Chapter 3 Conservation, development and stakeholder relations
3.4 Findings
3.4.1 CGI sheets and forest protection: Simple fix, complex problem
caribeños
Con la empresa colonial iniciada en 1492 se intensificó la catástrofe natural que aludiera Brathwaite para referirse al Caribe y se agrandó su condición de islas separadas, o de pequeños pedazos dispersos en el mar. Con la empresa ibérica, más tarde europea, se exterminaron a los pobladores originarios de la región, se trajeron enfermedades y plagas de hormigas, la caña de azúcar y el cañaveral, caballos, vacas y gallinas; se talaron los bosques y se estimularon los apetitos hu- manos más bajos y mezquinos, en lo que fuera toda una “escuela” de conquistadores, un ego conquiro.
Con la experiencia de un cuarto de siglo, salieron desde La Es- pañola y Cuba los bojeos y conquistas a México y a la Florida, se alimentaron los apetitos de conquista del sur y soltaron anclas convoyes cargados de riquezas hacia el puerto de Sevilla, nervio del monopolio y punta de la empresa colonizadora. Luego se arras- traron por siglos a negros desde África, como a blancos pobres y a coolies de Asia, para someterles. Se deshilachó cada vez más y se balcanizaron los pequeños espacios insulares, de manera que quedaron algunas porciones conectadas con imperios de hablas y visiones distintas, y escasamente conectadas con las regiones de Nuestra América, más allá de los vínculos ocultos para la historia, llevados por la fuerza de la resistencia. El espacio insular devino
“islas dolorosas del mar”, con olores dulces y fatídicas agonías, pro- pinadas por esclavistas foráneos o asentados criollos.
La intelectualidad de la región ha buscado la génesis perdida, la unidad desecha que hoy es submarina, la realidad ocultada, la historia del desastre y el mundo resultante en un lapso de cinco siglos, caracterizado por la desestructuración, el látigo, la explota- ción, junto al advenimiento de mundos diversos y peculiares. De ello surge una lectura crítica para el presente, que va a las esencias y reclama –desde las herramientas del análisis teórico– la elabo- ración de conceptos que permitan leer y aprehender lo esencial, en un espacio dispar, como in-disciplina o filosofía. La tarea fun- damental es rebatir, trocar, remover la perspectiva impuesta por la colonialidad, como dirían hoy algunos críticos de las nociones llegadas e impuestas desde los centros de poder metropolitanos; perspectiva que siempre ha estado implícita en la intelectualidad crítica insular.
Decenas de pensadores e intelectuales han desafiado “lo sabido” y desde diferentes ángulos han estudiado y modelado su objeto de estudio –transgrediendo muchas veces los presupuestos clásicos de las ciencias tal y como han sido conocidas hasta hoy–. En estas bús- quedas y formas de pensamiento existe o está “diluida” la filosofía, la cual debe ser replanteada como forma de saber, más allá de las for- mas acendradas por la tradición académica occidental, que descono- ce la trascendencia del mundo colonial, la conquista de América y la aniquilación del indígena y del negro africano; todo ese horror que denunciara desde muy pronto Bartolomé de Las Casas.
Como consecuencia de la imposición de las perspectivas forja- das por los centros de poder colonial, se ha dedicado poco espacio al estudio de la sabiduría de los pueblos originarios antillanos y sus formas de concebir el mundo anterior a la ocupación. Esta no es ma- teria repasada en las universidades caribeñas, ni objeto de estudio frecuente en sus aulas. Si bien no se había delimitado entre estos pueblos un pensamiento conceptual, resultado de la verdadera divi- sión social del trabajo –entre el trabajo manual y el intelectual–, sí
existía un acumulado cultural, un saber que les permitía desplegar un comportamiento humano, y existían una estética y valores que merecen ser examinados.
