Fue un demócrata renano, Moritz Rittinghausen, quien realizó el primer intento brillante por dar base real a la legislación directa por parte del pueblo.^
Según su sistema, toda la población había de ser divi dida en secciones, de mil habitantes cada una, como lo fuera temporariamente por algunos días en Prusia du rante las elecciones de los años 1848 y 1849. Los miem bros de cada sección debían reunirse en algún lugar preestablecido —una escuela, la municipalidad u otro edificio público— y elegir un presidente. Todos los ciu dadanos debían tener el derecho de la palabra. De esta manera la inteligencia de cada uno estaría colocada al servicio de la patria. Terminado el debate cada cual registraría su voto. El presidente debía transmitir el re sultado al burgomaestre, quien notificaría a las autori dades superiores. La voluntad de la mayoría había de ser decisiva.
Ningún proyecto legislativo debía llegar desde arriba. El gobierno no debía tener otra iniciativa que la de fi jar el día determinado en que todas las sesiones debían debatir un asunto preestablecido. Cuando cierto número de ciudadanos reclamara una ley nueva de cualquier tipo, 0 una reforma de ley, el ministerio correspondiente de bía invitar al pueblo a ejercer su soberanía dentro de un lapso estab ecido, y promulgar por sí mismo la ley
1 Moritz Rittinghausen, ..Ueber die Organisation der direkten Ge- ^tzgebung durch das Volk», Social. Demokrat. Schriften, n’ 4, Coln, 1870, pág. 10. Rittinghausen tiene el mérito de haber sido el primero en aventurar propuestas prácticas de esta naturaleza, para la solución del problema social. Victor Considérant, quien reanudo después el intento de establecer un gobierno popular directo, sobre una base más^ amplia y un efecto propagandístico de mas largo alcance, admitió expresamente que Rittinghausen era ^ precursor (Victor Considérant, La Solution ou L e Gouvernetnent
en cuestión.2 El propio debate daba forma orgánica a la ley. Ante todo el presidente abría el debate relati vo a la cuestión principal; después eran analizados los puntos accesorios. Luego venía la votación. Era adoptada la proposición que hubiera obtenido la mayoría de vo tos. Una vez remitido al ministerio el informe de lo votado, una comisión especial debía redactar un texto claro y simple de la ley, y formularla de manera tal que no estuviera expuesta a diferentes interpretaciones, como sucede con casi todas las leyes presentadas a los parla mentos modernos; pues éstos —como lo señala sarcásti camente Rittinghausen- parecen agregar una intención deliberada para favorecer la tendencia de los abogados hacia la ambigüedad y el hilar fino.
El sistema bosquejado aquí es claro y conciso, y a pri mera vista podía parecer que su aplicación práctica no tuviera dificultades graves; pero si lo pusiéramos a prue ba, dejaría de cumplir las esperanzas de su creador. El ideal práctico de la democracia consiste en el gobierno propio de las masas, de acuerdo con las decisiones de asambleas populares; pero aunque este sistema limita el principio de delegación, no logra brindar garantía alguna contra la constitución de una camarilla oligárquica. In dudablemente, quita a los líderes naturales su condición de funcionarios, pues el propio pueblo adquiere este carácter. Sin embargo, la plebe está siempre expuesta a la sugestión, y es fácilmente influida por la elocuencia de los grandes oradores populares. Además, el gobierno directo por parte del pueljlo, al no admitir análisis serios ni deliberaciones meditadas, facilita mucho los coups de
main de todas clases, por hombres excepcionalmente au daces, enérgicos y astutos.
