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Pablo desarrolla, ahora, un asunto delicado y sutil. Trata acerca de las emociones que intervienen en las relaciones mutuas entre cristianos. Tres asuntos: cómo agradarse unos a otros, cómo desarrollar la esperan- za y cómo tener un mismo sentir.

¿Cómo agradarse unos a otros? (15:1-3). Agradarse unos a otros puede ser un asunto de mera cortesía. Una formalidad social. Una manera de mos- trarse externamente simpático. Pero, ni la cortesía, ni la formalidad social ni lo que solo se hace para el consumo externo de las relaciones revelan las verdaderas emociones de las personas. El cristianismo tiene que ver con la expresión de emociones auténticas. Si se trata de agradar a alguien, en este caso, según Pablo, agradar a los demás creyentes, la manera de ha- cerlo tiene que ser auténtica y espiritual. Las acciones que agraden tienen que estar sustentadas por un sentimiento totalmente libre de egoísmo. “Los fuertes en la fe”, dice Pablo, “debemos apoyar a los débiles, en

vez de hacer lo que nos agrada a nosotros mismos” (15:1).

Aquí se trata de apoyar al otro. ¿Cómo? Digamos que un hombre está cargando un bulto sobre sus hombros. Al verlo, un transeúnte, siente simpatía por él y le dice:

“Debe estar muy pesado, y siento mucha pena por ti. Ojalá no tuvie- ras que hacerlo; pero, ya que debes llevarlo, cuenta con mi simpatía”. “Muchas gracias”, le responde educadamente el hombre.

Los dos siguen su respectivo camino; y el bulto se torna cada vez más pesado. Tanto que su cuerpo en encorva y su marcha se hace más lenta. Poco después, se encuentra con otro transeúnte, que lo mira com- pasivamente. Le pide que se detenga un momento. Lo ayuda a bajar la carga de sus hombros, mientras le dice:

“Descansa un poco. No te preocupes. Si tu camino es largo, no im- porta. Yo soy más joven que tú y puedo cargar ese bulto por ti”.

Luego de conversar sobre asuntos personales que les permiten co- nocerse un poco, el extraño toma el bulto, lo pone sobre sus propios hombros y sigue al cansado cargador sabiendo que su espíritu aliviado, lo mismo que su cuerpo, siente su apoyo de manera real.

¿Es necesario preguntar cuál de los dos de verdad apoyó al hombre más débil? ¿O cómo se apoya mejor, con palabras de simpatía o con he- chos reales?

Los creyentes, cuando se apoyan mutuamente, lo hacen con palabras y con hechos. Los dos son vehículos muy apropiados para despertar el agrado del otro, sin importarle el agradarse a sí mismo.

Los que solo se preocupan por agradarse a sí mismos no contribuyen en nada a la mutualidad cristiana, porque su egoísmo los oculta dentro de ellos mismos y el yo, en esas circunstancias, se torna un cuarto muy oscuro y muy solo.

Pablo expone la clave para salir del egoísmo:

“Cada uno agrade al prójimo para su bien, con lo que es bueno para su edificación” (15:2).

Y presenta la razón más importante que pueda existir para un cris- tiano:

“Porque”, dice Pablo, “ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo, sino que, como está escrito: ‘Sobre mí recayeron los insultos de tus detracto- res’ ” (15:3).

Cristo llevó sobre sí el peso del pecado cometido por sus enemigos. Solo agradó a los demás, a todos. ¿Podemos, los cristianos, siquiera pen- sar en seguir una conducta diferente? No, por cierto. Agradar a los de- más tiene que ser nuestra forma espiritual de proceder. Haciendo en todo lo que es bueno y agradable para los demás, contribuyendo así a la edificación de la iglesia entera.

que agrada a los demás es una persona que mira el futuro con espe- ranza. Una esperanza que conmueve y dirige la totalidad de sus emo- ciones. Le concede una pasión blanca, cristalina, transparente, fuerte. Con una fuerza espiritual alegre y simpática. Tan espiritualmente sim- pática que puede contribuir a la aceptación de su prójimo sin ninguna restricción.

Pero, ¿cómo desarrolla esa clase de esperanza? Por medio de las Escrituras.

“Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escri- bieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (15:4).

Aquí está la fórmula que produce las emociones necesarias para la integración y la mutualidad cristianas: paciencia, consolación, esperan- za. Cuando están en el corazón, las acciones externas serán todas sim- páticas y favorables al prójimo.

¿Cómo tener un mismo sentir? (15:5, 6). Con esa clase de sentimientos, estamos muy cerca de sentir como Cristo sintió. ¿Que falta? Solo un re- galo de Dios. Porque él es quien regala este sentimiento.

“Y el Dios de la paciencia y de la consolación les dé, para que exista entre ustedes, un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (15:5, 6). La manera en que podemos tener el sentimiento de Cristo es poner- nos a tono con la paciencia y la consolación de Dios. ¿Cuándo pidió Dios que nosotros lo consoláramos? ¿Cuándo, que le transmitiéramos pacien- cia para soportar nuestros desvíos, nuestros egoísmos, nuestras rebelio- nes, nuestra obstinación para pecar y continuar en el pecado a pesar de todo lo que él hace para librarnos de nuestras iniquidades? Nunca. Dios nunca se coloca en una situación de autocompasión, o conmise- ración de sí mismo, por lo que otros le hagan. Él está siempre listo para manifestar su paciencia y su consolación a los demás. A todos nosotros, pecadores. Así tenemos que actuar los cristianos, unos con otros, y el sentimiento de Cristo estará en nosotros como un regalo de Dios, para su gloria y para la unidad espiritual de todos nosotros.