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Changes in Party Platforms in Response to British Intervention (1998-2003)

No seguiré la vigilancia detallada que los censores ejercieron sobre los cambios de estado anímico en el año 1917. Pero el análisis que hace Hanák de una muestra de alrededor de 1.500 cartas escritas entre me- diados de noviembre de 1917 y mediados de marzo de 1918 —es decir, después de la Revolución rusa— es instructivo- Dos tercios las escribie- ron trabajadores y campesinos, un tercio fue obra de intelectuales, aproximadamente en las proporciones nacionales correspondientes a la composición nacional de la monarquía. El 18 por 100 de estas cartas hablan principalmente del tema social; el 10 por 100, del deseo de paz; el 16 por 100, de la cuestión nacional y la actitud ante la monarquía; y el 56 por 100, de una combinación de estas cosas, a saber: del pan y la paz —si se me permite simplificar las cosas—, el 29 por 100; del pan y la nación, el 9 por 100; de la paz y la nación, el 18 por 100. El tema so- cial, pues, aparece en el 56 por 100 de las cartas, el de la paz en el 57 por 100 y el nacional en el 43 por 100. La nota social y, de hecho, revo- lucionaria se advierte sobre todo en cartas escritas por checos, húngaros, eslovacos, alemanes y croatas. La paz, que un tercio de las cartas espera recibir de Rusia, otro tercio de la revolución y un 20 por 100 de una combinación de ambas, atraía, como es natural, a corresponsales de to- das las nacionalidades, con una reserva que señalaré. De las cartas que hablan del tema nacional, el 60 por 100 expresan hostilidad al imperio y el deseo mas o menos manifiesto de independencia; el 40 por 100 son leales o, mejor dicho, si omitimos a los alemanes y los húngaros, el 28 por 100 son leales. El 35 por 100 de las cartas «nacionales» esperan la independencia como resultado de una victoria aliada, pero el 12 por 100 la monaíqufe *** *° ^qUÍ6ren ^^ COnse uirse dentro delS marco de

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Las grandes huelgas de enero de 1918 señalaron un punto decisivo. En cierto sentido, como señala Zeman, cuando las autoridades de la monar- quía Habsburgo decidieron poner fin a la agitación revolucionaria y conti- nuar una guerra perdida fue seguro que habría una Europa «wilsoniana» en lugar de soviética. Pero incluso cuando, en el transcurso de 1918, el tema nacional finalmente pasó a ser dominante en la conciencia popular, no estuvo separado del tema social ni se opuso a él. Para la mayoría de los pobres los dos iban juntos al caer la monarquía.

¿Qué conclusión podemos sacar de este breve estudio? En primer

lugar, que todavía sabemos muy poco acerca de lo que la conciencia

nacional significaba para la masa de nacionalistas interesados. Para ave- riguarlo no necesitamos sólo muchas investigaciones parecidas a la que hizo Hanák con las cartas, sino también, para que sean útiles, debemos examinar con mente fría y desmitificadora la terminología y la ideología que rodean «la cuestión nacional» en este período, especialmente su va- riante nacionalista. En segundo lugar, que la adquisición de conciencia nacional no puede separarse de la adquisición de otras formas de con- ciencia social y política durante este período: todas van juntas. En ter-

cer lugar, que el progreso de la conciencia nacional (fuera de las clases

y casos identificados con el nacionalismo de derechas integrista o extremista) no es ni lineal ni necesariamente tiene lugar a expensas de otros elementos de la conciencia social. Desde la perspectiva de agosto de 1914, hubiéramos podido sacar la conclusión de que la nación y el estado-nación habían triunfado sobre todas las lealtades sociales y polí- ticas rivales. ¿Hubiéramos podido decir lo mismo desde la perspectiva de 1917? El nacionalismo salió victorioso en las nacionalidades de la Europa beligerante que antes eran independientes, hasta el punto de que los movimientos que reflejaban las verdaderas preocupaciones de los pobres de Europa fracasaron en 1918. Al ocurrir esto, los estratos medio y medio bajo de las nacionalidades oprimidas se encontraban en una posición que les permitió convertirse en las élites gobernantes de los pequeños estados «wilsonianos» nuevos e independientes. La indepen- dencia nacional sin revolución social era, al amparo de la victoria aliada, una posición hacia la que podían replegarse los que habían soñado con una combinación de ambas cosas. En los principales estados beligeran- tes que fueron derrotados o semiderrotados no existía tal posición de re- pliegue. En ellos, el derrumbamiento llevó a la revolución social. Los soviets, incluso las efímeras repúblicas soviéticas, no surgieron entre los checos y los croatas, sino en Alemania, la Austria alemana, Hungría, a

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la vez que su sombra caía sobre Italia. En estos países el nacionalismo reapareció no como un sustituto moderado de la revolución social, sino como la movilización de ex oficiales, civiles de clase media y clase media baja para la contrarrevolución. Apareció como la matriz del fascismo.