Es más fácil dominar una gran multitud que una audien cia pequeña. La adhesión de la multitud es tumultuosa, repentina e incondicional. Cuando las sugestiones han logrado su efecto, la multitud no tolera fácilmente la contradicción de una pequeña minoría, ni mucho menos la de individuos aislados. Una gran multitud reunida
2 La constitución norteamericana llama federalistas (el nombre sirve aquí para establecer un carácter democrático) solo a aquellos estados donde el pueblo se reúne con propósitos legislativos; en cambio los estados con gobierno popular representativo se llaman
repúblicas.
dentro de un recinto pequeño es, sin duda, más acce sible a Ja alarma o el pánico, al entusiasmo irreflexivo, etc., que una asamblea pequeña, cuyos miembros pue den discutir las cuestiones entre sí, con tranquilidad
(Roscher).s ^
La experiencia cotidiana nos muestra que las reuniones publicas enormes, por lo común adoptan resoluciones por aclamación, o por unanimidad, en tanto que estas mis mas asambleas, si se las divide en pequeñas secciones --digamos de cincuenta personas cada una- serán mu cho mas cautas en sus aprobaciones. Los congresos de los grandes partidos, donde concurre la élite de los miem bros, por lo general actúan en esta forma. La multitud pesa mucho menos deliberadamente las palabras y las acciones, que las personas, o los grupos pequeños que componen aquella multitud. El hecho es incuestionable- manifestación de la patología de la multitud. El individuo desaparece en la multitud, y con él desaparecen la per sonalidad y el sentido de responsabilidad.
La razón más abrumadora contra la soberanía de las masas, sin embargo, proviene de la imposibilidad me cánica y técnica de su realización.
Las masas soberanas son incapaces de adoptar las reso luciones más necesarias. La impotencia de la democracia directa, como el poder de la democracia indirecta son consecuencias directas de la influencia del número En una polémica contra Proudhon (1849), Louis Blanc pre gunto si era posible que treinta y cuatro millones de seres humanos (la población de Francia en aquella épo ca) resolviera sus problemas sin aceptar lo que hasta el ultirno hombre de negocios encuentra necesario: la inter vención de representantes. Respondió a su propia pre- diciendo que quien se pronunciara por la posibi lidad de la acción directa en esta escala debía ser un lwo y que quien lía negara no era por eso un adversario absoluto de la idea del Estado.“ Podríamos repetir hoy ia misma pregunta y la misma respuesta, respecto de la organización partidaria. Es imposiblé (sobre todo en los grandes centros industriales, donde, los partidos de tra bajadores a veces tienen un número de adherentes de
3 Roscher, op. cit., págs. 35 y sigs.
j 5 °’ ‘ L’Etat dans une démocratie., Questions dauiour-
decenas de miles) gobernar los asmitos de este orga nismo gigantesco sin un sistema de representación. La gran organización socialista de Berlín, que abarca los seis distritos de la ciudad y también los dos suburbios de Niederbarnim y Teltow-Beeskow-Cbarlottenburg, tiene en su lista de miembros a más de noventa mil.
Es obvio que un número tan gigantesco de personas pertenecientes a una organización unitaria, no puede realizar ninguna tarea práctica con el sistema del debate directo. Las asambleas deliberativas regulares de un mi llar de miembros encuentran las dificultades más graves en lo que a espacio y distancia se refiere; y, desde el punto de vista topográfico, semejante asamblea resul taría del todo imposible si los miembros alcanzaran a diez mil. Aun si imaginamos medios de comunicación mucho mejores que los que ahora existen, jcómo sería posible reunir esa multitud en un lugar dado, en el momento preestablecido, y con la frecuencia requerida por las exigencias de la vida partidaria? Ademas, hay que considerar la imposibilidad fisiológica, aun para ^ orador mejor dotado, de hacerse oír por una multitud de diez mil personas.“^ Hay, sin embargo, otras razones de carácter técnico y administrativo que hacen imposible el gobierno propio y directo de grandes grupos. Si Pedro injuria a Pablo, está fuera de la cuestión que todos los otros ciudadanos corran al lugar para emprender un examen personal de la cuestión en debate, y para tomar el partido contra Pedro.« Por parejas razones, en el par tido democrático moderno es imposible que la colecti vidad emprenda la solución directa de todas las contro versias que puedan surgir.
