• No results found

CHAPTER FIVE: DESCRIPTIONS AND THEMES ACROSS PROGRAMS This chapter identifies and explicates the descriptions and themes across the

La oposición de los sexos es muy importante desde tiempos antiguos. Más que la separación, se instituye como un enfrentamiento. Existen santuarios y fiestas exclusivos para uno u otro sexo. Se atestiguan en costumbres populares muy antiguas la existencia de injurias rituales, entre grupos y entre sexos, que formaban parte del culto de Deméter y Dioniso (rituales de fertilidad y fecundación). Este género de costumbres todavía sucedían en las fiestas Anthesterias y las Leneas. (Gernet y Boulanger, 1960, pp. 36-37)

Existían fiestas de mayoría de edad. Para los hombres implicaban el ingreso en la fratría. Consistían en danzas armadas (demostraciones), cambio de vestido y el corte y la ofrenda del cabello. Para las mujeres sucedía en la víspera del matrimonio. El matrimonio correspondía para las mujeres en los

ritos de mayoría de edad que hay para los varones. (Gernet y Boulanger, 1960, p. 25) Vemos que para el varón la mayoría de edad está asociada con la capacidad para la lucha y el servicio a la ciudad, mientras que para la mujer se circunscribe a servir al marido y a su génos.

La oposición de géneros era paralela con otras oposiciones, hegemónico- subalterno, público-privado, adulto-infante. A la mujer se le equiparaban todas las características pertenecientes al segundo término de las oposiciones. No podía participar de la vida pública (Fernández, 2000, p. 58), su vida “discurría bajo la autoridad de un kyrios (el padre (…), el hermano nacido del mismo padre, un abuelo o su tutor legal) a quien pertenecía junto a sus hijos” (Barahona, 2006, p. 231), y “era considerada una eterna menor de edad (…) sujeta a sospecha respecto a su fidelidad y a su capacidad de control” (Fernández, 2000, p. 58).

La educación de la mujer se realizaba en el gineceo, las habitaciones reservadas para las mujeres. Tenía la prohibición de no reunirse libremente con los varones. De ella, como ciudadana, se esperaba que administrara la vida doméstica del oikos con habilidad y que proveyera hijos legítimos al

kyrios. Debía disponer de los esclavos y administrar los productos básicos

para el sostenimiento de la vida doméstica, además de proveer la educación de niños en sus primeros años y de las niñas en toda su formación. Particularmente interesante es el hecho de que el ritual de recibimiento de la esposa en la casa del novio era el mismo que se daba a los esclavos cuando llegaban a la casa después de ser comprados. (Barahona, 2006, p. 234)

La desigualdad estructural de género contempla, en la griega clásica, la división de géneros. El hombre es, por tanto, aquel que tiene la marca anatómica, pero también aquel que luce el status social de ser libre. Además, le corresponde todo lo que concierne a la vida pública, como la participación político y/o militar. Es el dueño y depositario de la tierra en nombre de la familia paterna y es quien toma las decisiones de peso con respecto al hogar y a quienes están bajo su cargo (como buscar marido para sus hijas).

La mujer, por otra parte, tiene una función reproductiva54 y nutricia, como ya

se vio más arriba. Por lo tanto, no puede acceder, como lo hace el hombre, a disponer sobre su propio cuerpo, ni para el sexo ni para la reproducción. Mientras, el hombre puede tener relaciones con quien quiera, ya que no hay peligro de adulteración de la descendencia, como sí podría suceder con la mujer. La única prerrogativa que tiene la mujer es la de ser la despoína, esto es, la esposa oficial, con capacidad de decisión en ausencia del marido sobre temas domésticos. Esto aseguraba que podía conservar un status social por encima de las otras mujeres que tuviera el marido: la cortesana o prostituta para el placer sexual o la concubina con quien se tiene una vida en común, pero no tiene el status de la esposa ni la misión de conservar la estirpe.

La jerarquía directa de género supone que el trato del marido con la esposa se circunscribe casi exclusivamente a tener relaciones sexuales para la reproducción. No compartía los espacios que el marido tenía con sus amigos, ni lo acompañaba a otras casas. Al ser casi dos extraños, acostumbraban a satisfacer sus necesidades afectivas y sexuales cada uno por su cuenta (Barahona, 2006, p. 236). En el caso de las mujeres, debían ser en secreto o con otras mujeres como parte de la amistad entre ellas.

Por otro lado, el hombre acostumbraba a tener contacto con mujeres que no tenían el status ni la clase de la esposa, esto es, hetaíras, meretrices o concubinas; las cuales estaban destinadas expresamente a la satisfacción de los deseos individuales y no a los deberes con el génos. Como se verá más abajo, las relaciones que tenían los hombres en mayor estima era con otros hombres en todos los ámbitos de la vida.

La masculinidad hegemónica correspondía al ideal de la areté: un guerrero heroico, de origen noble y grandes capacidades físicas y morales, de un honor reconocido por sus iguales. En la práctica, esto lo detentaban los aristócratas. Por su importancia militar y su buena posición social, los hoplitas también era una masculinidad reconocida en el panorama social. Las

54 Un hombre podía repudiar a una mujer por ser estéril y era obligatorio repudiarla por

masculinidades que sufrían de mayor subordinación eran los hombres más pobres, los campesinos con poca tierra y, por debajo de todos ellos hasta casi perder el status de hombre, los esclavos. La masculinidad se regía por la gloria en la guerra, el nacimiento, la capacidad de engendrar varones y el aumento de las posesiones, sobre todo de tierras y esclavos.

Durante el siglo V AC, los atributos de la masculinidad van a tener ciertas modificaciones. Por ejemplo, el aumento de estima para los que se dedican a la marina en contraposición a la infantería (vista como la milicia de otra época). El empleo de la retórica que se volverá indispensable para el ejercicio ciudadano y el conocimiento de las leyes y los trámites judiciales. La nobleza adquirida por la sabiduría y el espíritu, y no por el nacimiento (como se vio más arriba). Esto va a perfilar una nueva masculinidad, mientras la antigua, la homérica, todavía va a permanecer en los ideales de los aristócratas, como lo atestigua además la existencia de Áyax como tema.