Si hubo un momento en que el decimonónico «principio de nacionali- dad» triunfó fue al finalizar la primera guerra mundial, aunque ello no fue predecible ni era la intención de los futuros vencedores. De hecho, fue el resultado de dos fenómenos no intencionados: el derrumbamiento de los grandes imperios multinacionales del centro y el este de Europa y la re- volución rusa, que hizo deseable que los aliados jugaran la carta «wil- soniana» contra la carta bolchevique. Porque, como hemos visto, lo que parecía capaz de movilizar a las masas en 1917-1918 era la revolución social y no la autodeterminación nacional. Podríamos especular sobre el efecto que una revolución victoriosa en toda Europa tal vez habría surtido en las nacionalidades del continente, pero de nada serviría. Exceptuando la Rusia soviética, Europa no se reconstruyó basándose en la política bol- chevique relativa a la «cuestión nacional». En esencia el continente, por primera y última vez en la historia, se convirtió en un rompecabezas de estados que, con raras excepciones, se definían como naciones-estado y también como algún tipo de democracias parlamentarias burguesas. Este conjunto de circunstancias duró poquísimo.

Ocurrió también que la Europa de entreguerras presenció el triunfo de ese otro aspecto de la nación «burguesa» que comentamos en un capítulo anterior: la nación como «economía nacional». Aunque la mayoría de los economistas, hombres de negocios y gobiernos occidentales soñaban con ello, el regreso a la economía mundial de 1913 resultó imposible. De he- cho, aunque hubiera sido posible, no se hubiese podido volver a la econo- mía de la empresa privada libremente competitiva y del libre cambio que era el ideal e incluso parte de la realidad de la economía mundial en el apogeo de la supremacía británica en el mundo.

En 1913 las economías capitalistas ya se movían rápidamente hacia la formación de grandes bloques de empresa concentrada, apoyados, prote-

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gidos e incluso, hasta cierto punto, guiados por los gobiernos. La propia guerra había acelerado mucho este desplazamiento hacia un capitalismo administrado e incluso planificado por el estado. Cuando Lenin previo la economía socialista planificada del futuro, en la que prácticamente no habían pensado los socialistas de antes de 1914, su modelo fue la economía de guerra planificada de Alemania en 1914-1917. Desde luego, ni siquiera la vuelta a semejante economía de grandes empresas colaborando con el estado hubiese podido restaurar la pauta internacional de 1913, dada la espectacular redistribución del poder económico y político que la guerra provocó en el mundo occidental. Sin embargo, cualquier tipo de vuelta a 1913 resultaba una esperanza utópica. Las crisis económicas del período de entreguerras reforzaron de modo muy espectacular la «economía nacional» autárquica. Durante unos cuantos años la propia economía mundial pareció estar al borde del derrumbamiento debido a que los grandes ríos de la migración internacional se secaron hasta quedar reducidos, a riachuelos, los altos muros de los controles de cambio obstaculizaron los pagos

internacionales, el comercio internacional se contrajo e incluso las inversiones internacionales mostraron durante un tiempo síntomas de derrumbamiento. Dado que hasta los británicos abandonaron el libre cambio en 1931, pareció claro que los estados se retiraban tanto como podían hacia un proteccionismo tan defensivo, que rozaba la autarquía, mitigada por acuerdos bilaterales. En resumen, cuando la ventisca

económica barrió la economía mundial, el capitalismo internacional se retiró al interior de los iglúes de sus economías de estado-nación y sus imperios asociados. ¿Tenía que hacerlo? En teoría, no. Después de todo, no ha

habido —hasta el momento— ninguna retirada comparable para responder a las tempestades económicas mundiales de los decenios de 1970 y 1980. Sin embargo, es indudable que entre las dos guerras mundiales ocurrió de este modo.

Así pues, la situación de entreguerras nos brinda una oportunidad ex- celente de juzgar las limitaciones y el potencial del nacionalismo y los estados-nación. Sin embargo, antes de emprender esa tarea, examinemos brevemente la pauta real de estados-nación que le fue impuesta a Europa por el acuerdo de paz de Versalles y los tratados asociados con él, inclu- yendo, para atender tanto a la razón como a la conveniencia, el tratado an- glo-irlandés de 1921. En seguida nos percatamos de la absoluta imposibi- lidad de poner en práctica el principio «wüsoniano» que pretendía hacer que las fronteras de los estados-nación coincidieran con las fronteras de la nacionalidad y la lengua. Porque el acuerdo de paz de 1919 realmente tra-

dujo este principio a la práctica en la medida de lo posible, exceptuando algunas decisiones político-estratégicas acerca de las fronteras de Alema- nia, y unas cuantas concesiones de mala gana al expansionismo de Italia y Polonia. En todo caso, ni antes ni después, en Europa o en otra parte, ha vuelto a hacerse otro intento sistemático de trazar nuevamente el mapa político siguiendo líneas nacionales.

