mo que conducía a las tierras del Oeste estaba indicado por la estatua de bronce —en la cima de un peñasco elevado, perdi
do en medio de las olas— de una mujer que indicaba el Oeste. Los navios que se hubiesen aventurado por allí habrían perma necido tres años ausentes de su patria, pero ese lapso de tiem po correspondería, en realidad, a trescientos años de nuestro tiempo: aquí nos encontramos con el tema «ciencia-ficción»
de los universos paralelos...
No obstante, las tradiciones irlandesas se refieren a un con tinente situado en nuestra esfera existencial, y que no parece ser otro que la Atlántida de Platón, identificada corrientemen te por los irlandeses con su «Iberia» primordial, con la Mag
Mor de las viejas leyendas celtas, con la «gran llanura», país
legendario de los dioses y de los muertos desde que se hundió totalmente bajo las aguas. Y esas tradiciones confirman la si tuación común de Atlantis, la ciudad de las Puertas de Oro, la extraordinaria capital de los atlantes, en el espacio marítimo actualmente situado en el Noroeste de las Azores.
¿Fue la Atlántida totalmente engullida? No habría queda do más que las cimas más elevadas, que forman hoy día las Azores y las Islas Canarias, esos dos archipiélagos volcánicos a lo largo de las costas africanas.
Por otra parte, un navegante americano, pretende haber contemplado, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, en un tiempo extraordinariamente claro, unos grandes vestigios de construcciones cubiertas por la arena a lo largo de las Azores.
Volvamos a las leyendas: durante la existencia del conti nente atlántico, el eje polar habría sido dirigido hacia las Pléyades; y el pico de Tenerife (que era antiguamente el pico más alto de la Atlántida) sería el último vestigio de la vieja «tierra sagrada» de los hijos de Atlas.
En las leyendas celtas se encuentran muchas tradiciones que se refieren a ciudades engullidas, a países y hombres que «viven bajo las aguas»; lo que atestigua el claro recuerdo de un gran cataclismo del océano Atlántico.
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Los druidas habían conservado asimismo en Alesia, en tiem pos de Vercingetorix, tradiciones explícitamente referentes a los atlantes.
La bibliografía de la Atlántida establecida por Jean Gat- tefossé y Claudius Roux contaba, en su segunda edición (que es del 1932), con 2.500 títulos; y desde entonces no han dejado de aparecer numerosos libros y artículos...
Nuestra meta no es otra que tratar, modestamente, de pre cisar la situación, teniendo siempre presente que, en el enig ma de la Atlántida, hay que considerar dos planos: el de la rea lidad (histórica, arqueológica) y el del mito, de las tradiciones. ¿Existen pruebas concretas del hundimiento del continente atlántico?
Si los picos actuales de las Canarias, de Madeira y de las Azores no son, en principio, más que las cimas más conside rables de la gran tierra engullida antiguamente por las aguas, la respuesta debería ser fácil; por otra parte, es absolutamen te demostrable, hablando geológicamente, que esas islas pro ceden de un gigantesco hundimiento atlántico.
¿No habrían también hechos inquietantes, de una induda ble realidad, susceptibles de confirmar el cataclismo por otros derroteros?
En 1858, durante la colocación del cable telegráfico sub marino entre Inglaterra y Estados Unidos, se desenterraron —en un punto del océano situado aproximadamente a 100 km al Norte de las Azores y que tiene una profundidad de 3.100 m— pequeños trozos de una roca basáltica que no puede solidificarse más que al aire libre, y que, además, presentaba unas aristas agudas, angulosas, atestiguando la ausencia de erosión realmente importante, lo que implicaba que el hundi miento del suelo se había producido en una época geológica reciente. Este hecho mereció los comentarios del profesor Pie- rre Termier —publicados en un notable opúsculo en 1913
y que se titulaba, precisamente, La Atlántida (Boletín del Ins
tituto oceanográfico de Monaco, 1913, n.° 246).
