No reconozco la letra.
Venga, nena... Bruce está aquí.
Esta es tu gran noche..., eso es..., venga..., saco mi polla tie- sa y escamosa. Hay un poquito de tufo al asomar el capullo, en color rojo carne viva, dejando atrás el prepucio descolorido. Me pican tanto los putos huevos..., fuá..., venga, nena..., ese gilipo-llas de médico y sus putas cremas...
No pienses en eso
... fuá, nena..., esto es tan bueno..., oohh ooohh oooohhh...
April de Newcastle, ooohhh, eres una chica preciosa..., ay qué cabrona estás hecha..., ooohhh..., allá voy..., fuahh...
¡PUTO BINGO!
1. Taking coals to Newcastle. Refrán inglés sobre las iniciativas inútiles, en este caso, llevar carbón a Newcastle, centro minero. (N. del T.)
Oohh ooohh..., fuá, cabrón..., dejo que la lefa me caiga so- bre los muslos. Quizá sus propiedades alcalinas le sienten bien al sarpullido, en todo caso no le harán tanto mal como las inú- tiles cremas de ese cabrón de Rossi. Deberían poner de patitas en la calle a los médicos incompetentes. Si en el cuerpo no pu- diésemos estar a la altura estaríamos hundidos en la mierda, pero esos cabrones cometen asesinatos impunemente porque ellos nunca tienen que jugársela. Las reglas son las mismas o en cualquier caso debería ser así, joder.
Olisqueo las perneras de los pantalones de franela negros. Hay un pestazo espeso de sudor rancio puntuado por el espo- rádico y acerbo olor a pis. Ah, lo que daría por un servicio de lavandería decente. Ahora mismo necesito una tía que sepa co- cinar y lavar más de lo que necesito una que sepa chupar y fo- llar. Por supuesto, las integrantes de la lista ideal de candidatas poseerían todos esos atributos. Un sucedáneo de Carole, hasta que empiece a entrar en razón, cosa que no tardará mucho en hacer. Nunca lo hace.
A Karen Fulton le gusta que le den por culo. Hmm. Nunca me la he follado por el culo. Me la he follado por el coño, ya lo creo, pero eso no es que me convierta en miembro de un club exclusivo. La última vez que me lo hice con ella fue después del funeral de la princesa Diana. La puse bolinga perdida y nos lo hicimos. Es sabido que en ocasiones Fults se ha ofrecido a todo quisque, en fiestas de Navidad o cuando alguien se va y tal, pero a mí la pintada esta me parece la piadosa expresión de un deseo, escrito probablemente por algún inepto como Toal.
Tacho KAREN FULTON y pongo BOB TOAL en su lugar. Me quedo mirando mi obra un rato y me da un ataque de risa que me deja sin aliento y me inmoviliza mientras las lágrimas me ruedan por las mejillas.
Salgo y me lavo las manos pero no consigo limpiarme las uñas como es debido. Observo mi mandíbula en el espejo y me froto los pelos de la barba. Me hace falta un buen afeitado
(
000000000000000000000000000) (
OOOOOOOOOOOcomerOOOOOOOOOOO) (
0 0 0 0 0 c o m e A n f i t r i ó n m í o 0 0 0 0 0
)
(
OOOOcomerOOOOOOOcomerOOOO)
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OOOOOOcomerOOOOOOOOOOOOOO)
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OOOOOOOOOOOOOcomerOOOOOOOO OO)
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OOOOOOOcomerOOOOOcomerOOOOO O)
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OOOOOOOOOOcomerOOOOOOOOOO)
(
OOOOOOOOOOcomerOOOOOOOOOO)
(
00000000000000000000000000 \)
(
c omer, el y o nec es it a ali m ent ars e)
(
OOOOOOOOOOOcomerOOOOOOOOOO)
(
OOOOOOOcomerOOOOOOOOsíOOOOOOOO)
Placeres sencillos. El ventilador eléctrico que hay debajo de mi mesa arroja aire caliente contra mi pierna mientras me recupero de esa paja con una potente taza de café y un Kit Kat con un donut de Crawford's. Me interrumpe el teléfono. Además, es una llamada del exterior. No es ella. No es Carole. Es ella.