Los pueblos que habitaban la región no tenían un conocimiento diferenciado, escrito o sistematizador de sus prácticas, pero sí con- taban con una visión particular de su cosmos y de sus relaciones apegada a su mundo del agua y la tierra, con una específica repre- sentación de las fuerzas de la naturaleza. Tal representación estuvo dada a través de ritos y deidades cemíes, que permitieron a estos pueblos resistir y adaptarse a huracanes, volcanes, terremotos y tormentas, como acontecimientos apocalípticos prescritos por fuerzas temibles. Las comunidades originarias aprendieron en los miles de años de ocupación de la región –que se considera comenzó 2 500 años a. n. e.– a valerse de las fuerzas y bondades de la tierra, del mar y del viento. No obstante, las formas de conocer su existen- cia quedaron borrosamente fijadas en las historias que han llegado a nuestros días, a pesar de que dominaron la región mucho antes de ser avistadas en sus playas las velas de las naves foráneas, en octubre de 1492. Cinco siglos de dominación desconocieron igual o mayor cantidad de tiempo de asentamiento y dominación origina- ria arahuaca y taina.
La cultura arahuaca, que se desarrollaba a todo lo largo del arco de las Antillas, se había asentado en la región miles de años antes y encontraba en expansión. Eran comunidades que vivían en armo- nía con el entorno, tenían dominio de la navegación por medio de canoas; se dedicaban a la pesca, la agricultura, las artes alfareras; y habitaban en firmes bohíos que resistían las inexplicables fuerzas de la naturaleza. Por su parte los pueblos agro-alfareros, conocidos como tainos, desarrollaron una cultura basada en la yuca. Habían salido del corazón del continente, de la faja norte del Amazonas, del Orinoco y las actuales Guayanas-Venezuela, y se habían extendido en las islas más extensas. Este último fue el grupo mayoritario, segui- do de otros menores –guanaha-tabeyes y siboneyes–, en el occidente de la isla mayor.
Pero a la llegada de las carabelas de Colón también ascendían por las ínsulas menores orientales otros habitantes originarios: los cari- bes, caracterizados por el ojo del recién llegado y la leyenda como un pueblo guerrero y caníbal; mientras los otros eran descritos como nobles y pacíficos, plasmados y dibujados en el imaginario del viejo mundo, de piel atezada, pelos largos y mirada suave.
Todos estos grupos indígenas fueron cedidos a la representación europea como “naturales”, lo cual contribuyó a las utopías y al “mito del buen salvaje” tras la información difundida por Colón y los cro- nistas acerca de los nativos antillanos encontrados en sus viajes. Para pensadores europeos del siglo XVI esta fue una primera infor- mación, luego aumentada con la conquista del continente, sobre la existencia de seres humanos en estado de naturaleza, pacíficos, des- vestidos y virtuosos, o también belicosos, lo cual sirvió de ingredien- te para reflexiones sobre hombres malos o buenos por naturaleza.
Las islas del Caribe fueron el sitio inaugural del “descubrimien- to”, el primer contacto entre lo que se denominara después Europa y América. Cristóbal Colón, con su empresa, traspasó los límites del mundo, o la frontera de lo conocido –las columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar, que era el linde para los navegantes del Mediterráneo, junto con Finisterre y la inscripción Non Terrae Plus
Ultra–. A partir de entonces surgió el Atlántico, el Nuevo Mundo,
un flamante circuito comercial que sacó a Europa de su arrincona- miento en el lejano Occidente. Fueron las islas multicolores, exóti- cas para sus ojos, las que le dieron información a Colón –por el lap- so de un cuarto de siglo– sobre una cuarta parte del mundo, lo cual permitió abrir otro período para la historia: los tiempos modernos, que hicieron revolucionar la cultura y hacer surgir a Europa como una entidad. En ese sentido las islas fueron el hoy irreconocido punto inaugural.