Pero Terminer concluía su informe con esta frase: «Un 6 — 3.385
solo punto queda por clarificar, la cuestión de saber si el ca taclismo que trajo consigo la desaparición de la isla es anterior o posterior a la aparición del hombre en Europa occidental.»
Hay que reconocer que el punto es importante y muchos geólogos creen firmemente en la existencia del continente at lántico sin que por esto se clasifiquen entre los «atlantófilos». Así pues, queda ampliamente probado que, en el fondo del océano Atlántico, entre América y el Viejo Continente, existe el contorno de un continente y que, por otro lado, este hun dimiento se produjo en una fecha geológica relativamente re ciente, sin que la ciencia pueda —no obstante— aportar gran des precisiones al respecto; de todas formas, en la época de ese cataclismo (sin duda, al final de la Era terciaria o princi pios de la cuaternaria) y, según las evaluaciones recientes, el hombre ya existía; he aquí, pues, el primer problema zanjado...
Las riberas europea y africana del Atlántico están jalona das por una línea casi ininterrumpida de tierras volcánicas, desde la isla de los Pájaros y de Jan-Mayen, en el Ártico, hasta los volcanes del continente antàrtico; por lo demás, los tem blores de tierra son frecuentes en toda esa inmensa región. Geo lógicamente, no hay, pues, nada imposible —sino todo lo con trario— en la existencia del gran cataclismo...
En cuanto a la famosa hipótesis (la que desarrolló magis tralmente Wegener) de la deriva de los continentes, no des miente en absoluto la hipótesis de la Atlántida, contrariamente a la opinión corriente:
«De igual manera que no se puede separar los trozos de un pastel sin hacer migas, no se puede separar África de América sin hacer trozos sumergidos e islas. Esto explica las lagunas que se observan en la reunión de los fragmentos del rompe cabezas afroamericano.»8
Mientras que, en efecto, es posible superponer a maravilla el contorno del Brasil y de la costa africana de Guinea, la super posición es imposible entre Europa y el Maghreb por un lado,
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y América del Norte y Central por otro; la causa de que el rompecabezas no encaje en aquellas zonas es el hundimiento de la Atlántida...
En todos los ámbitos, la supuesta existencia de la Atlánti da, ese puente gigantesco entre los dos continentes (haya exis tido ese continente en la Era terciaria o mucho más tarde, en el momento del apogeo de la civilización griega, por ejemplo) permite eliminar todas ias desagradables soluciones de conti nuidad.
La hipótesis es muy cómoda, hay que confesarlo, y permite a los sabios resolver enigmas y problemas embarazosos.
Se comprende muy bien las siguientes líneas de G. R. Car- li, uno de los grandes atlantólogos contemporáneos:
«Las islas que existen actualmente en el espacio que sepa ra los dos continentes son realmente las cimas de montañas lo bastante altas como para emerger en la superficie. Así pues, concibo sin dificultad que ha existido allí un amplio territorio, quizás hace más de seis mil años, que comprendía, a partir de las islas de Alvarez y de Tristán de Acuña, los Picos, las islas de Martín de Vaz, Santa Elena, la Gran Ascensión, las islas de San Mateo, las Canarias y las Azores. Ese continente hubiera sido mayor que Africa con una parte de Europa tomadas con juntamente, ya que hubiese ocupado 80° de latitud, mitad al Norte, y mitad al Sur del Ecuador.»9
Los especialistas de la cuestión atlante se han esforzado enormemente por desarrollar el sistema y por apoyarlo sin cesar con hechos y teorías significativos y demostrativos.
Una obra que hace historia en este terreno es, por ejemplo,
Atlantis: the Antediluvian W orld (1882), libro que hasta la fe
cha ha tenido más de cincuenta reediciones; es la obra de un sabio americano, el senador Ignatius Donnely. Pero, de hecho, tendríamos que citar toda una biblioteca si hubiéramos de mencionar todos los trabajos sobre el enigma de la Atlántida;
9. Carli, citado en Imbelloni et Vivante, Le Livre des Atlantides,