Le dije que jamás telefoneara aquí. Jamás. «Te dije que
jamás telefonearas aquí», le digo. «Estoy en mitad de una inves-
tigación muy seria.»
«Lo siento..., tenía que hablar contigo. Sobre lo que dijiste hace un par de semanas, ¿lo decías en serio?»
¿De qué va esta puta tarada? «¿Qué? ¿De qué se trataba?» «Aquel día, Bruce..., me dijiste que me querías. ¿Te acuer- das?» Su tono de voz desciende una octava. «¿O sólo fue algo que te inventaste porque pensabas que quería oírlo?»
Me lo inventé porque iba empalmado y una polla tiesa no tiene conciencia. Y si esa polla tiesa está pegada a Bruce Ro-bertson, entonces tiene menos conciencia aún. Uno no puede permitirse tener conciencia en esta vida, eso se ha convertido en un lujo para los ricos y en un grillete social para los demás. Incluso aunque quisiera tenerla, cosa que no deseo en absoluto, no tendría la menor idea sobre cómo adquirirla. ¿Se pueden comprar en el mostrador de discos de Woolie's?
Pero esto se pone peliagudo: esta guarra está dando peligro- sas muestras de inteligencia. El caso es que me vendría bien echarle otro tiento a esa puta estúpida y subnormal. «No creo
que fuera eso lo que dije. Lo que dije, si te acuerdas, es que podría enamorarme fácilmente de ti. Pero también dije que si te daba amor, amor espiritual, tendrías que ser lo bastante fuer- te como para soportarlo. ¿Te acuerdas?»
Se produce un largo silencio, y por fin grazna: «Me acuer- do...»
No se acuerda de una puta mierda. Va hasta el culo de pu- tos Valium o Prozac o lo que sea que le haya recetado para los nervios algún matasanos lo-que-sea-para-vivir-tranquilo tipo Rossi. «Te dije que te marcharas y volvieses cuando te encon- trases con fuerza suficiente. Porque ya lo creo que te daré amor. Te daré todo el amor del mundo. Más amor del que podrías imaginar nunca...»
Cómo coño se llamaba... la mujer de Hurley..., Brigitte..., Sarah... ¡Chrissie! «Chrissie..., ay Chrissie..., mira..., tienes que tener suficiente fuerza para soportarlo...», dejo que mi voz tiemble un poquito, «porque si lo doy y no lo recibo de la otra parte, me destrozará...»
Gus entra y se acerca al borde de mi mesa, recogiendo mi taza de los Hearts casi vacía y señalando la tetera. Le hago la señal del pulgar hacia arriba. Al menos esta vez ha cogido la taza correcta. Por el auricular se oye un curioso ruido jadeante que se pega al gimoteo de Chrissie. «Bruce..., lo siento mu- cho..., es que necesito saber cuál es mi situación. Sólo estáis Bob y tú... y, quiero decir, ¿qué hay de Carole?»
«Carole no tiene que ver con esto. Afortunadamente, en este momento está en casa de su madre. Esto tiene que ver con-
migo, Bruce, y contigo, Chrissie. Si es que hay un tú y yo. Si hay
un tú y yo, entonces hablamos de Carole. Hasta que haya un tú y yo, en el sentido real de la palabra, Carole es asunto mío y sólo mío.»
Hay una pausa. Ese fluorescente está parpadeando otra vez. No es de extrañar que me sienta con ganas de vomitar aquí dentro. ¿Es que esos tacaños no pueden gastarse una puta mier- da en simples cuestiones de mantenimiento? Gus se acerca y deposita sobre mi mesa una taza llena de café.
que dejé a Bob. Incluso he estado pensando en volver con él..., has dicho que Carole está fuera..., ¿puedo ir a verte esta noche? Por favor...»