De allí nace la necesidad de delegación, de un sistema donde haya delegados que representen a la masa y lleven a la práctica su voluntad. Aun en grupos animados con espíritu democrático sincero, los problemas corrientes, la preparación y la realización de las acciones más impor tantes, quedan necesariamente en manos de personas. Sabemos bien que fue la imposibilidad de que el pueblo ejerciera directamente el poder legislativo en asambleas populares, lo que llevó a los idealistas democráticos de
5 Roscher, op. cit., pág. 351. 6 Louis Blanc, op. cit., pág. 144.
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España a pedk, como menor de los males, un sistema de representación popular y un estado parlamentario.'^ En su origen, el jefe fue apenas servidor de la masa. La organización se basaba sobre la igualdad absoluta de todos sus miembros. La igualdad era entendida en su sentido más general, como una igualdad de hombres semejantes. En muchos países, tal como la Italia idea liza (y en ciertas regiones de Alemania donde el movi miento socialista aún está en su infancia), se manifiesta esta igualdad en el uso recíproco del familiar «tú», que emplean los obreros más mal pagados al dirigirse a los intelectuales más distinguidos. Esta concepción genérica de la igualdad va siendo, sin embargo, reemplazada gra dualmente por la idea de igualdad entre camaradas que pertenecen a la misma organización, cuyos miembros go zan todos de los mismos derechos. El principio democrá tico procura garantizar a todos una influencia igual y una participación igual en la administración de los inte reses comunes. Todos son electores y todos son elegibles para la función. El postulado fundamental de la Décla-
ration des Droits de l’Homme encuentra aquí su aplica ción teórica. Todos los cargos son cubiertos por elección. Los funcionarios, órganos ejecutivos de la voluntad ge neral, desempeñan un papel simplemente subordinado, dependen siempre de la colectividad, y pueden ser pri vados del cargo en cualquier momento. La masa del partido es omnipotente.
Al principio procuran apartarse lo menos posible de la democracia pura, y los delegados se subordinan del todo a la voluntad de la masa, atados de pies y manos. En los primeros días del movimiento de los trabajadores agrí colas italianos, el jefe de la liga pidió una mayoría de cuatro quintos de los votos para asegurar la elección. Cuando surgieron discusiones con los empleadores acer ca de los salarios, el representante de la organización, antes de emprender nepciación alguna, debía contar con la autorización escrita y firmada por cada uno de los miembros de la corporación. Todas las cuentas del or ganismo estaban expuestas al examen de los miembros en cualquier momento. Había dos razones para esto:
7 C/. la carta de Antonio Quiroga al rey Fernando VII, fechada el 7 de enero de 1820 (Don Juan van Halen, Mémoires, París: Renouard, 1827, parte II, pág. 382).
ante todo, el deseo de evitar que cundiera la desconfianza entre la masa, «ese veneno que destruye gradualmente hasta los organismos más fuertes». En segundo lugar, esta costumbre permitía que cada uno de los miembros aprendiera contabiHdad, y adquiriera un conocimiento general de las tareas de la corporación que le permitiera en cualquier momento tomar su conducción.® Es obvio que la democracia en este sentido solo es aplicable en escala muy pequeña. En la infancia del inoviimento laborista inglés, los delegados de muchos de los gremios eran designados por rotación entre todos los miembros, o elegidos al azar.® Pero la tarea de los delegados fue cada vez más comphcada; se hizo cada vez más esencial alguna capacidad o aptitud individual: ciertos dones ora torios, y una cantidad considerable de conocimiento ob jetivo. De esta manera resultó imposible confiar en una designación a ciegas, en la fortuna del orden alfabético, o en el orden de prioridad, en la elección de una dele gación cuyos miembros debían poseer ciertas aptitudes personales peculiares para desempeñar su misión venta josamente.
