En “¿Qué es la literatura?” (1983), Terry Eagleton examina los criterios que usualmente se emplean para definir esa disciplina y llega a una conclusión sumamente interesante. Algunos sostienen que lo literario es la escritura “bella”, otros dicen que es aquello que nos extraña en tanto que el lenguaje literario rompe con la cotidianidad. Eagleton analiza estos y otros su- puestos y refuta cada uno. Creo, al igual que él, que no existe un criterio objetivo que distinga lo literario de lo no literario. El punto de esto es que Eagleton no desecha estos criterios en busca de otro que sí logre definir lo literario, ni tampoco desecha la noción de “lo literario”. Lo que hace es despojarlos de toda validez objetiva para demostrar que aquello que opera re- almente cuando afirmamos que un texto es literario no es otra cosa que una convención social. Los criterios que estudia Eagleton son, a pesar de su falsedad, válidos en tanto que nosotros los utilizamos para afirmar que algunos textos son literarios y otros no. En suma, la investiga-
ción de Eagleton no lleva a negar que exista la literatura sino a señalar que literatura no es más que aquello que llamamos literatura. Una forma de notar esto puede ser pensar en qué ocurriría si tomáramos un recorte de periódico aleatoriamente y se lo diéramos a alguien di- ciendo que se trata de un poema. Es factible suponer que este lector interpretaría ese texto ba- jo el supuesto de que es una obra de arte, a tal punto que incluso podría disfrutarlo como un poema escrito por un poeta. Y eso es precisamente lo que nos interesa: los comportamientos propios del lector. Puede que la literatura no sea algo en sí, pero es innegable que es una con- vención provista de complejas dinámicas: basta con aplicarlas a un texto que usualmente no llamaríamos literario para ver hasta qué punto nuestra actitud cambia con el supuesto de que algo es literatura. Preguntémonos entonces ¿en qué consisten esas dinámicas?, ¿qué sucede cuando leemos un texto literario? Mi propósito acá es señalar algunos elementos propios de la lectura de textos literarios, pero sólo en la medida en que resulten útiles para trabajar el pro- blema de la lectura de Rayuela. Si bien es cierto que cualquiera podría leer el texto de Rayue- la como se le dé la gana, hay varios aspectos de la lectura de una obra, y particularmente de la lectura de Rayuela, que permiten cuestionar esa posibilidad.
Es importante recordar un punto que se trató en el primer capítulo: “(l)a convergencia de texto y lector dota a la obra literaria de existencia, y esta convergencia nunca puede ser localizada con precisión, sino que debe permanecer virtual, ya que no debe identificarse ni con la reali- dad del texto, ni con la disposición individual del lector” (Iser, 1987, p. 216). Rayuela no es algo en sí, porque no es el texto sino el encuentro entre el texto y el lector. Sin embargo, Ra- yuela tampoco es la concretización particular que cada lector le da al texto en su mente. Así pues, tenemos que pensar que si la comunidad de lectores de cierta obra puede hablar de la misma a pesar de que ésta no sea el texto que todos leen sino un encuentro entre ellos y el tex-
to, es porque la obra como tal es el resultado de una convención social. Con esto no quiero decir que nos ponemos de acuerdo acerca de qué es cierta obra, sino que debemos tomar el hecho de que exista un terreno en común como una señal de que realizamos una práctica común. Bien señala Iser que los esquemas del texto guían la disposición individual del lector, pero sería apresurado decir que existe un terreno en común en las discusiones literarias úni- camente porque el texto guía nuestra lectura en una misma dirección. Hay que reconocer que el espectro de interpretaciones que permite un texto es mucho más amplio que el terreno común que nosotros, como lectores de una obra, manejamos. Si acaso nos da la impresión de que una obra es idéntica al texto que leemos, es decir que el espectro es mucho más reducido, es porque el acto de leer está marcado por una serie de convenciones que hacen que nos aproximemos a un texto de formas muy similares, al punto de que podemos hablar en común de algo así como “la obra”.
Ahora bien, definir la literatura como una convención social no deja de ser algo bastante con- troversial y ciertamente esa discusión excede por mucho los propósitos de este proyecto. Aunque Eagleton no sea la última palabra en el tema, el punto que señalo, cuando menos, es una postura válida y conocida dentro del debate teórico, por lo cual me permito incluirla en esta reflexión. Como se verá, el argumento para sostener que Rayuela no se lee de cualquier manera consta de varios puntos. Si se toman por separado, se trataría de cuatro argumentos que no necesariamente implican lo que se pretende demostrar. Me valgo entonces de esta vi- sión de la literatura como una convención social porque es el punto en el que convergen. Vis- tos así resultará clara su relación, así como la necesidad de afrontar el problema que nos ocu- pa desde varias perspectivas. Adelanto, pues, cuáles son los argumentos que se van a desarro- llar.
a) Dado que la idea de leer en desorden el texto de Rayuela sólo surge después de haber realizado el recorrido según el Tablero, el lector ya tiene una imagen mental de la obra que necesariamente recrea. En otras palabras, el lector no lee uno de los muchos libros que supuestamente es Rayuela, simplemente relee Rayuela.
b) Si bien un texto se presta para múltiples interpretaciones, muchas resultan inverosími- les en tanto que la obra tiene algo que podría definirse como una intención.
c) El Tablero de Dirección tiene muchas características particulares que hacen parte esencial de lo que llamamos Rayuela.
d) A pesar de que Morelli funciona como un portavoz de la novela, no es cierto que sea Cortázar. Por esta razón, no sólo debemos cuestionar la idea de que Rayuela se lee de cualquier manera porque lo dice Morelli, sino también debemos notar que esta discre- pancia entre Cortázar y Morelli es importante en la novela.
Voy a trabajar estos cuatro enfoques y cada uno de ellos irá recluyendo a un espacio más ce- rrado la posibilidad de leer la novela de Cortázar al azar. No se trata de prohibir esta lectura sino de ubicarla en su justo lugar: al lado de toda posible aproximación a un texto literario que rompa con la convención. Así como es estrictamente posible leer dos libros de autores y épo- cas distintos suponiendo que son uno solo, o leer El Quijote como si lo hubiera escrito Home- ro, así también es posible leer Rayuela alterando el orden que plantea Cortázar. Es algo posi- ble, pero que sencillamente está por fuera de la convención. Es cierto que, como vimos, Ra- yuela rompe con muchas convenciones narrativas y estilísticas, pero no dejemos que este hecho nos engañe: Rayuela, en tanto obra literaria, es parte de una convención mucho más
general y por eso salirse de las convenciones en las que opera es dejar de leer aquello que llamamos Rayuela.
A continuación se realizará: a) una aplicación a Rayuela de lo que afirma Wolfang Iser en “El proceso de lectura”; b) una exposición del concepto de intentio operis de Umberto Eco c) un estudio del orden de Rayuela; y, finalmente, d) una reflexión sobre las discrepancias entre Morelli y Cortázar.