Sencillamente no dio buen resultado. Dada la distribución real de los pueblos, era inevitable que la mayoría de los nuevos estados construidos sobre las ruinas de los viejos imperios fuesen tan multinacionales como las antiguas «prisiones de naciones» a las que sustituyeron. Checoslova- quia, Polonia, Rumania y Yugoslavia son ejemplos que hacen al caso. Minorías alemanas, eslovenas y croatas en Italia ocuparon el lugar de las minorías italianas en el imperio Habsburgo. El principal cambio radicaba en que los estados eran ahora, por término medio, bastante más pequeños, a la vez que a los «pueblos oprimidos» que había en ellos ahora se les lla- maba «minorías oprimidas». La consecuencia lógica del intento de crear un continente pulcramente dividido en estados territoriales coherentes, cada uno de ellos habitado por una población homogénea, tanto étnica como lingüísticamente, fue la expulsión en masa o el exterminio de las minorías. Esta era y es la fatal reducción al absurdo del nacionalismo en su versión territorial, aunque no quedó plenamente demostrado hasta el de- cenio de 1940. Con todo, la expulsión en masa e incluso el genocidio hi- cieron sus primeras apariciones en los márgenes meridionales de Europa durante la primera guerra mundial y después de ella, cuando los turcos emprendieron la extirpación en masa de los armenios en 1915 y, después de la guerra entre Grecia y Turquía en 1922, expulsaron entre 1,3 y 1,5 millones de griegos del Asia Menor, donde habían vivido desde los tiem- pos de Hornero.1 Después, Adolf Hitler, que en este sentido era un nacio- nalista «wilsoniano» lógico, dispuso el traslado de alemanes que no vi- vieran en territorio de la patria, tales como los del Tirol del sur italiano, a la Alemania propiamente dicha, al mismo tiempo que disponía la elimi- nación permanente de los judíos. Concluida la segunda guerra mundial, desaparecidos virtualmente los judíos de la gran franja de Europa que va de Francia al interior de la Unión Soviética, les tocó a los alemanes el turno de ser expulsados en masa, sobre todo de Polonia y Checoslovaquia.

!. Véanse C. A. Macartney, «Refugees», en Encyclopedia of the Social Sciences, Nueva York, 1934, vol. 13, pp. 200-205; Charles B. Eddy, Greece and the Greek refugees, Londres, 1931. Para ser justos, habría que añadir que Grecia expulsó a 400.000 turcos.

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Ahora era posible ver la nación territorial homogénea como un programa que sólo podían llevar a cabo unos bárbaros, o, como mínimo, gente que usara medios propios de bárbaros.

Un resultado paradójico del descubrimiento de que no se podía hacer que las nacionalidades y los estados coincidiesen fue que las fronteras del tratado de Versalles, por absurdas que fuesen según las pautas «wilso- nianas», resultaron permanentes, excepto allí donde los intereses de las grandes potencias requerían su modificación, es decir, en beneficio de Alemania antes de 1945 y en beneficio de la URSS a partir de 1940. A pesar de varios intentos efímeros de trazar de nuevo las fronteras de los estados sucesores de los imperios austríaco y turco, dichas fronteras si- guen estando más o menos donde se encontraban al terminar la primera guerra mundial, cuando menos al sur y al oeste de las fronteras soviéticas, exceptuando la transferencia a Yugoslavia de las zonas situadas a orillas del Adriático ocupadas por Italia después de 1918.

Con todo, el sistema «wilsoniano» también produjo algunos otros re- sultados significativos y no del todo esperados. Primeramente demostró, sin que ello causara gran sorpresa, que el nacionalismo de las naciones pequeñas era tan impaciente con las minorías como lo que Lenin llamó «el chauvinismo de las grandes naciones». Eso, huelga decirlo, no fue ningu- na novedad para los observadores de la Hungría de los Habsburgo. Más novedoso, y más significativo, fue el descubrimiento de que la «idea na- cional» tal como la formulaban sus paladines oficiales no coincidía por fuerza con la autoidentificación real del pueblo interesado. En los plebis- citos que después de 1918 se organizaron en varias regiones cuya compo- sición nacional era mixta, con el fin de decidir la pertenencia de sus habi- tantes a tal o cual estado-nación, se vio que existían grupos significativos de gentes que hablaban una lengua pero optaban por formar parte de un estado donde se hablaba otra. A veces esto podía explicarse diciendo que era fruto de presiones políticas o fraudes electorales, o descartarse como ejemplos de ignorancia e inmadurez políticas. Ninguna de las hipótesis era totalmente inverosímil. Pese a ello, era innegable que había polacos que preferían vivir en Alemania a vivir en la renacida Polonia, o eslovenos que eligieron Austria con preferencia a la nueva Yugoslavia, aunque ello resultaba inexplicable a priori para los que creían que los miembros de una nacionalidad se identificaban necesariamente con el estado territorial que afirmaba encarnarla. Es verdad que esta era una teoría que iba ganan- do terreno rápidamente. Veinte años más tarde empujaría al gobierno bri- tánico a encerrar en bloque a la mayoría de los alemanes que residían en el

