicionado.

No ser conscientes de algo no quiere decir, sin embargo, que nuestros sentidos no capten este algo, sino que entre nuestros sentidos y nuestra conciencia se interpone un filtro que decide qué percepciones deben pasar al nivel consciente y cuáles no. La prueba de que realmente nuestros sentidos están percibiendo y procesando estos fenómenos sin la participación de nuestra conciencia la podemos encontrar en los mismos tres ejemplos que acabo de exponer. Así, cuando estoy leyendo, si lo que sucede tras la ventana no es que oscurece, sino que aparece una persona, instantáneamente la visión de la ventana salta al nivel consciente, para alertarnos del hecho. O si cuando estamos cenando en el restaurante, una de las conversaciones de las otras mesas cita un nombre o un hecho que nos interesa, inmediatamente la atención salta a aquella conversación para intentar averiguar lo que están comentando. O si en la oficina de repente una avería apaga el aire acondicionado, entonces nos daremos cuenta de ello y exclamaremos: “¡Qué descanso!”. En los tres casos lo que ha sucedido es que en el momento en que el filtro (que funciona de manera autónoma e inconsciente) ha detectado un hecho que considera importante, lo sube al nivel consciente para que pueda ser tratado por el sistema ejecutivo.

La segunda observación directa que podemos hacer es que la conciencia, además de ser habitualmente parcial, desaparece también de manera total como consecuencia de procesos corporales originados por causas naturales o provocadas. La más evidente de estas causas es el sueño: cuando dormimos dejamos de ser conscientes (pero continúan funcionando los sentidos y el filtro de control: así, si estamos acostumbrados a dormir en un lugar en el que son habituales ciertos ruidos nocturnos, éstos no nos despertarán, pero un ruido diferente lo hará, como también lo harán los ruidos a los que sabemos que tenemos que prestar atención, como el despertador, o el lloro del nuestro hijo pequeño). También podemos perder la conciencia por otras causas naturales, como una lipotimia o un estado de coma203, o provocadas, como la anestesia o ciertas drogas.

202

Bien, este ejemplo concreto no es muy aplicable a los Aspies, que, como he dicho en otro momento, solemos tener dificultades en separar la conversación de nuestro grupo de las restantes conversaciones y de los ruidos de fondo.

203 Generalmente se cree que las personas en estado vegetativo (que parecen haber despertado de un coma pero no

muestran ningún signo de darse cuenta de nada) no perciben ni son capaces de ninguna actividad intelectual. Sin embargo, un experimento reciente parece demostrar lo contrario. A una mujer de 25 años que, a causa de un traumatismo cerebral severo provocado por un accidente de tráfico, llevaba cinco meses en estado vegetativo, se la observó con imaginería por resonancia magnética funcional (fMRI) mientras se le daban instrucciones de palabra. En unas se le decía que imaginase que estaba jugando a tenis. En otras que entraba por la puerta de casa e iba recorriendo las habitaciones. Los mapas de respuestas cerebrales respectivos fueron comparados con los de otros individuos de control a los que se habían dado las mismas instrucciones, y se observó que se correspondían completamente. Es decir, que la mujer no solamente oía y entendía lo que se le decía, sino que era capaz de ejecutar mentalmente lo que se le estaba pidiendo. (“Detecting Awareness in the Vegetative State” de Adrian M. Owen, et al., publicado en la revista Science 313, 1402, año 2006).

La naturaleza del fenómeno de la conciencia plantea infinidad de preguntas: ¿Se trata de un fenómeno exclusivo de los humanos? ¿Es una cualidad que se tiene completamente o no se tiene, o por el contrario se da en diversos grados? ¿Es algo externo a la materia, o en cambio es inherente a la misma? ¿Es una cualidad que emerge de la complejidad? ¿Para qué sirve la conciencia, o dicho de otra manera, cómo seríamos si no la tuviésemos? ¿Podría un robot llegar a ser consciente? Si hay otros animales conscientes, ¿cómo es su conciencia? ¿Cómo es ser un murciélago?204

Los filósofos, a lo largo de milenios, y más recientemente los neurocientíficos, han elaborado múltiples teorías para intentar explicar la conciencia. Antes de exponer la que encuentro más ajustada a los conocimientos actuales, comentaré dos tipos de experimentos (unos relacionados con ciertos problemas de visión, y otros con la temporización de nuestros sentidos y acciones) que apuntarían en esta línea.

Algunos daños cerebrales pueden producir lo que se conoce como visión ciega (blindsight en inglés). La persona afectada pierde la visión —aunque sus ojos están en perfectas condiciones— debido al mal funcionamiento de una zona del córtex visual primario llamada V1. En la década de 1970, Lawrence Weiskrantz205 observó que estas personas tenían cierta capacidad de visión, aunque no eran conscientes de ello. Así por ejemplo, mostraba a la persona con visión ciega un cuadro con líneas, a veces horizontales y a veces verticales, y le preguntaba cuál era su orientación. La persona manifestaba no saberlo porque no veía las líneas. Sin embargo, cuando Weiskrantz insistía y le pedía que intentase adivinarlo, la persona probaba, ¡y acertaba!