El Caribe se convirtió en el comienzo y la base de operaciones de la empresa conquistadora/colonizadora que buscaba sobre todo información estratégica para el crecimiento del capitalismo en ger- men. Colón soltó amarras en Palos para explorar, para buscar el
modo de acortar el camino a los marinos genoveses y venecianos, dueños del negocio de las especias que servían para conservar las carnes y mantener ejércitos, así como para encontrar oro, alma del naciente sistema capitalista. Su propósito expuesto a la Reina falló; sin embargo, tras una agónica travesía se encontró con las islas que le sirvieran de base a la empresa primera, la conquista, con grandes utilidades.
En mayo de 1493, a 152 días de haber vuelto Colón de su primer viaje –un tiempo muy corto para la época–, se recibió la bula papal
Inter Caetera que concediera a Castilla y León la propiedad sobre los
territorios descubiertos. El navegante genovés emprendió su segun- do viaje en septiembre de 1493, en lo que fuera el comienzo calcula- do de la dominación de los nuevos espacios insulares –la India o el Cipango para Colón. Una expedición de alrededor de 1 500 hombres salió de España, esta vez con semillas, aves, animales, juristas, escri- banos, religiosos, hábiles conocedores de diversos oficios y marine- ros que calafatearan y repararan los navios, así como un lingüista que descifrara y codificara las lenguas indígenas, y que ayudara a dar nuevos nombres y a enseñar, para así dominar a los habitantes del espacio nuevo: la isla bautizada como La Española.
Los pobladores originarios fueron aniquilados no solo por la fuer- za física y militar, sino también por la imposición cultural que des- barataba su organización social, su régimen productivo alimentario ajeno a la ganadería y a la intensidad dada por la sed de oro. Se eli- minaron sus creencias, sus valores éticos, sus hábitos y costumbres, que se tildaron de bárbaras. Se les llenó de pústulas y enfermedades, de plagas y nuevos cultivos; se deshizo su cultura y el armónico siste- ma económico en que esta se sustentaba.
No obstante, las primeras experiencias, los fracasos y la escasez –referidos por el padre Bartolomé de las Casas– obligaron a los con- quistadores a adoptar para sobrevivir ciertas costumbres alimenta- rias de “los indios”. Los españoles aprendieron a comer casabe, jutías, iguanas y perros mudos. Forzosamente se incorporó saber indígena, que si en verdad no tuvo un peso duradero en la evolución posterior
del desarrollo económico-social de las islas, se transmitió a retazos tras la desaparición galopante de los pobladores y todo su mundo cultural.
Animados por la codicia y el furor de conquista violenta, los re- cién llegados ignoraron los tiempos diferentes de las culturas en- contradas. Ni uno ni otro grupo originario dejaron monumentos o testigos perdurables, como sucediera en Mesoamérica o Suramérica, salvo pequeñas trazas. El impacto de la conquista en las primeras tres décadas, antes de la llegada a México o Perú, arrasó con la vida de las comunidades originarias. Los repartimientos, la coacción, las enfermedades provocaron un etnocidio sin precedentes, donde la re- sistencia no hizo posible la pervivencia de lo vernáculo.
Se vaciaron los símbolos y las nociones ancestrales, el pensa- miento mítico aborigen, la cosmogonía apegada a la naturaleza y al tabaco, y se deshizo el areito. Se aniquiló y se violentó, se aculturó el universo “descubierto” para imponer otro, para dar nombre y rebau- tizar, lo cual constituía el modo de gobernar por medio de la espada y también de la cruz. La conquista desmontó el débil sistema de re- presentaciones y desmanteló los saberes y los valores de la cultura que luego se idealizara, con pretensión romántica, y a la que se le pretendieran encontrar pruebas de ADN para ver las marcas y la per- vivencia del mundo desecho.
