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Dos hechos distintos y distantes, ayudarán a explicar lo que queremos exponer:

1. La economía moderna o capitalista dio un viraje ético radical, al pasar de la centralidad de las personas a la centralidad de las cosas. Esta nueva lógica fue más allá, puso a las personas al servicio de las cosas o mejor, al servicio de quienes privilegian la acumulación de cosas, llamada riqueza. En el empeño por la acumulación se atropellan personas, pueblos, culturas, naturaleza, alineando todo a ella y al consumo que esa acumulación demanda.

Dicha práctica, de tanto repetirla, se vuelve cotidiana, se transforma en cultura y; como con- secuencia, nos parece que así fueron siempre las cosas y que así deben seguir siendo; que es la única forma de organizar el mundo. Así nos enseña la escuela, el colegio, la universidad y la práctica de los negocios; allí aprendemos a maximizar las utilidades minimizando los costos, sin importar que en esos costos a minimizar se encuentren los ingresos de las personas que trabajan y cuya vida y de sus familias depende de esos ingresos.

Por ventura, también han existido antes, durante y después de la economía moderna, las eco- nomías contestatarias o alternativas, como la social y solidaria, la familiar, la comunitaria; eco- nomías que privilegian a las personas y sus condiciones de vida, por encima de otros intereses. Esta persistencia obedece a una razón muy simple como potente: son las economías que se ocupan ante todo de la vida de las personas, de sus necesidades, por encima de cualquier otro interés; les importa, sobre todo, que la vida se conserve, se reproduzca y se perpetúe.

Para ejemplificar lo que estamos entendiendo por estas economías de la vida, vamos a re- ferir un hecho que parece anecdótico en un mundo en el que las necesidades vitales de las personas generalmente no importan, si su satisfacción no lleva de por medio un negocio con ganancia. Un grupo de personas emprendimos una caminata de 2 días, entre ida y vuelta, a la laguna sagrada de Ayllón, en el cantón Sígsig. Para iniciar la caminata, encargamos nuestro vehículo en la última casa del camino, al pie de la montaña.

Cuando llegamos de regreso al siguiente día, hacia la media tarde, a dicha casa, luego de haber disfrutado a maravilla del objetivo de nuestro viaje, extenuados, hambrientos, sedien- tos, teníamos el pensamiento fijo en irnos rápido al primer lugar que nos permita aplacar nuestras urgentes necesidades. Pero, ¡oh sorpresa!, nuestro vehículo estaba “corchado” por otro, cuyo dueño encargó también para ir a la montaña a revisitar su ganado.

Después de una “eterna” espera de una media hora al dueño del vehículo ajeno, pedimos a la dueña de casa que nos prepare una de las gallinas regordetas que paseaban en nuestro delante, que le pagaríamos lo que nos cobre; la señora consultó a su hija y ésta negó porque las gallinas son a medias con su hermana y ella no se encontraba presente para aprobar la venta y, por tanto, no podía venderla aunque fuera a muy buen precio.

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Como nuestras necesidades urgían, tratamos de abrir el vehículo que nos estorbaba, para empujarlo a un costado, pero el dueño de casa se acercó para indicarnos comedidamente que no debíamos intentar tal cosa, en razón de que el encargo habían hecho a su persona y que si alguien le encargaba algo, debía tener la seguridad de volver a encontrar su encargo tal como lo dejó.

Insistimos a la señora de la casa que nos proporcione alguna comida, que le pagaríamos lo que cueste. Al rato asomó su hija con una fuente grande de mote y quesillo amasado con sal, una delicia aún cuando no hay mucha hambre y mucho más en las condiciones en las que nos encontrábamos. Sin imaginar mucho es fácil entender que terminamos rápido la provisión y pedimos una repetición, que nos fue concedida sin contratiempos. Saciados ya, pedimos que nos cobre por tan buen alimento. La respuesta fue sorprendente: que no podían cobrarnos por algo que no estuvo previsto vender, porque era parte de sus reservas de comida familiar y que habían compartido con nosotros porque teníamos hambre.

Lo relatado nos ofrece algunas reflexiones sobre las economías que se guían por la lógica de conservar la vida: a) la confianza segura en la palabra dada, reflejada en la actitud y las expre- siones del dueño de casa: si alguien me encarga algo, debe tener la seguridad de encontrar su encargo como lo dejó; b) más importante que hacer un buen negocio, es conservar las buenas relaciones con la familia o con quien tenga un compromiso, puede entenderse de la actitud de la hija de no vender la gallina porque no se encuentra la otra dueña, su hermana, para ponerse de acuerdo en la venta; c) cuando se trata de necesidades importantes de los demás, aunque sean desconocidos como en nuestro caso, debemos compartir con ellos no necesariamente lo que nos sobra, sino lo que tenemos para nuestro propio uso o consumo, es lo que nos dicen al convidarnos la comida reservada para ellos; d) en la economía orienta- da a la vida, el verdadero valor de las cosas no está en el precio que puedan tener al vender- las, sino en su utilidad para satisfacer una necesidad importante de las personas.

2. Cuando empezó a operar la Cooperativa de Ahorro y Crédito Jardín Azuayo en 1.996, sus créditos permitían apoyar las economías de las familias, de las organizaciones, de las comu- nidades y eran de libre disponibilidad. Se lo hacía en atención a que los prestatarios son due- ños del dinero que reciben en el crédito, saben lo que necesitan, dosifican adecuadamente la inversión y el consumo y usualmente no requieren de controles externos cuando hay un efectivo control social interno.

A partir de diciembre de 2006, la cooperativa Jardín Azuayo entra al control de la Superin- tendencia de Bancos y Seguros, cuya normativa impidió que Jardín Azuayo pudiera conti- nuar con su práctica inicial. Esta circunstancia, por la fuerza del organismo de control, llevó rápidamente a la cooperativa a adoptar formas bancarias de administración de sus créditos, alejándose progresivamente de su vocación institucional, a contrapelo de su voluntad. En el contexto actual de una Constitución que reconoce la EPS y las FPS como parte del siste- ma económico nacional, de una ley que norma su comportamiento1, de instituciones creadas

por esta ley2 que han empezado a funcionar, de organizaciones de las finanzas populares que

1 Ley Orgánica de Economía Popular y Solidaria y del Sector Financiero Popular y Solidario -LOEPS-, promulgada en abril de 2011 y publicada en el Registro Oficial en mayo del mismo año.

2 El Comité Interinstitucional que dicta las políticas, la Junta de Regulación que dicta las normas, la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria que controla, el Instituto de Economía Popular y Solidaria que promueve, la Corporación de Finanzas Populares y Solidarias que financia, el Fondo de Liquidez y el Seguro de Depósitos que dan estabilidad a las IFPS y seguridad a los depositantes.

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se han movilizado en estas nuevas condiciones3, se hace necesario que las FPS, retomando

el camino de su vocación originaria, se orienten a financiar las economías solidarias, las eco- nomías de la vida.

Reto 1: Regular, controlar y promover las FPS para que privilegien el financiamiento de las empresas

solidarias, de las economías familiares, de las organizaciones de la EPS, de las actividades económicas de las comunidades. En suma, que privilegien el financiamiento de las econo- mías de la vida, del buen vivir.