Reino Unido, judíos e inmigrantes antifascistas incluidos, alegando que era de suponer que toda persona nacida en Alemania sería leal a dicho país sobre todas las demás consideraciones.

Una divergencia más seria entre definición y realidad apareció en Ir- landa. A pesar de Emmet y Wolfe Tone, la comunidad mayoritaria en los seis condados del Ulster se negaba a considerarse a sí misma «irlandesa» como hacía el grueso de los habitantes de los veintiséis condados, incluida la pequeña minoría protestante que vivía al sur de la frontera. La suposi- ción de que existía una sola nación irlandesa dentro de una sola Irlanda, o, mejor dicho, que todos los habitantes de la isla aspiraban a una sola Irlan- da feniana, unida e independiente, resultó errónea, y mientras que, durante cincuenta años después de la creación del estado libre de Irlanda (que luego se hizo república), los fenianos y sus simpatizantes podían rechazar la división del país diciendo que era un ardid imperial británico, y acusar a los unionistas del Ulster de tontos dirigidos por agentes británicos, los úl- timos veinte años han dejado claro que las raíces de una Irlanda dividida no se encuentran en Londres.

Asimismo, la instauración de un reino eslavo meridional reveló que sus habitantes no poseían la conciencia yugoslava única que postulaban los pioneros (croatas) de la idea ilírica a principios del siglo xix, y podían movilizarse más fácilmente, al amparo de consignas lo bastante fuertes como para producir una matanza, como croatas, serbios o eslovenos. A decir verdad, parece que la conciencia nacional de las masas croatas no se desarrolló hasta después de la creación de Yugoslavia y contra el nuevo reino, o, para ser más exactos, contra el supuesto predominio de los ser- bios en él.2 Dentro de la nueva Checoslovaquia los eslovacos esquivaron persistentemente el abrazo fraternal de los checos. Hechos parecidos se harían todavía más obvios en muchos de los estados producidos por la li- beración nacional o colonial, y por razones semejantes. Los pueblos no se identificaban con su «nación» del modo que sus líderes y portavoces les recetaban. El Congreso Nacional Indio, que se había comprometido con un subcontinente único y unido, tuvo que aceptar la partición de la India en 1947, del mismo modo que el Pakistán, que estaba comprometido con un solo estado para los musulmanes de dicho subcontinente, tuvo que aceptar su partición en 1971. Cuando la política india dejó de estar mo- nopolizada por una reducida élite muy britanizada o europeizada, fue ne-

2. Mirjana Gross, «On the integration of the Croatian nation: a case study in nation building», EastEuropean Quarterly, 15 (2 de junio de 1981), p. 224.

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cesario hacer frente a la exigencia de estados lingüísticos, en los que el primitivo movimiento nacional no había pensado, si bien algunos comu- nistas indios empezaron a llamar la atención sobre ello justo antes de la segunda guerra mundial.3 Las rivalidades lingüísticas mantendrían el in- glés como lengua oficial de la India hasta hoy, aunque lo habla una frac- ción insignificante de los 700 millones de habitantes del país, porque otros indios no están dispuestos a aceptar la dominación del hindi, lengua que habla el 40 por 100 de la población.

La paz de Versalles reveló otro fenómeno nuevo: la propagación geo- gráfica de los movimientos nacionalistas, y la divergencia de los nuevos respecto de la pauta europea. Dado que las potencias victoriosas se habían comprometido oficialmente con el nacionalismo «wilsoniano», era natu- ral que cualquiera que se presentara como portavoz de algún pueblo opri- mido o no reconocido —y fueron muchos los que en este sentido acosaron a los negociadores supremos del tratado— hablase en términos del princi- pio nacional y, especialmente, del derecho a la autodeterminación. Sin embargo, esto era algo más que un eficaz argumento para el debate. Los líderes e ideólogos de los movimientos de liberación colonial y semicolo- nial hablaban sinceramente la lengua del nacionalismo europeo, que tan a menudo habían aprendido en Occidente o desde allí, incluso cuando no era apropiado a su situación. Y cuando el radicalismo de la Revolución rusa sustituyó al de la francesa como ideología principal de la emancipa-

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