En los últimos 35 años han continuado los experimentos con este fenómeno, comprobándose efectivamente que estas personas realmente ven sin ser conscientes de ello. En un experimento realizado en el Laboratorio de Neurociencia Cognitiva y Afectiva de la Universidad de Tilburg, en Holanda, una persona con daño bilateral en el córtex visual primario, a consecuencia de dos accidentes vasculares cerebrales que le habían provocado una ceguera clínica total, fue capaz de caminar a lo largo de un pasillo en el que se habían colocado un conjunto de obstáculos de diversos tipos, sin chocar con ninguno de ellos206.

204

Esta pregunta es el título de un célebre artículo de Thomas Nagel (“What is it like to be a bat?”, publicado en The Philosophical Review LXXXIII, 4; October 1974: 435-50). En él destaca la diferencia entre la subjetividad y la objetividad a través del ejemplo de los murciélagos. Sabemos cómo se orientan, cómo se comportan, pero no podemos saber cómo sienten estas experiencias: no podemos saber cómo es ser un murciélago. Nos encontramos en una situación en la que sabemos que la materia y la mente pueden ser la misma cosa (como lo son la materia y la energía), pero no sabemos cómo. Nagel pone el ejemplo de una persona que no conociese el proceso de la metamorfosis, y encerrara una oruga dentro de una caja estéril. Si unas semanas después abre la caja y encuentra en su interior una mariposa, podrá deducir que la oruga se ha convertido en mariposa, pero no entenderá cómo.

205 Profesor Emérito del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, que

publicó sus estudios sobre este tema en el libro: “Blindsight: A Case Study and Implications” publicado el año 1986 por Oxford University Press, del cual se hizo una segunda edición revisada y ampliada en 2009 con el título “Blindsight: a

case study spanning 35 years and new developments”.

206

“Intact navigation skills after bilateral loss of striate cortex” de Beatrice de Gelder & al, publicado en Current Biology, Vol 18 No 24, R1128-1129. El vídeo del experimento está accesible en la web, a través de la página

El otro tipo de experimentos que quiero destacar son los que llevó a cabo Benjamin Libet en la Universidad de California el año 1979207. Algunas intervenciones quirúrgicas cerebrales requieren que el paciente esté consciente, únicamente con anestesia local. Libet obtuvo permiso del mismo para efectuar durante la operación un experimento que consistía en insertar electrodos en el cerebro y detectar el tiempo que tardaba desde que se aplicaba un estímulo a la piel de la persona hasta que ésta era consciente de ello. El tiempo medio obtenido fue de 500 milisegundos (medio segundo), muy superior al que se necesita para una respuesta automática, que suele ser de unos 200 milisegundos (un quinto de segundo).

Años más tarde, el mismo Libet ideó una variante del experimento, de más fácil realización, ya que no requería el acceso al interior del cerebro. A los participantes se les colocaba en una mesa frente a un reloj que medía milisegundos, se les conectaban unos electrodos electroencefalográficos, y se les pedía que pulsasen un botón en el momento que ellos quisieran, fijándose en la posición del reloj cuando lo hiciesen, y anotándola después. Al final del experimento, se recogían y comparaban los momentos exactos de: la pulsación del botón, el instante en el que el participante decía que había hecho esta pulsación, y el momento en que el encefalograma había detectado el inicio de la actividad cerebral para iniciar la acción de la pulsación. Los resultados mostraron que transcurría un tiempo de unos 200 milisegundos desde el instante en que el participante decía haber tomado la decisión, hasta el momento exacto en que el botón había sido pulsado, lo que corresponde al lógico tiempo mecánico de ejecución de la acción. Pero lo que resultó más sorprendente fue que la actividad encefalográfica se iniciaba 300 milisegundos antes del momento correspondiente a la decisión del participante. La persona creía tomar la decisión después de que el cerebro ya hubiese empezado a actuar. Estos resultados causaron una gran polémica y fueron objeto de muchas y muy diferentes interpretaciones. Algunos concluyeron que nuestra sensación de que tomamos decisiones libremente es falsa, ya que cuando conscientemente creemos decidir algo, en realidad la decisión ya ha sido tomada en el cerebro. La mayoría intentaban aprovechar el resultado como argumento para justificar su posición previa en este continuo debate.

Los siguientes son mis puntos de vista sobre tres aspectos claves de la conciencia: su funcionamiento, su relación con la materia, y su eventual perdurabilidad.

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