Meto la mano en el cajón y saco otro Kit Kat del paquete de celofán que contiene ocho. Al tipo que inventó el Kit Kat deberían darle el título de Sir, hostias. Yo me los como a pata- das. Quién coño sabrá cómo será que no engordo un montón. Metabolismo rápido, supongo. «Sí. Vale. Pero te diré una co- sa, Chrissie. No estoy de humor, repito, no estoy de humor para mamoneos. No me vas a explotar porque he dejado claros cuáles son mis sentimientos hacia ti. Ataré cortos esos senti- mientos hasta que obtenga de tu parte algún compromiso espi- ritual.»
La carta espiritual. Había que jugarla. Siempre pican con ésa, no lo pueden remediar. Oigo desfallecer su voz hasta con- vertirse en boqueada. «Necesito verte, hablar cara a cara. Me acercaré esta noche. ¿Cuándo te viene bien?»
«Que sea a las ocho», le digo, antes de terminar y colgar el auricular. «A follar, a follar, a follar», canto suavemente para mis adentros, con la melodía de «Here We Go». Saludo se-mieufóricamente a Gillman e Inglis, que acaban de entrar en la oficina. Gillman asiente lacónicamente con la cabeza, ese capullo jamás muestra emoción alguna, pero Inglis me envía un gran saludo exagerado que desencadena en mi estómago una sensación de náusea.
Chrissie esta noche. Bueno, al menos me he asegurado un polvo. Aunque difícilmente sin agobios. Espero que sea mejor que la última vez. Era una tía rara, la máquina de fotos parecía excitarla, pero cuando saqué el vibrador empezó a llorar y ven- ga a hablar de Bob y del lío en que se había convertido su vida. A algunos chochos no hay manera de entenderlos.
Echo un vistazo a mi calendario de la Federación Escocesa de Policía. Cinco de diciembre. No queda tanto para Navi- dad, pero a la mierda, lo primero es la escapada invernal a la Dam. Ese puto y aburrido calendario. El año pasado tenía uno cojonudo, pero entonces llegó la circular esa de Personal, sin duda iniciativa de bolleras de chocho árido como Drum-
mond, declarando que iban a prohibirse los pin-ups. No sé qué bobadas acerca de imágenes negativas de la mujer. Si una tía follable en bolas es una imagen negativa, ¿entonces qué es lo que cuenta como imagen positiva? ¿Un puto feto como Drummond vestido de policía? Me temo que no. Las reglas son las mismas.
La náusea no se va y tengo que salir de aquí temprano. Ray Lennox está al acecho de los cabrones de la comunidad hippie Sunrise de Penicuik, así que no hay nadie con quien pueda escaquearme. No me fío de Gillman, y Clell ha perdido los papeles con toda esa mierda de Tráfico. Decido irme al centro, a dar un paseíto. El centro está abarrotado de compra- dores de sábado en busca de ofertas navideñas. Casi puede res- pirarse la codicia cruda suspendida en el ambiente como vapor. Al caer la oscuridad de final de la tarde, las luces resultan cursis y siniestras.
El lugar del crimen. Aquí estoy, subiendo las escaleras del Playfair. Un joven borrachín, vestido con ropa mugrienta y raí- da, zapatillas agujereadas y dándole sorbos a una vieja lata mo- rada, me tiende esperanzadamente un vaso de plástico. «La ofi- cina de paro es por ahí, colega», digo señalando hacia el West End.
«Feliz Navidad», dice él.
«Tú también, colega», sonrío. «Pero podrían resultar algo frías. Yo que tú firmaba en el registro de ahí», digo señalando la presuntuosa magnificencia del Hotel Balmoral, «deja que los del servicio de habitaciones carguen con toda la tensión. Sabes que tengo razón.»
El borrachín me dispara una mirada iracunda que es inca- paz de ocultar el puro terror subyacente a contemplar una tem- porada fría en la calle, y muy posiblemente el fin de su misera- ble vida. Aun así, si se empapuza lo suficiente de la vieja lata morada, no notará que el frío se lo lleva lentamente.