No se reconocen influencias de las formas de pensar de aque- llos primeros pobladores, ni se conservaron registros en lo que se estableciera luego. Las comunidades desaparecieron o se asimila- ron por la fuerza física y simbólica del conquistador. Solo queda- ron conocimientos fraccionados y toponímicos, nombres de luga- res, algunas imágenes y crónicas recreadas por el conquistador, la sangre mezclada y escasos reconocimientos de una identidad desbaratada. Es por ello que en el Caribe las primeras formas de discurso en el sentido occidental fueron las impuestas, las traídas por clérigos españoles, por cronistas que narraron con el propó- sito de justificar y extender la empresa colonial en un mundo va- ciado de historia.
Pero el discurso de la dominación, justificador del saqueo y el genocidio, ambicioso de oro y posesión, encontró su primer “crítico frontal” su “primer antidiscurso filosófico”,1 a inicios del siglo XVI, en el padre Bartolomé de las Casas. Habiendo sido testigo de actos de extrema violencia en La Española y Cuba contra los pueblos ori- ginarios –por ejemplo, la matanza de Caonao, la quema del cacique Hatuey y los desmanes sistemáticos de Diego Velásquez– y ante la posibilidad de que se estableciera la esclavitud negra, decidió el día de la Asunción, en agosto de 1514, pronunciar un sermón de Pascua en Sancti Spíritus y renunciar públicamente a su repartimiento de indios en Canarreo, junto al río Arimao, para así poner fin a su com- plicidad con la conquista.
Escasos meses habían transcurrido desde la fundación de Trini- dad –la tercera villa establecida en la isla de Cuba en enero de 1514– cuando el fraile dominico fue recompensado por Velásquez como pago por sus servicios. Pero Las Casas hizo conciencia y reventó en él su crítica mordaz a la realidad diaria. Aquella experiencia inicial contra los indígenas de las islas de La Española y Cuba originó en él y en los sacerdotes Antón de Montesinos y Pedro de Córdova los reclamos contra la explotación de los indios y negros, y la crítica a los efectos negativos del proceso civilizatorio, que se iniciara decidi- damente ese día y en Cuba, para convertirse así en el primer acto de significación filosófica rebelde en la región.
El traumático desarrollo de las encomiendas, seguido de las for- mas monstruosas de conquista en América, generó en Fray Barto- lomé la crítica más severa al sistema español y a su legitimidad, ar- gumentada filosóficamente. Esta crítica antecedió sucesos europeos tales como las 95 tesis, de Lutero (1517), y su propuesta de Reforma en
1 Esta idea ha sido desarrollada por Enrique Dussel en varios textos y conferencias.
Fue expuesta en el II Congreso de la Caribbean Philosophical Association, desarrolla- do en San Juan de Puerto Rico, en 2005 (publicado en Caribbean Studies, vol. 33, no. 2, San Juan de Puerto Rico, julio-diciembre, 2005, pp. 35-80); y también en la conferencia magistral ofrecida en el Teatro Teresa Carreño, de Caracas, en la inauguración del Foro Internacional de Filosofía de Venezuela (2010).
1520, así como la publicación de II principe, de Maquiavelo.2 La po- sición de Las Casas tuvo su expresión más conspicua en sus obras críticas publicadas posteriormente y en la controversia alzada en Va- lladolid con Juan Ginés de Sepúlveda, donde enfrentó las posiciones, basadas en lecturas de Aristóteles, que justificaban la violencia, la sumisión y la guerra contra los pueblos indígenas, así como hacer a los indígenas inferiores, “salvajes” aptos para recibir las “buenas nor- mas” de vida, el adoctrinamiento cristiano y la explotación de parte del colonizador. Su crítica desde la responsabilidad para con el indí- gena, sus deseos de una colonización pacífica, el respeto por la ver- dad del otro, su rechazo a la dominación colonial, le convierten en el primer crítico en el continente americano, generador de una for- ma de pensamiento que se realiza desde la exterioridad del naciente pensamiento moderno. Es el “máximo de conciencia crítica posible para un europeo en Indias”, como propone Dussel.3 Se puede afirmar que “ningún otro intelectual comprendió en forma tan cabal, la revo- lución epistémica que implicó el descubrimiento de una cuarta parte del mundo” la autonomía ontológica de América, la aceptación de sus pretensiones de verdad, que supo equiparar a la de Europa, para cuestionarse al mismo tiempo el lugar central de esta.4
La filosofía llegó de España como posibilidad en ciernes, tanto al servicio de la conquista como en defensa de los nativos habitantes insulares y continentales. La escolástica española, consolidada y ce- rrada, dispuesta a no permitirle grietas a la unidad imperial y, por ende, enemiga de la Reforma, tuvo sus primeros centros de educa- ción superior en el espacio antillano en Santo Domingo, en la isla La Española, con la universidad dominica de Santo Tomás de Aquino (1538), y luego la Universidad Santiago de la Paz (1558) y los colegios de los jesuítas de San Fernando en Santo Domingo y San José en La Habana (1724). Se considera que fue en Santo Domingo donde fray