Estos fueron los métodos que prevalecieron en los pri meros días del movimiento laborista, dirigidos a permitir que las masas participaran en la administración del par tido y del gremio. Hoy están cayendo en desuso, y en el desarrollo del conglomerado político moderno hay una tendencia a acortar y estereotipar el proceso que trans forma al conducido en conductor: proceso que se ha desarrollado hasta aquí gracias al curso natural de los acontecimientos. Algunas voces se hacen oír aquí y allá, en la demanda de una suerte de consagración oficial de los líderes, e insisten en la necesidad de constituir una clase de políticos profesionales, de expertos aprobados y probados en la vida política. Ferdinand Tónnies aboga por que el partido instituya exámenes regulares tanto para la designación de candidatos parlamentarios socia- üstas como para la de secretarías.^® Heinrich Herkner
8 Egidio Bamaroli, M anude per la constUuzione e ü funziona-
m enio d d le Zeghe (¡ei cotOadua, Roma: Labíraia Soc. ItaL, 1902, págs. 20, 26, 27 y 52.
9 Sidney y Beatrice Webb, Industrial Democracy (edición ale mana), Stuttgart, 1898, vol. I, pág. 6.
10 Ferdinand Tonnies, fo litili und Moral, Francfort: Neuer Frankf. Veri., 1901, pág. 46.
va aún más lejos: sostiene que los grandes gremios ya no pueden mantener su existencia si persisten en confiar el manejo de sus asuntos a personas salidas de las ba ses, y que han llegado al poder, paso a paso, solo como consecuencia de aptitudes prácticas adquiridas en el ser vicio de la organización. A este respecto, se refiere a los gremios manejados por los empleadores, cuyas au- toridfades son en su mayor parte universitarios. Prevé que en un futuro próximo tc ^ s las organizaciones labo rales se verán forzadas a abandonar la exclusividad pro letaria, y darán preferencia, en la elección de sus auto ridades, a personas de una educación superior en lo económico, lo legal, lo técnico y lo comerbial.^^
Aún hoy los candidatos a las secretarías de los gremios están sujetos a exámenes relativos a su conocimiento de cuestiones legales, y a su capacidad de redacción. Las organizaciones socialistas empeñadas en acción política también asumen directamente el entrenamiento de sus propios empleados. En todas partes aparecen «semille ros» para la provisión rápida de funcionarios que tengan cierta dosis de «cultura científica». Desde 1906 existe en Berlín una escuela partidaria que dicta cursos de ins trucción para el entrenamiento de quienes aspiran a fun ciones en el partido socialista, o en gremios. Los instruc tores son pagados con fondos del partido socialista, al que cupo la responsabilidad directa de la fundación de la escuela. Los otros gastos, incluso la manutención de los alumnos, son costeados con un fondo común provisto por el partido y los diversos gremios interesados. Además, ^ familias de aquéllos, en la medida en que su asis tencia a clase las priva de su sostén, reciben ima sub vención de la rama local del partido o de la rama lo cal del gremio al que el alumno pertenece. Asistieron veintiséis alumnos al tercer curso de esta escuela, des de el 1^ de octubre de 1908 hasta el 3 de abril de 1909.
ea tanto que al primer año asistieron treinta y uno, y al segundo treinta y tres. Tienen prefereiKáa como a4um- nos qm«ies desempeñan ya funciones en el partido o en algunos de los gremios.^* Aquellos que aún no pertene-
11 Heinrich Herkn«-, D ie A rbeiterfrage, 5^ ed., Berlín: Guttentag, 1908, págs. 116, 117.
12 cProtoicoll des Parteitags zn Leipzig», Vorwärts, Berlin, 1909, pág. 48.