Me dirijo hacia el South Side, y me planteo presentarme en el viejo garito de Alan Anderson, en Infirmary Street. Me
pregunto qué es lo que hará Alan ahora. Uno de nuestros juga- dores espectacularmente buenos de los setenta; había una fá- brica que los producía. Por los puentes la cosa está de lo más bulliciosa, lleno de arrabaleros adquiriendo bienes de pacotilla de las tiendas de descuento de los indios y de estudiantes olfa- teando por las tiendas de discos de segunda mano entre clase y clase.
Intento echarle un vistazo a los resultados en el escaparate de una tienda de televisores. En Inglaterra han ganado el Man U, el Arsenal, el Newcastle, el Chelsea y el Liverpool, así que todo sigue igual. Estoy esperando que salgan los resultados es- coceses cuando un chillido estridente surca el aire frío, erizán- dome el pellejo de la espalda. Me vuelvo y veo formarse una multitud al otro lado de la calle. Me acerco a investigar, abrién- dome paso entre los estupefactos necrófilos, y veo a un hombre, de alrededor de cuarenta y tantos, bien vestido, sacudiéndose espasmódicamente en el suelo en un feo paroxismo, con un brazo rígido y aferrándose el costado.
El tío se vuelve morado y una mujer grita: «¡COLÍN! ¡CO-
LIN!¡AYÚDENNOS, POR FAVOR!¡POR FAVOR!»
Me arrodillo junto al costado de la figura postrada. «¿Qué pasa?», le grito a ella. Él no parece estar respirando. Se ha mea- do; en la entrepierna se le está formando una mancha negra y húmeda.
«Es el corazón..., tiene que ser el corazón..., tiene proble- mas de corazón..., ay Colín, no, ¡AY DIOS, COLÍN, NO!»
Inclino la cabeza del tipo hacia atrás y le hago el boca a boca.
Venga, hijo de puta
Siento cómo le abandona la vida, cómo el calor abandona el cuerpo y trato de volver a metérselo a la fuerza, pero no res- ponde. Ahora tiene la cara blanca, parece un maniquí. Me vuel- vo hacia la mujer. De su propia cara blanquecina sale un brr re- sollante. «Qué..., qué puedo...»
«Haga algo..., por favor...», las palabras parecen aspiradas desde un agujero en su garganta.
así...» Me vuelvo hacia la multitud boquiabierta. «¡Llamen a una ambulancia! ¡IROS A LA MIERDA Y QUITAOS DE LA PUTA CALLE!»
Pruebo con el masaje cardíaco, aplicando la presión, apo- rreando el pecho del tío, pasando del respeto y la esperanza a la malevolencia cuando se niega a responder. Le cojo la mu- ñeca.
No hay pulso.
VIVE VIVE VIVE
«Tienes que vivir», le digo suavemente. Los ojos se le han quedado en blanco.
La mujer me grita al oído: «COLÍN..., AY NO, DIOS, NO...» No sé cuánto tiempo pasa mientras estoy sentado junto a esta cosa informe, echado entre el tufo de sus secreciones y con la mano de la mujer cogida. Oigo las sirenas y siento una mano sobre mi hombro. «Tranquilo, colega. Has hecho más de lo que podía haber hecho nadie. Se ha ido.» Levanto la vista y veo a un tío al que le salen pelillos rojos de las fosas nasales. Lleva un chaleco verde luminoso.
Los tíos de la ambulancia se lo llevan. Con un movimiento repentino y estridente, la mujer me coge por la cintura, y su dulce olor se fusiona con el tufo maloliente. «¿Por qué?..., era un hombre bueno..., era un hombre bueno..., ¿por qué?» En un primer momento resulta violento y molesto, pero nuestros cuerpos se asientan en una convergencia natural, encajamos como la mano y el guante.
«¿Lo era? ¿Lo era?», pregunto yo, sintiendo cómo las lágri- mas ruedan por mis mejillas y me las enjugo. La mujer está en mis brazos, su cabeza contra mi pecho. Quiero abrazarla para siempre, no soltarla jamás.
mos nuestro abrazo y noto la fría superficialidad del aislamiento cuando se la llevan. Me levanto y me vuelvo para enfrentarme a los necrófilos. Siempre son las mismas caras. Como esa película boba en la que todos se reúnen para una tragedia.