2 Cfr. Enrique Dussel, Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez: ob. cit. 3 Ibídem, p. 63.
4 Cfr. Mario Ruiz Sotelo: “Bartolomé de las Casas” en Enrique Dussel, Eduardo Men-
Pedro de Córdova escribió su Doctrina cristiana en 1520 y el lugar desde donde Cipriano Utrera describiera la situación de la esclavi- tud africana. No había otro modo de desarrollo para la filosofía es- colástica, aquella llegada desde la península, que no fuera a través de las instituciones, y de mano de las órdenes religiosas de dominicos, franciscanos y jesuítas. Por ello en las islas menores no se reconocen instituciones similares, a pesar de la presencia de religiosos y de cá- tedras, como fue el caso de Puerto Rico.5
Tan pronto como la conquista del continente se hizo arrebato de codicia por el oro y las riquezas, las islas quedaron poco menos que abandonadas y se convirtieron en punto de partida hacia sitios de dorada leyenda o espacios casi olvidados. El auge de La Española y de Cuba unos treinta años después de la llegada de Colón quedó apa- gado con la empresa mayor de colonización de América continental por un lapso de más o menos 250 años. En las ínsulas menores apare- ció un vacío de gobierno que supieron aprovechar los adversarios de España en ese intervalo de tiempo. Esos espacios se hicieron inservi- bles y abandonados por largos períodos, y otros se convirtieron en nidos de corsarios y piratas. Inglaterra, Francia y Holanda se apresu- raron para plantar sus estandartes en lo que desde el siglo XVII sería la nueva frontera del dominio español en las narices de las posesio- nes americanas.6
Los siglos XVI y XVII fueron tiempos de conflicto, de ambición y rebato, de ocupaciones enemigas; como consecuencia, también de constitución del sistema de flotas –la primera máquina capitalista ins- talada, acoplada a otras cadenas de máquinas–7 para garantizar el in- sondable flujo de riquezas que hiciera del Caribe un meta-archipiélago
5 Cfr. Carlos Rojas Osorio: “La filosofía en las Antillas Mayores en los siglos XVI al
XVIII” en Enrique Dussel, Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez, ob. cit., pp. 107- 109.
6 Para más detalles de la historia del Caribe en este período, véase Manuel Moreno
Fraginals: Órbita de Manuel Moreno Fraginals: ob. cit., pp. 175-262; Eric Williams: De
Colón a Castro: La historia del Caribe 1492-1969; y Juan Bosch: ob. cit.
y del Atlántico un circuito comercial, hasta entonces desconocido e innombrado. El sistema de flotas –según Antonio Benitez Rojo– le permitió a los españoles depositar en los muelles de Sevilla más oro y plata que el que cabía en sus bolsillos. Por medio de este mecanismo de convoyes, puertos, fortalezas, patrullas, arsenales, almacenes, hos- pedajes, ciudades, caminos y trabajo humano ajustado, esa máquina caribeña, a la cual se le unió luego la máquina “Plantación”, conformó