cen a la burocracia del trabajo procuran ingresar al orga nismo, y abrigan la secreta esperanza de que asistir a la escuela les allanará el fcamino. Quienes no logran satis facer este anhelo suölen mostrar cierto descontento con el partido que, después de haber alentado sus estudios, los devuelve al trabajo manual. Entre los ciento cuarenta y un estudiantes del año 1910-11, hubo distinciones para tres clases: una de éstas consistía en empleados antiguos y avezados en las diferentes ramas del movi miento laborista (cincuenta y dos personas); la segunda consistía en los que obtenían empleos en efl partido o en los gremios directamente, una vez terminado el curso (cuarenta y nueve personas); la tercera consistía en quienes debieron volver al trabajo manual (cuarenta personas )
En Italia, L’Umanitaria, una organización filantrópica manejada por los socialistas, fundó en Milán en 1905 una «Escuela Práctica de Legislación Social» cuyo propósito era dar a cierto número de obreros una educación que les permitiera llegar a ser inspectores de fábricas, o des empeñar puestos oficiales en las diversas organizaciones laborales, sociedades de socorros mutuos, o bolsas de trabajo.^^ El curso de instrucción duraba dos años, y a su terminación los alumnos recibían, después del examen, un diploma que los calificaba con el título de «expertos laborales». En 1908 hubo doscientos dos alumnos, treinta y siete de los cuales eran empleados de gremios o de sociedades cooperativas, cuatro eran secretarios de bolsas de trabajo, cuarenta y cinco eran empleados o miembros de profesiones liberales, ciento doce eran obreros.^® Al comienzo casi todos los alumnos fueron a la escuela por una cuestión de gusto personal, o con el propósito de obtener el diploma para asegurarse algún empleo pri vado relativamente lucrativo. Hafce poco el organismo directivo determinó suprimir el diploma, e instituir un curso suplementario abierto solo para aquellos que ya estaban empleados en alguna organización laboral, o te nían la intención definida de ingresar a uno de esos
13 Heinrich Schulz, «Fünf Jahre Parteischule», Neue Zeit, año XXIX, vol. II, fase. 49, pág. 807.
14 Scuola Trat, di Legislaz. Sociale (Programma e Norme), año III, Milán; Soc. Umanitaria, 1908.
15 Ibid., año IV, Milán, 1909, pág. 5.
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puestos. Los que asistían a este curso especial tenían una beca de dos libras a la semana. Estos fondos eran pro vistos en parte por L ’Umxmitaría, y en parte por las or ganizaciones laborales que deseaban enviar a sus em pleados a la escuela.18 En el año 1909, con los auspicios de la Bourse du Travati, fue fundada en Turín una es- cuek similar {Scuola Pratica di Cultura e Legislazione
Sociale), que, sin embargo, pronto desapareció.
En Inglaterra los,gremios y las sociedades cooperativas utilizan el Ruskin College, Oxford, adonde envían a aquellos miembros que aspiran a puestos en las orga- ni^ciones laborales, y a los que han demostrado apti tudes para la carrera. En Austria existe un proyecto de fundar una escuela partidaria según el modelo alemán. Es innegable que todas estas instituciones educacionales para funcionarios de partido y organizaciones laborales tienden, por encima de todo, a la creación artificial de una díte de la dase trabajadora, de una casta de segun dones compuesta de personas que aspiran a mandar sobre el proletariado. Existe, sin quererlo, un distancia- miento continuo,^ que divide a los líderes de las masas. La especialización técnica que resulta inevitablemente de toda organización extensa, hace necesario lo que se ha dado en llamar la «conducción experta». En conse- , cuenCia, el poder de determinación Mega a ser conside
rado como uno de los atributos específicos del liderazgo, y las masas lo pierden »adualmente mientras se concentra solo en las manos de los líderes.
De este modo, los líderes, que al principio no eran más que órganos ejecutivos de la voluntad colectiva, se eman cipan pronto de la masa y se hacen independientes de su control.
La organización implica la tendencia a la oligarquía. En toda organización, ya sea de partido político, de gremio profesional, u otra asociación de ese tipo, se ma