Ejemplos recientes de acción colectiva en América Latina muestran la necesidad de entender las continuidades y novedades como así también contextualizar el digi- activismo dentro del análisis del cambio social y político.
Varios ejemplos sugieren la persistente importancia de las organizaciones políticas tradicionales como los sindicatos y partidos políticos y asociaciones civiles (profesionales, ONGs) en la movilización colectiva dentro de ciclos permanentes de protesta en la región (Ospina Peralta, Bebbington, Hollenstein, Nussbaum y Ramírez 2014; Zibecchi 2012). Estudios recientes sobre movilizaciones disparadas por diversas causas (desde la privatización de los servicios de provisión de agua hasta oposición a proyectos extractivistas) muestran la permanencia de viejas y nuevas estructuras que congregan a agricultores, campesinos, pueblos originarios, estudiantes y sindicatos (Calderon Gutierrez 2013; Gómez García y Treré 2014; Gurza Lavalle y Bueno 2011; Lobina, Terhorst y Popov 2011). No es remotamente obvio que las nuevas formas de conexión hayan desplazado a las viejas y más recientes, que constituyan formas institucionales para corregir los problemas de representación democrática, o sean la vanguardia de mecanismos post-representativos de articular voluntades populares. Las excepciones son interesantes pero son débiles como argumento alternativo.
Asimismo, la persistencia de desigualdades en el acceso y utilización de plataformas digitales en la región sugiere que es apurado concluir que las nuevas tecnologías han nivelado las oportunidades de organización. Los movimientos “auto-organizados” mediante redes digitales suelen ser más comunes entre cierta “elite digital” como estudiantes universitarios que son “usuarios intensos” de Internet más que en poblaciones socialmente excluidas o que reside fuera de centros metropolitanos. Es curioso pero no sorprende, que la vasta mayoría de los estudios sobre la digitalización de la acción colectiva en América Latina estén focalizados en protestas estudiantiles mientras que estudios sobre otros actores sociales no destaquen “lo digital” en primer plano como elemento clave en la organización (Cabalin-Quijada 2014; Cogo y Barsi Lopes 2011; Tricot 2012).
Lo que Tocqueville denominara la “vida asociativa” – instituciones que vinculan individuos alrededor de causas comunes, continúa siendo fundamental no solamente en la génesis de la protesta sino en acciones ciudadanas en el largo plazo. El cambio social requiere actores organizados y financiados, con contactos y relaciones fluidas con otros actores, particularmente en el Estado (Gamson y Meyer 1999). Movimientos que unen amplias y heterogéneas redes en coaliciones formales son más proclives a logar éxitos que aquellos que no reúnen tales condiciones (Van Dyke y McCammon 2010). La disponibilidad de “recursos estratégicos” (incluidas el capital social local como así también contactos y acceso con instituciones y tomadores de decisión) es fundamental no solamente para la organización colectiva sino para incidir exitosamente en el cambio social.
Es difícil pensar que sin estructuras permanentes que vinculan la ciudadanía el cambio social sea posible puesto que estas tienen mejores chances de ser duraderas y continuar empujando diferentes iniciativas de cambio. La protesta digital puede vincular temporariamente a individuos o canalizar demandas pero no necesariamente
LA COMUNICACIÓN EN MUTACIÓN
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tener la continuidad necesaria para asegurar cambios sostenibles en el tiempo. Protestas efímeras pueden catalizar y dar visibilidad a demandas existentes como así también ejercer presión frente a decisiones políticas. Sin embargo, no son necesariamente instrumentos de larga vida que garanticen la constante participación ciudadana. Las tecnologías digitales pueden operar como agentes de generación de redes, pero esto no garantiza su éxito en el corto o largo plazo. Explicar cómo la ciudadanía se organiza no es explicar el cambio social o el impacto de la acción colectiva en decisiones política.
Hoy en día es imposible pensar cualquier tipo de acción colectiva sin el uso de tecnologías digitales si consideramos que están completamente enhebradas en la vida social contemporánea y mediatizan cualquier tipo de interacción. Esto no implica concluir que sean catalizadoras de cualquier tipo de acción colectiva o que hayan desplazado a otras causas y cauces de la movilización pública. Si bien hay ejemplos recientes de protestas juveniles que muestran la importancia de las redes sociales como los casos de estudiantes en Chile y México, (Scherman, Arriagada y Valenzuela 2015), esto no implica que todas las protestas o tipos de acción colectiva otorgan similar centralidad a los medios digitales. Hay una combinación de estilos de organización y movilización que sugiere que es limitado colocar a la tecnología como gran dinamizadora de la acción despojada de cuestiones organizacionales (Gómez García y Treré 2014; Guiomar Rovira 2014; Valenzuela, Arriagada y Scherman 2012). Es enormemente atractivo pensar que “lo digital” modifica sustancialmente la forma de participación y produce cambios sociales y políticos duraderos, pero hay que evitar colocar lo comunicativo por encima de lo político. La lógica híbrida de la organización colectiva (Ganesh y Stohl 2013) debe ser puesta al centro del análisis, evitando el reduccionismo del discurso que asume que todo puede ser explicado por las “nuevas redes digitales”. No hay dudas de que estas últimas abren nuevas oportunidades para expresar voces y organizar voluntades, pero estos casos no implican el ocaso de viejas formas organizacionales y las asociaciones constituidas en la acción colectiva en general.
Carecemos de evidencia sólida para concluir que la presencia de redes digitales unilateralmente explique la facilidad de organización o anticipe los números de protestas. Tal principio desconoce una amplia literatura sobre las motivaciones que llevan a la ciudadanía a organizarse y/o visibilizar demandas públicamente a través de diferentes medios (desde actos callejeros hasta la firma de propuestas). Aún no hay consenso sobre esta cuestión ya que varias variables continúan siendo analizadas para entender los niveles y las tácticas de protestas: calidad de las instituciones democráticas, entusiasmo o cansancio ciudadano, características del régimen político, oportunidades y limitaciones.
Asimismo, explicar la protesta y otras formas de disrupción de la cotidianeidad como señal de disconformidad y oposición a estructuras de poder vigentes no explica la movilización ciudadana. Marchas callejeras, bloqueos de carreteras, huelgas y
petitorios en línea no agotan el repertorio de acción colectiva. Este abarca diferentes tipos de participación ya por su motivación o táctica escogida para la expresión y la incidencia pública. De hecho, América Latina exhibe numerosos ejemplos que muestran que el “repertorio de acción”, según la influyente expresión de Charles Tilly, va más allá de la celebrada protesta callejera. La participación no es ni puramente enfrentamiento ni únicamente callejera ya que incluye deliberaciones públicas y parlamentarias, reuniones con congresistas y tomadores de decisión, inclusión en procesos de presupuestos municipales, preparación de propuestas de ley, y testimonios públicos (Franklin 2013). No podemos ver la participación solamente a través de la lente de la protesta hecha posible por conexiones digitales o sin ligarla con formas “offline” de participación. Ni debemos reducir la acción colectiva a la protesta ni precipitar a concluir que el cambio social es la acción en las calles.