«¿Qué coño miráis todos? ¿Qué esperáis ver? ¡Volved a vuestras compras! ¡Venga!» Les enseño mi placa. «¡Policía! ¡Dis- persen!»
El muerto está sobre la camilla y la mujer se derrumba so- bre su pecho. A eso es a lo que quieren echarle un vistazo los necrófilos, como en el funeral de la princesa Diana, quieren es- crutar a los que realmente la conocieron, embeberse de la des- dicha que hay en sus rostros.
Alguien me habla. «¿Quién es usted?»
«Bruce Robertson, sargento Bruce Robertson», le grito. «De la policía de Lothian.»
«¿Qué ha sucedido?»
Miro al tío: «He intentado salvarlo..., lo he intentado, pero se me ha ido... se me ha ido..., he intentado salvarlo.»
«¿Cómo le ha hecho sentirse eso?»
«¿Eh?», pregunto al cabrón. «Qué cojones...»
«Brian Scullion, del Evening News. Le estaba observando. Lo ha hecho realmente bien, sargento Robertson. ¿Cómo se ha sentido al no conseguirlo?»
Me aparto de ese subnormal y me abro paso entre la multi- tud. Bajo por Infirmary Street y entro con ojos de topo en el viejo garito de Alan Anderson.
El tío tenía que haber seguido vivo. Aquella mujer le quería.
Estoy temblando. Hacía frío ahí fuera.
Un whisky doble mantiene el frío a raya. A continuación, no obstante, me paso al vodka; la gente no lo nota en tu aliento del mismo modo. Me trasiego unos cuantos. Pienso en el tío. Devolviéndole a la vida, luchando todo el rato contra una fuer- za superior. Tratando de llenar la bañera sin tapón pero sin que sirva de nada, se va.
Salgo del bar y encuentro el coche. Le doy unas vueltas a un poco de enjuague bucal y lo escupo sobre la nieve helada,
mirando cómo el líquido azul hace mella en la blancura. Pongo el motor en marcha y la parte trasera patina cuando giro en la esquina. Un subnormal me pita pero estoy demasiado bolinga para hacer caso.
El trabajo, sin embargo, ha perdido su atractivo, y con eso no quiero decir que alguna vez lo hubiese tenido. Dejo el coche en el parking para guardar las apariencias y me largo temprano, caminando penosamente hacia casa entre la nieve antes de pa- rar un taxi. De vuelta en el rancho, miro los resultados en el te- letexto, fijándome en que los Hearts han perdido tres a cero en Rugby Park. Me esfuerzo por hacer una limpieza, y consigo ti- rar a la basura algunos platos de comida y viejos cartones de aluminio de currys y comida china. Chrissie llega temprano, lo cual me molesta, pues la casa sigue siendo un estercolero. Pero estoy contento de ver en los ojos de la muy puta esa mezcla de necesidad y devoción que turba la polla. Chrissie medirá uno sesenta más o menos. Dudo que pase de los sesenta y seis kilos. Parece menos chica de heroína que chica de hospicio, y tiene un aspecto algo menos que resplandeciente, con una llamati- va blusa amarilla y una falda negra por encima de las rodillas que parece estar hecha de la misma tela que mis pantalones de franela.
Espera que yo diga algo. ¡Error! No es así como funcionan las cosas. El silencio es oro y a veces tienes que luchar para con- trolarlo. Cualquier preso arrabalero te dirá lo mismo.
«Bruce..., ¿realmente querías decir lo que me has dicho an- tes, sobre cómo podrías enamorarte de mí?»
La miro con atención, los capilares reventados en torno a su nariz. Joder, si parece un espantapájaros. Pienso: Imposible. «Claro que podría, y tú lo sabes tan bien como yo. No te hagas la inocente conmigo. Siéntate.»
Se quita el abrigo, se sienta en el sofá y enciende un cigarri- llo. Es igualita que uno de ellos, que los necrófilos que se han quedado de pie mirando mientras yo intentaba devolverle la